Diego llega a las nueve y diez.
Sube por la escalera, no por el ascensor. Lo escucho en los últimos peldaños antes de que llame al timbre. Cuando abro la puerta lleva el abrigo del otoño y una bolsa pequeña de la pastelería del barrio.
—Pasa.
Pasa.
Cierro la puerta. Diego deja el abrigo en el respaldo de la silla del recibidor. La bolsa de la pastelería en la mesa de la cocina.
—Traje pan de aceite. Pensé que igual no habías cenado.
—Comí con los niños a las ocho.
—Bien.
—Pero igual te lo agrade