Diego llega a las ocho y veintinueve.
Un minuto antes de lo acordado. La diferencia entre llegar temprano y llegar a tiempo, en Diego, es siempre de ese orden: un minuto, no cinco. Suficiente para saber que vino sin apuro pero no se hizo esperar.
Cuando abro la puerta lleva la misma chaqueta del lunes de octubre, la de los días que no son trabajo formal. En la mano, un sobre pequeño de papel grueso. Sin bolsa de pastelería hoy.
—Pasa.
Pasa.
Lo señalo hacia la cocina. Pongo el café. Él deja el so