—Bonjour, mademoiselle.
—No hablo francés, por favor llévese al hotel.
El conductor pareció entender y me llevó en silencio. El taxi avanzaba por la autopista dejando atrás el aeropuerto principal de París.
Había mucho tráfico en la autopista. Saqué el teléfono del bolso.
Me fijé en que tenía un mensaje, me sorprendí al leer el remitente: era Adrián.
El texto fue enviado hacía varias horas. Debió entrar cuando yo todavía caminaba por la terminal de Nueva York, pero la señal internacional a