Mundo ficciónIniciar sesiónConvencida de que Adrian McGrath destruyó a su familia y llevó a la muerte a sus padres, Elena Whitman, ahora convertida en abogada, regresa bajo una identidad falsa y se infiltra en su mansión como niñera de sus trillizos, decidida a reunir pruebas y vengarse. Lo que no esperó fue encontrar a un hombre distante y marcado por la pérdida de su esposa, que cría solo a tres niños que aún lloran a su madre muerta. Sus gestos no encajan con el villano que imaginó. Mientras la verdad se acerca peligrosamente y el amor empieza a abrirse paso en medio de la mentira, ella debe decidir si expone al hombre que cree culpable o acepta sus sentimientos y se abraza al perdón.
Leer másElena Whitman llevaba cinco años preparándose para ese momento. Estacionó su auto frente a la reja de hierro que daba entrada a la mansión McGrath y respiró hondo mientras sus ojos castaños repasaban el interior de la propiedad.
La enorme casa de piedra gris, vidrios opacos, líneas sobrias y jardines bien cuidados se erguía frente a ella como una fortaleza moderna, seria y calculadora. Igual al hombre que la habitaba, uno al que ella había aprendido a odiar.
Tocó el intercomunicador y una voz rasposa le respondió.
—¿Quién?
—Soy Isabella Reed. Me citaron para el cargo de niñera.
La voz tardó unos segundos en responder.
—Adelante.
La reja emitió un pitido antes de abrirse de forma automática. Elena hizo entrar su auto hasta la entrada.
Aún dentro del vehículo, se acomodó el abrigo y revisó por última vez su bolso. Verificó que se encontrara dentro su currículum falso que la identificaba como Isabella Reed, educadora infantil, y que los documentos reales estuviesen bien ocultos.
Salió y se encaminó hacia la puerta de la mansión donde la esperaba el mayordomo. Cada paso la acercaba a su objetivo: el pasado que había jurado desenterrar y vengar.
Entró a la casa manteniendo una sonrisa suave. Había practicado esa versión de sí misma durante meses, dispuesta a no fallar. La condujeron a un salón amplio y silencioso que no poseía fotografías familiares en las paredes, solo arte abstracto y una sensación persistente de vacío.
—El señor McGrath la espera —anunció el mayordomo antes de retirarse.
Elena dio un repaso a los alrededores hasta toparse con una figura que la paralizó.
Adrián McGrath se hallaba de pie junto al ventanal, aunque de cara a ella. Tenía las manos en los bolsillos. La miraba con intensidad a través de unos ojos que parecían hechos de titanio oscuro y veían con recelo y advertencias.
No era una mirada cualquiera, sino una fría y meticulosa. Como si intentara desmontarla pieza por pieza para ver qué había debajo.
—¿Isabella Reed?
Elena se sintió tan intimidada por su voz firme y autoritaria que tardó en responder. Por un momento no supo con quién hablaba el hombre. No recordó su nombre falso.
—Sí… soy yo —dijo con cierta inseguridad y no pudo evitar temblar al notar que él la evaluaba de pies a cabeza, como si estuviese sorprendido y enfadado a la vez.
—Siéntate —ordenó, con una voz que no admitía negativas.
Elena obedeció, consciente de que él seguía cada uno de sus movimientos. Sentía el pulso firme, pero el estómago lo tenía tenso.
A pesar de toda su preparación, aquel hombre debilitó su compostura con su sola presencia.
—Gracias por recibirme, señor McGrath —expuso al ocupar un asiento en un cómodo sofá de piel.
—Adrian —corrigió él—. No me gustan las formalidades en mi casa. Prefiero que me tutee.
El hombre se aproximó a una mesa auxiliar y tomó su tableta para revisarla.
—Tienes experiencia con niños pequeños —dijo como una reflexión. Era evidente que leía el currículo que ella le había enviado a su correo.
—Sí. He trabajado con familias numerosas y con niños… difíciles —añadió, midiendo la palabra e intentando controlar sus nervios.
—Mis hijos no son difíciles.
—No quise decir eso —corrigió con suavidad—. Solo que cada niño necesita algo distinto. Es imposible tratarlos a todos por igual aunque sean trillizos.
Él la observó unos segundos. El magnetismo de sus ojos aceleró sus latidos.
El hombre se acercó unos pasos más, dejando que la luz de la lámpara lo iluminara por completo. Elena maldijo en silencio. Adrian McGrath era mucho más atractivo en persona que en fotografías. Su presencia imponente generó un oleaje de deseo en su interior que ella procuró apagar recordando el odio que sentía.
—¿Cómo te enteraste del puesto?
La mujer se sobresaltó, pero evitó demostrar sus emociones.
Aunque supuso que esa pregunta llegaría, el tono de desconfianza que Adrian McGrath usó para mencionarla la tomó desprevenida. No era casual, sino inquisitivo.
—A través de mi agencia de empleos. Me contactaron hace unos días para informarme de la vacante.
—¿Qué agencia?
Elena parpadeó una sola vez. No demasiado ni de forma evidente.
—BrightCare Services.
Adrian levantó la vista de la tableta y apretó el ceño.
—No trabajo con ellos.
—Pero ellos mantienen contacto con otras agencias, quienes les escriben cuando no tienen el personal adecuado para sus clientes. Rechazaste todas las ofertas de niñeras que tu agencia te presentó, por eso tuvieron que comunicarse con la mía para solicitar a otras profesionales —mintió.
Ella se había comunicado con la agencia con la que trabajaba McGrath al enterarse por conocidos que él buscaba niñera para sus hijos, aunque esta no quiso enviarla a esa mansión a pesar de que tenían una crisis por los constantes rechazos del hombre.
No conocían su desempeño y primero querían probarla en otro empleo antes de enviarla con su mejor cliente, pero Elena no tenía tiempo para esperar, debía entrar en esa casa cuanto antes, así que acudió por voluntad propia.
Él la miró con mayor atención. No había enojo en su expresión, solo una duda peligrosa.
—¿Sabes algo sobre mi familia, Isabella?
—Sé que ahora eres padre soltero y que tus trillizos de siete años de edad perdieron a su madre cuando tenían dos años a causa de una enfermedad.
Adrian apartó la mirada. Dolido.
—Necesito de alguien confiable que cuide de mis hijos. No puedo permitirme errores con ellos.
—Adrian, estoy aquí porque sé cuidar de chicos que no viven en hogares convencionales y poseen necesidades particulares. En mi currículo puedes evaluar toda mi experiencia, pero, aunque allí se hablé maravillas de mí, no podrás conocerme si no te arriesgas.
Se miraron unos segundos más. Elena no bajó la vista ni sonrió. Esperó con paciencia su veredicto.
Luego de unos segundos de debate, él suspiró, resignado.
—Tienes una semana de prueba —dijo, dejando su tableta de nuevo en la mesa—. Si algo no me convence, te vas.
Elena sonrió apenas, feliz por la llegada del primer triunfo. Aquel era un paso importante hacia su meta. Aunque a la vez, sentía una gran inquietud porque estaría cerca de ese hombre tan magnético y atractivo que le producía sensaciones perturbadoras. No podía desviarse de su meta.
—Gracias. No te decepcionaré.
—Eso espero. Como has supuesto, mis hijos tienen necesidades particulares. Leo es sensible, se encariña más de la cuenta. Max, en cambio, posee un carácter que podría ser complicado, aunque es tranquilo cuando entra en confianza. Y Theo… —Él calló un instante, mirando con fijeza hacia un rincón del salón donde se hallaban unos estantes— Theo es demasiado metiche y suele estar donde no debería —habló con el ceño fruncido.
Elena vio hacia el lugar donde el hombre mantenía su atención, notando la cabecita peinada con dedicación de un niño de ojos azules.
El chico estaba semi escondido junto a un estante. No parecía asustado ni curioso, solo atento.
—¿Qué haces allí, Theo? —consultó su padre irritado.
—Quería conocerla, papá —respondió saliendo de su escondite.
—Si pasaba mi evaluación, se las presentaría. Sabes que no me gusta que estés escuchando conversaciones escondido en los rincones, es de mala educación.
Theo no respondió, solo bajó la cabeza con sumisión. Adrian respiró hondo y pidió disculpas a la mujer para ir a la habitación contigua y llamar al mayordomo.
Al estar a solas con el niño, Elena le sonrió con sinceridad. Los trillizos no formaban parte de su plan de venganza, así que no iba ensañarse con ninguno de ellos.
—Hola, Theo. Es un placer conocerte.
El chico ladeó la cabeza estudiándola como su padre había hecho minutos antes.
—Mentiste. ¿Por qué le mentiste a mi papá?
Elena empalideció, impactada por haber sido descubierta.
Elena pasó las primeras horas de la mañana con los trillizos, acompañándolos en una rutina que ya le resultaba natural.Leo hablaba emocionado de reorganizar su colección de autos, Max practicaba frente al espejo movimientos aprendidos de memoria y Theo hojeaba sus historietas con la seriedad de un archivista.Cuando el reloj marcó casi el mediodía, los envió a sus habitaciones.—Se dan un baño rápido y se cambian de ropa. En media hora bajamos a almorzar.Los niños obedecieron sin protestar. Elena los vio entrar a sus habitaciones para cumplir con la tarea y esperó unos segundos más asegurándose de que no saldrían de nuevo con alguna excusa trivial y entonces, respiró hondo.La llave pesaba en el bolsillo de su pantalón como un secreto peligroso. Cruzó el pasillo con paso firme, aunque el corazón le golpeaba el pecho con fuerza.Se detuvo frente a la puerta de la habitación de las medicinas, esa que hasta ahora había sido territorio prohibido, e introdujo la llave. El clic del cerroj
La noche se había asentado, llenando de silencio toda la mansión. A pesar de ser más de las tres de la madrugada, Elena estaba despierta, recostada de lado en su cama, con los ojos abiertos repasando las penumbras de su habitación.Adrian no había ido a cenar, faltó a su promesa. Aunque los niños no se notaron muy defraudados porque aún estaban emocionados con los nuevos regalos, ella los vio algo desanimados. Eso le molestó.Al principio de la noche decidió esperarlo para reclamarle, pero a esa hora su efervescencia había pasado. Solo quería que llegara.«¿Dónde estará? ¿Con quién se reunirá?», pensaba.Las dudas amenazaban con desesperarla, pero, entonces, oyó el ruido del motor del automóvil que indicaba que entraba a la casa.La piel de la mujer se erizó por completo. Enseguida se puso de pie y se aproximó a la ventana, pero no se asomó en su totalidad. Solo lo justo para ver, a través de las cortinas entreabiertas, cómo Adrian descendía del auto.Su figura se recortó bajo la luz
Después del almuerzo, Adrian se marchó a la empresa dejando la promesa de que regresaría para antes de la cena. La emoción por lo vivido esa mañana los convenció de que de ahora en adelante todo sería distinto.Elena observó por la ventana cómo el automóvil desaparecía tras los árboles del camino experimentando cierta incomodidad en el pecho. Un presentimiento que le decía que sí, todo sería distinto, pero no como lo esperaban.Sacudió la cabeza para quitarse esos tontos pensamientos y regresó con los niños. A ella no debían interesarle los cambios que atravesara esa casa. Estaba allí para cumplir con una misión, no podía olvidarlo.La mujer halló a Leo tumbado en la grama del patio de juegos rodeado de bloquecitos plásticos. Ampliaba el estacionamiento que había creado para sus autitos para así incluir a los nuevos.Murmuraba números contando espacios y probaba rampas improvisadas con una concentración absoluta.—Si pongo esta columna acá, pueden entrar tres más —le explicó a Elena s
La mañana se presentó tranquila y soleada dándole la oportunidad a la familia McGrath, con la niñera incluida, de disfrutar de una merecida salida.Los niños iban adelante, casi saltando por la vereda. Señalaban escaparates y discutían cuál tienda visitar primero. Se detenían a cada rato en puestos de revistas e historietas o en jugueterías, para ver todo lo que tenían expuesto. Reían con una libertad que Elena no les había visto antes.Leo corría de un lado a otro, emocionado. En ocasiones se acercaba a ellos para describirles los nuevos autos que quería sumar a su colección.Max caminaba con paso decidido, como si la ciudad fuera un campo de batalla que debía conquistar. Miraba todo con agudeza, como si buscara un tesoro escondido entre estantes y vitrinas.Theo avanzaba un poco más atrás que sus hermanos, observándolo todo con atención. Cuando llegaban a una librería o a un puesto de revista se perdía entre las mesas de novedades. Acariciaba, hojeaba y olía los libros como si fuese
El agua caliente resbalaba por la piel de Elena calmando sus ardores. Tenía el cuerpo cansado, los músculos sensibles y la mente aún atrapada en la vigilia de la noche anterior.Apoyó la frente contra los azulejos y respiró hondo, intentando ordenar lo que sentía. Había pasado toda la noche con Adrian y no podía negar que lo disfrutó al máximo. No quería ponerle nombre a eso, no todavía, pero le preocupaba.Cerró la ducha, se envolvió en la toalla y se miró al espejo. Sus ojos estaban enrojecidos por el poco sueño, pero había algo distinto en su expresión, se sentía más liviana, con menos tensiones.Se vistió con rapidez, eligiendo ropa discreta y profesional, como si esa elección pudiese devolverle el control. Debía mostrar que todo seguía normal.Bajó al comedor preparada para encontrarse con el ruido habitual de los niños y el murmullo distante del personal. Lo que no esperaba era verlo allí. Adrian estaba sentado a la mesa, sonriente.No en la cabecera, sino a un costado, inclinad
Al estar dentro de la habitación, Adrian enseguida tomó a Elena por la cintura y la pegó contra su cuerpo. El ardor que manaba su cuerpo su mezclaba con el de ella creando un ambiente pesado y abrazador.Con una mano aferró su nuca y la besó con arrebato, como ya lo había hecho otras veces y como tanto anhelaba.Elena se dejó llevar. Todos sus planes se hicieron polvo en su memoria al sentir el magnetismo atrayente del hombre. Lo deseaba, no podía negarlo, mucho más de lo que podía aceptar.Se desvistieron con cierta desesperación, con ganas de tocar más allá de las fronteras impuestas. Las manos se metieron en los rincones más sensibles, tocando, acariciando y provocando hasta robarse gemidos de placer en el otro.Adrian se devoró el cuerpo de la mujer como si nunca antes hubiese comido de ese fruto prohibido. La acostó sobre el colchón y la poseyó estando él de pie, inclinado sobre ella, con las piernas de la mujer sobre sus hombros. Miraba complacido las sacudidas que le ocasionaba
Último capítulo