Mundo ficciónIniciar sesiónEzra Hayes ha ocultado durante años que es un omega recesivo, fingiendo ser un alfa para permanecer al lado de su jefe, Dante Delacroix, uno de los alfas más codiciados y peligrosos de la ciudad, pero cuando un encuentro inesperado desata su ciclo de calor, la verdad sale a la luz y Ezra decide renunciar, sin imaginar que esa decisión despertará en Darren una posesividad feroz y un instinto salvaje: el deseo de reclamarlo como suyo. Entre la obsesión de un alfa que no sabe amar y el miedo de un omega que no quiere sufrir, ambos descubrirán que escapar del destino nunca fue una opción. Porque en este mundo, una vez que un alfa reclama, no hay vuelta atrás. . . Serie Lazos Del Destino: 0.5. XXX 1. El Alfa Que Me Marcó 2. La Obsesión Del Alfa 3. XXXX
Leer más*—Ezra:
Estaba cansado.
Un suspiro largo escapó de los labios de Ezra Hayes mientras salía de la tintorería un maldito domingo a las nueve de la mañana. La noche anterior había trabajado hasta tarde, pero su jefe necesitaba el traje y, como siempre, él se encargaba de todo.
«Los gajes del oficio», se repetía, aunque en realidad no era eso lo que lo agotaba, sino otra cosa que prefería no admitir en voz alta.
Cruzó el estacionamiento desierto con paso lento, abrió la puerta trasera de su vehículo y enganchó con cuidado el traje en la manija superior para evitar arrugas. Acomodó cada pliegue como si fuese un ritual, cerró la puerta y rodeó el auto hasta el asiento del conductor. Una vez tras el volante, repasó mentalmente la lista de tareas: traje impecable, zapatos relucientes, artículos de higiene personal, una bolsa con comida ligera… todo listo. Era hora de ir a buscar a su jefe.
El trayecto hasta el edificio residencial se le hizo pesado. A esa hora, la ciudad aún parecía desperezarse, mientras él ya estaba atrapado en su rutina. Entró al estacionamiento subterráneo con su tarjeta de acceso y aparcó en la plaza correspondiente. A un lado brillaba, imponente, el todoterreno negro de cristales polarizados que pertenecía a Dante Delacroix. Eso confirmaba que el alfa seguía en casa.
Con movimientos mecánicos, Ezra se dirigió al ascensor y presionó el botón del último piso, el pent-house. El silencio metálico del ascenso se llenó con otro suspiro suyo, más profundo.
«Domingo en la mañana. Debería estar en mi casa, con una taza de café caliente, mirando mi pequeño jardín. No aquí», se quejó Ezra bufando molesto.
Pero ser asistente de Dante Delacroix no se limitaba a un horario.
Su jefe era el dueño de los clubes más exclusivos y cotizados de la ciudad, templos de placer donde la entrada no se conseguía con dinero, sino con contactos, membresías restringidas y una reputación capaz de abrir puertas. El nombre DD Entertainment y los nombres de cada club nocturno corrían de boca en boca en los círculos más influyentes, y detrás de ese imperio había un ejército invisible que mantenía todo en funcionamiento. Ahí era donde entraba Ezra.
Había ingresado a la compañía como supervisor de los clubes nocturnos, controlando al personal, la seguridad y el flujo de clientes desde los miércoles hasta los domingos, jornadas interminables que se extendían hasta el amanecer. Sin embargo, cuando el asistente personal de Dante renunció a los tres meses de Ezra entrar en la compañía, tuvo que asumir ese rol también, cargando no solo con los negocios, sino con la vida privada de su jefe. Y Dante Delacroix tenía demasiadas “necesidades”: íntimas, demandantes, a veces tan invasivas que rozaban lo insoportable.
La paga era generosa, más de lo que jamás había imaginado. Con ese sueldo había saldado todas sus deudas, conseguido un apartamento propio y un vehículo de lujo. Sí, vivía bien… al menos en apariencia. Porque la salud mental de trabajar para Dante era otro precio que pagar, uno que lo desgastaba lenta y silenciosamente cada día.
El ding del ascensor lo sacó de sus pensamientos. Las puertas se abrieron para revelar otra entrada doble, imponente, que resguardaba el pent-house. Ezra caminó hasta el panel, tecleó el código de acceso y escuchó el clic del mecanismo. La puerta cedió suavemente.
Apenas cruzó el umbral, lo golpeó una ola invisible.
Aromas. Feromonas.
Su nariz se contrajo de inmediato; trató de contener el aire en sus pulmones, pero era inútil. Terminó soltando y, al hacerlo, aspiró aquel cóctel denso que impregnaba cada rincón del apartamento. Dulzura empalagosa de omegas mezclada con el filo dominante de un alfa.
El corazón le dio un vuelco.
Ahí estaba la otra cosa que lo desgastaba más que cualquier trabajo: vivir rodeado de los rastros de Dante, de su vida desbordante, de sus amantes… de todo lo que nunca podría ser suyo.
El mundo se dividía en dos sexos: hombres y mujeres, pero, además de esa división primaria, existía un segundo sexo que determinaba el destino de cada persona: alfa, beta u omega.
En la cima de la pirámide estaban los Alfas. Poderosos, con los mejores genes, cuerpos resistentes y una presencia imposible de ignorar. Controlaban la economía, la política, los grandes negocios. Eran la fuerza y la autoridad encarnadas. Sus feromonas eran intensas, capaces de alterar el ambiente a su alrededor, y cada tres meses sufrían una rutina abrasadora, un período en el que el juicio se nublaba y solo quedaba el instinto de aparearse, de reclamar y poseer.
Luego venían los Betas, considerados los más “comunes”. A diferencia de los alfas, no tenían feromonas dominantes ni ciclos, eran la clase trabajadora que mantenía la maquinaria del mundo en movimiento. Para muchos alfas, los betas no eran más que piezas intercambiables, aunque algunos lograban destacar por talento o conveniencia. Eran mayoría en número, pero minoría en poder, los que siempre estaban a la sombra.
Y al final estaban los Omegas. Los últimos eslabones de la cadena. La sociedad los veía como seres débiles, sumisos, cuya única función era reproducirse. Su valor dependía del linaje o, en su defecto, de su atractivo físico. Los más agraciados eran considerados bienes preciados, casi mercancía de lujo; los menos, eran condenados a vidas controladas y restringidas.
Tanto alfas como omegas tenían una tercera división: en dominantes y recesivos.
Los dominantes eran vistos como líderes natos: sus feromonas eran tan potentes que llenaban el aire, sus ciclos de calor duraban una semana o más, y su fertilidad era casi una bendición. Muchos los veneraban como si fuesen dioses.
Los recesivos, en cambio, eran casi invisibles. Feromonas débiles, ciclos escasos y poco intensos. Con algo de suerte, podían incluso pasar por betas. Para muchos, eran un error de la naturaleza, siempre juzgados, siempre menospreciados.
Y ahí era donde entraban Dante Delacroix y Ezra Hayes.
Dante era un alfa dominante en toda la extensión de la palabra. Su presencia llenaba cualquier espacio, sofocante y atrayente al mismo tiempo. Su aroma era un misterio tentador: ámbar ahumado mezclado con especias calientes como la canela, y algo más, oscuro e indescriptible. Incluso después de seis años, Ezra no lograba definirlo… pero sí sabía que lo hacía estremecerse. Y eso era lo peor: porque Ezra no era un beta, ni mucho menos un alfa recesivo como todos creían. Era un omega recesivo, uno de esos que pasaban desapercibidos, siempre al filo del anonimato.
Suspiró y dio más pasos dentro del apartamento, sintiéndose claustrofóbico por la intensidad de las feromonas.
El ambiente estaba saturado, casi denso, con rastros dulces y melosos de omegas que estaba con Dante en la habitación, pero su cuerpo solo reaccionó al aroma más fuerte: el de Dante. Su temperatura subió de inmediato, un calor incómodo recorriéndole la piel bajo la ropa, recordándole cruelmente quién era en realidad y lo que nunca podría tener.
Eso era lo que más odiaba de su trabajo como asistente personal: inmiscuirse demasiado en la vida íntima de Dante. El alfa tenía gustos exquisitos, un estatus que le permitía cualquier exceso y la afición de coleccionar amantes como si fueran trofeos. Su pent-house era escenario de fiestas privadas en las que corría el alcohol, la lujuria y el poder, y de las que nadie hablaba fuera de esas paredes.
Peor aún era cuando Dante caía en Rut. Esos días se encerraba con sus amantes y desaparecía del mundo, devorándolos hasta quedar exhausto. Ezra nunca quiso imaginar lo que sucedía tras esas puertas cerradas… pero las secuelas eran imposibles de ignorar: el aire cargado, el desastre en los muebles y el suelo, y también la cara de satisfacción de los invitados especiales.
Y él, un omega oculto, obligado a respirar esos rastros y condenado a desear en silencio.
Ezra arrugó la nariz apenas cruzó la puerta: juguetes sexuales desperdigados, ropa interior enredada en las manijas de los muebles, botellas de lubricante vacías rodando por el suelo. El aire estaba tan cargado que le raspaba la garganta.
Dante había estado fuera del trabajo desde el miércoles, el día en que su Rut comenzó. Desde entonces se había encerrado en su pent-house con sus amantes omegas, desapareciendo del mundo exterior. Aquello no era raro, pero esa vez la intensidad lo había mantenido más días de lo habitual, casi devorándolo. Aun así, tenía que volver a la vida real y Ezra estaba allí para ello.
Ezra no deseaba interrumpirlo, mucho menos ser testigo de lo que sucedía tras esas paredes, pero tenía órdenes claras: Dante debía asistir a un evento familiar obligatorio. Y cuando la orden venía de Lauren Delacroix, la madre de su jefe, no había margen de excusas.
Como asistente, le tocaba ser él quien sacara a su jefe de ese encierro.
*—Ezra:¿Qué había dicho Micah? ¿Imprimirse?¿Estaba diciendo que se había impreso en Dante?La impronta era una reacción instintiva y profunda de un alfa o un omega: una fijación temprana, primitiva, donde el cuerpo reconocía, en su caso, a un alfa como su alfa, incluso sin vínculo ni mordida. No era el lazo definitivo, pero era el primer paso. Y una vez ocurría, el cuerpo comenzaba a rechazar a todos los demás.—No —negó de inmediato—. Eso es imposible.—Piénsalo —insistió Micah, retrocediendo un paso para darle espacio—. Los alfas que te desean los repeles. Mi olor te enferma. El de otros alfas te resulta insoportable. Y, sin embargo, el único que no te provoca rechazo es Dante.Ezra negó con la cabeza, desesperado.—Además —continuó Micah con suavidad—, su olor te reconforta. Cuando estás agobiado, asustado, si lo percibes, te sientes mejor, ¿no es así?Y entonces todo encajó.El recuerdo lo golpeó de lleno: el pánico, el temblor, la forma en que solo la presencia de Dante había l
*—Ezra:Ezra vomitó con tanta fuerza que sintió la garganta en carne viva y el estómago reducido a un nudo ardiente. Cuando terminó, se quedó de rodillas frente al inodoro, temblando, con los ojos llenos de lágrimas y la mente en blanco, preguntándose qué diablos acababa de pasar.Escuchó pasos acercarse al baño.Su cuerpo reaccionó antes que su cabeza y se estremeció de pies a cabeza. No sabía si era miedo, vergüenza o algo más profundo que no lograba nombrar.—Ezra… —llamó Micah desde la puerta.Al instante, la nariz de Ezra captó el aroma a sándalo. Le recorrió el estómago como un golpe seco. Apenas tuvo tiempo de inclinarse otra vez antes de vomitar de nuevo.La cabeza le martillaba. El mareo era constante, denso, como si el suelo no terminara de quedarse quieto.No supo en qué momento Micah se marchó. Cuando logró recomponerse un poco, el baño estaba en silencio. No tenía idea de cuánto tiempo había pasado allí, solo sabía una cosa con absoluta certeza: lo había arruinado todo, y
*—Ezra:Juntos caminaron por el pasillo, uno que a Ezra le pareció interminable. La alfombra amortiguaba sus pasos, pero su corazón resonaba con fuerza en sus oídos. Micah pasó la tarjeta por el sensor y la cerradura respondió con una melodía suave, casi irónica. Le cedió el paso.Ezra entró.La habitación era amplia, elegante, y solo había una cama. Una sola. Por supuesto que era así. No había ido allí a descansar ni a dormir. Había ido a cruzar una línea que jamás había cruzado antes.Un escalofrío le recorrió la espalda.La puerta se cerró tras ellos con un clic definitivo, seguido del sonido de los pasos de Micah acercándose. La garganta de Ezra se secó de inmediato. Su respiración se aceleró, corta, superficial. Sintió cómo sus propias feromonas escapaban sin permiso, dulces, densas, llenando el aire y mezclándose con el sándalo característico de Micah.Un brazo rodeó su cintura.El cuerpo ancho y cálido de Micah se pegó a su espalda, firme, real. Ezra sintió la erección del alfa
*—Ezra:Durante la velada bebieron vino, y Ezra no supo en qué punto exacto fue que el calor del alcohol le aflojó la lengua. Tal vez fue en la segunda copa, o quizá en la forma relajada en que Micah lo miraba, sin juicio, sin prisa. Habló de sí mismo. De su inexperiencia. O, mejor dicho, de su absoluta falta de ella.A Micah le sorprendió descubrir que Ezra nunca había compartido su cama con nadie. Que era virgen. La sorpresa cruzó su rostro solo un instante; luego fue sustituida por algo mucho más amable. No hubo burlas ni comentarios incómodos. Solo atención… y cuidado.Hablaron de muchas cosas: de sus familias, de recuerdos pequeños, de gustos sencillos. Ezra se sentía cómodo, incluso seguro a su lado. Y aun así… algo no terminaba de encajar del todo. Había esperado una chispa, una sacudida que le recorriera el cuerpo, pero a medida que la noche avanzaba comprendió que lo que había entre ellos era distinto: una camaradería dulce, un coqueteo suave, una cercanía amable que n
*—Ezra:Pasó el resto de la película luchando por no pensar en ello, aunque fue una batalla perdida. Cada roce accidental, cada movimiento de Micah a su lado, lo mantenía en un estado de alerta constante.Cuando la película terminó, Ezra se sentía agotado, como si hubiera corrido una maratón mental. Aun así, sabía que la noche no acababa allí. Tomados de la mano, como lo habían estado desde el inicio de la cita, recuperaron las bolsas de compras y regresaron al vehículo.—Aún no hemos cenado —comentó Micah mientras abría la puerta—. Sé que hay varios sitios aquí en la plaza, pero quiero llevarte a mi restaurante favorito, ¿sí?Ezra asintió sin dudarlo.Una velada más íntima sonaba bien. Un lugar donde pudieran hablar de ellos.Micah volvió a ponerse al volante. Durante el trayecto, Ezra se sintió más suelto, más hablador. Con Micah podía dejarse llevar, y no sabía exactamente por qué, pero se sentía cómodo. Demasiado. Le recordó, de una forma incómoda, a cómo se sentía con Engel.El p
*—Ezra:Entraron a algunas tiendas solo a mirar; en otras compraron ropa, ropa interior, corbatas. Micah incluso eligió algunas cosas para él y le regaló una corbata para su nuevo trabajo.Ezra aún no tenía uno nuevo, pero quién sabe si después conseguía otro trabajo de oficina. Se tomaría unas vacaciones, sí, pero después volvería al ruedo y buscaría algo más tranquilo. Algo suyo.—¿Qué tal si vemos una película? —preguntó Micah, señalando hacia el cuarto piso, donde estaba el cine.Ezra miró las filas desde lejos.—¿Estás seguro?—Hay varios clásicos reestrenándose —respondió Micah—. Me gustaría conocer más tus gustos. Dijiste que te gustan las series y las películas, ¿recuerdas?Ezra sonrió. No era algo que le hubiera dicho recientemente. Había sido hacía tiempo… y aun así, Micah lo recordaba. Eso le sumó muchos puntos.Dejaron las bolsas en los casilleros del centro comercial para no cargar con todo y luego se dirigieron al cine. Hicieron fila y Ezra observó la cartelera.—¿Qué te
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