Mundo ficciónIniciar sesión🔞ATENCIÓN: CONTENIDO ADULTO «Aquella noche, Gianna gimió contra la boca de un desconocido sin saber que esas manos expertas pertenecían a su nuevo asistente.» --- Gianna Sterling, la joven CEO conocida como la mujer sin corazón, aprendió hace mucho que los hombres solo se acercan por interés. Poderosa, fría e imposible de conquistar, disfruta del deseo... pero jamás entrega el corazón. Valentino Reed necesita desesperadamente conservar su nuevo empleo como asistente personal. Lo último que puede permitirse es que su jefa descubra que, hasta hace poco, era el gigoló más cotizado de un exclusivo club para millonarios. Cuando una noche de pasión une sus destinos tras unas máscaras, Gianna decide convertirlo en su amante secreto sin sospechar que el hombre que enciende sus noches es el mismo que organiza su agenda cada mañana. Ella solo quiere placer. Él prometió no volver a venderse. Pero el deseo siempre tiene un precio... y los secretos también.
Leer másGianna Sterling no se quitaba los zapatos ni para follar.
El hombre que jadeaba sobre ella ni siquiera sabía su apellido. Había dicho llamarse Daniel o David, algo con D, pero a Gianna le daba igual. Solo le importaba que tuviera espalda ancha, mandíbula marcada y la suficiente discreción para desaparecer sin hacer preguntas. El apartamento era de él. Anodino, limpio, sin personalidad. Gianna había elegido el lugar como quien elige un hotel: por conveniencia, no por deseo. Yacía desnuda sobre sábanas que olían a suavizante barato, con el vestido arrugado en el suelo y los tacones aún puestos. Siempre dejaba los tacones puestos. —Ha sido... —empezó él, incorporándose sobre un codo, con la respiración aún agitada—. Ha sido increíble. Gianna se incorporó sin mirarlo. Buscó el sujetador, la falda, el perfume. —No me llames. —Pero ni siquiera sé tu nombre. —Exacto. Se puso el abrigo, se alisó el pelo con los dedos y salió sin cerrar la puerta. Fuera, el frío de noviembre le mordió las mejillas. La ciudad rugía abajo, indiferente. A Gianna le gustaba esa sensación: anónima, intocable, libre. Se subió al Bentley negro que la esperaba junto a la acera y apoyó la nuca contra el reposacabezas. Suspiró. Vacía. Como siempre. Como quería estarlo. El sexo no era un placer. Era un procedimiento. Una válvula de escape que abría y cerraba sin consecuencias. Los hombres que compartían su cama no dejaban huella. No había caricias al despertar ni mensajes cursis en el teléfono. Solo cuerpos, solo desahogo, solo silencio después. Y así debía seguir siendo. El amor era una e****a. Se lo habían enseñado de la peor manera posible. Gianna Victoria Sterling era la tercera generación de un imperio que llevaba su apellido. Hoteles, bienes raíces, fondos de inversión. La revista Forbes la había llamado «la heredera más fría del país». Su abuelo construyó el imperio. Su padre casi lo destruyó con escándalos y amantes. Su madre se apagó en silencio, ahogada en pastillas, mientras él le escribía cartas de amor a otra mujer. Gianna heredó el control a los veintitrés años y duplicó el valor de la empresa. Pero también heredó una certeza: el amor solo servía para vaciar cuentas bancarias y destruir a quien se dejaba engañar. Desde entonces, no había vuelto a llorar. Ni una sola vez. Aprendió a ser dura, a hablar con cifras en lugar de sentimientos, a caminar por los pasillos de su empresa con la cabeza alta y la mirada de quien no necesita a nadie. Los ejecutivos la temían. Los competidores la respetaban. Y los hombres... los hombres eran entretenimiento. Nada más. Hasta que apareció Ethan. Ethan había sido el error que confirmó todas sus teorías. Guapo, bohemio, pintor. Le decía que era hermosa, que la admiraba, que no le importaba su dinero. Durante un año y medio, Gianna bajó la guardia. Le abrió su casa, su cartera, su cama. Creyó que podía existir alguien que la quisiera por quién era y no por lo que tenía. Una noche discutieron. Él, borracho, le escupió la verdad como quien vacía un arma: «Eres fría, controladora, insoportable. Pero el dinero era bueno. Casi valió la pena aguantarte.» Casi. Esa palabra le dolió más que todas las demás juntas. Ethan desapareció una semana después. Se llevó doscientos mil dólares de una cuenta compartida, tres relojes de colección y la única certeza que Gianna aún conservaba: la de que nadie podía amarla sin un precio. Desde entonces, cada hombre que tocaba su piel pagaba el pecado de otro. Gianna marcó el número de la jefa de recursos humanos. —Necesito un nuevo asistente —dijo, apenas la mujer contestó. No hubo saludos ni cortesías. La mujer del otro lado del teléfono guardó silencio. —¿Algún problema con lo que acabo de decir? —preguntó Gianna, sin paciencia. —No, señorita Sterling... —respondió la directora de Recursos Humanos con una voz tensa—. Solo que... esta sería la octava vacante en menos de un año. —La novena. La mujer tragó saliva. Era cierto. La última asistente había renunciado apenas dos horas antes, dejando sobre el escritorio una carta escrita a mano y un frasco de aspirinas a medio terminar. Gianna cerró los ojos y suspiró agotada. —Si alguien no soporta el ritmo de mi empresa, no merece trabajar en ella. La mujer no se atrevió a discutirlo. Después de todo, ella había convertido a Sterling Corporation en una de las compañías más poderosas del país. Cada decisión que tomaba multiplicaba millones... y cada error ajeno costaba un empleo. Era brillante. Exigente. Implacable. Y, según las revistas financieras, la CEO más joven e influyente de su generación. Según la prensa del corazón, también era conocida por otro nombre. “La mujer sin corazón.” Gianna miró la lluvia fina que caía a través de la ventanilla. —Quiero al mejor candidato sobre mi escritorio antes de que termine la semana. Colgó antes de poder oír una respuesta. No quería excusas. Solo entonces la mujer del otro lado del teléfono soltó el aire que llevaba varios segundos conteniendo. La directora de Recursos Humanos dejó caer la cabeza sobre el respaldo de la silla. —¿Dónde demonios voy a encontrar a alguien dispuesto a trabajar para esa mujer? En algún lugar de la ciudad... Un hombre estaba a punto de inventarse una vida entera para conseguir ese puesto.Gianna esperó una hora y diecisiete minutos. Lo contó. Cada maldito minuto.El enmascarado no apareció.Salió de Ébano con los tacones clavándose en el pavimento. El auto estaba aparcado afuera, pero ella lo dejó justo ahí. No quería ir a casa. No quería encerrarse en su ático a lamerse las heridas. Quería beber.Encontró un antro a tres calles. Luces de neón, olor a cerveza rancia. Perfecto.Pidió whisky. Solo. Sin hielo.—¿Estás sola, preciosa?Dos tipos. Grandes, sudados, sonrisas de depredador de barra se acercaron a ella. Gianna ni los miró.—Sí. Y quiero seguir estándolo.—No seas antipática. —El más corpulento se sentó a su lado sin invitación—. Una mujer tan guapa no debería beber sola.El otro le bloqueó el paso por la izquierda.Gianna se bebió todo el vaso. Lo dejó en la barra. Despacio.—Se lo voy a decir una vez —advirtió ella —. Vayanse.El hombre le tocó el hombro.No llegó a tocarlo dos veces.Gianna le retorció la muñeca, le aplicó una llave y el tipo soltó un grito d
Valentino llegó a Sterling Corporation a las siete y cuarenta y cinco de la mañana.Quince minutos antes.Había salido de casa con casi una hora de margen por miedo a quedarse atrapado en el tráfico. Después de todo lo que había hecho para conseguir aquel empleo, llegar tarde el primer día sería un desastre.Se alisó la corbata frente a las puertas del ascensor y respiró hondo.Tranquilo.Las puertas del ascensor se abrieron. Entró. Iba a marcar la planta cuarenta cuando una voz lo detuvo.—Espere.Era ella.Gianna Sterling.Entró sin prisa, con un café en una mano y el teléfono en la otra. Vestía una falda negra de corte impecable y una camisa blanca de diseñador perfectamente planchada. El cabello seguía recogido en aquella coleta tirante que la hacía parecer todavía más elegante.Valentino sintió un nudo en el estómago."Ya está. Me reconoció."Ella levantó la vista del móvil. Sus ojos verdes se encontraron con los de él.Lo observó apenas un instante.—Así que usted fue el elegido
Valentino la condujo por un pasillo estrecho hasta una habitación del fondo. No era la mejor del club, pero era la más discreta. Paredes de terciopelo granate, una cama king size con sábanas negras, luz tenue que lo difuminaba todo. Suficiente para que la máscara siguiera siendo su salvación.Cerró la puerta tras de sí. Gianna ya estaba en el centro de la habitación, de espaldas a él, quitándose los pendientes con la misma naturalidad con la que se quitaba los zapatos al llegar a casa.—Escuche, señorita... —empezó Valentino, con la voz todavía forzada—. Quizá debería pensarlo mejor. Ha bebido y tal vez no es el mejor momento para...—No me trates como si fuera una princesa borracha. —Gianna se giró. Sus ojos verdes ardían bajo la luz tenue—. Sé perfectamente lo que quiero.—Pero...—¿Pero qué? —Se acercó a él con pasos lentos, felinos—. ¿No me deseas? ¿Es eso?—No es eso.—Entonces, ¿qué? ¿Miedo?Valentino apretó los labios. No era miedo. Era cautela. Era la certeza de que cada palab
Valentino entró por la puerta trasera del club, como siempre. El pasillo de servicio estaba oscuro y olía a lejía. Leo lo esperaba en su despacho con una sonrisa de reptil.—Sabía que vendrías. Eres un chico obediente, Valentino. Siempre lo fuiste.—Dime qué quieres y termina de una vez.Leo se sirvió otra copa. El hielo tintineó contra el cristal.—Una última noche. Eso es todo lo que pido. Trabajas esta noche y mañana te vas con tus bonitos sueños de honestidad.—Te dije que ya no hago eso.—Y yo te digo que es la condición para dejarte ir limpiamente. —Leo lo miró por encima de la copa—. Sin deudas, sin despedidas tormentosas, sin que nadie vaya a molestar a tu querida madrecita.Valentino sintió un nudo frío en el estómago.—Una noche —cedió, con la mandíbula tan apretada que las palabras le salieron a dentelladas—. Pero yo elijo a las clientas de esta noche.—Como quieras. Valentino salió del despacho sin añadir nada. Se dirigió al vestuario masculino, donde otros hombres se cam
Último capítulo