Capítulo 7

Jade

Sonrío viendo esa gran sonrisa en Amelia Montgomery. Me hace sentir muy orgullosa de ser parte de su familia y su vida.

—Adoré el gabán retro de la temporada pasada. —Me sorprendo al escuchar por primera vez la voz tranquila de la mujer que acompaña a Neil—. Una amiga lo tiene, pero no alcancé a comprar el mío.

La observo con interés y mi padre me da una mirada dura mientras ella es ajena a él. Debo reconocer que no se parece a las suripantas que solía traer meses atrás. Tiene un lindo y brillante cabello castaño muy bien cuidado, y su ropa es bastante comedida. Su mirada me sorprende, es bastante abierta y fácil de leer. Sus grandes ojos café no esconden nada de su esencia.

Mira a mi padre con una sorprendente dulzura y él cambia su expresión inmediatamente, pero no sonríe. Eso es demasiado pedir para él. Neil mira su costoso reloj de platino, regalo de mi madre en su primer aniversario y el que nunca se quita, pareciendo algo intranquilo.

—¿Quién eres? —pregunto, y la mujer se sonroja al posar sus ojos en mí.

Me causa gracia cuando balbucea pareciendo un tierno pez y sus ojos cafés tan comunes brillan con auténtica vergüenza. Mira a mi padre con algo de reproche cuando sale de su estupor y me cruzo de brazos esperando.

—Lo siento, cariño. —Levanto una ceja al escuchar esa palabra salir de la boca de mi odioso padre, y mi tío sonríe con burla. ¿Desde cuándo Neil Montgomery trata a alguien como «cariño»? —. Hija, ella es Clarisa. Mi novia.

—¿Desde cuándo eres un hombre de novias? —pregunto.

Sí. ¿Desde cuándo?

Mi tío ríe, pero es que esto es muy extraño en él.

—Jade… —espeta mi padre con voz dura y acribillándome con la mirada, pero su novia lo interrumpe.

—No le habías contado a tu hija de mí —susurra ella, con lágrimas en los ojos y me impresiono cuando él parece culpable.

—El almuerzo está listo —avisa Cora, con alegría.

Salvado por la campana, Neil.

—¡Qué bien! —grita mi tío Russell—. Muero de hambre, nana.

Nuestra viejita sonríe y se deja abrazar por él. Sonrío al ver a Cora siendo sobrepasada por mi tío, parece una niña de nueve años junto a él. Mis tíos y yo nos adelantamos al comedor, dejamos a mi padre con la mujer y alcanzo a escuchar algo sobre una promesa de dejarla entrar en su vida. Tal parece que yo hago parte de su vida, según Clarisa. Cuán equivocada está.

Me siento a la cabeza de la mesa, como siempre desde la muerte de mi abuelo, y esperamos a la pareja.

¿Desde cuando eres un hombre de novias? —chilla Russell, imitándome, y ríe.

—Compórtate, Russell —digo, y borra su sonrisa, pero me hace reír lo mucho que lucha por contenerse.

Nunca me tomará en serio como la cabeza de esta familia.

—Me parece una linda mujer, es… diferente —dice mi tía, y asiento de acuerdo.

Espero que dure lo suficiente porque, aunque me duela reconocerlo, me ha gustado verlo junto a ella. Se veía muy tranquilo.

Cuando se unen a nosotros, Clarisa parece, más que molesta, dolida con mi padre cuando ambos vuelven y se sienta lejos de él. Eso parece herir los sentimientos de papá. Que interesante.

A mi derecha se sienta Neil y junto a él mi tía Amelia, a mi izquierda está Russell y a su lado se ubica Clarisa con la cabeza agachada intentando ignorar a su novio frente a ella. Esa mujer es extraña. Parece tener la edad de mi tío, lo cual me sorprende ya que, en los últimos años, papá parecía preferir chicas rubias menores que yo. Me pregunto, ¿de dónde la habrá sacado?

El escandaloso timbre de la casa suena y mi padre sonríe con esa extraña mueca enferma que siempre tiene. Me guiña un ojo y entrecierro los ojos, pero en vez de seguirle el juego, decido moverme por otro lado.

—¿Dónde conociste a Niel, Clarisa?

La mujer me mira. Va a tener que acostumbrarse a que nunca me va a escuchar llamarlo papá.

—En la fiesta de cumpleaños de mi padre.

Su voz es dulce y tranquila. Mi abuelo dice que mi madre era así, que encantaba a todos con su manera suave de ser, que papá amó eso, empujado por la vacía familia en la que creció teniendo en cuenta que fue hijo único por mucho tiempo, hasta que a sus quince nació mi tía Amelia y dos años después mi tío Russell. Todos pensaban que a mi abuelo no le gustaba mi madre, que creía que ella lo volvía un idiota confiado y conformista. Hasta que el desastre llegó luego de la muerte de ella.

—¿Y quién es tu padre? —pregunto, luego de algunos segundos de silencio. Muchos segundos.

—Los pájaros tirándole a las escopetas —espeta mi padre, y ruedo los ojos.

Unos fuertes y confiados pasos se escuchan y llaman la atención de todos. Levanto la mirada a la puerta cuando esta se abre y aprieto los puños.

—Buenas tardes. —Todos lo miran y bufo al ver la triunfal sonrisa del odioso Phill Cooper.

Esa arrogante sonrisa me da náuseas.

—¿Qué haces aquí? Es un almuerzo familiar…

—Claro que lo es, cariño —me interrumpe.

—Cédele el lugar a Phill, Russell. 

Mi tío mira a mi padre como si estuviera loco.

—Jamás permitiré que este imbécil oportunista se acerque a mi sobrina.

—Es mi hija…

Doy un golpe a la mesa con mi puño, escucho el sutil repicar de los cubiertos, y todos me miran exaltados, seguramente por mi reacción tan visceral. Odio las peleas y quiero que este circo termine lo más rápido posible para regresar a mi casa.

—Toma asiento al lado de mi tía —digo, mirando al cretino a los ojos.

Phill me da una sonrisa burlona, pero obedece. Puede que ésta sea la casa de mi padre, pero ya no quiero tener nada que ver con ese prepotente hombre. Clarisa nos mira a todos con una extraña expresión, parece que no supiera lo que realmente pasa en esta familia. Neil la trajo a ciegas.

Todos empiezan a hablar unos con otros y me desconecto de este lugar entreteniéndome en mi teléfono con los correos que me envía Robin. Nunca suelto este aparato. A veces quisiera lanzarlo contra la pared y tomarme un par de días para mí.

Recibo un mensaje de un número desconocido, le doy una rápida mirada y sonrío al darme cuenta de quién se trata una vez leo el mensaje.

Número Desconocido: *A que no sabes quién se acercó a mí anoche luego de que te fuiste como la cenicienta del baile. Lo dejaste loquito. Pobre bebé*

Río al imaginar sus gestos exagerados. No me da tiempo de contestar cuando mi teléfono suena. Cora entra con dos mujeres del servicio más y empiezan a servir mientras me disculpo para contestar la llamada lejos de los cinco pares de ojos curiosos que ahora me prestan demasiada atención.

¿Cuál es el fin de darme una tarjeta si no es tu número? —pregunta una vez contesto y sonrío.

—Que nadie desagradable llame. Si es mi número, pero lo atiende mi asistente.

Vaya. Lo que hace el dinero. Yo a duras penas y tengo una secretaria que se cree mi jefe.

—La vida es tan injusta —digo.

Escucho su risa y sonrío. Me agrada esta mujer a pesar de esa primera impresión casi hostil. Es una leve combinación entre Miranda, con su inusual alegría, y Brianna, con su filosa lengua. Ya veremos lo que le traerá a mi vida. Aun así, Wyatt ya se puso a la tarea de investigarlas.

¿Qué le hiciste al pobre Alan para que lo dejaras tan trastornado? —dice ella con voz dolida, casi burlona.

—¿Lo conoces? —pregunto, confundida por la poca familiaridad que demostraron ayer. 

No. Se me acercó para rogarme, literalmente, de rodillas, por tu teléfono. —Cierro los ojos esperando a que continúe y pidiendo al cielo que no se lo haya dado—. Le dije que no. Pero estuve tan tentada. Es un hombre al que definitivamente tendría en cuenta.  

—Gracias por no hacerlo.

No hay problema. Esta noche saldré con Ambar, ¿te nos unes?

—Gracias por la invitación, pero declino. Las invito a almorzar mañana en mi casa.

Escucho la puerta del comedor, giro sobre mis pies para ver al entrometido. Leslie contesta inmediatamente que sí y le hago señas a Neil para que espere cuando intenta acercarse a mí. Me despido de la mujer y regreso al comedor inmediatamente, pasando de mi padre y su gesto exigente. Todos me están esperando, pero no me avergüenza ni molesta. Les hago una señal para que empiecen a comer, como era la costumbre impuesta por mi abuelo, y también lo hago sin poder borrar mi sonrisa divertida, ni arranco de mi mente la imagen de aquel hombre.

Niego al sentir mis entrañas estremecerse por su recuerdo. No es momento ni lugar para eso, pero es inevitable. No había pensado en ese hombre, o más bien, no me lo había permitido. Cuando trabajo, me pierdo en ese mundo de responsabilidad y dejo todo fuera de mi cabeza, y como eso es lo único que hago, no había recordado lo bien que se sintió ser sostenida por esos grandes brazos y derretida por esos intensos besos…

Capítulos gratis disponibles en la App >