Mundo ficciónIniciar sesiónValentina nunca eligió a Dante Ferreira; su matrimonio fue un contrato y el divorcio, su primer acto de libertad, pero él no está dispuesto a dejarla ir. Esa misma noche la somete a un compuesto capaz de alterar la voluntad y convertir el deseo en necesidad, aunque lo que debía ser control se vuelve algo más peligroso cuando Valentina no solo se queda, sino que empieza a acercarse, provocarlo y derribar las barreras que él mismo construyó. Mientras el poder de Dante crece en el mundo criminal, también lo hace una amenaza invisible que lo observa desde las sombras, hasta que un ataque lo cambia todo: sin memoria, sin pasado, sin recordar a la mujer que ahora lleva a su hijo. Y Valentina, con la verdad en sus manos, no huye, decide quedarse, porque esta vez no será la droga la que la ate, sino algo mucho más irreversible.
Leer más—Quiero el divorcio.
La voz de Valentina cortó el aire como un latigazo. Dejó caer la carpeta sobre la mesa con un golpe seco que resonó en las paredes de cristal del piso veinticuatro de Ferreira Group.
Sus ojos ardían con determinación y años de frustración acumulada mientras miraba fijamente a Dante Ferreira.
Él estaba de pie junto al ventanal, con Milán extendiéndose a sus pies como un reino que dominaba. Se giró lentamente, todavía con el teléfono en la oreja. Su expresión apenas cambió, pero el ambiente se volvió denso, casi asfixiante.
Dante colgó sin despedirse y la observó en silencio. Un silencio pesado, cargado de electricidad.
Se acercó a la mesa con pasos deliberados, abrió la carpeta y pasó las páginas con esa lentitud exasperante que siempre usaba como arma. Valentina permaneció de pie, rígida, sin apartar la mirada. Cuatro años le habían enseñado que con Dante, el primero que bajaba los ojos perdía.
—Está bien —dijo él finalmente, cerrando la carpeta con calma letal.
Valentina sintió que el mundo se tambaleaba.
—¿Perdón?
—Está bien —repitió Dante, acercándose hasta quedar a solo un paso de ella. Su presencia era abrumadora—. Pero tengo dos condiciones.
Valentina cruzó los brazos con fuerza.
—Esta noche cenamos juntos. Me presentás tus razones… y yo te presento las mías.
—¿Y la segunda? —preguntó ella, con un nudo en la garganta.
Dante se inclinó hacia su oído, tan cerca que su aliento le rozó la piel. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro oscuro:
—Que te acuestes conmigo. Una noche. Solo una. Y mañana firmo los papeles y te dejo libre.
Valentina soltó una risa sarcástica, fuerte y amarga, que llenó la oficina.
—Ni loca —escupió entre risas cortantes, retrocediendo un paso—. Ni en tus mejores sueños, Dante. ¿De verdad creés que voy a acostarme contigo solo para que me des el divorcio?
Dante la miró con intensidad. Aunque fuera sarcástica, la sonrisa de su esposa cuando estaba enojada tenía algo peligrosamente sexy. Esa mezcla de furia y desafío encendía en él algo primitivo que llevaba cuatro años conteniendo.
—Es eso o no firmo —respondió con frialdad absoluta—. Una cena y una noche. Después sos libre.
Valentina lo miró con puro desprecio, la rabia vibrando en cada palabra:
—Llevamos cuatro años casados y nunca me has tocado. ¿Ahora, de repente, para darme el divorcio querés tener sexo conmigo? —Su voz temblaba de indignación—. Qué patético.
Dante no respondió. Solo la observó fijamente. Valentina agarró la carpeta con violencia, se la puso bajo el brazo y caminó hacia la puerta con la espalda recta, aunque por dentro hervía de humillación y furia.
Ella salió. Dante esperó a que la puerta se cerrara completamente, sacó el teléfono y marcó un número que no tenía guardado con nombre.
—Necesito que esta noche esté todo listo. La dosis completa, en el vino.
—¿Está seguro, señor Ferreira? El compuesto todavía está en fase de pruebas, los efectos en humanos no están del todo...
—¿Funciona o no funciona? —interrumpió Dante con impaciencia.
—Funciona, pero...
—Entonces está listo. —Colgó.
Dante se quedó de pie frente al ventanal, mirando la ciudad que se extendía abajo. Cuatro años de matrimonio y Dante Ferreira todavía no sabía cómo era realmente la risa de su esposa. La había escuchado solo una vez, a través de una puerta cerrada, mientras ella hablaba por teléfono con su hermano. Había durado apenas tres segundos. Hoy, por primera vez frente a él, había vuelto a oírla… aunque esta vez había sido una risa sarcástica, llena de desprecio. Y aun así, ese sonido breve le había removido algo profundo.
Valentina pasó la tarde repitiéndose que la cena era solo un trámite. Que escucharía lo que él tuviera que decir, lo contradiría y obtendría los papeles firmados. Sin embargo, la humillación ardía en su pecho. Por eso, antes de que su esposo llegara a la mansión, tomó una decisión.
Antes de las ocho bajó a la cocina y, con voz baja pero decidida, le pidió a la empleada de confianza algo que aumentará el deseo sexual de Dante, pero que al mismo tiempo inhibiera levemente sus pensamientos, para que él no sintiera que estaba haciendo algo fuera de su voluntad. La mujer no hizo ninguna pregunta. Simplemente abrió un cajón, sacó un pequeño frasco con líquido transparente y lo dejó sobre la mesada.
—No tiene sabor —dijo solamente—. Con una gota alcanza y su efecto es lento.
Valentina tomó el frasco y entro al comedor con el corazón latiéndole con fuerza.
A las ocho en punto entró. La mesa estaba puesta con dos velas encendidas, dos copas de vino tinto ya servidas y comida que olía deliciosa. Aprovechando que Dante aún no había llegado, vertió unas gotas en su copa y varias en su comida. Luego fingió que acababa de entrar.
—Esto parece más una cita que una negociación —dijo ella sentándose, con tono helado.
—Pueden ser las dos cosas. ¿Empezamos? —respondió Dante, apareciendo en ese momento.
—Sí —dijo Valentina—. Llevamos cuatro años de matrimonio y los dos sabemos que esto nunca fue un matrimonio real. Fue un contrato entre tu padre y el mío. Los dos están muertos, así que ya no hay ninguna razón lógica para seguir.
—¿Ninguna? —preguntó Dante, tomando un sorbo de su vino sin imaginarse lo que contenía.
—Ninguna que yo vea. Si vos ves alguna, decime.
Dante la miró con una intensidad que cortaba el aire.
—Sos la única persona en este mundo que entra a mi despacho sin llamar.
—¿Ese es tu argumento para no divorciarte? —preguntó ella con incredulidad.
—Es una observación.
—Necesito algo mejor que una observación —respondió Valentina, ya irritada.
—¿Hay alguien más, o esto es solo aburrimiento? —preguntó él.
—No —dijo ella con sinceridad—. Estoy cansada, eso es todo. Cuatro años viviendo con un extraño en la misma casa es suficiente.
—¿Un extraño? —repitió él.
—No me conocés. Yo no te conozco. Nos cruzamos en los pasillos y aparecemos juntos cuando hay que aparecer. Eso no es un matrimonio.
—Te conozco más de lo que creés, Valentina —dijo él, mirándola fijamente.
—Todos los martes, a las siete de la tarde, llamás a tu hermano. Nunca hablan más de diez minutos porque los dos odian hablar por teléfono.
Valentina no dijo nada.
—Cada vez que terminás un libro, doblás la esquina inferior de la última página. Decís que es la única forma de recordar cuáles realmente valieron la pena.
Ella sintió un leve nudo en el estómago.
—Y cuando tenés un problema de verdad... desaparecés en la biblioteca. Nunca buscás compañía. Buscás silencio.
Valentina sostuvo su mirada, desestabilizada. Esa no era la respuesta que esperaba.
—Comé algo —dijo él, señalando el plato.
—No cambies el tema.
—No lo estoy cambiando. No comiste nada desde que te sentaste a la mesa.
Valentina bajó la vista y empezó a comer. Dante comió también. Durante unos minutos el silencio cayó sobre ellos, denso y cargado.
—¿Qué necesitarías para quedarte? —preguntó él de pronto.
—Eso no es una pregunta que debería tener respuesta a estas alturas.
—Respondela igual.
—Dante...
—Valentina. ¿Qué necesitarías?
Ella dudó un segundo, casi tentada, pero sacudió la cabeza.
—Nada que vos estés dispuesto a dar.
Él asintió levemente.
—Tomá el vino. Es uno de los mejores de la región, te va a gustar.
Valentina lo observó un segundo antes de beber. Dante no apartó la mirada de ella ni un instante.
El silencio se volvió pesado. Dante comenzó a sentir cómo un calor lento e incontrolable empezaba a extenderse por su cuerpo. Su respiración se hizo más profunda, sus pupilas se dilataron ligeramente y su mirada sobre Valentina se volvió más oscura, más hambrienta.
Valentina, en cambio, solo sentía una extraña pesadez y un leve mareo, sin entender del todo qué estaba pasando. Ninguno de los dos era consciente de que ambos habían drogado al otro.
Después de esta noche… nunca vas a dejar de pertenecerme.
Y la noche apenas estaba comenzando.
Mateo la llamó esa misma tarde.No por mensaje. La llamó, que era algo que no había hecho antes, y Elena atendió al segundo tono con esa calma que tenía para todo.—Necesito verte hoy —dijo Mateo.—¿Pasó algo?—Sí. ¿Podés a las siete?—Puedo.Se vieron en el mismo restaurante de siempre. Elena llegó puntual y cuando lo vio la cara supo que lo que venía no era una conversación liviana. Se sentó sin pedir nada y lo miró directo.—Contame.Mateo apoyó los codos sobre la mesa.—Mi padre investigó a tu padre.Elena no parpadeó.—¿Cuándo?—Hace una semana. Me lo dijo hoy.—¿Por qué lo investigó?—Porque yo le había contado que tenías dudas sobre los negocios de tu padre. Y porque en este mundo, cuando alguien tiene dudas sobre lo que hace su padre, eso es suficiente razón para investigar.Elena tomó el vaso de agua que había sobre la mesa y bebió despacio, sin apuro.—¿Qué encontró?—Que tu padre es un intermediario en el mundo criminal europeo. —Mateo la miró directo. —No tiene estructura
Mateo llegó a la mansión en veinte minutos.Dante estaba en el despacho cuando entró, con el informe de Marcos sobre la mesa y esa postura que tenía cuando algo era serio y no había manera de suavizarlo.Mateo lo miró y cerró la puerta.—¿Qué pasó?—Sentate.—Prefiero estar de pie.Dante lo miró un segundo y no insistió.—Investigué a Marco Ricci. —Fue directo. —El padre de Elena.Mateo no dijo nada.—Es un intermediario en el mundo criminal europeo. Lleva décadas conectando organizaciones distintas, facilitando operaciones, moviendo información. Dos empresas legales perfectamente en orden que cubren lo demás.—¿Cómo lo sabés?—Marcos lo investigó. —Dante la miró. —Por mi pedido.Mateo procesó eso.—¿Cuándo?—Hace una semana.—¿Y me lo decís ahora?—Te lo digo cuando tengo toda la información. —Dante sostuvo su mirada. —Hay algo más.Mateo esperó.—Ricci tiene una conexión con Sorokin. No directa. Un intermediario en común, hace tres años. Pero existe.Silencio.Mateo fue hasta el sil
El informe de Marcos llegó cuatro días después.Dante lo leyó sólo, en el despacho, antes de que Valentina bajara esa mañana. Cuando ella entró con el café y lo vio con esa expresión que tenía cuando algo no encajaba con lo que esperaba encontrar, dejó la taza sobre la mesa y esperó.—Marco Ricci —dijo Dante, sin preámbulo.—¿Quién es?—El padre de Elena. —Dante giró el informe hacia ella. —Marcos tardó cuatro días porque el hombre es cuidadoso. Dos empresas legales perfectamente en orden, sin nada que un inspector pudiera cuestionar. Pero debajo hay una red de contactos en el mundo criminal europeo que lleva décadas construyendo.Valentina tomó el informe y lo leyó despacio.—¿Mafioso? —preguntó.—Sin estructura propia. —Dante la miró. —Más bien un intermediario. Alguien que conecta actores distintos, facilita operaciones, mueve información entre organizaciones que no quieren contacto directo entre sí.—¿Trabajó con alguno de los nuestros?—Con dos de los albaneses, hace años. Antes d
Elena tardó tres días en mandar el mensaje.Mateo no preguntó. No mandó nada en esos tres días, ningún mensaje de seguimiento, ninguna pregunta disfrazada de otra cosa. Esperó, que era lo más difícil y lo único que tenía sentido hacer.El mensaje llegó un miércoles a la noche.¿Podemos vernos mañana?Mateo respondió con una hora y un lugar y dejó el teléfono boca abajo.Al día siguiente Elena llegó al restaurante con esa puntualidad de siempre y se sentó frente a él sin rodeos.—Decidí seguir —dijo.Mateo esperó.—No le voy a contar nada a mi padre. —Elena lo miró directo. —Lo que me dijiste se queda entre nosotros.—¿Por qué?—Porque lo que hace tu padre con esa sustancia no es diferente en esencia de lo que hace mi padre con el dinero y las conexiones. —Lo dijo sin juzgar, como alguien que ha pensado mucho en eso y llegó a una conclusión que no la hace completamente feliz pero que es honesta. —La diferencia es el método, no el objetivo.—¿Y eso te parece bien?—No me parece ni bien n
Último capítulo