Mundo ficciónIniciar sesiónSamantha Petrova creyó casarse con el hombre que amaba. Durante su luna de miel, su esposo la traicionó de la peor forma: usándola como pieza en un juego sucio para destruir a su propio tío. Lo que nadie previó fue que el plan fallaría. Porque aquel hombre no es alguien que perdone… y mucho menos alguien que renuncie a lo que considera suyo. Frío, dominante y acostumbrado a imponer su voluntad, Dominik Adler no tarda en reclamar lo que le fue arrebatado, arrastrando a Samantha al corazón de una familia donde el poder se disputa con sangre, secretos y traiciones. Un matrimonio que se rompe antes de empezar, y rodeada de una guerra silenciosa por el legado de los Adler, Samantha deberá aprender a sobrevivir… y a jugar. Porque en esa familia, confiar es una debilidad… y el amor, una fortuna peligrosa. Y cuando un hombre decide reclamar lo que es suyo, el mundo entero puede arder antes de que lo deje ir. 🖤🔥
Leer más[Samantha Petrova]
Siempre pensé que recordaría el día de mi boda como uno de los momentos más felices de mi vida. Lo curioso es que, cuando ahora cierro los ojos y vuelvo a ese día, lo primero que recuerdo no es el beso, ni los votos, ni siquiera la música de la ceremonia. La nieve caía lentamente sobre los jardines del palacio Adler, cubriendo los senderos de piedra y las estatuas de mármol como si alguien hubiera querido convertir aquel día en algo perfecto. Desde la ventana del salón privado podía ver cómo las luces doradas decoraban los árboles del jardín. Todo brillaba con esa elegancia tranquila que solo tienen los lugares demasiado antiguos… y demasiado ricos. Era extraño pensar que en unos minutos ese lugar también sería parte de mi vida. Respiré hondo mientras observaba mi reflejo en el enorme espejo frente a mí. Una de las maquillistas acomodaba con cuidado el velo sobre mi cabello oscuro, asegurándose de que cada pliegue del encaje cayera exactamente donde debía. El vestido era más sencillo de lo que muchos esperaban para una boda dentro de una familia como los Adler. Sin embargo, cuando lo miraba en el espejo no podía evitar pensar que era perfecto. La tela blanca se ajustaba con suavidad a mi figura y el encaje en las mangas tenía esa delicadeza que hacía que todo pareciera elegante sin necesidad de exageraciones. Mis manos estaban frías. No sabía si por los nervios… o por la nieve que seguía cayendo afuera. —Estás preciosa. Giré la cabeza cuando escuché la voz de Katya desde la puerta. Estaba apoyada en el marco con los brazos cruzados y una sonrisa divertida que me conocía demasiado bien. Solté una pequeña risa. —Eso dicen todas en las bodas. Katya caminó hacia mí negando con la cabeza. —No. Yo digo la verdad. Se detuvo a mi lado mirando mi reflejo en el espejo. —Y la verdad es que Rafael va a desmayarse cuando te vea caminar hacia el altar. El simple sonido de su nombre hizo que algo cálido se moviera dentro de mi pecho. Rafael Adler. A veces todavía me parecía extraño pensar que ese apellido ahora estaría unido al mío. Habían pasado dos años desde que apareció en mi vida, y aun así todo parecía haber ocurrido demasiado rápido. Rafael tenía esa manera tranquila de hablar, esa seguridad que hacía sentir a cualquiera como si fuera la única persona en la habitación. Desde el principio fue atento. Protector. Siempre pendiente de mí de una forma que nunca había experimentado antes. —¿Estás nerviosa? —preguntó Katya. Observé mi reflejo unos segundos antes de responder. —Un poco. Supongo que era normal. No era miedo. No era duda. Era esa sensación extraña que aparece cuando una persona entiende que su vida está a punto de cambiar para siempre. Poco después caminaba por el largo pasillo que conectaba las habitaciones privadas con el jardín cubierto donde se realizaría la ceremonia. Mi padre caminaba a mi lado y la música comenzaba a escucharse cada vez más cerca. —¿Lista? —preguntó con suavidad. Asentí. Cuando las puertas se abrieron, el murmullo de los invitados desapareció como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Las flores blancas cubrían el largo camino hasta el altar. Pero yo apenas las vi. Mi atención fue directamente hacia él. Rafael estaba al final del pasillo. Cuando levantó la mirada y nuestras miradas se encontraron, sonrió. Ese tipo de sonrisa tranquila que siempre lograba que mi corazón latiera más rápido sin razón. Respiré profundo y comencé a caminar. Cada paso se sentía extrañamente ligero, como si todos los caminos que había tomado en mi vida me hubieran llevado exactamente a ese momento. Cuando finalmente llegué frente a él, Rafael tomó mis manos con cuidado. —Pensé que te habías arrepentido —murmuró en voz baja. Negué con una pequeña risa. —Demasiado tarde para escapar. Sus labios se curvaron apenas. —No te hubiera dejado ir. No supe por qué… pero esa respuesta hizo que algo se estremeciera suavemente dentro de mí. La ceremonia pasó como en un sueño. Las palabras del sacerdote, las promesas, los anillos. Cuando Rafael dijo sus votos me miró de una forma tan segura que por un momento sentí que realmente podía creer cada palabra. Cuando llegó mi turno, respiré profundo. —Rafael Adler… prometo amarte, confiar en ti y construir contigo una vida que siempre sea nuestro hogar. Y entonces sucedió. —Los declaro marido y mujer. El aplauso llenó el salón. Rafael se inclinó hacia mí y me besó. Fue un beso suave. Tranquilo. El tipo de beso que parecía confirmar que todo estaba exactamente donde debía estar. La celebración después fue un torbellino de música, risas y copas levantándose en brindis. La gente se acercaba constantemente para felicitarnos y, aunque trataba de recordar cada rostro, muchos pasaban frente a mí como escenas borrosas. Cada cierto tiempo buscaba a Rafael con la mirada. Siempre estaba cerca. Hablando con empresarios. Familiares. Socios. Moviéndose con esa naturalidad de alguien que estaba acostumbrado a ser el centro de atención. Cuando nuestras miradas se encontraban desde lados opuestos del salón, él levantaba ligeramente su copa hacia mí. Al cabo de unas horas la fiesta había empezado a calmarse poco a poco. Las risas eran más suaves, las conversaciones se formaban en pequeños grupos y algunos invitados comenzaban a despedirse mientras el personal del palacio recogía discretamente algunas mesas. Todo tenía esa sensación extraña que queda después de una gran celebración, cuando el ruido se convierte en algo más tranquilo y el tiempo parece moverse más lento. Fue entonces cuando vi a mi amiga. Katya estaba cerca de una de las mesas, observando la sala con esa expresión suya que siempre parecía encontrar algo divertido en cualquier situación. Cuando me acerqué, apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que me abrazara con fuerza. —Bueno, señora Adler… oficialmente sobreviviste a tu boda. No pude evitar reír. —No fue tan terrible. Katya soltó una pequeña carcajada mientras se alejaba un poco para mirarme mejor. —Claro que no. Solo fue una boda gigantesca llena de empresarios, políticos y gente que parece salida de una película de mafiosos. Su comentario me hizo reír otra vez. Tal vez tenía razón. Desde que Rafael había entrado en mi vida, había aprendido que su mundo estaba lleno de personas influyentes, de reuniones elegantes y de miradas que parecían analizarlo todo. Pero esa noche… todo parecía más ligero. Más sencillo. —Voy a extrañar tenerte cerca en el viaje —le dije. Katya levantó una ceja con esa sonrisa traviesa que siempre usaba cuando sabía exactamente lo que estaba pensando. —Por favor… es tu luna de miel. Hizo un pequeño gesto con la mano. —Estoy bastante segura de que no vas a tener tiempo para pensar en mí. Sentí el calor subir inmediatamente a mis mejillas. —Katya… —Solo estoy siendo realista. Ambas terminamos riendo. Por un momento todo se sintió como siempre había sido entre nosotras. Como si nada estuviera cambiando realmente. Nos abrazamos otra vez antes de separarnos. —Cuídate —dijo ella finalmente. —Siempre lo hago. En ese momento Rafael apareció a nuestro lado, girando las llaves del automóvil entre sus dedos con esa calma que parecía acompañarlo a todas partes. —Nuestro transporte ya está listo. Asentí mientras tomaba mi pequeño bolso. Después de despedirme por última vez de Katya, caminamos hacia la salida principal del palacio. El aire nocturno era frío cuando salimos al exterior. La nieve seguía cubriendo el camino mientras el automóvil negro esperaba frente a las escaleras con el motor encendido. Miré una última vez el palacio iluminado antes de subir al vehículo. Rafael entró después de mí y la puerta se cerró con suavidad. El automóvil comenzó a avanzar lentamente por el camino cubierto de nieve mientras las luces del palacio quedaban atrás. Apoyé la cabeza en el hombro de mi esposo observando el paisaje oscuro al otro lado de la ventana. —¿Cansada? —preguntó Rafael. —Un poco… pero feliz. Rafael tomó mi mano entre las suyas. —Bien —dijo con suavidad—. Porque esto apenas está comenzando. En ese momento pensé que tenía razón. Creí que aquella noche era el inicio de algo hermoso. No sabía… que lo peor de mi historia con los Adler ni siquiera había empezado.La lluvia no había cesado en dos días. Caía sobre Moscú como un manto gris y pesado, empapando las calles y empañando los cristales de la residencia. El clima frío se colaba por las rendijas de las ventanas, y el sonido constante del agua golpeando los vidrios creaba una atmósfera opresiva que parecía presagiar algo malo.Samantha había salido temprano para encontrarse con Kathya, acompañada por tres guardaespaldas que Dominik había insistido en asignarle. Aunque ella se había quejado, él no había cedido. No después de todo lo que había pasado. No con su padre moviendo piezas en las sombras.Dominik y Leonid también habían salido. Tenían que solucionar un asunto relacionado con la citación y las pruebas que Samantha había encontrado. No habían dicho muchos detalles, pero Lenna sabía que era importante. Que estaban construyendo algo. Algo que podría destruir a su padre para siempre.Y ahora, ella estaba sola.Bueno, no del todo. Su enfermera personal, una joven llamada Ana, estaba en l
La residencia había quedado en silencio después de que los padres de Samantha se marcharan. El eco de sus pasos se desvaneció por el pasillo, y el sonido del auto alejándose marcó el final de una visita que había dejado más preguntas que respuestas. Pero Samantha no podía preocuparse por eso ahora.Lenna seguía sentada en el sofá, con una taza de té humeante entre las manos que apenas había tocado. Su rostro seguía pálido, pero había una calma en sus ojos que no estaba allí antes.—Tus padres son adorables —dijo Lenna, rompiendo el silencio con una sonrisa suave—. Tu madre es tan cálida... y tu padre, aunque reservado, se nota que te quiere mucho.Samantha sonrió, dejándose caer en el sofá junto a ella.—Sí. Son lo mejor que tengo. —Hizo una pausa, y su sonrisa se desvaneció ligeramente—. Bueno, eran lo mejor que tenía. Ahora también te tengo a ti. Y a Dominik.Lenna la miró con curiosidad.—¿Y qué tal te sientes? Quiero decir, con todo lo que ha pasado. Lo de Rafael, lo de tu boda co
El auto negro se deslizaba por las calles mojadas de Moscú mientras la lluvia fina empañaba los cristales. Dominik iba en el asiento trasero, con una pierna cruzada sobre la otra y la mirada perdida en el paisaje gris que pasaba tras la ventanilla. El hospital había quedado atrás hacía apenas diez minutos, pero la sensación de alivio al saber que Leonid estaba fuera de peligro seguía fresca en su mente.Leonid, sentado a su lado, se estiró con una mueca de dolor que no logró disimular del todo. Tenía el torso aún vendado bajo la camisa, y el moretón en su mandíbula ya comenzaba a tornarse amarillento. A pesar de todo, su sonrisa irónica seguía intacta.—Sabes —dijo Leonid, rompiendo el silencio—, cuando te pedí que me llevaras a dar un paseo, no esperaba que fuera en un coche con un chófer y con el ambiente más tenso que en una reunión de accionistas.Dominik giró la cabeza hacia él.—Podría haberte dejado en el hospital.—No me hagas eso. Prefiero el coche. —Leonid se recostó con cui
Cuando el timbre sonó, Elizaveta estaba en la cocina, preparando un té que apenas le apetecía. Frunció el ceño, extrañada. No esperaba visitas. Nadie los visitaba desde que los echaron de la mansión.Abrió la puerta con cautela, y su expresión cambió por completo.Nicolás estaba allí, de pie en el umbral, con su sonrisa despreocupada y las manos en los bolsillos de su chaqueta. Llevaba el cabello ligeramente despeinado y un aire de suficiencia que era tan característico de él.—¿Mamá? —dijo, como si fuera lo más natural del mundo—. ¿No me vas a dejar pasar?Elizaveta sintió que el corazón le daba un vuelco. Su hijo. Su favorito.—Nicolás —dijo, abrazándolo con efusión—. Hijo, ¿cómo estás?Él la abrazó con la misma calidez que siempre, pero cuando la soltó, su mirada recorrió el apartamento con una expresión de curiosidad, no de lástima.—Vaya, vaya... no es la mansión Adler, ¿verdad? —comentó, entrando como si fuera su casa.Elizaveta cerró la puerta y lo siguió.—No, no lo es —respon





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