Capitulo XXXVII
En ese momento este tomo su espada, la cual descansaba en el respaldo de su silla y la blandió en el aire con agilidad y experiencia. Era claro lo que estaba a punto de pasar y es que moriría a manos de nada más y nada menos que Carlos. Seria únicamente ella quien sufriera, lo cual demostraba la capacidad de manipulación de Minerva y sobre todo su inteligencia.

Al ver aquello Marcos tomo de igual modo su espada y es que estaba dispuesto a luchar a capa y espada por defender a Renata.

Ambos avanzaron unos pocos pasos, comenzando a medir la fuerza de sus espadas. Estas golpeaban aquí y allá, haciendo resonar por todo el lugar el acero con que fueron forjadas; mientras sacaban chispas con sus continuos roces. Ambos eran buenos en el arte de la lucha e incluso excelentes; se movían por todo el salón con destreza, retrocediendo para evitar el filo de la espada de su oponente y moviéndose hacia el frente para tratar de asestar algún golpe. Fue así hasta que ambos no pudieron más con el ritm
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