Capitulo I

Un buen día más de 300 años después de que todo aquello comenzó; dos hermanas estaban listas para la elección en la cual una de ellas se convertiría en la nueva gobernante. Sólo tenían un año de diferencia entre sus edades, así que podía suponerse que sería un combate justo entre ambas; aunque la verdad es que no lo era en absoluto, pues una de ellas había desarrollado mucho más sus dones desde pequeña.

Minerva la mayor, era una chica realmente hermosa de larga cabellera rubia y lacia que caía como una cascada por su espalda hasta la cadera; esta era tan suave y brillante como la misma seda. Poseía unos pequeños ojos claros color grises y hasta con toques azulados, los cuales eran enmarcados por unas delgadas cejas y una boca pequeña de labios gruesos. Ella era muy linda, pero tenía una cierta expresión en sus ojos, de una malicia enrevesada; la cual podía resultar peligrosa de no controlarse. Minerva siempre había sido capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguir su objetivo, sin importar lo que eso fuera; pues solo le importaba lo que ella quería y nada más que eso. Era alguien muy fuerte en todos los sentidos, no solo en su magia y carácter, sino también su sentir y su físico.

Mientras que la menor solo por un año era diametralmente opuesta a su hermana. Ellas eran literalmente como el día y la noche, no tenían nada en común en absoluto y es que cualquiera que las viese no adivinaría nunca que son hermanas.

Renata era una chica alegre y cariñosa, pero sobre todo amable con todos aquellos que se encontraban a su alrededor sin importar quienes fueran. Los trataba por igual tanto a los sirvientes del castillo, como a sus súbditos y los nobles del reino, pues para ella todos eran igual de valiosos. Aunque si tenía un trato especial con las personas que le servían en el castillo, pues al convivir con ellos todo el tiempo les consideraba como parte de su familia. Su forma de ser y comportarse la hacía una persona muy querida y respetada por todos en el reino y quienes le conocían. Era una joven muy dedicada a sus deberes, pero también sus aficiones, las cuáles eran diversas como la música y la jardinería. 

Ella era un tanto más baja que su hermana, tez clara pero no tanto, cabello castaño rojizo a la cintura el cual parecía más corto por el hecho de ser rizado esponjoso. Sus ojos color miel eran grandes y expresivos, los cuales se veían resaltados por sus cejas gruesas y boca pequeña de labios delgados. Era una chica en realidad bellísima; aunque no se podía decir que alguna lo fuera más que la otra, pues eran de hecho muy distintas. Sobre todo, debido al hecho de que Renata poseía una luz mayor, lo cual hacía imposible que la gente no volteara a verla a su paso; en tanto que Minerva imponía con su porte.

Una mañana de primavera Renata despertó muy temprano, justo antes del amanecer como siempre; pues solía gustarle pararse frente a la ventana de su habitación cada mañana. Desde ahí podía ver con claridad el sol saliendo a través de las montañas en el horizonte, ya que entonces se produce una luz muy especial. A su parecer era el momento perfecto del día; estaba lleno de paz y tranquilidad, además de que solía gustarle despertarse temprano para de esa forma sentir que el día era mucho más largo. De esa forma podía hacer todas las cosas que necesitaba, ya que en ocasiones sus deberes eran tantos y tan extenuantes que era difícil completarlos.

Un rato después de haberse vestido y arreglado decidió bajar hacia el comedor de la planta baja, el cual permanecía vacío; su familia no había despertado aun o bajado al menos. 

Mientras descendía se encontró con una de las doncellas que las ayudaban.

       — ¿Dónde están mis padres? - le preguntó volteando a su alrededor.

       — Lo siento princesa Renata, nadie ha despertado aún. ¿Hay algo en lo que pueda ayudaros? - le ofreció haciendo una reverencia.

Aquella joven no le dirigió la vista en ningún momento al hablarle, pues eso era visto como una clara falta de respeto hacia la realeza; más entonces Renata se le acercó de forma amigable.

       — No tienes porque hacer eso - le aseguro con voz dulce, mientras ponía una mano en el hombro de la chica, la cual continuaba haciendo una profunda reverencia.

       — Se que eres nueva aquí y entiendo tu actitud, pero ya todos los sirvientes saben que a mí no me hace falta ese tipo de demostraciones; de hecho, no me siento cómoda con ellas. Te pido que al menos no lo hagas estando yo sola, pues tampoco deseo generales problemas con mi familia - le aseguró hablándole con bondad y empatía hacia ella.

Renata nunca se había sentido ni remotamente superior a los demás por la posición de la cual gozaba desde su nacimiento, misma que tenía gracias a sus padres y es que esta no le hacía mejor que el resto o al menos eso creía.

       — ¿Qué estáis preparando para desayunar? - le cuestionó hambrienta.

      — No lo sé princesa, no he ido a la cocina aun; pero si gusta puedo ir a ver - le ofreció la joven con cortesía.

Renata entonces comenzó a caminar hasta la cocina con pasos lentos.

       — Descuida, mejor vamos allá las dos juntas - prefirió, dedicándole una sonrisa.

Una vez llegaron a la cocina se paró justo en el umbral de la puerta viendo a todos a su alrededor con una gran sonrisa en los labios; pues a pesar de los grandes salones y aposentos llenos de lujos y comodidades que poseía el castillo, ese era su sitio predilecto de todo el castillo.

       — ¿En qué podemos ayudaros? - les cuestiono en voz alta a todas las cocineras que trabajaban sin cesar, moviéndose de un lado a otro por la cocina.

En ese momento todas la voltearon a ver saludándola con alegría, tal como siempre que la veían; pues la querían mucho y su sola presencia siempre era fantástica para todas.

       — ¿Qué hace aquí niña Renata? - le preguntó Ana la cocinera al mando, además de su nana.

Ella era una mujer mayor y tierna de cabello blanco, estatura baja y manos callosas, pero que eran capaces de reconfortar en los peores momentos.

      — No me reprendas nana, sólo quería ayudar un poco; sabes que odio estar quieta y sin hacer nada - le expresó acercándose a la mesa en la cual costaban algunas verduras para el desayudo.

Desde pequeña solía escabullirse a la cocina siempre que podía; pues le encantaba poder ayudarles, sentirse útil y hasta lo más normal posible, pues ahí se sentía cómo una más. Estas así se lo asían sentir siempre y apreciaba que fuese de ese modo; además de que los aromas y sabores ahí siempre eran fabulosos. 

Tomo entre sus manos unas papas para comenzar a partirla con presteza, cuando de pronto fue interrumpida por la voz de su madre. Esta se acercaba por el pasillo con rapidez o al menos eso parecía por sus gritos.

       — ¿Dónde está Renata? - les cuestiono una vez atravesó el umbral de la puerta de la cocina pocos segundos después.

Todo había ocurrido tan rápido que Renata no tuvo tiempo de salir de ahí o esconderse siquiera; aunque no habría servido de cualquier modo, pues su madre parecía tener un sexto sentido cuando se trataba de algo que se le escondía. Estaba completamente desesperada ante su cercanía, pues la última vez que la descubrió ahí, además de reprenderla también castigo a todas quienes trabajaban en la cocina y eso era lo que verdaderamente le preocupaba. Estaba consciente de que lo que sucediera sería solamente su culpa y la de nadie más. 

En ese momento la reina Marcia llego hasta la entrada a la cocina con todo el porte y firmeza que solían caracterizarla. Poseía una cabellera rojiza magnifica y ojos verdes que parecían ser capaces de descubrir hasta el más hondo de los secretos. Al ver a su alrededor no encontró a Renata por ningún sitio, aun cuando estaba segura de que lo aria y por eso mismo dirigió su vista hacia las cocineras para hacerles una pregunta.

       — ¿Dónde está Renata?

Al escucharla todas la vieron extrañadas por sus palabras, pues Renata estaba ahí a sólo un par de pasos adelante suyo y no entendían qué era lo que sucedía que no la veía. Renata en cambio las veía de reojo y se llevaba una mano hacia los labios, pidiéndoles encarecidamente con una seña que no dijeran nada, pues era lo mejor por el bien de todos. Por fortuna estas lo entendieron y cumplieron sus indicaciones expresamente.

      — No lo sabemos su majestad, pero si gusta podemos buscarla - propuso Ana armándose de valor, aunque no puedo evitar que su voz fuese un tanto temblorosa.

Temía profundamente que descubriera la mentira y dañara a todas incluyendo a Renata, solo por tratar de engañarla. Esta se encontraba igualmente alterada porque la reina Marcia descubriera su treta; por fortuna para todas solo se dio la vuelta, saliendo de ahí en silencio para seguir buscándola. Para entonces estaba igual o incluso más molesta de cómo estaba a su llegada y eso era peligroso para todos a su alcance. 

Renata vio aquello con una gran sonrisa; causando un suspiro de alivio en todas las presentes, quienes veían seguro su castigo.

       — Ha estado realmente cerca - les dijo feliz por salir bien libradas de tan difícil situación.

Cuando eso pasó Ana se le acercó algo alterada por lo que acababa de ocurrir. No se podía creer que fuese verdad lo que paso, ya que aun sentían el peligro latente sobre ellas.

       — ¿Qué ha pasado niña? ¿Qué fue lo que hicisteis? - le preguntó sorprendida por todo lo que acababa de acontecer.

Renata entonces movió sus manos por sobre su pecho, tal como si se quitara una especie de velo invisible, el cual la envolvía por completo. Lo hizo para luego arrojarlo al viento, ante lo cual todas ahí vieron como un cierto toque de color regresaba a ella; fue así aun cuando no habían notado que lo perdió hasta ese momento.

       — “Desapareced” - pronunció a la vez que tomaba una manzana de la mesa para pasar una mano con delicadeza sobre está.

Lo hizo mientras cerraba los ojos y respiraba con lentitud, haciéndola desaparecer ante sus ojos.

      — He estudiado este hechizo desde hace un par de meses y nunca había sido capaz de lograrlo con algo más grande que está manzana, pero hoy decidí arriesgarme - les contó con emoción, mientras pasaba de nuevo la mano por la manzana, haciéndola visible de nueva cuenta.

      — Y como ustedes pudieron haberse dado cuenta conseguí desaparecer por completo - les dijo visiblemente emocionada por eso, pues nunca había sido la más talentosa en lo que a la magia se refería.

Si bien solía aprender todo cuanto le enseñaban con rapidez y podía llevarlo a cabo de igual forma, siempre lo hacía en una escala pequeña, la cual le resultaba difícil de superar a excepción de ese día claro está.

       — Sin embargo; el hechizo que use esta mañana es una pequeña variación de este, el cual solo me hizo desaparecer ante los ojos de mi madre, para quien iba dirigida la ilusión - les contó muy emocionada por no haber sido descubierta por la reina al realizar aquel sorprendente y nuevo hechizo, en especial siendo esta tan poderosa.

Por desgracia no se dio cuenta de que su hermana se encontraba justo en el pasillo y logro escuchar todo lo que estaba diciendo, lo cual no le complació en absoluto. Su vida se había visto volcada a estudiar todo lo que pudiera para contralar su magia, eso para algún día poder convertirse en la reina. No había nada más importante para ella y hasta esa mañana estaba completamente convencida de que sería la vencedora; pero después de lo que acababa de escuchar esa certeza sinceramente se había esfumado y no podía permitirlo por su propio bien. Si no lograba convertirse en reina gracias a sus capacidades, entonces lo haría utilizando cualquier medio a su disposición, estaba dispuesta a todo con tal de lograrlo. 

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