La sala, que poco antes se sentía cálida, ahora estaba sumida en un frío glacial. La lámpara sobre sus cabezas seguía encendida, pero su luz tenue parecía insuficiente para atravesar la oscuridad que, de pronto, lo envolvía todo. El gastado sofá, testigo mudo de cada lágrima que Bella había derramado durante meses, presenciaba ahora su llanto más amargo. Las paredes, con la pintura descascarada, parecían cerrarse sobre ellos, presionando, haciendo que el espacio se sintiera cada vez más asfixia