Mundo ficciónIniciar sesiónUna vida arruinada. Un objetivo prohibido. Un juego donde el amor es la trampa más peligrosa. Scarlett Quinn está a punto de perderlo todo por una demanda impagable de $85,000 tras la traición de su ex. Sin alternativas, acepta un trato oscuro: infiltrarse en Cole Enterprises, seducir al implacable CEO Nathaniel Cole y darle a su esposa las pruebas para un divorcio millonario. ¿El pago? $500,000 y su libertad. Pero Nathaniel no es el magnate corrupto que ella esperaba. Es intachable, absurdamente honorable y leal. Aún así, la claustrofóbica proximidad en la oficina desata una tensión incontrolable que termina rompiendo sus defensas. Nathaniel cae rendido ante ella, mientras Scarlett queda atrapada en su propia trampa: se enamora perdidamente del hombre al que debía destruir.
Leer másLlegar al piso de la suite fue una odisea de risas ahogadas y pasos tambaleantes. El pasillo parecía una pista de patinaje sobre hielo. Yo iba colgada de su brazo, tropezando con mis propios tacones, mientras Nathaniel intentaba mantener la dignidad de un magnate con cuatro whiskys de más en la sangre. En cuanto cruzamos la puerta de la Suite Presidencial, me quité los zapatos de un tirón y, sin pensarlo dos veces, corrí hacia la enorme cama rey y salté sobre el colchón de plumas. —¡Libertad! —grité, rebotando como una niña de cinco años mientras el vestido se descolocaba por completo. Nathaniel se apoyó contra el marco de la puerta, observándome. Tenía la camisa desabrochada, el cabello despeinado y la chaqueta colgando de un dedo. Pero su mirada... Dios mio, su mirada. Me observaba con una devoción tan pura, tan profunda y tan desprovista de lujuria barata, que me dejó sin aliento. Nadie me había mirado así jamás. Durante años, los hombres me habían mirado como un trofeo, como u
—Una ronda más —pedí, alzando dos dedos hacia el barman del lujoso salón del hotel. La cena de negocios había sido un éxito rotundo, pero la carga de adrenalina que nos dejó necesitaba un escape urgente. Al terminar la junta, fui yo quien sugirió bajar al bar privado. Necesitaba alcohol. Necesitaba ahogar el temblor que sus manos en mi pierna habían dejado en mi cuerpo. Nathaniel se acomodó a mi lado en la barra de madera oscura, aflojándose el nudo de la corbata con una sonrisa ligera que le suavizaba las facciones. —¿Una ronda más? Scarlett, llevamos tres whiskys dobles. No quiero tener que cargarte de nuevo hasta la suite. —Por favor, Cole —solté una carcajada franca, apoyando los codos sobre el mostrador—. Te estás enfrentando a una experta. Te aseguro que puedo beber el doble que tú y salir caminando en línea recta. Mi resistencia al alcohol debería ser Patrimonio de la Humanidad. Él levantó una ceja, genuinamente impresionado. —¿Así que la señorita elegante y reser
La cumbre en el salón de eventos del Grand Regency reunía a lo más selecto del mundo inmobiliario, pero para mí no era más que una pasarela personal. Tras días sintiéndome acorralada, arruinada y al borde del abismo, decidí que si iba a quemarme en este juego, lo haría brillando. Me tomó una hora entera arreglarme en la suite. Cuando salí de mi habitación, vestida con un vestido ajustado, de esos que hacen que los hombres volteen por donde paso. Nathaniel me esperaba junto a la puerta principal, ajustándose los gemelos de plata de su esmoquin negro. Al escuchar mis tacones contra el suelo, se giró. El magnate de la construcción, el hombre que no pestañeaba ante contratos de cien millones de dólares, el estratega de hielo... se quedó absolutamente sin palabras. Sus dedos se congelaron en su puño. Sus ojos grises, oscuros como una tormenta en el mar, recorrieron cada centímetro del vestido, bajando por el escote, deteniéndose en la curva de mi cadera expuesta por la falda y su
Nathaniel sostuvo el borde del sujetador rojo con dos dedos y lo retiró con una lentitud exasperante de su rostro. Con la otra mano, apoyada firmemente en el hueco de mi cintura, me aseguró sobre su cuerpo para evitar que saliera volando al suelo. Sus ojos grises, oscuros y chispeantes de una diversión contenida, se clavaron en los míos mientras examinaba la prenda de encaje que sostenía en el aire. —Tengo que admitir, Sra. Quinn, que tiene un gusto impecable en lencería. El rubor me quemó hasta las orejas, pero la absoluta estupidez de la situación terminó por romper mi pánico. Me apoyé con ambas manos sobre el marco sólido de su pecho, sintiendo la risa profunda vibrar bajo sus costillas, y decidí no acobardarme. —Bueno, Sr. Cole... se ve bastante bien en usted, pero le aseguro que se ve mucho mejor puesto —bromeé con un guiño inocente, arrebatándole la prenda de las manos antes de que la examinara más de la cuenta. Nathaniel soltó una carcajada limpia y sonora que retumbó en l
Último capítulo