6

¿Recuerdas que te dije que el nombre de Jericó me resultaba familiar? Pues en efecto así lo era. Un ángel protegía aquella ciudad amurallada, y su nombre era Yerichie. Así es, era un Cherub.

Con él ya sumaban seis Cherub con actividad constante en el mundo de los adanes. La sorpresa llenaba por completo mi faz. La suya, por el contrario, no mostraba siquiera un dejo de asombro. Nos miramos a los ojos. En el Cielo habíamos sido grandes amigos: construimos centenas de torres de guardia juntos y viajamos hasta Malkuth lado a lado. Para nuestra mala fortuna aquel día nos separaba un inmenso campo de batalla. 

Simplemente no me atreví a hablar. No sabía qué decirle. Fue él, Yerichie, quien alzando el rostro al Cielo, rompió el silencio de nuestro frágil encuentro diciendo:

—¿Acaso te envío el Altísimo?

Fingiendo seguridad y confianza, respondí:

—Así es. Tengo una orden directa de Gabriel que involucra hacer trizas esa muralla. El ejército de Josué hará el resto.

Mi antiguo amigo meneó la cabeza para expresar su inconformidad y replicó:

—¡No es justo lo que están haciendo! ¿Por qué amargar la vida de estos adanes que viven pacíficamente? ¿Por qué dejar que un pueblo bárbaro saquee y asesine al otro solo porque cree ser el “elegido”? ¿Por qué acabar con un dios que ama y protege a esta gente?

Lentamente, un nudo se comenzó a formar en mi garganta. ¿Acaso las quejas de Yerichie tenían fundamento? Apreté los dientes, me sobrepuse a la emoción y respondí:

—Solo hay un Dios, Yerichie. Y ese, es el Señor. Los Cherub no podemos jugar a ser los dioses de esta gente. Todos los adanes deben de creer en el mismo Dios ¡¡Todos deben de vivir bajo una misma ley!!

Yerichie enfureció apenas terminé de hablar. Encendió su aura y me señaló con su índice derecho:

—¿Un solo Dios, dices? ¿Dónde estaba el Todopoderoso cuando la enfermedad de la piel que sangra cayó en Jericó? ¿Qué hizo el Altísimo cuando esta ciudad ardió en llamas y decenas de niños murieron asfixiados por el humo? ¡Dímelo, Erael! ¿Por qué tu Dios hace leyes distintas para unos y otros? ¿Por qué permitió que Miguel y Gabriel arrasaran con Egipto? Asesinaron a dos de nuestros amigos ¡DOS CHERUB!, dos de sus hijos… Dime, Erael, ¿Acaso los adanes no merecen un dios que vele por ellos?

Mi sangre etérea burbujeaba intentando contener una ola imparable de furia que bullía en todo mi cuerpo. Quizá el Señor estaba fuera de control, pero ¿Y si no era así? ¿Y si los que estábamos fuera de control éramos nosotros? El Altísimo nunca nos había fallado. Cierto, tomaba decisiones drásticas, pero también era verdad que las cosas siempre ocurrían por algo… Debía tomar un bando, y lo hice. 

Un par de lágrimas escurrieron por mis ojos. Encaré a mi amigo y estallé mi aura para hacerle ver que las cosas iban en serio. Cuando por fin vi temor en sus ojos, le dije:

—No estamos seguros de que Gabriel y Miguel hayan sido los asesinos de Rael y Osiriah. En todo caso, déjame aclararte algo que pondrá fin a tus absurdos cuestionamientos…

Orgulloso, Yerichie alzó la barbilla. Estaba retándome para que expresara mi razonamiento definitivo. Le sostuve la mirada y puntualicé:

— El fin justifica los medios, Dios justifica al fin, y Dios justifica a Dios… ¡Estoy harto de tu palabrería estúpida ¡Acabemos con esto de una vez! Si no te rindes ahora mismo, no tendré piedad. ¡Arrodíllate ante el Todopoderoso y acepta tu condena!

Yerichie lloraba también, pero secó sus lágrimas con presteza y contestó:

—El Señor sabe que estoy de rodillas ante Él, pero también debe saber que daría la vida por proteger a mi mundo. ¡Y voy a hacerlo, Erael! Más vale que estés listo, porque no pienso tener compasión contigo…

Capítulos gratis disponibles en la App >

Capítulos relacionados

Último capítulo