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¿Ángel? Si mi amigo adán, ya conocía esa palabra, de hecho, ese término fue inventado en el Cielo, y no en la Tierra como se pudiera pensar. Lo inventó nuestro Señor justo en el momento en que Metatrón fue creado. Todos los miembros de cada uno de los coros celestiales éramos “ángeles”, al menos en teoría. 

Lo que debí haberme preguntado en aquel instante era: ¿En qué momento el pequeño adán había conocido a uno de nosotros? Sin embargo, fue lo último que se me ocurrió. Estaba tan emocionado por enfrentar a Hieraco que ni siquiera fui capaz de darle al asunto la importancia que merecía.

¿Te preguntas si había otros mensajeros del Todopoderoso en Malkuth aparte de nosotros los Cherub?

Sí, mi querido adán. Lamentablemente sí los había… 

Pero no me di cuenta en aquellos momentos. Seguí volando con el niño en brazos hasta encontrar la guarida de Hieraco. Aún restaban unas horas para el amanecer, así que una intensa oscuridad seguía dominando el cielo.

Nos acercamos lentamente a la entrada de la caverna. Cuando solo unos pasos nos separaban de la guarida de la Heracoesfinge, un sonido chirriante rompió la quietud de la noche. Eran las garras de Hieraco arañando el piso, tal como sucedió la última vez…

—Hay un animal en Malkuth que a lo largo de su vida usa todas sus patas para andar. En los albores de su existencia marcha orgulloso sobre cuatro patas, luego, cuando el atardecer toca a su puerta, usa solo dos de sus patas para andar. Y al final de su camino, cuando el sol de su existencia se comienza a agotar, usa tres de sus patas para desanimado caminar. Dime, pequeño y miserable adán, ¿Cuál es el animal del que acabo de hablar?

El niño comenzó a temblar y sus dientes castañeaban sin control. No era para menos. El horrendo rostro de Hieraco comenzó a asomarse de forma macabra entre las sombras que envolvían la entrada de la cueva. Una aterrorizante sonrisa se dibujaba en su rostro. Se relamía los dientes con frecuencia, como anticipando el sabor de un nuevo bocado. Cuando tuvo la certeza de que tenía completamente aterrorizada a su pequeña presa, advirtió:

—Solo responde si conoces la respuesta, de lo contrario, tu muerte será cruel y muy lenta.

El niño buscó mis ojos con desesperación. Lo miré fijamente y asentí. No era hora de titubeos, era momento de ser valiente. Lo comprendió al instante. Dio un par de pasos tambaleantes al frente y dijo con la mayor confianza de la que fue capaz:

—Es el hombre. Tiene cuatro patas cuando gatea al ser un bebé, luego dos cuando crece y llega a ser un adulto, y finalmente tres, cuando usa un bastón para andar al momento de envejecer.

El semblante de la Heracoesfinge palideció en un instante. Su rostro demacrado pareció envejecer mil años frente a mis ojos, luego dejó escapar un largo bufido y comenzó a balbucear incoherencias sin parar:

—No, no… no… ¡Esto no puede estar pasando! ¡Es imposible que un inmundo e ignorante humano haya descifrado mi acertijo! No lo creo. ¡NO LO CREO!

Hieraco comenzó a dar vueltas alrededor de sí mismo sin control. Era incapaz de detenerse, parecía un perro persiguiendo su cola atorado en un ciclo maldito que no tenía fin. Era definitivo: mi viejo amigo había perdido la razón.

Nos miró con gran desesperación. Seguía balbuceando la misma absurda cantaleta, pero esta vez muy cerca del risco de la montaña donde se encontraba su hogar. Su locura estaba sobrepasando los límites…

Sus ojos se encontraron con los nuestros una vez más. Torció la boca como intentando sonreír y luego gritó:

—¡NO LO CREO!

Y sin más voló hacia lo más alto del cielo. Cuando alcanzó una altura considerable, encogió las alas, dobló las patas y se lanzó en picada hacia el suelo. 

¡Mi amigo cayó justo frente a mis ojos!

El impacto fue brutal. Su cráneo estalló en mil pedazos. Un enorme charco de sangre púrpura rodeó su cadáver de forma instantánea. En Malkuth éramos poderosos, sí, pero no inmortales, y a final de cuentas, en la “Tierra” no éramos otra cosa que simples bestias…

El primer Cherub había perecido ya. Su cadáver yacía inerte frente a mis ojos y no pude evitar preguntarme: ¿Qué estábamos haciendo? ¿Qué pretendíamos lograr los Cherub viviendo en Malkuth?

Quise llorar por la pérdida de mi amigo, pero no fui capaz de hacerlo. El llanto se había ahogado en lo más profundo de mi pecho y se negaba a salir por mi garganta. Solo pude cerrar mis ojos en señal de respeto. A lo lejos, escuché una risa y gritos de alegría. Era aquel niño al que había llevado para resolver el acertijo. Se encontraba en el fondo de la caverna, y aparentemente estaba maravillado con lo que había encontrado dentro. Acudí a su encuentro y descubrí entonces el motivo de su alegría. Todo lo que había dicho Hieraco era verdad; en el fondo de la cueva se hallaba un enorme cofre con un gran tesoro de oro y gemas en su interior. 

El pequeño me pidió ayuda para cargarlo y llevarlo a su aldea. Negué con la cabeza. Esa no era la mejor de las ideas. Lo más adecuado sería migrar hacia algún lugar donde nadie lo conociera, así podría fundar su propia aldea, su propio pueblo o quizá hasta su propio imperio…

¿Qué? ¿Quieres saber qué pasó con aquel niño? Eres muy curioso mi amigo adán. Bien, pues te diré que ese joven humano llamado Mahout creó su propia dinastía. Su reino fue conocido tiempo después como Persia, y aunque cambió de nombre muchas veces, siempre tuvo como símbolo a los poderosos elefantes y sus hábiles jinetes, los Mahout…

Y de esa forma nuevamente me quedé sin hogar. Vagué durante 300 años humanos por todo Malkuth, aprendiendo miles de cosas, maravillándome con unas y asqueándome con otras. No fue sino hasta que me topé con un ejército judío cuando decidí asentarme de nuevo. Estos hombres luchaban en nombre de Dios, aunque su comportamiento fanático dejaba bastante que desear. Pero en fin, peleaban por defender su fe, y en consecuencia decidí ayudarlos. 

Ese, mi muy querido amigo adán, fue el comienzo del fin, pon mucha atención, porque a partir de este punto en la historia, las cosas se pusieron horrendamente interesantes.

Habían pasado ya algunos años desde que el Altísimo había logrado liberar al pueblo judío que vivía esclavizado en el imperio que protegía Rael, ese que ustedes conocen bajo el nombre de Egipto. Dicho acontecimiento marcó el primer enfrentamiento directo entre los renegados Cherub y los ángeles emisarios del Todopoderoso.

Así es mi amigo adán, esos “dioses” que protegían al pueblo egipcio no eran otros que los propios Cherub y sus hijos, aunque esa es una historia que no vale la pena contar… estoy divagando, discúlpame por favor, pero en mi mente habitan tantos recuerdos que es difícil apartar los unos de los otros… solo te diré que los rumores contaban que había sido en el Mar Rojo donde Osiriah y Rael pelearon con los ángeles del Señor hasta agotar sus fuerzas, y aunque consiguieron vencer a algunos, no fueron capaces de derrotar a las poderosas fuerzas combinadas de Miguel y Gabriel. Estos últimos simplemente hicieron pedazos a los ejércitos de mis amigos. Se decía que por alguna extraña razón, habían logrado salir con vida de aquel enfrentamiento, aunque sus vidas habían terminado poco después en una guerra con un imperio rival… al menos eso era lo que lo contaban las historias y leyendas de los adanes.

Sí, de todo eso me enteré únicamente por boca de los humanos, en este caso de mis amigos judíos. De aquel terrible acontecimiento habían pasado ya más de 50 años. En aquella época, mis aliados estaban seguros de que Dios nuevamente estaba de su lado. Fue una lástima que ellos terminaran por malentender las cosas, aunque la verdadera desgracia es que yo tuve mucho que ver con ello.

¡Los hubieras visto mi querido compañero adán! Era un ejército formidable el de aquellos judíos: centenas y centenas de lanceros, espadachines, hombres con hachas y arqueros en carros. Era una maravillosa fuerza armada, además, era prácticamente imbatible, porque contaban con la fortuna de tener a un ángel de su lado…

Josué era el líder de aquella imponente maquinaria de guerra, y aunque tenía plena confianza en que el Todopoderoso respaldaba sus planes, como buen general, prefería contar con algo de ayuda más tangible que la confianza y apoyo de una divinidad invisible. 

Sí, ahí fue donde entré en escena. Me revelé ante Josué como un ángel, un Cherub… aunque jamás le dije mi nombre. Tanto a él como a su ejército les mostré mis fabulosos poderes. Sobra decir que quedaron completamente atónitos ante la demostración. Conmigo de su lado, aseguraron que la victoria se encontraba más que cerca.

El plan era simple: atacar y someter a la ciudad fortificada de Jericó. Por alguna extraña razón, ese nombre me resultaba bastante familiar. Fiel a mi estúpida costumbre, no le di importancia. Puse fin a mis cavilaciones y me integré al consejo de guerra en la tienda de Josué. Teníamos plena confianza en obtener una victoria avasalladora, después de todo, el ejército que tenía a un ángel entre sus filas era el nuestro. 

Estábamos reunidos alrededor de una mesa con un mapa gigantesco extendido sobre su superficie. En él los líderes trazaron muy diversos y complejos planes, luego discutieron sin cesar, gritándose los unos a los otros, intentando hacer válida su propia opinión. Josué solo los observaba con una sonrisa en el rostro. Sabía que no existía un mejor plan que aquel que el Altísimo tenía para ellos.

La hora había llegado. Miles de judíos tenían rodeada la ciudad. Todos y cada uno de ellos exhibían una enorme sonrisa dibujada en sus rostros. Luego, sin más, comenzaron a marchar. Dieron siete vueltas alrededor del asentamiento, marchando perfectamente coordinados bajo un mismo ritmo, siempre al mismo paso. La muralla se cimbró. Era increíble, pero aquella estructura de roca y arena estaba temblando de miedo, igual que la gente que custodiaba en su interior.

Desplegué mis alas y emprendí el vuelo hacia el cielo infinito. Me detuve cuando fui capaz de ver el interior de la ciudad amurallada de Jericó. Fijé la vista en los rostros de los soldados que se resguardaban dentro. Solo había temor presente en sus rostros. Sudaban a mares, incapaces de contener el miedo que salía sin control desde sus corazones. Sabían que la muerte estaba tocando a su puerta.

A un hombre se le escapó una flecha. Los demás le imitaron sin dudar. Pronto una lluvia de saetas oscureció el cielo, pero ¿Qué daño podían hacerle las primitivas armas a un ángel? ¿Qué herida podía infligir una simple flecha a un Cherub?

Aspiré un poco de aire y alcé los brazos. Mi energía celestial fluyó con fuerza desde el interior. Un inmenso resplandor calcinó a las flechas enemigas que cortaban el aire, y en poco menos que un par de segundos, las redujo por completo a cenizas. Era obvio que mi poder no encontraría rival en el campo de batalla.

Sonreí.

Luego junté mis manos a la altura del pecho, concentrando una enorme cantidad de energía mística tan grande, que parecía que había capturado al sol entre mis manos. 

Pude ver de reojo que los arqueros enemigos dejaban caer sus arcos al suelo a causa del pánico. En sus rostros se había hecho presente un pavor fuera de lo común. Todo estaba saliendo a la perfección. Era una lástima que todo dependiera de Dios…

Cuando me disponía a arrojar mi poderoso rayo de energía contra las murallas de Jericó, el sonido estridente de una trompeta interrumpió mi ataque. Como pude contuve la energía almacenada y busqué el origen de aquel ruido. Era Josué, y había usado su cuerno de batalla para emitir una especie de alerta. Dejé escapar un bufido. Pensé que tal vez esos adanes supersticiosos se habían asustado nuevamente por alguna tontería, así que, sin más, lancé mi rayo sobre la ciudad.

¡El impacto sería devastador! El haz de energía volaba imparable hacia la muralla. El choque era inminente. Sin embargo, nunca sucedió…

El mismo tiempo pareció detenerse por un instante. Mi descarga energética se diluyó en el viento. Simplemente se esfumó en menos de lo que dura un parpadeo.

¿Te parece extraño? Sí, mi querido adán, lo fue. A todos nos desconcertó lo sucedido, aunque debo decir que yo tenía una teoría sobre lo sucedido.

 Es un asunto complejo de ciencia celestial, aunque haré el esfuerzo de simplificarlo para ti: otro Cherub había llegado al campo de batalla. Uno que podía enfrentarme con plenas garantías. Un ángel de ciencia que había logrado detener el tiempo creando un vacío interdimensional capaz de absorber mi rayo de energía.

Y yo sabía de quién se trataba.

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