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Así es, mi amigo adán, algo terrible se avecinaba, y sucedió mucho más pronto de lo que esperábamos. Miles de ideas revoloteaban en nuestra mente acerca de la recepción que tendríamos en Hatussas, pero nada nos había preparado para aquello que nos dio la bienvenida…

¡Claro que fue atroz, mi amigo adán! ¿Qué tanto? Demasiado, ni siquiera en tus peores pesadillas has imaginado algo semejante. La ciudad entera estaba en llamas. Las casas de la gente del pueblo ardían salvajemente. Un espeso humo cubría por completo a la capital del imperio hitita.  

Ni un solo templo u hogar había sido respetado. Las hermosas construcciones de piedra se caían a pedazos. En la plaza central yacía una gigantesca estatua partida en dos. Era un león con alas. 

Es correcto, mi amigo adán, era un Cherub…

Xordán miraba aquel espectáculo completamente horrorizado. De todos nosotros, era él quien más amaba a los humanos. Avanzó entre los escombros y un grito ahogado llamó su atención. Corrió desesperado hasta el lugar de donde había venido la súplica. Se detuvo en seco. Intentó decirnos algo, pero tartamudeaba sin control. Cuando vio que no lo comprendíamos, se limitó a señalar hacía el frente.

Y fue entonces cuando los vimos…

Cientos de cadáveres cubrían lo que parecía haber sido alguna vez un foro teatral. Mujeres, ancianos, soldados y niños tapizaban el suelo empedrado. Xordán perdió la razón y sobrevoló furioso la ciudad en busca de los asesinos. Quisimos seguirlo, pero nos percatamos de que había algo extraño en el piso.

Lucían igual que relámpagos… ¿saliendo del suelo?

Baliel se quedó mirando fijamente aquellos destellos de energía. Todos parecían conducir a un mismo lugar. Mithriah alzó el vuelo y gritó:

—¡Es Hathieh! ¡Está peleando con alguien detrás del mercado!

Xordán recuperó el control de sí mismo por un momento y voló hacia el lugar. Lo seguimos. Y era cierto, ahí estaba el más fuerte de los Cherub enfrentando un cruento combate. La velocidad con la que se sucedían los ataques era demencial. Nuestro amigo usaba una guadaña de doble navaja que manipulaba con maestría, pero su adversario frenaba sus ataques con gran habilidad. Era un combatiente formidable envuelto en una armadura de inmenso brillo celestial. El casco no nos permitía ver con claridad de quién se trataba, pero Xordán supo identificarlo plenamente…

—¡ES GABRIEL!

Nos quedamos petrificados. Una cosa era hablar de enfrentar a Gabriel y otra muy diferente era hacerlo. El momento de la verdad había llegado. Nos miramos los unos a los otros y asentimos. Era ahora o nunca…

Volamos hacía él con los puños en alto. Nos miró de reojo y sin dudar, lanzó un relámpago de su espada sobre Hathieh. Nuestro amigo salió despedido de la escena a causa del impacto. Gabriel dio una pirueta hacia atrás para quedar fuera de nuestro alcance y luego nos encaró:

—Los Cherub… junto con el débil Hathieh, los cinco que quedan en Malkuth. Me han acarreado muchos problemas, pequeños miserables. Su huida del Cielo motivó a otros a escapar. Decenas de Cherub siguieron su absurdo ejemplo y abandonaron su hogar para convertirse en “dioses” de los insulsos adanes. Me han obligado a pasar cientos de años en Malkuth, cazándolos uno a uno y castigándolos por su enorme indisciplina. Pero mi momento ha llegado… ¡Al fin podré acabar con ustedes! Ya no puedo esperar a que ustedes sigan destruyéndose entre sí. Es hora de terminar el trabajo.

—¡Cállate, maldito! ¡Asesinaste a niños inocentes! —reclamó Xordán apretando los puños con fuerza.

—Arrogantes Cherub que juegan a ser dioses… ¿Estás molesto porque acabé con “los tuyos”? Escúchame bien, “Espíritu del lago” ¡Su final está cerca! Inclínense ante mí, el representante del Todopoderoso, o perezcan como todos estos adanes necios que intentaron proteger a su minúsculo “dios” … ¡Elijan entre mi piedad y la muerte!

Mithriah desenfundó su sable, lleno de confianza. Fijó su mirada en nuestro antiguo líder y preguntó:

—¿Acaso tú solo piensas enfrentar a los cinco Cherub más fuertes del Universo?

Gabriel sonrió, luego soltó una risita casi inaudible, y al final dejó escapar una enorme carcajada que retumbó en cada rincón de Hatussas. Alzó su brazo derecho hacia el cielo, y luego lo bajó con un movimiento feroz. Nos estaba señalando…

—¡Acaben ya con estos miserables bastardos! —dijo mientras nos observaba fijamente.

El terror se apoderó de nosotros; centenas de serafines arqueros nos rodearon desde el cielo en tan solo un instante. Todos y cada uno de sus arcos apuntaban en nuestra dirección. Estábamos a su merced… Gabriel observó divertido nuestras caras de terror, luego nos dio la espalda y ordenó:

—¡¡¡DISPAREN!!!

Una lluvia de flechas se aproximaba hacia nosotros. Nuestro desenlace había llegado demasiado pronto; la muerte estaba tocando a la puerta. Nada de lo que pudiéramos hacer podría salvarnos del inminente final.

¿Nada?

Xordán se colocó en medio de nosotros y gritó algo que no pude oír. Quizá fue un “cúbranse” o un “adiós”, no lo sé… solo sé que Mithriah, Baliel y yo alzamos los brazos para protegernos, aunque eso no fue en lo absoluto necesario.

Una cúpula azul como la que había visto en el río Jordán nos envolvió evitando que las flechas impactaran nuestros cuerpos. ¡Estábamos ilesos! Todos menos Xordán…

Nuestro amigo había atraído todas las flechas hacia sí mismo. Su cuerpo había sido acribillado por centenas de saetas celestiales lanzadas por la horda Serafín de Gabriel. Observamos horrorizados cómo el cuerpo de nuestro amigo caía abatido sobre el suelo de Hatussas. Sangraba profusamente, y el suelo de piedra alguna vez gris pronto se tornó púrpura. Ya no éramos cinco, Xordán había perdido la vida.

Apreté los puños y estallé mi aura sin reparos. Me transformé en “esfinge” y disparé un enorme rayo de energía con mi hocico. La ráfaga fue tan poderosa que atravesó a dos serafines matándolos al instante. Incluso al final alcanzó a Gabriel y lo despojó de su casco.

Nos miró fijamente. La suerte estaba echada: la verdadera batalla había comenzado…

***

¿Qué dices? ¿Te preguntas qué significó para nosotros el ver morir a Xordán? Pues no sé para los demás, pero para mí fue una clara señal de la debacle que se avecinaba. Así es, mi amigo adán, estaba completamente seguro de que nuestra vida terminaría aquel día. Sin embargo, decidí que pelearía, que no dejaría de luchar hasta que el tan temido final estuviera tan cerca de mí como para no poder escapar.

Mi despliegue de poder al transformarme había sorprendido a Gabriel, quien apenas y podía escapar de los incesantes disparos que continuaba lanzando desde mi boca a diestra y siniestra. Por otra parte, su horda de serafines no la estaba pasando bien. Tras la muerte de Xordán, una especie de frenesí de guerra se había apoderado de Mithriah, que asestaba furiosos mandobles con su sable de forma incesante, despedazando enemigos en cada ataque. 

Los serafines podían ser magníficos soldados de élite, pero su disciplina militar les servía de muy poco al enfrentar a un Cherub. Con movimientos veloces y precisos, el “dios del sol” cortaba los brazos y las cabezas de los serafines que se interponían en su camino. Ellos sencillamente no eran rivales para él.

En otro frente de batalla, Baliel combatía con furia desmedida a otro regimiento serafín. Sus rivales lucían mejor preparados que los que enfrentaba Mithriah: cargaban en sus brazos pesados mazos y se protegían de los ataques con sendos escudos ovalados. Pero ni usando aquel armamento pesado podían hacer frente a un Cherub invadido por la furia. Baliel rebanaba mazos y escudos al igual que piernas o manos. La potencia de su espada y su habilidad al esgrimirla eran sencillamente admirables.

Justo detrás de él, Hathieh se encargaba de los arqueros restantes. Aunque estaba bastante malherido y sangraba profusamente, el “dios de los Hititas” volaba con gran agilidad sobre los confundidos serafines, que, completamente fuera de sí, disparaban sin tino sobre un blanco que se movía más rápido que sus propios ojos. Cuando sus rivales en turno agotaban la andanada de flechas, Hathieh descendía en picada sobre ellos y clavaba las puntas de su guadaña en sus pechos y cabezas con gran maestría.

¡Si hubieras podido ser testigo de aquella batalla, mi amigo adán! Te habrías maravillado ante nuestro poder, y quizá hasta hubieras creído que podíamos ganar la contienda. Sin embargo la verdad era bien distinta…

Me estaba agotando. Había disparado ya demasiadas veces y el daño que le había infligido a Gabriel era mínimo. El cansancio comenzaba a hacer presa de mí y el arcángel podía notarlo. Sabía que tarde o temprano tendría que abandonar mi forma de esfinge, porque de lo contrario, al cansarme, me convertiría en un gigantesco e indefenso blanco para sus ataques. 

Tenía que arriesgarme y dar el todo por el todo en un último ataque. Detuve mi ráfaga de disparos y volé hacia Gabriel. Esta vez no intentó esquivarme. Se plantó en su lugar y levantó los puños, preparándose para una batalla cuerpo a cuerpo. Cuando estaba a punto de llegar a él, me detuve de forma súbita. 

Gabriel sonrió y desenfundó su espada. Luego me señaló y dijo:

—¿Es que ya has aceptado tu destino, falso Adán? ¡Muere entonces!

Y se lanzó sobre mí con su espada en alto. Aguardé lo más que pude sin moverme de mi sitio. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, brinqué sobre él para colocarme justo a sus espaldas. Fue ahí, cuando lo tuve a mi merced, que reuní toda la energía que me restaba y disparé…

¡Una potente ráfaga de fuego se dirigió a toda velocidad hacia Gabriel! El impacto fue devastador. El disparó estalló al contacto con el blanco. Una inmensa explosión cubrió por completo lo quedaba de Hatussas.

Debido al enorme gasto de energía que supuso aquel disparo, mi cuerpo volvió de inmediato a su forma de ángel. Caí de rodillas sobre el suelo. Me incorporé con dificultad y sonreí. La batalla al fin había terminado…

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