Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Emily Hilton descubrió que su esposo y su mejor amiga eran amantes y planeaban despojarla de su millonaria herencia, tomó una decisión tan fría como desesperada: concebir un heredero para blindar su fortuna. Un accidentado encuentro en un callejón de Florencia, le brinda la oportunidad de conocer a un atractivo desconocido para lograr su objetivo. Sin embargo, tras ser traicionada y despojada de todo, el destino le suelta un golpe mortal. Al aceptar un proyecto en su nuevo empleo Emily se encuentra cara a cara con el prometido de la mujer que la contrató. El hombre que usó en las sombras resulto ser Stefano Valenti, un vizconde rebelde que está cansado de que le impongan reglas y compromisos. Obligada a trabajar para él, la intensa atracción entre ambos no tarda en convertirse en un amor tan profundo como prohibido por las absurdas reglas de la nobleza. Sin embargo, a medida que el tiempo avanza y el embarazo se vuelve imposible de ocultar, el juego cambia por completo. Stefano comenzará a sospechar de Emily al notar su estado, obsesionándose con descubrir la verdad que ella oculta desesperadamente. En un mundo de apariencias y secretos dinásticos, ¿podrá el amor romper las cadenas de la aristocracia cuando el vizconde descubra que el hijo que ella espera lleva su propia sangre? Obra registrada en Safe creative bajo el siguiente código: 2606XXXXX9579
Leer más“Su salud reproductiva es perfecta, señora Cross. Tiene una probabilidad de concebir más alta que el promedio, pero su esposo necesita hacerse una prueba de esperma de inmediato”
Las palabras del especialista resonaban en la mente de Emily mientras estaba parada en medio de la fastuosa fiesta de gala en honor a su marido.
Clavó la mirada en su copa, arrastrando el peso de dos años perdidos en consultorios, pinchazos diarios y medicamentos que le alteraban el cuerpo.
Todo lo había hecho por Carter, sintiéndose inferior y cargando con una culpa asfixiante. Tras el reporte del médico, la duda apareció de golpe. ¿Acaso realmente era culpa de ella?
—Emily, te estoy hablando, pareces en otro planeta —la voz de su suegra la trajo de vuelta a la realidad con reproche—. Ya ha pasado demasiado tiempo. Una buena esposa debería priorizar el darle un heredero a esta familia.
Antes, Emily solo habría bajado la cabeza, aguantado las quejas y aceptado toda la culpa. Pero esta vez respiró hondo y enderezó la espalda.
—Mi salud está perfectamente bien, suegra… Tal vez… Carter debería hacerse la prueba de esperma.
La madre de Carter abrió la boca, indignada, pero Carter enseguida intervino antes de que la charla se convirtiera en un escándalo delante de los invitados.
—Mamá, por favor, no hagamos un drama aquí, estamos celebrando mi nombramiento. El médico solo quiere descartar opciones de rutina. Haremos todo lo necesario, ¿verdad, mi amor?
Mantuvo una sonrisa amable en apariencia, pero sus palabras llevaban presión disfrazada.
Emily forzó una sonrisa, entonces Carter la llevó lejos de su madre, pero en cuanto doblaron hacia un pasillo solitario del segundo piso, la empujó bruscamente contra la pared de mármol. Sus dedos se cerraron alrededor del brazo en un agarre fuerte y doloroso.
—Estoy perfectamente sano. No voy a hacerme ninguna maldita prueba de esperma —le siseó Carter al oído, con furia gélida—. En lugar de reflexionar sobre tus propios fallos, ¿te atreves a decirle a mi madre que soy yo el del problema? ¡Estoy tan decepcionado contigo!
A Emily se le llenaron los ojos de lágrimas al instante. Soportó el dolor físico y la humillación, tragándose el llanto para no armar un escándalo.
—Entonces si eres un hombre sano, deberías hacerte esa prueba —insistió ella.
Carter la miró con los ojos encendidos de rabia.
— No voy a permitir que un médico de pacotilla ponga en duda mi masculinidad ni mi salud. A mí no me pasa nada. Quizás debas buscar otras opciones, cambiar de especialista o someterte a tratamientos más serios, porque yo estoy absolutamente seguro de que el problema no soy yo. ¡Es tu cuerpo el que no responde!
Al terminar la frase Carter la soltó dio media vuelta y regresó al salón.
Emily se quedó allí, atónita, incapaz de asimilar las palabras de su marido.
«Es tu cuerpo el que no responde»
Lentamente, se dejó caer de rodillas al suelo, apretándose inconscientemente la muñeca con la mano, que acababa de quedar roja por el apretón.
Incluso ahora, su marido seguía dudando de su fertilidad.
¡¿Pero qué culpa había cometido?!
Tras un largo rato, Emily oyó pasos y se levantó rápidamente, secándose las lágrimas del rabillo de los ojos.
Sintiendo que le hacía falta tomar aire, decidió salir hacia el ala este de la residencia.
Cruzó los pasillos secundarios con paso rápido y empujó las puertas de cristal que daban hacia los jardines privados, oscuros y desiertos a esa hora.
Caminó por el sendero de piedra, buscando la tranquilidad de la penumbra para respirar en paz. De pronto el silencio se rompió de golpe. Un murmullo ahogado la obligó a detenerse en seco.
Emily contuvo el aliento, aguzando el oído con un vuelco extraño en el estómago.
A los pocos metros, ocultos tras la espesura de la vegetación del jardín, comenzaron a escucharse jadeos roncos y gemidos que ella reconoció.
—Más, Carter... por favor, más —gimió Gina, la mejor amiga de Emily, con la voz distorsionada por la respiración agitada—. No pienses en ella, tu mujer no te complace como yo…
Emily se quedó paralizada como una estatua de piedra. Sintió que el corazón se le detenía por milésimas de segundos. Intentó dar un paso atrás, pero sus piernas no respondieron. Los jadeos se volvieron más rápidos, más intensos, hasta que Gina soltó un grito ahogado.
Emily a pesar del dolor que le causó esa traición, apretó los puños, respiró profundo, decidida a enfrentarlos y quitarles la máscara, pero la voz de Gina la contuvo, obligándola a quedarse quieta.
—Dime que pronto la vas a dejar —pidió Gina, acomodándose el vestido de satén oscuro mientras se apegaba al pecho de Carter.
—Debemos esperar un mes, querida —respondió Carter, con un tono de voz gélido, calculador—. En cuanto Emily cumpla veinticuatro años, se libera el fideicomiso que le dejó su abuelo.
—¿Y cómo harás que te firme los poderes sobre todo ese dinero? —preguntó Gina, con una nota de escepticismo.
—Fácil —Carter soltó una risa seca, despectiva—. La muy tonta se siente tan culpable porque no puede darme un hijo que firmará lo que yo le pida con tal de complacerme. Cree que me debe el mundo por su infertilidad.
Gina estalló en una carcajada limpia, que provocó que el estómago de Emily se revolviera.
—Pobre ilusa —se burló Gina, acomodándose el cabello—. No sabe que te hiciste la vasectomía antes de casarte.
En ese momento, Emily no podía escuchar nada más, solo un zumbido ensordecedor en sus oídos y todo se oscureció.
Stefano sonrió de medio lado.—Ese es un compromiso impuesto por mi familia —declaró con desdén—. Y de aquí a la boda... bueno, hay mucho tiempo. Además, yo no amo a Letizia.—De todos modos, el compromiso existe, vizconde —aclaró ella sintiendo una extraña rabia que no podía explicar. Stefano dio un paso final, quedando a escasos centímetros de ella, obligándola a levantar la mirada. Su presencia la envolvía por completo.—No te preocupes por ese compromiso —respondió él con tanta naturalidad que sorprendió a Emily—. Tampoco voy a permitir que te quedes sin empleo por culpa de los caprichos de mi prometida. Hagamos un trato. Trabaja directamente para mí. Te daré el control total, seguridad y los recursos para que no dependas de nadie, y juntos enterraremos a los Cross.La tentación de pronunciar ese «sí» vibró con fuerza en la garganta de Emily. La posibilidad de aliarse con el imponente vizconde y hacer pagar a Carter por cada una de sus humillaciones era todo lo que había deseado
Emily, decidida a no mostrar una sola fisura de debilidad, le sostuvo la mirada. No tenía por qué intimidarse; a sus dos meses de embarazo, su secreto estaba completamente a salvo de la vista de cualquiera y no iba a actuar con pánico.—Yo no tengo por qué contarle mi vida, vizconde —declaró Emily con la voz firme, cruzándose de brazos—. Y, para serle sincera, no me interesa en lo más mínimo lo que usted piense de mí.Stefano la observó en silencio por un segundo. Lejos de enfurecerse por su altivez, una sutil chispa de comprensión suavizó la dureza de sus ojos azules. Dio un paso lento hacia delante, reduciendo el espacio entre ambos, pero manteniendo una postura que buscaba transmitir seguridad, no amenaza.—Entiendo que estés a la defensiva, Emily, pero yo no soy tu enemigo —dijo él con una voz profunda—. Yo detesto a Carter Cross y a toda su familia. Si me dices la verdad, si me cuentas qué pasó realmente, podemos unirnos para destruirlo. Dime... ¿qué te hizo ese infeliz?La confe
El dueño tragó saliva, intimidado por la seriedad y el tono del aristócrata.—Bueno... lo que pasa es que recibimos una queja formal de su novia, la marquesa Letizia Marchesi. Ella nos informó que el trabajo de la señora Hilton era incompetente y que no estaba al nivel, así que tuvimos que prescindir de sus servicios para no afectar nuestro contrato con usted.Al escuchar aquello, Stefano se puso furioso. La mandíbula se le tensó al límite, pero contuvo la rabia en su voz.—Quiero la dirección de residencia de Emily Hilton de inmediato —le exigió al dueño.El hombre, temiendo perder el contrato y todos los negocios futuros con el imperio Valenti, no dudó un segundo.—Por supuesto, señor Vizconde, tome nota. Su dirección actual es...Anotó los datos exactos en un papel y cortó la llamada de golpe.****Emily estaba en el apartamento acomodando su ropa en una maleta. No tenía aún un destino fijo, pero sabía que debía escogerlo pronto; el tiempo corría y sus recursos eran limitados. Llev
A la mañana siguiente, Emily se encontraba en su oficina concentrada en unos bocetos cuando la secretaria le indicó que el jefe la requería de inmediato en su despacho. Al levantarse, notó la tensión en el ambiente; la secretaria ni siquiera la miró a los ojos.Entró al despacho y encontró a su jefe de pie junto a la ventana, con una expresión de profunda decepción. Sobre el escritorio reposaba una carta con el sello elegante de la marquesa Letizia Marchesi.—Siéntate, Emily —dijo el jefe, con voz seria y sin rodeos—. Acabo de recibir una queja formal de la marquesa. Dice que tu trabajo es completamente incompetente, que te falta profesionalismo y que tu evidente falta de experiencia es un insulto para un proyecto de esta magnitud.Emily sintió un vuelco en el estómago, pero se mantuvo firme en la silla.—Señor, yo seguí todas sus especificaciones y...—Te lo dije claramente, Emily: este era nuestro mayor proyecto, la oportunidad que iba a consolidar esta inmobiliaria —la interrumpió
Último capítulo