Esposa falsa

Esposa falsaES

Sasa Roand  En proceso
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Resumen
Índice

Serena es una novicia que está a punto de convertirse en moja. Pero el destino la lleva a trabajar como niñera para Ricardo Marroquín; un exitoso empresario que necesita una esposa para no perder la custodia de su hija. Ella acepta convertirse en la esposa falsa solo con una condición.

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PRÓLOGO
Mi nombre es Serena Young y desde que tengo uso de razón, he estado rodeada de mujeres cubiertas por hábitos en blanco y negro. No conocía la vida fuera del convento hasta la noche de mi cumpleaños número dieciocho.Como todos los años; las hermanas Jane, Lucía y Génova (las más viejas del convento) se la pasaban el día recordando el momento en que llegué al mundo; hablaban de mis pequeñas manitos, de mis ojos abiertos que miraban fijos a ningún lado, de lo tranquila que fui desde que salí del vientre de mi madre.―No lloraste más de un minuto ―me dijo la hermana Jane, con ese tono dulce y maternal que tiene su voz. Yo ya me sabía de memoria lo que seguía, pero no podía quitarle el gusto de contármelo otra vez ―escuchaste la voz de tu madre y quedaste en una calma que era tan extraña en un bebé ―agregó con la voz temblorosa, pero aquella historia ya no producía sentimientos en mí ― Enseguida se nos ocurrió nombrarte Serena ― Yo le regalé una sonrisa, o al menos creo que sonreí, de ver
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CAPÍTULO 1
Serena encendió el aire acondicionado en cuanto subió al auto. La reluciente van color plata que conducía la hermana, todavía olía a nuevo y a Serena le fascinaba ese olor. Solía imaginarse a sí misma conduciendo por alguna carretera solitaria, escuchando a todo volumen música laica. En esa fantasía recurrente llegaba hasta alguna playa, se quitaba el hábito y lo arrojaba, el viento se llevaba muy lejos la tela, ella se tumbaba en la arena, dándose un baño de sol y después de que su pálida piel se tostaba hasta lucir dorada, corría y se echaba un chapuzón. Podía sentir el frío del agua chocar contra su piel caliente, podía imaginar el sabor salado del mar. Solía coger todas esas sensaciones y transformarlas en poemas que escribía en un diario.Aquel diario era más bien, un cuaderno viejo y desgastado que no aparentaba tener valor alguno, pero ese viejo cuaderno guardaba los sentimientos y pensamientos más profundos y más íntimos de Serena. Ese día, cuando la hermana Lucía la invitó a
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CAPÍTULO 2
El hombre que se acercaba a zancadas, no iba vestido como el resto de las personas, parecía un pastor de esas iglesias modernas a los que la hermana Génova vivía criticando por vestir trajes elegantes y joyas costosas. Además de eso, era guapo, muy muy guapo. Serena miró a su alrededor, todos la miraban enojados, el guardia de seguridad la cogía del brazo y le hacía daño, sentía que su corazón explotaría en cualquier momento. ―Llamen a la policía ―dijo el hombre que había armado todo el alboroto ―no dejaré pasar este intento de secuestro.―¡Papi! ―Luz corrió hacia su padre y él la levantó de suelo como si fuese una pluma ―papi ¿dónde estabas? ―preguntó la pequeña con la voz quebrada y los brazos entrelazados alrededor del cuello de su padre. Él le susurró algo al oído, Serena no llegó a escucharlo, pero notó que la niña negó enérgicamente con la cabeza.El hombre frunció el ceño confundido, tenía cejas gruesas y pestañas tupidas, sus ojos eran grises y tenían un brillo inexplicable.
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CAPÍTULO 3
Ricardo Marroquín cogió a su hija de la mano y salió del supermercado. No hizo las compras que había ido a hacer. Él no solía realizar esas tareas, su presencia en ese lugar era parte de una campaña publicitaria impuesta por su abogada; tenía que ser el padre perfecto (o al menos aparentar serlo) tenía que hacer el papel del padre que iba con su hija a hacer las cosas cotidianas, el papá que conducía en las mañanas al colegio y en las tardes a clases de valet. Por lo general, le dejaba esos menesteres a los choferes y escoltas privados; desde que comenzaba el día, hasta que caía la noche, él hacía su rutina muy aparte de la de su hija; aquello tenía que cambiar si no quería que su suegra recuperara la custodia.Acomodó a la pequeña luz en la silla para niños, en el asiento trasero del coche último modelo. Adquirir un sedán cuatro puertas, había sido uno de los recientes cambios que había tenido que hacer. Ricardo solía conducir un deportivo de dos puertas y cada noche, el asiento del
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CAPÍTULO 4
Era treinta y uno de octubre; el día del cumpleaños número dieciocho de Serena. Al fin tendría la mayoría de edad y la verdad era que ni siquiera sabía por qué anhelaba tanto tal cosa, después de todo, daba igual si tenía dieciocho o noventa y ocho; las cosas seguirían siendo iguales para ella. No saldría nunca del convento más que para hacer las compras del mes o para alguna labor de caridad o algún aburrido almuerzo social.Trapeaba el piso en la oficina de la madre Alba. Escuchó voces que se acercaban, se escuchaban preocupadas. Le picó el mosquito de la curiosidad. Cogió el balde y lo metió debajo del escritorio, puso el trapeador en una esquina y corrió a esconderse junto al balde de agua. La puerta se abrió.―Creo que estás exagerando Lucía ―la madre Alba susurraba―Que no exagero ―la hermana Lucía gritaba a los cuatro vientos―Cierra la puerta por favor y baja la voz ¡POR DIOS! ¿qué quieres? ¿que nos escuche todo el convento? ―explícame bien que fue lo que viste.―Ya te lo dije
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CAPÍTULO 5
Escuchó sirenas que se acercaban y abrió los ojos de nuevo, no supo cuanto tiempo estuvo lamentándose de su situación sin intentar hacer nada al respecto, pero había sido el tiempo suficiente como para que alguien más llamara a emergencias.Los paramédicos abrieron el auto y después de revisarlo, lo sacaron, Ricardo miró como sacaban a luz y se la llevaban en una camilla.―Iré con mi hija ―dijo apartando la mano del paramédico que intentaba limpiar su rostro―Señor, tenemos que extraer los vidrios de su rostro y desinfectar las cortadas.―A la mierda los vidrios y la cortada ―gritó enfurecido ―dije que iría con mi hija y eso es lo que haré ―el paramédico rodó las pupilas hacia arriba y se encogió de hombros. Ricardo caminó con dificultad hacia la ambulancia, hizo señas antes de que cerraran la puerta trasera y lo dejaron subir.Adentro estaba Luz. Su pequeño cuerpecito yacía tendido sobre una camilla, tenía un collarín puesto y a su lado, un paramédico le ponía una vía intravenosa.El
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