Instrucciones para restablecer el Destino

Instrucciones para restablecer el DestinoES

Aura Cathartes  Completo
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9.9
Reseñas insuficientes
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Resumen
Índice

Dispuesto a enmendar los errores del pasado, Jordan se propone recuperar a Brenda, la mujer que ha amado toda la vida y de la que se separó hace catorce años bajo circunstancias azarosas. Pero no cuenta con que la misión para restablecer su destino será mucho más difícil de lo que él había imaginado, pues las intenciones de Brenda son opuestas, y porque el perdón y el olvido nunca ocurren de manera milagrosa.

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120 chapters
1 | Una esposa se confiesa
Siempre me he arrepentido de haber confesado a mis amigos –y a otros que no lo eran tanto– durante un verdad o desafío y bajo el efecto de un par de cervezas (porque nunca necesito más) que alguna vez deseé asesinar al hombre que hoy es mi esposo. Que no solo lo anhelé, como quien sueña ganar una medalla de oro en las olimpiadas sin haber entrenado ni un solo día. Sino que hasta llegué a planearlo durante años, en serio. Claro que mis intenciones nunca fueron, en realidad, ni tan realistas ni tan metódicas. Pero el deseo había, y la motivación, también. No pensaba en el crimen perfecto, sino más bien en un arrebato de locura temporal que me librara de la cárcel en el menor tiempo posible. Perder la custodia de mi hijo nunca fue una opción para mí. Planeaba criarlo dentro de la cárcel. Pero vamos hacia atrás. ¿Por qué una esposa desearía matar a su marido? Supongo que por multitud de razones. Ninguna de ellas es la mía, ya que, por entonces, no estábamos casa
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2 | Sueños de una chica mascota
–¿Quieres bailar? –disparó él, unos segundos después de sentarse a mi lado y mirarme como si hubiese visto a una aparición. Yo no sabía bailar salsa. No sé hacerlo hasta ahora. De modo que me negué con toda la amabilidad de la que fui capaz. Por entonces, de regreso a 1997, un amargo cinismo había tomado mi vida, producto de la vorágine económica que devoraba a mi familia desde hacía cinco años. Él me gustaba demasiado, todavía –en realidad, nunca lo había olvidado–, pero por entonces tenía mejores cosas en qué pensar, y él solo habría supuesto otro dolor de cabeza para mí, si es que acaso. Pese a ser mi crush definitivo de la infancia, no podía olvidar en él la frialdad –cuando no crueldad– con la que trataba a las mujeres que buscaban su atención con cierta descarada ingenuidad. No le tenía ni un ápice de confianza. ... De regreso a 1992, diré que mi prima y mi hermana hicieron buenas migas con él. Convencidas como estaban de que no tenían ninguna
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3 | Niño rico, niña pobre
–¿Cómo te llamabas? –Brenda. –Ah, ya me acuerdo. Brendita te decían, ¿verdad? –¿Y tú? –asentí primero y pregunté por cortesía después. En realidad, sabía no solo su nombre completo, sino hasta su fecha de nacimiento, su signo zodiacal y uno que otro dato biográfico de dudosa utilidad. –Jordan. –Ajá. No podía dar crédito a lo que pasaba en ese momento. De nuevo, en 1997, cinco años después de haberlo conocido y de enamorarme de él, cinco años después de que me ignorara sistemáticamente, él se aparece de la nada, en la fiesta de una amiga, para conversarme. Eso no podía acabar bien. Como yo andaba de muy malas pulgas –el vestido que me prestó mi prima (porque no había plata para comprar uno) me picaba en la espalda por las lentejuelas– me dediqué a mirar de cuando en cuando hacia atrás, para pillar a los amiguetes de este muchacho reír de la broma que yo pensé que me jugaba. Con cada pregunta insulsa que me hacía: ¿cómo está tu p
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4 | Ese bendito plan
Nunca albergué la más mínima esperanza de que me visitara. Pero lo hizo. El lunes siguiente. Comenzamos a salir. Me recogía y me dejaba en mi casa, con la puntualidad de un reloj, en su auto-rojo-marca-coreana-de-semi-lujo. Mi padre estaba encantado. Al fin, una de sus hijas iba a darle la alegría de entroncarse con la burguesía local. Yo le dije que se adelantaba un poco, que no había posibilidad alguna de casarnos, por la misma razón por la que él soñaba que algo como eso pasaría en algún momento. –La gente como ellos no se casa con gente como nosotros, papá –le dije–. Yo no soy más que su proyecto personal. No me pienso hacer la dura, por supuesto que estaba enamorada de él. Hasta los tuétanos, vaya. Pero, de ahí a esperar que el matrimonio fuese nuestro destino, eran palabras mayores. Jamás pasaría. Eso es lo que pensaba yo. Pero me dejaba querer. Me llevaba a lugares (heladería, cine, playa, fiestas, caídas y miradores varios), lo costeaba todo y las chicas me e
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5 | Una canallada tras otra
Se planificó que el parto se llevaría a cabo en suelo americano, el 9 de mayo de 1999 en el Boston General Hospital. Se nos emitió una visa diplomática para mí y mis padres. El trabajo de parto duró siete horas. Al final, tuvieron que hacerme una cesárea. Jordan no estuvo ahí para tomarme la mano antes de la anestesia, ni vomitó ni se desmayó, como lo había hecho mi padre cuando acompañó a madre en mi alumbramiento. Nadie sabía dónde estaba. Nadie, excepto y supongo, que el embajador. Apareció una vez que me trajeron al niño. Lo cargó cinco minutos, y los otros cinco caminó y regresó con sus propios pasos a lo largo de la habitación. Se abrazaba a sí mismo. Nunca lo había visto tan nervioso y menos paternal. Solía tener ángel con los niños –lo había atestiguado–, pero no con el suyo. Parecía quemarle entre las manos. Se despidió de mí con un beso en la frente, me acarició la cabeza y se marchó. No me sorprendió tanto como la forma en la que me dolió ese gesto. Les d
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6 | Un puñal y una estrategia
Jordan era un canalla, lo acepto. Pero me había salvado la vida, a su manera. Se preguntarán ustedes, entonces, ¿por qué carajos quería asesinarlo? Inferirán que existe, al menos, una razón de peso para hacerlo. Aunque mi cerebro es capaz de encontrar muchas más.        Comenzó como una idea vaga sazonada por una acción directa. Me puse austera. Me dediqué a ahorrar. Guardaba el doble del dinero que destinaba, de forma usual, a un fondo de emergencia que sabía que nunca iba a necesitar. Abrí, para ello, otra cuenta. Necesitaría un abogado, uno bueno. Mujer, de preferencia, alguien que comprenda los recovecos de mi motivación. Ni modo que el embajador costeara la defensa de la asesina de su hijo. No, pues. Había que ser precavida. Comencé a indagar en internet sobre las leyes de Estados Unidos. Cuánto tiempo me darían por homicidio en primer grado, en segundo grado, agravado, simple. Cuánto por un alegato de demencia temporal. Había
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7 | Nunca fue tan ¿fácil? restablecer el destino
El problema es que Jordan me lo puso fácil en 2014. Nathaniel ya estaba grande, iba y venía del colegio en su bus de recorrido. Llegaría a las tres y media. Yo preparaba el almuerzo. Mi hijo tenía llave, de modo que me extrañó escuchar el timbre directo de mi puerta, sin mediación del portero. Cuando vi a Jordan a través de la mirilla, lo primero que sentí fue una efímera gana de orinar. La contuve y abrí la puerta. Lo habían dejado pasar como copropietario del departamento que era. El no abrir con su propia llave fue tan solo una deferencia de su parte. Porque bien podía, si le venía en gana. Había llegado a la Capital hace semanas. Nathaniel sabía lo de su divorcio, yo no. Nunca se molestó en decirlo. Adivino por qué. Le pregunté qué se le ofrecía (me refería a un café o un té), respondió que hablar conmigo. Le dije que Nathito regresaba a las tres y media, que bien podría esperarle (afuera). Reiteró entonces que no tenía intención de hablar con Nathito, sino conmigo. Le c
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8 | Un esposo se justifica
Es necesario que justifique la naturaleza de mi obsesión malsana por mi actual esposa. De lo contrario, no me encontraría aquí para ofrecerle mi testimonio, sin ninguna obligación de hacerlo, más que la que demanda mi moral individual. Supongo que se trata de algo que se ha fraguado desde hace más de quince años, cuando me vi obligado a dejarla. Por entonces, ni siquiera estaba muy al tanto de mis sentimientos por Brenda. La quería, eso era seguro. Pero mi apego hacia ella obedecía más bien a otro orden de emociones, más allá de los dominios de la sensualidad más animal, que fueron, sin duda, los que me llevaron a alejarme de ella, en primer lugar. No sabría decirle por dónde empezar. No porque abunden los recuerdos de Brenda en el pasado, sino porque, en realidad, resultan ser muy pocos. Me ha sido imposible atreverme a confesarle que no recuerdo cuándo fue la primera vez que la vi, ni bajo qué circunstancias. Por entonces éramos jóvenes, y yo demasiado estúpido como para s
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9 | El síndrome del salvador blanco
No sé muy bien por qué la abordé esa noche en la fiesta del Círculo Militar. Supongo que me ganó la soledad. No estoy muy seguro. Ahora que lo pienso, la mayoría de los movimientos que he hecho para aproximarme a Brenda han sido, a lo largo de los años, motivados por un suceso exterior a ella y que, a menudo, poco o nada ha tenido que ver con su persona. Mi actual esposa es el leitmotiv, por decirlo de algún modo, de los más estrepitosos errores de mi existencia. Me molesta escuchar o leer a esos gurús de la superación personal que glorifican a las equivocaciones como parte de la experiencia humana. Lo cierto es que en la vida cometemos uno o dos errores garrafales que nos persiguen para toda la vida, y sufrir las consecuencias de ello no resulta, para quien los comete y los involucrados, en absoluto glorioso. Hacerle la conversa esa noche fue una de esas equivocaciones monumentales. La primera de una larga serie que se sucedería después. Pero lo tengo bien
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10 | Industriousness, esa gran desconocida
Si usted me pregunta cómo fue nuestra relación durante el año que siguió a este encuentro, no sabría responderle con facilidad. Verá, de entrada, el beso de despedida, a las puertas del Círculo Militar, fue demasiado forzado. Pero no tenía salida, ¿cómo justificar el haberla monopolizado toda la noche? Con seguridad se habría sentido muy decepcionada, I mean, jamás habría querido saber nada de mí después, si no hubiera sido por ese beso. Me pasé de la raya, lo admito, pero se trataba de un movimiento necesario para el cumplimiento de mi misión. Cum finis est licitus, etiam media sunt licita, como bien afirma Busembaum. Lo sé, lo sé, it’s too much. A lo que siguió después no sabría ni cómo calificarlo. No comprendo cómo arrancó la escalada. Estoy incapacitado para determinar el momento exacto en el que me encariñé con ella. Hablo de encariñarme en serio. No como quien se apega a su camisa favorita, no. Y vaya que a mí me gustaban las camisas, las am
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