2: Primer encuentro.

—Princesa Elizabeth, espere se puede perder si corre a esa dirección —advierte una distraída Davinia. Haciendo caso omiso corro hasta desaparecer entre los arbustos —. ¿Elizabeth? ¿A dónde se metió? Maldición van a matarme. ¿¡Princesa!? ¿¡¡Elizabeth!!?

Desde mi posición puedo escuchar como Davinia me llama un tanto asustada, la situación me causa tanta diversión que decido llevarlo un poco más lejos adentrándome al bosque y corriendo lo más lejos que puedo de ella.

Corro por tanto tiempo que minutos después no escucho más que el crujir de las ramas, el viento y uno que otro animal.

—Oh, no. Creo que me he pedido —digo a la nada. La inmensidad del bosque me hace ver cuán pequeña soy. Observó todo a detalle e intento ubicarme, pero es imposible, ya que todas las salidas lucen iguales para mí.

—Kai va a matarme —pienso en voz alta al ver como el sol se está ocultando a lo lejos.

Un pequeño sollozo hace que deje de respirar para poder escuchar mejor, lo cual funciona segundos después que lo vuelvo a escuchar. Sin reflexionarlo dos veces sigo el sonido el cual me lleva a un niño no mucho mayor que yo sentado en el suelo llorando desconsoladamente.

—¿Qué te sucede? ¿Por qué lloras? —mis palabras hacen que el niño alce el rostro asustado.

—Nada… —susurra con labios temblorosos. Su apariencia me deja un tanto asombrada.

—¿Estás seguro? —Insisto y el niño asiente poco convencido. Ladeo un poco la cabeza detallándolo con la mirada —por tu vestimenta supongo que no eres un niño pobre perdido ¿Cierto?

El inicio de una media sonrisa se extiende por su rostro.

—No, no hasta donde tengo entendido. —confirma dejando de llorar. Pasa las manos por su rostro limpiando todo rastro de lágrimas derramadas.

—Por casualidad, ¿sabes cómo salir de este bosque? ¿O por lo menos puedes decirme dónde me encuentro?

—Estás cerca de Calidón, lugar de los demonios. —explica y es allí donde me percató de sus ojos rojos y su piel algo pálida.

—¿Eres uno de ellos?

El niño repentinamente se levanta y yo retrocedo por instinto.

—Sí, soy hijo de Erlik y Eda.

—¿Y se puede saber qué hace el hijo de los demonios más poderosos llorando en medio del bosque? —pregunto intrigada.

—Asuntos personales —se limita a decir llevando su mirada al suelo.

—Si no quieres decirlo está bien, pero ¿Puedes sacarme de aquí? Estoy segura de que a mi cuidadora le va a dar un infarto si tardo unos minutos más aquí.

—No. —Su respuesta cortante me hace fruncir el ceño.

—¿Por qué no?

—Tengo que regresar rápido al palacio si no quiero un castigo —aclara un tanto preocupado. No contenta con su respuesta, se me ocurre una idea.

—¿Y si te doy algo a cambio? —entorna los ojos confundido.

—¿Cómo qué?

—Lo que tú quieras —respondo encogiéndome de hombros.

—¿Y qué podría yo querer de ti? —inquiere cruzándose de brazos. Viendo que esto no va a ningún lado, propongo la idea.

—Qué tal vernos mañana en este mismo lugar o uno más cerca de tu palacio para traer algo especial —sus cejas se alzarán.

—¿Qué sería eso especial?

—No vas a saberlo hasta que te lo entregue mañana. —se queda en silencio un par de segundos en lo que se debate internamente.

—¿Y si no vienes?

—Lo haré, lo juro. —alzo mis manos y sonrió de manera tierna. Él me observa de forma extraña, pero lo pasó por alto.

Él lo piensa por un momento más hasta que al fin cede y comienza a caminar, lo sigo a pasos rápidos. Poco después el reino se visualiza ante mí, al igual que una Davinia a punto de colapsar.

—Hola Davinia —sus ojos buscan rápidamente mi voz y en poco la tengo frente a mí abrazándome y dándome una mirada poco amable.

—Un día de estos vas a matarme de un susto jovencita.

Cuando me suelta doy un vistazo al bosque para verlo por última vez, pero no lo encuentro.

«Es lindo»

°°°°

—¿Qué le puedo llevar? ¿Qué le puedo llevar? ¿Qué le…? Me rindo, no debí prometer nada.  —pienso en voz alta viendo todo de cabeza, puesto que estoy en el sofá grande de la biblioteca acostada con los pies hacia arriba y mi cabeza hacia abajo, pensando en que puedo llevarle.

—¡Davinia!

—Dígame princesa. —por mí gritó, aparece mágicamente en la puerta en segundos.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro. —Responde con su habitual expresión seria.

—Pero antes tienes que prometerme que no se lo dirás a nadie.

—Y con nadie se refiere a su padre y tío ¿No?

—Exacto.

—Bien haré todo lo que esté en mis manos para que ni una palabra salga de mis labios —promete un tanto burlesca, colocó mis manos en el suelo y llevó mi cuerpo hacia delante dando una voltereta que me deja de pie frente a ella.

—Confío en ti. La pregunta es ¿Qué puedo darle a un niño que le prometí, llévale algo especial? —enseguida su ceño se frunce.

—¿Niño?

—Sí, niño. Lo encontré ayer llorando en ese bosque y le prometí que si dejaba de hacerlo le llevaría algo especial y ¡Funcionó! Pero ahora no sé qué llevarle. —digo la verdad a medias.

—Vaya, la princesa arrogante después de todo si tiene corazón. —pongo los ojos en blanco.

—Es obvio que tengo corazón Davinia, él chico solo me dio un poco de lástima, es todo y quiero darle lo que le prometí.

—Bien, pero responde algo. Este niño, ¿A qué clan pertenece? —la observó por largos segundos antes de hablar.

—Demonio —no quería decir eso, pero algo dentro de mí se negó a mentirle del todo.

—Elizabeth, sabes mejor que nadie las reglas de Nirvana.

—Lo sé, lo sé, prometo que esta será la última vez que lo veré.

—No deberías ni por última vez.

—Lo prometí Davinia, tú mejor que nadie sabes que las promesas no se rompen. Tú me lo enseñaste ¿Acaso piensas que tus lecciones no valen? —la manipuló y logra funcionar.

—Por supuesto que valen, pero puedes correr riesgos si te ven…

—No lo harán, nadie nos verá.

—No estés tan segura.

—Confía en mí y dime qué puedo llevarle. —más que pedir lo exijo, ella suspira en derrota y termina por ceder.

—Más te vale y no te metas en problemas, y con respecto a lo que pides no tengo idea de que puedes llevarle. Pero puedes hablar con Vaci, ella es buena con los regalos. —aconseja dejándome sola en la biblioteca, giro sobre mi eje y observó el lugar, no creo que le gusten los libros.

Poco después salgo en busca de Vaci, ella es quien mayormente confecciona mis vestidos y escoge mi joyería.

—Vaci —toco la puerta un par de veces hasta que ella me permite pasar.

—Princesa, que la trae hoy por acá. ¿Necesita algún vestido o zapatillas? —niego y terminó de entrar a su habitación sin esperar a que me invite. Tomó asiento y ella me mira algo nerviosa.

—Necesito darle algo especial a un amigo y no sé qué puede ser eso especial. Así que me he tomado el atrevimiento de pedirle un consejo. —le hago saber y sus ojos se abren ligeramente seguro pensado que jamás me ha visto con otro niño de mi edad y en qué momento se perdió de algo. Vaci es esa clase de personas que son muy expresivas, por lo que deducir lo que opina no es muy difícil.

—¿Y tiene alguna idea? ¿Joyas, algún juguete, libro o un postre? Dependiendo de lo que desee le puedo aconsejar de la mejor manera. —se sienta a unos cuantos pasos de distancia.

—No exactamente, pero descartó lo del postre y libros… aunque también los juguetes, el joven no creo que juegue con ellos, ya —descartó al suponer que al ser hijo de padres del consejo tendrá otras obligaciones más que jugar.

—Joyería entonces.

—Sí, supongo. —me encojo de hombros.

—¿Y puedo saber cuántos años tiene este amigo?

Su imagen viene a mí, lo alto que era y el cómo sus facciones eran un poco menos aniñadas me hace considerar varios números más que yo.

—No lo recuerdo bien, pero unos diez u once tal vez. —La mujer no dice algo más, en cambio toma su caja y comienza a revisar los diseños de joyería que mantiene siempre con ella.

Cuando el diseño nuevo que le había pedido hacía unas cuantas semanas atrás, aparece enseguida sé que es eso lo que debía darle.

—Vaci, mi última petición ¿Ya está lista?

—Por supuesto princesa, de hecho hace una semana que ya está no se la he dado porque aún no la había solicitado. Si desea se la traigo ya mismo —Apresurándose verifica uno de sus cajones y rápidamente me entrega una caja roja con un lazo negro que enseguida abro intrigada.

El collar me deja deslumbrada por varios segundos.

—Es precioso. —la mujer suelta un suspiro de alivio.

—Me alegra que sea de su agrado princesa, ¿Gusta que sigamos con su nuevo pedido?

—No, gracias Vaci por su tiempo. Creo que pensaré un poco más qué es lo que deseo darle. Nos vemos pronto —me levantó y salgo sin permitir que diga algo más.

«Es perfecto»

Dándome prisa vuelvo a mi habitación y tomó un baño antes de cambiar mi atuendo habitual por un vestido negro con detalles dorados. Me colocó mis botas y guardo en cada una de ellas una daga por precaución. 

Dejo mi cabello suelto y por último escondo el regalo en el pequeño bolsillo del vestido.

Doy un pequeño vistazo afuera y noto que ya es hora, dándome prisa y siendo sigilosa salgo del palacio rumbo al bosque.

El camino es largo, puesto que Calidón no está para nada cerca al lugar de los humanos, me toma casi una hora llegar al mismo punto que ayer, pero cuando llegó rápido noto la espalda del niño.

Tal y como ayer, su atuendo es un traje color vino que resalta mucho su cabello negro y ojos rojos.

—Tonto, tonto, ¿Qué haces aquí? ¿Y si no viene? Seré castigado sin razón válida…

—¿Por qué serías castigado? —cuestionó una vez estoy más cerca de él. Su cuerpo visiblemente se tensa y asustado se voltea rápidamente.

—¿Me escuchaste? —inquiere apenado.

—Puesto que pregunte por qué serías castigado, creo que es algo obvio. —respondo más cortante de lo que pretendía.

El tono rojo de sus mejillas dieron un pinchazo a mi pecho.

—Ah… yo no quería… —balbuceo ante sus clará incomodidad.

—Tengo que irme. —por primera vez en mi corta vida sentía culpa por mis palabras.

—¡No te vayas! Te traje tu regalo —a pesar de mi petición, él avanza a grandes zancadas. No quería que se fuera, no me había arriesgado a venir por nada, no me iba a ir hasta que cumpliera mi promesa.

Apresurandome lo alcanzó y me atravesó en su camino.

—Perdón. Si te hice sentir mal por mis palabras, no era mi intención, a veces habló sin medir palabras. En serio lo siento mucho, no quiero que te vayas aún.

Pedir disculpa, no era para nada mi fuerte, jamás me gustaba justificar mis acciones, pero sentía una fuerte opresión en mi pecho que me hacía actuar sin pensarlo.

El niño se me quedó viendo por largos segundos que se me hicieron eternos.

—¿Por qué quieres que me quede?

¿Por qué? Ni yo lo sabía.

—No lo sé. —Soy sincera.

—Eres rara. —dictamina ladeando la cabeza un poco.

—¿Rara yo? —repito ofendida —no me hagas hablar niño.

Amenazó cruzándome de brazos, ¿qué le pasa, cómo se atreve a decirme rara?

—¿Niño? Para tu información tengo nombre y no tengo cinco años. —replica enojado.

—No soy adivina, niño. Si no me lo dices, ¿cómo esperas que te llame?

Bueno, debía admitir que no esperaba para nada el cambio repentino de la conversación.

—Bien, me llamo Abalam no niño, tengo nueve años y supongo soy mayor que tú, así que tenme más respeto.

Aquella conversación me estaba irritando demasiado y eso no era bueno.

—¿Sabes qué? No te doy nada, eres un niño fastidioso que no merece mi atención.

Enojada le soy la espalda y comienzo a caminar lejos de él y de su estúpido rostro bonito.

—Mocosa malcriada.

—Estúpido niño.

—¡Niña tonta!

—¡¡Bebe llorón!! —grito fuerte al estar ya muy lejos de él.

Sabía que eso le dolería mucho, pero jamás imaginé que tanto podían herirle mis palabras.

Tomándome totalmente desprevenida se aproxima a mí y me da tal empujón que terminó en el suelo lastimando mis manos.

—¿Pero qué…?

—Deberían enseñarte a ser más respetuosa mocosa malcriada…

Su actitud me desconcierta.

—¿A mi? ¡Yo no soy la que está actualizado como un animal! —grito enojada levantándome del suelo. 

—Yo no soy así ¡Es tu culpa!

—¿Y yo por qué?

—¿Cómo te atreves a llamarme bebé llorón? Soy el príncipe de los demonios, no puedes tratar así a la realeza.

—Yo soy la princesa de los humanos ¡Yo también merezco re…resp…!

—Respeto, tonta.

—¡¡Eso!! ¡Y tonto eres tú!

—No tú.

—¡Que tú y cállate! —sin una gota de paciencia le aviento una roca que termina por darle en la frente.

—¿¡Qué hiciste!? —asustada me acercó para ver el daño.

—¿Te duele? —Parte de su frente comienza a sangrar.

—¡No te acerques! —por su arrebato terminó rompiendo en llanto. —¿Por qué lloras? No eres tú la que está sangrando.

—Pe-pero es mi culpa.

—Princesa, ya está anocheciendo creo que es hora de irnos. —con sus palabras paró de llorar.

—Oh, no. —miro el cielo con los ojos empañados y efectivamente el cielo está empezando a oscurecer —mi papá va a matarme.

—No eres la única. —los dos emprendemos el viaje cada quien por su lado olvidando toda molestia.

«Espero no verlo más» pienso en todo el camino de regreso a casa.

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