No enamorarse

Alex no me deja de mirar mientras desayunamos y siento que quiere decirme algo, pero no sabe cómo.

Arqueo las cejas en su dirección y se remueve en el asiento con incomodidad, aunque sigue sin hablar. Hace de cuenta que toma su jugo de naranja y come un tostado de jamón y queso con lentitud, saboreándolo tanto que se nota cómo está estirando el tiempo lo más posible.

De todos modos, aprovecho ese instante para admirar cómo se ve en su pijama de cuadrillé azul, es la primera vez que lo veo sin traje y hay que decir que se ve muy bien, incluso recién levantado.

Suspira y deja su vaso vacío a un lado, junta las migas con su meñique y vuelve a mirarme.

—¿Dormiste bien? —me pregunta.

—La verdad que sí, el colchón es muy cómodo —respondo untando mantequilla en una tostada con desinterés.

—Mi cama es mucho más cómoda —comenta esbozando una pequeña sonrisa—. En fin, ¿ya terminaste de desempacar?

—Todavía no, me faltan la mitad de las cosas. Seguro hoy termino.

Se queda en silencio y asiente con la cabeza, con expresión pensativa. ¿Por qué no suelta lo que quiere decirme?

—¿Acaso tus perros se comieron a mi gato? —cuestiono, me dedica una mirada cargada de sorpresa y ríe mientras hace un gesto negativo—. Entonces, ¿por qué estás tan callado?

—Lolo, Tommy y Matt todavía no lo vieron a tu gatito, y mejor que sea así. Y no estoy callado, solo quiero darte una noticia y no sé cómo vas a reaccionar…

—Suéltalo de una vez, Alex.

—Organicé una fiesta de compromiso, para esta noche. —Me atraganto con mi propia saliva debido al asombro y hace una mueca de culpa—. Sé que no te lo dije, ni tampoco te pedí tu opinión con respecto a eso, pero era necesario. Igual, no te preocupes, va a ser algo de familia, con las mismas personas que estaban en año nuevo.

—¿No será demasiado? Si esta mentira sigue creciendo, va a ser difícil ponerle fin.

—No va a crecer mucho más, te prometo que va a quedar en familia —expresa con seguridad, resoplo y termino encogiéndome de hombros.

—Está bien, si no tengo otra opción…

—¡Genial! Termino de trabajar y nos vamos a comprarte un vestido, tienes que estar impecable.

—¿Y si no quiero un vestido? —pregunto cruzándome de brazos. La que falta es que sea de esos machistas que le dicen cómo vestir a sus mujeres. Algo malo tenía que tener.

—Bueno, lo que tú quieras, todo te queda hermoso —es lo único que dice antes de ponerse de pie y llevar los platos y tazas sucias al lavavajillas.

Me retracto de lo que dije, parece perfecto. No es machista, es millonario, es sensual, es amable y respetuoso… ¿será real? Definitivamente, algo malo debe tener, no hay luz sin oscuridad.

Sin decir más nada, sale de la cocina y termino de desayunar en silencio. Es extraño el hecho de sentirme cómoda con alguien a quien apenas conozco hace tres días, pero él me hace sentir segura.

Para matar un poco el aburrimiento, después de ducharme, sigo desempacando mis cosas y las voy metiendo en el ropero gigante que ocupa gran parte de la habitación, la cual también es enorme. Entra la luz solar, está decorada de manera sutil y la cama es tan grande que podría caber una familia entera. Roco, mi gato, es el que está más contento, apenas se movió para comer y volvió a dormir sobre la cama.

Alex toca la puerta y se asoma con lentitud antes de hablar. Él también está recién bañado, tiene un aroma exquisito y su traje azul realza el color de sus ojos.

—Tengo que irme, Maia, vas a estar sola por un par de horas, pero cualquier cosa que necesites, puedes llamarme —expresa—. No me voy muy lejos, la empresa está a unos veinte minutos.

—Está bien, no te preocupes, igual voy a estar toda la tarde ordenando mis cosas —contesto.

—Siéntete como en tu casa —dice—. Tipo cinco de la tarde vuelvo y vamos a prepararnos para la fiesta, a las nueve comienzan a llegar los invitados.

—Perfecto.

«No, mentira, no está perfecto», pienso, pero no digo nada. Me sonríe antes de irse y, cinco minutos después, escucho como sale con su auto. Me siento en el borde de la cama, pensando en cómo mi vida cambió de un instante al otro.

Estaba sin trabajo, sola y en un lugar que no me gustaba, y de un día al otro, tengo que fingir que estoy comprometida con un hombre perfecto y tengo diez mil dólares en el bolsillo. Tengo que admitir que estoy un poco atemorizada de la situación, porque soy de encariñarme fácil y no quiero salir lastimada.

Cierro los ojos, respiro hondo y me pongo el propósito de no enamorarme, esto es solo un trabajo.

El tiempo pasa más rápido de lo que pensé, y cuando menos lo espero, Alex vuelve a aparecer por la puerta.

—¿Estuviste encerrada en el cuarto todo el día? —cuestiona impresionado. Hago un gesto afirmativo con algo de vergüenza.

—Solo bajé a almorzar, quería terminar de ordenar mis cosas hoy y, por suerte, lo logré —contesto. Me sonríe de manera satisfecha y toma mi mano para atraerme hacia él, la cercanía hace que mi piel se erice y mi estómago cosquillee.

—Entonces, vámonos de compras —dice—. Abrígate bien que hace frío.

No puedo negarme, aunque me hace sentir incómoda el hecho de que me va a comprar ropa nueva, tengo que acompañarlo, al fin y al cabo, es como mi jefe.

Llegamos al centro comercial media hora después, siento la mirada de muchas mujeres, las cuales probablemente piensan cómo hice para tener semejante hombre a mi lado. No sé si él se da cuenta de cómo lo observan, se ve bastante distraído, pero quizás está fingiendo que no las ve.

—Acá venden buena ropa para mujer —manifiesta, señalando una de las marcas más caras del lugar.

—¿Cómo sabes tanto sobre eso? —inquiero—. ¿Acaso le compras prendas a todas tus chicas?

Se ríe, se acerca un poco más a mí y me acomoda un mechón de pelo hacia detrás de mi oreja.

—¿Estás celosa? —pregunta en un murmullo, esbozando una sonrisa traviesa y tomándome de la barbilla para que lo mire a los ojos. Suelto una carcajada irónica.

—¡Para nada! —exclamo—. Solo quería saber de dónde sacas tus conocimientos.

—Te dije que mis padres tienen una empresa textil, sé todas las marcas que compiten contra ellos, la calidad de tela que usan, también sé si las tablas de talle son correctas y muchas cosas más que no van al caso, por eso sé que esta es buena —replica sin dejar de mirarme.

De repente me siento bastante tonta. Tiene razón, aunque no quiere trabajar en la fábrica de su padre, seguro que sabe sobre eso… ¡Y yo pensando mal!

—Perdón, yo no quería… —comienzo a decir, pero su risa me interrumpe.

—Maia, está todo bien, no tienes motivos para estar celosa ni tampoco voy a dártelos.

—Es que no estoy celosa, solo quería saber de dónde habías sacado que este lugar vende buena ropa, había olvidado lo de tus padres y pensé que eras un cliente habitual.

No contesta, solo me toma de la cintura y me da un empujón para que entre a la tienda. Amo cada cosa que veo, desde zapatos, vestidos, monos enteritos, camisas y abrigos, es todo tan hermoso que tengo ganas de comprar el comercio entero. Alex me sigue de cerca y sonríe ante mi entusiasmo, aunque no quiero aprovecharme de su gentileza, así que elijo lo justo y necesario para probarme y que él me diga cuál es el look adecuado para la fiesta.

Así que, mientras yo voy a cambiarme, él me espera sentado afuera. Lo primero que me pongo es un vestido rojo con perlas en el corsé, es ajustado, con corte sirena, lo cual acentúa mis curvas, pero es tan escotado que me siento desnuda. Decido no mostrarle esta opción, sé que diría que no.

El segundo atuendo, una camisa color coral común y corriente, y un pantalón acampanado, tampoco me gusta, así que vuelvo a sacármelo y me pruebo la tercera opción, un enterizo muy elegante color mostaza, de piernas largas, espalda descubierta y escote prominente, pero sutil. Tiene un cinturón en la cintura que realza mi silueta y me hace más esbelta, algo que me encanta.

Abro la cortina del probador y él alza la vista de su teléfono, luego recorre mi cuerpo con su mirada y asiente con lentitud.

—Me gusta, mételo en la lista. ¿Otra opción?

—Lo demás es horrible —digo.

—¿Qué te parece esto? —me pregunta, tomando un vestido blanco y corto que se encuentra cerca.

—Creo que quieres que use un vestido —expreso con tono divertido, recordando lo que me dijo esta mañana.

—Pruébatelo y luego te digo porqué quiero que uses eso —contesta con tono firme.

Contengo las ganas de poner los ojos en blanco y tirarle la prenda por la cabeza. Entro nuevamente al cambiador y me pongo lo que él eligió. No suelo elegir cosas blancas porque, según viejos amigos, me hacían ver más gorda, pero tengo que admitir que este me encanta, tiene un fruncido en la cintura que me hace más delgada, un escote en forma de corazón que está a la altura justa, la falda es acampanada y suelta, por lo que no me siento apretada, y tiene brillos en todo el vestido, dándole un toque delicado.

—Te queda espectacular —opina sonriendo en cuanto me ve—. Definitivamente, debes usar esto.

—¿Me vas a decir por qué? —cuestiono.

Se acerca hasta quedar a unos centímetros de mi cuerpo, y me doy cuenta de cómo su mirada viaja entre mis ojos y mis labios.

—Porque el blanco te queda bien, porque tienes un físico increíble, porque al estar de blanco es como si estuviéramos a punto de casarnos, lo que le da un plus a la fiesta de compromiso y…

Se queda en silencio y me da un leve empujón hasta dentro del pequeño probador, donde cierra la cortina detrás de él y me encierra entre su cuerpo y la pared. Me quedo sin aliento cuando acaricia mi pierna desnuda con suavidad y la levanta para que rodee su cintura.

—Si usas vestido, es mucho más fácil empezar con la diversión —murmura acercándose cada vez más a mis labios.

No puedo evitar cerrar los ojos para esperar el beso, siento el corazón martillando contra mi pecho a mil por hora, y en lo único que puedo pensar es en sus labios tan cerca de los míos.

—¡Perdón, pero este no es un lugar para mantener relaciones! —grita una empleada con tono enojado, haciendo que nos alejemos de un salto.

—Lo sé, mil disculpas —manifiesta Alex escondiéndome detrás de su espalda de manera protectora—. Fue mi culpa, es que nos vamos a casar y, ya sabe, estaba tan hermosa que no pude controlarme —agrega, logrando que la expresión de la señora se suavice.

—Los felicito, pero, por favor, contrólense —dice la mujer—. Supongo que se van a llevar las prendas…

—Por supuesto —responde él sin dudarlo. La desconocida asiente y se vuelve a ir, dejándonos nuevamente a solas, aunque esta vez él no se acerca, solo sonríe—. Vuelve a ponerte tu ropa, voy a pagar y nos vamos.

Desaparece en un segundo y suelto un bufido mientras me saco el vestido y vuelvo a vestirme de manera normal, tan abrigada que parezco un oso polar. Lo bueno es que, si me llega a preguntar porqué estoy tan roja, puedo decir que es porque tengo calor y no por el acercamiento que acabamos de tener.

Yo lo espero afuera del lugar mientras él termina de pagar y luego sale con varias bolsas. Estoy segura de que compró algo más sin preguntarme.

—Ya está todo listo, vámonos a casa, tenemos que ir preparándonos para recibir a las visitas —expresa.

En cuanto salimos al estacionamiento, nos damos cuenta de que está nevando, y muchísimo, a tal punto que ya se formó una buena capa de nieve sobre el suelo. Corremos hasta su auto, guardamos las bolsas y, cuando estoy a punto de subir, siento una bola chocando contra mi cabeza, lo que me hace trastabillar y caerme.

Alex se acerca a ayudarme, riendo a más no poder y, cuando menos lo esperaba, le lleno la cara de nieve.

Nos quedamos como dos tontos, entre risas y juegos, hasta que nos cansamos. En lo único que puedo pensar en el camino a casa, sin dejar de sonreír, es que va a ser difícil no enamorarme de él. Cuanto más lo conozco… más me gusta.

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