AMOR SIN EDAD
AMOR SIN EDAD
Por: Mar Muelas
CAPÍTULO 1

La vida de Lesley no ha mejorado mucho, desde la muerte de su pobre padre.  

Hace un año exacto de su fallecimiento, para ella no ha sido nada fácil haber heredado la gran editorial. Pero poco a poco, y con el tiempo ha conseguido hacerse con el manejo de la empresa, y por el momento ha logrado llevar al primer lugar la editorial, y a día de hoy es la mejor que hay. 

Hace poco más de un mes tenía una relación amorosa con Bryan, (su novio). Ellos dos llevaban juntos desde que tenían quince años, se conocieron en clase y, desde entonces habían sido inseparables el uno del otro. Hasta que, por cuestiones de trabajo, la cosa empezó a empeorar entre ellos y a Bryan se lo ocurrió la genial idea de terminar su relación con Lesley.  

Y así está esta chica ahora, llorando por los rincones. Aunque, Bryan no hacía mucho por Lesley, para ella era un apoyo; con el que poder soportar todo lo que estaba viviendo. Desde que la dejó, su vida se ha vuelto realmente complicada, llevar una empresa de tanto nivel, no la deja casi nada de tiempo libre; ni para ella, ni para el amor.  

—Lesley. —Escucha, al descolgar su teléfono, adormilada. 

—¿Qué quieres ahora? —pregunta, con los ojos pegados, pensando que es domingo. 

—Querida, queridaaaa. Despierta hoy es lunes y tienes una reunión muy importante, de eso depende nuestro futuro. 

—¡Ooooh, noo, noo, noo! No puede ser, ¡maldita sea! —espeta, saliendo de la cama—. Otra vez se me olvidó que tenía una conferencia con Estados unidos —comenta, cabreada con ella misma colgando el teléfono, mientras se desprende del pijama.  

Rosse, la chica filipina que tiene para que desempeñe las tareas del hogar, la escucha quejarse desde la sala de estar. Rosse, mira la hora en su reloj y corre para ayudarla.  

—Otra vez la señora se quedó dormida —va murmurando por el pasillo.  

—Ayúdame a encontrar algo que ponerme en condiciones —comenta Lesley muy nerviosa rebuscando dentro de su vestidor—. Rosse por favor date prisa —insiste, al verla parada de pie en su cuarto, y mirándola con las manos colocadas en las caderas. 

—Señora. No puede seguir con este ritmo de vida, tiene que descansar —dice entrando en el vestidor, para ayudarla a encontrar un buen traje.  

Cuando ya lo tiene se lo entrega, y Lesley se viste con el. Se trata de una falda color morada, y su chaqueta de mangas francesas a juego, combinada con una blusa de seda, de color turquesa y unos zapatos a juego del mismo color. 

Ya sé que todos os estaréis preguntando cómo será Lesley. ¡Ya voy…! ¡Ya voy! En primer lugar, quiero presentarme: me llamo Abraham, he sido su mano derecha desde siempre, pero cuando Bryan la dejó abandonada; las cosas empeoraron y desde entonces yo tampoco he tenido descanso, no hago otra cosa más que cuidar de ella.  

Y otra cosilla que se me viene a la mente, si os preguntáis que cómo sé que se ha quedado dormida y por qué la he llamado para que se despierte; en una noche de confesiones en contra de su novio, la instalé una camarita en su cuarto, solo para verla dormir.  

A ver curiosos, antes de que me reclaméis por ello, he de decir que la puse en su mesita de noche, directita a su carita angelical, no quiero que penséis que soy un depravado sexual; ni que mis intenciones con ella van más allá. De hecho, soy gay y mi instinto femenino, ha sido el que me ha ayudado a instalar esa cámara. Y nos está ayudando un montón a los dos, a ella para no quedarse dormida, y a mí para poder ayudarla. 

Y... ahora sí, comencemos. Lesley es la persona más maravillosa que conozco, y mi mejor amigui desde hace muchos años. Es una chica un tanto peculiar, muy reservada, tímida, y un poco excéntrica. Y... Sí os digo la verdad, ya me gustaría a mí que me gustaran las chicas, por qué entonces ella sería mi razón de vivir. Su cabello es dorado, tiene una silueta perfecta y sus ojos son completamente grises, ¡es guapa a rabiar! 

Con esos ojazos que tiene es capaz de desconcentrar a todos los hombres de la oficina, desde mi mesa puedo verla llegar. La muy perra es super sexy, todos los días cuando camina, va hasta su despacho moviendo su pequeña cinturita de avispa. Menea tanto ese pequeño traserito respingón, que ni yo la quito el ojo de encima, hasta que cierra la puerta.  

Aunque os confieso, que hay días que también espero que baje las persianas de sus cristaleras, para aislarse en ella. Definitivamente si fuese mujer quisiera ser igualita que ella.  

—Abraham deja ya de soñar, quiero que me traigas todos los informes de los libros vendidos de este mes —escucho al descolgar el teléfono.  

—Dame cinco minutos, y estoy contigo jefecita.  

—No me llames jefecita, eso daría la voz de alarma en la empresa, y quiero que todos mis empleados me sigan respetando —me reclama, con su dulce vocecilla.  

Después de colgar el teléfono, me pongo manos a la obra en mi trabajo; busco todos los informes que me solicitó Lesley, y me aproximo a la puerta de su oficina.  

—¡Quieres pasar! Por favor, puedo ver la sombra de tus pies por debajo de la puerta —escucho que me grita, antes de que, ni siquiera hubiese tocado la puerta.  

—¡Oh sí!, por supuesto —respondo con el pomo entre mis manos, a la vez que miro su carita de angustia.  

—Venga termina de cerrar y siéntate. Hoy tengo muchas prisas. ¿Acaso has olvidado mi conferencia?  

—No Lesley, aquí tienes tus papeles, sabes que siempre estaré aquí para ayudarte.  

—Perdona Abraham. No es mi mejor día, esta noche no pude descansar casi nada, y encima hoy me quedé dormida.  

—Jefecita… Perdón Lesley —corrijo al ver su ceño fruncido—. Yo creo que debes relajarte y salir un poco de este trabajo —trato de explicarla, para que sepa que estoy ahí y qué sé lo que está sufriendo.  

—¿Y qué pretendes que haga? —me pregunta ella extrañada. 

La miro y por la forma de su cara me da a entender que no se siente para nada bien, me da demasiada lástima ver así a mi amiga. Al no saber que hacer me pongo en pie y camino para colocarme por detrás de ella, con las manos en sus hombros comienzo a masajeárselos, con la esperanza de que se relaje, aunque solo sea un poco. 

—Estás demasiado tensa, y seamos aún más sinceros, me preocupa tu estado de ánimo. Desde hace algún tiempo se te ve muy desmejorada, sé que estás muy cansada, y creo que necesitas unas vacaciones —termino por decirla, intentando que comprenda que debe desconectar de su trabajo.  

Lesley gira la cabeza, mira hacia atrás y, busca mis ojos. Creo que sabe que todo lo que hago, lo hago por su bien, pero la muy incrédula se está riendo de mí, es tan consciente de ello que se pone de pie, me da un abrazo y me susurra al oído:  

—Por Dios, ¿quieres terminar de despertarte hoy?  

No la aguanto más, su desconfianza en mí, y sus pocas ganas de vivir me cabrean tanto que lo único que hago es callarme. Sin dejar de mirarla a la cara, me agarro de los pelos de la cabeza, y termino por contestarla:  

—¿En serio? Sabes que te mereces unas vacaciones, ¿Qué te parece si nos vamos juntos?  

—De eso nada, es navidad y quiero pasarlas con toda mi familia, quítate esas ideas de la cabeza.  

—Sé que tu hermosa madre no dirá nada, y estoy seguro que tus hermanos podrán acompañarla en todo momento —la suplico de rodillas en el suelo, intentando que me dé su aprobación.  

—¡Qué te he dicho que no!  

—Please, please, please… ¡Ayy…! Amigui, ¡eres… Una amarga vacaciones!  

—Te he dicho que no, deja ya este jueguecito —me replica descruzando los dedos de mis manos para que no siga suplicándola.  

Lesley, empieza a recoger sus carpetas con toda la documentación sobre sus libros, a pesar de sus prisas sé que no será capaz de pasar por alto, mi cara de enfado contra ella. Una vez que tiene toda la pila de documentos entre sus manos, me mira y pongo mi mejor cara de animalillo desvalido. Sin poder resistirlo, por qué lo sé, que a esa cara no se resiste, se acerca a mí, se acuclilla a mi lado y me dice:  

—¡Me encantas mariquita! Ya sabes que eres mi mejor amigo, y no tengo a nadie más a quien llorar mis desdichas, pero también sabes qué, aunque te quiera, no puedo pasar por alto esa tremenda locura tuya. 

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