Pesadillas.

Despertó en el suelo de un valle.

El aire que rozaba su piel era helado, agrio y su silbido era intenso, se escuchaba cerca de su oído, y también en la lejanía.

El cielo estaba oscuro, pero no sé veía una sola estrella, solo la copa de unos árboles petrificados decoraban el borde del cielo, como quien coloca un marco para su obra de arte... una vacía, oscura, y carente de un sentimiento diferente a la incertidumbre.

El suelo agrietado lastimaba sus pies. Parecía que no había llovido o corrido un poco de agua por aquellas tierras en muchísimo tiempo.

Corrió por laderas, entre los árboles y por encima de un riachuelo de aguas negras, buscando socorro, con la esperanza de que alguien la sacará de ahí. Pero por más que pidió ayuda, no hubo nadie que la auxiliara. Estaba en un lugar inmenso y completamente sola, pero aquel sentimiento de ser un conejo aterrado en algún rincón del bosque, ni la abandona.

¿Donde estaba? ¿Cuanto tiempo tendría ahí?

Entonces los recuerdos se amontonaron en su cabeza. La voz de su mejor amigo, sus recomendaciones, y consejos. El auditorio oscuro, frío, desolado... un libro, su propia sangre decorando el suelo, velones, vino, carne... todo colocado de la forma adecuada... la invocación activandose, las luces, y aquella intensa voz.

—Si eso deseas, acepta mis términos y en su momento estará hecho. — Ya le había escuchado en otro lugar.

Despertó sudorosa, preocupada, y asustada.

— No de nuevo... — pensó. No era la primera vez que tenia ese sueño, el volvía cada vez que olvidaba que había hecho un pacto. Aunque, con exactitud no recordaba cual había sido.

Era de madrugada, sus hermanas dormían en las camas contiguas. Al menos esta vez no las había despertado entre gritos.

Fue de su cama, directo a su ventana y miro por ella durante varios minutos.

Siempre que tenía este sueño, se preguntaba qué dirían sus padres si se enteraban que ella, hija de un reverendo, era estudiante de brujería desde hace tanto tiempo y peor aún, que había hecho ese pacto.

Si tan solo no hubiera caído en la desesperación por la quiebra de su familia, no tendría que haber hecho nada de eso. Pero tampoco fue culpa de sus padres, o de sus abuelos. Solo estaba en un país con políticos aprovechados y corruptos.

La historia era corta, y ademas desafortunada.

Cuando su abuelo, cenador derechista fue asesinado, el gobierno de izquierda al mando expropió todas sus empresas, inmuebles y demás bienes. Para entonces, ella era muy pequeña. Pero posteriormente la desesperación golpeó fuertemente a su familia y ella a tan solo sus 15 años, tomó la desición de pactar.

Desde ese momento las cosas fueron mejorando.

Su padre trabajaba para una productora, y su iglesia crecía en seguidores. Aunque el dinero se iba en alquileres y beneficencia, la mayoría de los hermanos estaban bien con eso, ayudar a los demás siempre traían una bendición a la familia y la congregación.

Abundancia, le dicen. Cuando las cosas se hacen con amor y buenos deseos, todo culmina bien.

Las estrellas eran su única compañía, y estuvieron a su lado, hasta que el horizonte comenzó a iluminarse.

Ese amanecer era especial, y al mismo tiempo, era muy triste.

Aquel día sería la fiesta de navidad en la congregación, y además el anuncio de su compromiso. Ese día, finalmente conocería al tipo que se ofreció a salvar la vida de su familia, a cambio de desposar una de las hijas del reverendo.

Que enojo le causaba pensar que, de las 5 hijas del reverendo, la única elegible... era ella.

Le hubiese encantando que este fulano, al menos se hubiese dignado a tener una cita antes de toda la parafernalia que se llevaría a cabo aquella noche.

El cielo se tornó color durazno, su color favorito. Las nubes de sonrosaron y entonces Becca decidió prepararse para dormir un poco mas. Cerró la ventana y volvió acostarse, no tardó mucho en volver a conciliar el sueño.

Desde su cama soñó con un hombre apuesto, o eso pensaba ella, ojos azul intenso, cabello negro como el ébano más puro, su voz era dulce y sensual. Siempre acompañado por un suave olor a lavandas. La abrazaba desde la espalda y le aseguraba que todo estaría bien.

Durante todo aquel lapso de tiempo, solo rogaba a cualquier entidad que pudiera oírla, que escuchara a aquel hombre y le brindará un poco de calma y serenidad.

Por amor a todos los Dioses, deseaba que así fuera.

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