CAPITULO 2

Lo más importante de toda esta historia que les voy a contar es cuando comienza a cambiar mi vida de verdad, enseguida empezaré a narrarlo. 

Todo comienza cuando retomo el contacto con mi amiga Esthela, a la que hacía tiempo que no veía, no sé cómo, ni de qué manera consiguió mi número de teléfono, me llamó y empezamos entablando una conversación. 

La cosa fue cambiando, a medida que íbamos hablando, teníamos más confianza. Esthela no paraba de contarme sus encuentros sexuales con su novio. 

Un día, hablando por teléfono, nos intercambiamos los e-mails para poder hablar de forma gratuita. 

Una semana después, recibo un correo electrónico de Esthela: 

Hola, Keyla, espero que estés muy bien y que cuando leas este e-mail, me contestes enseguida. 

Seguramente te estarás preguntando si sigo con el mismo chico. ¡PUES SÍ! Sigo con él y soy la mujer más feliz del mundo. 

El martes de la semana pasada me llevó a una tienda de lencería que hay aquí, y una vez dentro, comencé a probarme algunas cosillas. Como todos los hombres, mi chico se aburrió, y salió a la calle. 

Y lo que vio en el escaparate le llamó tanto la atención que me lo llevó al probador. 

Me estaba probando un conjunto rojo pasión, de tanga y sujetador; él abrió la cortina del probador y metió su cabeza para ver cómo me quedaba. 

Y… efectivamente la pasión se encendió en sus ojos, se quedó petrificado al verme así de sexy. No contento me hizo dar una vuelta para él, me dio una cachetada en el trasero y me pasó lo que vio en el escaparate. 

Le hice caso, me quité el conjunto rojo y comencé a ponerme el corsé de encaje negro, lo que me hacía aún más atractiva, después me puse el tanga y el liguero, apoyé una pierna sobre un taburete pequeño que había allí, para ponerme la media, y pude ver por el espejo cómo me observaba hasta que terminé de vestirme. Me di la vuelta, corrí la cortina un poco y entró al probador conmigo. 

—¿Qué haces? —le pregunté, mientras lo empujaba fuera del probador por miedo de que nos pillaran. 

—No te lo quites, ponte la ropa encima y vámonos —me respondió. 

—Hay que pagarlo —le dije entre risas. 

—Sí —contestó, mientras quitaba las etiquetas con sus dientes a mordiscos y llevarlas al mostrador para pagar. 

Por mi extrema curiosidad, llamo a Esthela por télefono antes de terminar de leer el e-mail, sus romances ya hacen estragos de excitación en mi cuerpo. 

—Hola, Esthela. 

—Hola, Keyla. 

—No puedo seguir leyendo este e-mail. Voy por la parte en la que te quedas el corsé puesto. ¿Qué ha pasado después? 

—Keyla, pasó lo que tenía que pasar. 

—¿Hubo sexo? 

—Sí, claro que hubo. 

—¿Cómo fue? 

—Él lo pagó y me lo llevé puesto, ya nos íbamos a casa, pero… antes de llegar tomó un desvío y me pidió que me quitara la ropa y me quedara solo con el conjunto puesto. Puso su mano en el muslo izquierdo, metió la mano dentro del tanga y empezó a tocarme. Cuando la cosa se calentó, paró el coche en el arcén del desvío, se bajó del coche, me colocó a cuatro patas y me lo hizo allí mismo. 

—¿No te dio vergüenza? 

—Es lo divertido, mientras tú gozas, los demás pitan con el coche. 

Las dos comenzamos a reír por su historia de amor desenfrenado, hasta que colgamos el teléfono.  

  

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