Chocolate Sabor a Tentación
Chocolate Sabor a Tentación
Por: S.PamelaT.Beltrán
Prólogo

Annette DuPont,  una muchacha de 18 años de edad joven y tímida, vivía en un pequeño poblado al sur de Bruselas, sus padres habían muerto hace muy poco y su tía materna, una señora solterona de más de 60 años se hizo responsable de ella.

Annette no recordaba mucho de su niñez que había vivido al lado de sus padres, a sus doce años sufrió un accidente en una carretera y ahí perdió a sus padres, tampoco podía recordar sus rostros, su apariencia, ni sus nombres.

Lo primero que podía recordar era el gran hospital donde abrió los ojos después de un tiempo en coma, había sufrido un grave golpe en el cráneo que le había producido la amnesia, cuando su tía la fue a recoger, no la reconoció, era muy niña cuando la había conocido y en esos momentos los recuerdos de su niñez se habían esfumado, las autoridades la entregaron a su tía porque era su único pariente vivo, así, Annette, había llegado a la pequeña ciudad donde su tía recidía.

En esa pequeña ciudad existía la fábrica más grande y del mejor chocolate del norte de Bélgica, era la empresa que sostenía a todo el pueblo y hacia que ese pequeño pueblo sea reconocido no solo en Bruselas y en Bélgica sino a nivel mundial,  la manejaba el señor Corentin Hermans un hombre mayor de unos 70 años de edad, con el cabello cano y con una sonrisa bonita y generosa en el rostro.

El señor Corentin era viudo desde hace muchos años, jamás volvió a casarse, era solo él y su hijo.

Un muchacho que nació en cuna de oro, tenía una vida llena de comodidades desde su nacimiento, por este motivo, cuando el muchacho creció sé convirtió en un petulante, grosero y altanero que trataba a todos con desprecio, para todos, era todo lo contrario de lo generoso y excelente persona que era su padre.

Por muchos años la tía de Annette no le permitía buscar trabajo puesto que era menor de edad y quería cuidar su virtud pero cuando llegó su cumpleaños 18 y al ver en la necesidad que se encontraba con su anciana tía, decidió solicitar trabajo en la fábrica de Chocolates, sabía que los sueldos eran buenos y generosos de acuerdo a lo que había escuchado en el pueblo de boca de los mismos empleados de la Fábrica.

Un día muy temprano, se puso uno de los vestidos que su tía había entallado para ella de sus viejos trajes y se dirigió decidida a la fábrica, caminó desde su cabaña hasta la fábrica sin importarle la distancia y el cansancio, llegó una hora y media después a las puertas de la gran fábrica, preguntó con quién debía entrevistarse y la dirigieron con el jefe de personal, cuando entró a la oficina el jefe de personal la vio de pies a cabeza, después de unos segundos le dijo que solo tenía trabajo de mucama para ofrecerle en esos momentos y ella aceptó gustosa, lo que le importaba a ella era trabajar, no importaba de que.

Después de recibir la buena nueva corrió a su casa dichosa, deseaba contarle a su tía las buenas nuevas. Llegó en la mitad de tiempo que había demorado en ir, estaba tan entusiasmada que eso hacia que fuera más rápida, ni bien entró y cerró la puerta llamo a su tía a gritos de felicidad y cuando la vio salir por la puerta de su pequeña cocina corrió a abrazarla y contarle la gran noticia, su tía sonrío pero no muy satisfecha, la verdad es que ella no deseaba que si sobrina trabajará y menos de mucama pero intentó disimular dibujando una sonrisa fingida en su rostro para no quitarle el entusiasmo y la ilusión.

Al día siguiente, fue su primer día en su nuevo trabajo, Annette salió de su casa con el mismo entusiasmo del otro día, entró a su trabajo, se cambió de ropa  y empezó con sus tareas, iba de un lugar a otro,  sirviendo café o chocolate para las secretarias y para los directivos de la empresa, limpiaba y fregaba los pisos y los baños, los muebles, etc. 

Cuando subía las escaleras de caracol, le llenaba de curiosidad conocer al dueño de la empresa, el señor Corentin Hermans, todavía no lo había conocido, había  pasado varias veces por su despacho pero nunca la llamaron a limpiar o a atenderlo.

Pero, esa espera terminó unos días después, una tarde, la secretaria del señor Corentin, llamada Margareth Ackermann, una muchacha de unos 25 años coqueta con una sonrisa bondadosa,  pidió a Annette que le llevará un café con galletas de chocolate que hacían en la pastelería de la empresa.

Annette, al escuchar eso se apresuró en llevar el pedido del jefe, bajó las escaleras rápidamente para recoger la taza de chocolate que ella misma había preparado unos minutos antes, mientras uno de los empleados le traía unas galletas que ella misma colocó en un plato después subió las escaleras apresurada y tocó la puerta del despacho tres veces.

-    ¡Pasé! – escuchó decir desde afuera, era una voz un poco ronca. Ella entró con la cabeza abajo, mirando a la charola de plata que llevaba el café y las galletas, estaba nerviosa y eso hacia que se portará tímida y cohibida.

-    ¡Señor, su café! – exclamó tímidamente con voz baja casi era un susurro.

-    Déjalo en la mesita de allá, por favor – respondió el señor Corentin sin levantar los ojos de unos papeles donde escribía con mucha atención.

-    Sí, señor – respondió Annette, un poco nerviosa tanto que hacía sonar la taza con el plato a cada momento.

-    ¿Eres nueva? ¿Verdad? – preguntó el Señor Corentin, unos segundos después levantando la mirada para observar mejor a Annette.

-    Sí, señor – respondió nerviosa dejando la bandeja en la mesa.

-    ¿Cómo te llamas, niña? – preguntó dejando el plumón en la mesa.

-    Annette DuPont, señor…

-… Deja el nerviosismo – ordenó mientras mostraba una dulce sonrisa  - yo no muerdo, gracias por el chocolate, toma una de las galletas, te aseguro que te gustarán.

Ella miró las galletas de chocolate, se veían deliciosas, estaban bañadas en un delicioso chocolate negro brillaban, eran únicas y perfectas.

-    Vamos…- insistió el Señor Corentin – no tengas miedo, puedes tomarlas…

-    Gra…gracias, señor… - Annette tomó con timidez una de las galletas y con lentitud la mordió, gozando su delicioso sabor en cada mordida.

Tanto como los deliciosos chocolates que la fábrica ofrecía, sus galletas eran la sensación de toda Bélgica, Annette jamás había podido probar una de ellas, puesto que eran muy costosas y esos gustos ni su tía ni ella se podían dar.

-    Todos los días, en la tarde,  a la misma hora, me traerás el chocolate con tres galletas y siempre tomarás una de ellas para ti, niña – comentó mientras se ponía de pie.

-    Esta bien, señor y muchas gracias… - respondió con una tímida sonrisa en el rostro.

El señor Corentin tomó su taza de chocolate y la tomó un sorbo, al bajar la taza sonrío ampliamente y exclamó.

-    ¿Quién hizo este maravilloso chocolate, nunca tome una cosa igual?

-    Fui yo, señor Corentin – respondió alzando tímidamente la vista.

-    Es un chocolate delicioso, nunca probé una taza tan perfecta, uno de estos días me debes mostrar como lo hiciste, ni mis expertos chocolateros lograron hacer esta perfecta taza de chocolate.

-    Por supuesto señor, aunque sinceramente no hay ningún secreto, tan solo usé la mitad de chocolate amargo y la mitad de chocolate dulce.

-    Equilibrio…- respondió pensativo tomando otro sorbo de su taza – como en la vida, todo debe ser equilibrado, eres muy inteligente, pequeña, me gustará tomar contigo este chocolate todas las tardes – comentó, sonriendo con dulzura – ahora puedes volver a tus obligaciones.

-    Gracias, señor…- exclamó Annette saliendo por la puerta rápidamente.

Annette vio al señor Corentin como una persona dulce, buena y muy generosa, se había dado cuenta que no eran exageraciones,  lo que las personas en el pueblo decían sobre él, era bueno y comprensivo con todos sus empleados como lo había sido con Annette.

Al volver a su pequeña casa, su tía le contó que el señor Corentin jamás se había vuelto a casar después de que su amada esposa había muerto trágicamente, se había dedicado a su fábrica y a su único hijo, y que él era amado y respetado por todos por lo generoso de sus actos.

Tristán Hermans su hijo, no había pasado mucho tiempo con su padre, pues fue mandado al internado unos años después de la muerte de su madre, cuando volvió del internado el niño había cambiado tanto que ya no tenía la personalidad dulce y buena como su padre, era egoísta, odioso y arrogante, odiaba la fábrica de Chocolates y todo lo que tenía que ver con ella.

Unos días después, Annette se había acostumbrado a dejar la taza de chocolate con galletas donde el señor Corentin, hablaba con él por un momento mientras comía su galleta diaria y salía del despacho con una sonrisa en el rostro.

Ese día hizo lo mismo de siempre, recogió las galletas de la tienda, fue a la cocina a recoger el chocolate habitual que siempre preparaba minutos antes y subió las gradas, saludó a la secretaria que estaba al teléfono y tocó tres veces la puerta, esta vez no hubo respuesta, un poco nerviosa empujó la puerta y vio a alguien desconocido sentado en el escritorio del Señor Corentin.

Era un hombre joven de unos 25 años de edad, leía un periódico con los pies acomodados encima del escritorio y un cigarro en una mano.

Annette no sabía si entrar o quedarse en la puerta, los nervios la embargaron y decidió dar vuelta sobre sus pasos, pero el sonido de la puerta llamó la atención del hombre, levanto la vista y exclamó con el ceño fruncido.

-¿Qué haces acá?

-    Vine a dejar… - tembló al responder ya que la mirada de ese hombre era de molestia y reproche- el chocolate y las galletas del señor Corentin.

-    ¿No te das cuenta que mi padre no está? – respondió con el mismo tono sarcástico y prepotente – devuelve esa porquería de galletas a su tienda después lárgate de aquí, sirvienta estúpida.

Annette salió asustada en un mar de lágrimas, la habían insultado en un segundo, extrañaba al señor Corentin, ¿Cómo un hijo puede ser tan distinto a un padre tan amable como él? Se preguntó mientras bajaba las gradas en un mar de lágrimas.

No sabía qué hacer, sabía que debía volver, necesitaba el trabajo y el sueldo, pero no quería cruzarse nuevamente con Tristán Hermans, sí el señor Corentin no volvía,  tal vez Annette debería dejar el trabajo.

Después de sentir en su alma el maltrato de Tristan Hermans, Annette empezó a correr por el pasillo sin mirar atrás, intentaba no cruzarse con nadie pero unos segundos después, casi cuando llegaba al final de escalera de caracol alguien la tomó del brazo y la detuvo en su escapada.

-¿Annette, que sucedió? – preguntó Margareth sorprendida, tenía los ojos confusos, se notaba que el acto de la joven le había sorprendido.

-¡Tristan Hermans me trató muy mal! – exclamó entre millones de lágrimas que le caían por borbotones de los ojos.

-Hay mi niña… – respondió Margareth abrazándola intentando con eso consolarla para que dejara de llorar – ese carcamal de Tristán Hermans trata mal a todos, es un petulante, engreído…pero tú no debiste entrar Annette, no me diste tiempo a avisarte que el Señor Corentin no había venido y en su lugar estaba el troglodita ese …

-¿Y el señor Corentin, dónde está? – preguntó limpiando sus lágrimas con sus manos - ¿Por qué no vino, como todos los días?

-Está en su casa, esta mañana me llamó muy temprano para avisarme que no vendría, creo que se enfermó, de seguro es un resfriado de los que dan por estas fechas y tristemente tuvo que mandar al idiota de su hijo… - comentó con fastidio – comprendo que Tristán Hermans heredará todo esto pero estoy segura que traerá la quiebra para esta fábrica, nunca aprendió ni quiso aprender sobre el funcionamiento de la fábrica, siempre fue un tipo sin oficio ni beneficio – suspiró – y el pobre señor Corentin que sigue teniendo fe ciega en ese personaje.

-Margareth…Debo ir a ver al señor Corentin – exclamó preocupada , su preocupación ni siquiera había permitido escuchar todo lo que Margareth le había contado hacia unos minutos - ¿Sabes dónde vive?

- ¡Por supuesto que sí…! – exclamó empezando a subir las gradas con Annette – Todos conocen dónde vive el hacendado más rico de la comarca – comentó con tono burlón – pero quizás tú no, así que te la daré y de paso pediré a la tienda que te entreguen una caja de sus galletas favoritas, llévaselas, de seguro le encantarán, eso le alegrará el día y le ayudará a que mejore más rápido, además todos deseamos que vuelva lo más pronto posible a la fábrica.

-Está bien – respondió Annette, mientras Margareth tomaba en sus manos el pedazo de papel en el que había escrito la dirección de la mansión del señor Corentin, después, Annette se despidió de su amiga, bajó las escaleras de caracol apresurada se sacó el delantal mientras se terminaba de cambiar apareció un empleado de la tienda, se acercó a ella, la tomó del hombro para que le tomara atención, ella dio vuelta un poco asustada por la intromisión pero al ver quién era se tranquilizó, al mirarlo mejor notó que estaba con una gran caja de galletas bañadas con chocolate en sus manos.

-Margareth me pidió que te las trajera, llévaselas al Señor Corentin – indicó entregándole la caja – dile que lo extrañamos mucho y que se recupere pronto, por favor.

- Claro que sí, se lo diré y muchas gracias – respondió tomando la caja en sus manos, le sonrío, después tomó su pequeño bolso, guardó la dirección que había dejado al lado y salió de la fábrica.

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