La mujer lechuza

El ulular de una lechuza, majestuosa ave nocturna, se oía en el patio. Incorporándome, vi las paredes mohosas que trazaban un arco y amurallaban el lugar. En medio del terreno con el monte alto, había una piscina circular, similar a un jacuzzi, con agua estancada. Busqué la lechuza, pero solo hallé árboles secos que se extendían hacia el etéreo oscuro. No habían estrellas ni nubes. Aunque las farolas eléctricas iluminaban la calle con su luz mortecina, parecía que la oscuridad opacara la intensidad lumínica de los bombillos. Frente a mí, un sendero adoquinado guiaba hacia unas puertas correderas de vidrio que conectaban con el interior de una casa sin electricidad. El ambiente era inquietante y la lechuza no paraba de ulular.

—¿Dónde estoy?

Caminé hacia la puerta corredera. Mis pasos no producían ruido. Al parecer, la casa estaba deshabitada y los años no tardaron en manifestar su arte en el deterioro de las cosas. El vidrio estaba poblado de hongos y la maleza se extendía, como una especie de sistema nervioso, en las vigas. Ejercí fuerza con las dos manos para deslizar la puerta. Entré, pero me detuve, paralizado por el miedo a la incertidumbre del más allá. La oscuridad era total. La lechuza continuaba ululando.

—Este sitio es familiar, pero no logro recordar.

La luces de la casa se encendieron de golpe. Respingué al escuchar el sonido de los interruptores de un panel eléctrico en el fondo. Aterrado, retrocedí, pero mi espalda chocó con la puerta cerrada a cal y canto. Intenté correr ambas puertas en vano, estaba atrapado. La lechuza no paraba de ulular, era espeluznante escuchar su canto. No había ningún mueble ni objeto. Las telarañas en cada rincón carecían de sus dueñas. Una capa de tierra cubría el piso y el olor a moho era insoportable.

—¿Por qué estoy aquí?

El eco devolvió la pregunta. Revisé en el repertorio de mi memoria si alguna vez había estado en esa casa. Apenas rememoré una mansión en la que solía vivir Eliza, mi madre, pero no tenía ningún parecido. Probé llamarla tres veces. Al tercer llamado, una voz femenina, profunda y maternal, dijo:

—No voltees y ven a la sala.

Haciendo caso omiso, fui a la sala. En la mecedora, sentada, Eliza me esperaba. Su vestido blanco lucía limpio y su larga cabellera descendía por sus hombros y terminaban en el regazo. La piel blanca, como el plumaje de una garza, acentuaba la tonalidad de su vestido y el cabello, negro azabache, hacía contraste. Un aura luminosa rodeaba sus extremidades. Cuando parpadeaba, lo hacía con lentitud, como si fuera un ave elegante. Hablando de elegancia, su porte era de alcurnia. Al verla, de inmediato caí en la cuenta de que estaba en una pesadilla. Mamá no había cambiado desde su muerte.

—No voltees —avisó.

—¿Por qué?.

—Hay alguien detrás de ti.

Mi corazón esparcía el miedo en las venas. Eliza, impertérrita, me veía.

—¿Quién eres? —preguntó a alguien que no era yo.

La lechuza dejó de ulular, ahora un ave picoteaba el vidrio de la puerta. En mi espalda sentí la presencia de algo. Aquella sensación que nos invade cuando un desconocido con malas intenciones nos sigue, me había poseído por completo.

—Tengo miedo —dije.

—Debes orar cada noche a San Miguel —indicó Eliza, calmada—. Incluye a Alejandra en la oración.

—¿Por qué a ella? Su madre ya ora…

—Hazme caso. —Interrumpió y sus ojos se extendieron—. Acércate, rápido.

Detrás de Eliza, una sombra con forma humanoide, de dos metros de altura, emergió del suelo. Cerré los ojos, temblaba y sudaba frío. Apreté los puños. El ave picoteaba más fuerte el vidrio, quería romperlo.

—Ella está afuera, lucha por entrar…

—¿Quién? —susurré.

Dos garras me tomaron del brazo, abrí los ojos y Eliza clavó sus uñas afiladas en mis pómulos.

—No voltees —dijo entre dientes y con los párpados extendidos de par en par—. Mírame a los ojos.

En el espejo de su alma se proyectó una mujer con capucha roja, sin ojos y con boca, sin labio, en forma de «o». Los cabellos flotaban como si estuviera sumergida en el mar. En el rostro sobresalían sus venas y la piel estaba en proceso de descomposición. Sus manos, viejas y horribles, me sostenían los brazos. Un dolor agudo me hizo expeler un gemido.

—No voltees —repitió Eliza—.

—Mamá…

—Silencio —ordenó, pasiva, y recitó un salmo de la biblia en latín.

La mujer me soltó de improviso y se difuminó. Eliza sanó mis heridas con una caricia. El ave dejó de tocar el vidrio, pero regresó el tedioso ulular.

—Ella teme a la sangre de Cristo —murmuró para sí misma.

—Mamá, ¿por qué debo incluir a Alejandra en la oración?

Temía que mi amada estuviera en peligro. Eliza enmudeció y señaló el camino hacia la puerta de vidrio. Me dirigí hacia el lugar y vi una lechuza, detrás del ave estaba la mujer con el manto y capucha carmesí. Eliza se plantó a mi lado, como una estatua. La sombra de dos metros estaba detrás de mamá y dos puntos bermejos rutilaban en lo que parecía ser su cara, supuse que eran sus ojos.

—Ella teme a la sangre de Cristo —repitió.

***

Cuando desperté, eran las once de la mañana de un pacífico jueves. Tomé una pastilla de acetaminofén para aplacar la jaqueca. Revisé los mensajes de María y la felicité por enviar el cuento. Luego de cepillarme, abrí un libro que contenía oraciones. Recé por Alejandra y mi bienestar. Al ver el lado vacío de la cama, que por derecho pertenecía a su cuerpo, agaché la cabeza y sostuve los bordes de la camisa blanca. Para no sucumbir al dolor de su ausencia, me levanté y descorrí las cortinas. Sin embargo, aunque el piso fuera un territorio de luz, nada parecía tener sentido. Me hacía el duro y encogía los hombros como si fuera indiferente a su fantasma. El método más efectivo para desmoronarse en el futuro, es el autoengaño.

Escribí un mensaje de buenos días a Alejandra, pero supuse que ya estaba en clases. «Antes no hacía falta escribir, sino decir los buenos días». Sus pestañas se elevaban y sus ojos me veían, una sonrisa, nacida de la emoción, era mi buenos días. Al despertarme a su lado, acariciaba su cachete y besaba sus labios. Eso era un ayer y en ese entonces pisaba el presente sin ella. Para distraerme, encendí el televisor y procedí a sacar la tabla de madera del escaparte de la cocina. De la nevera tomé las verduras que necesitaba para preparar el almuerzo. Agarré el cuchillo, suspiré y empecé a picar verduras.

Suelo tener pesadillas relacionadas con brujería. He vivido episodios paranormales desde la muerte de mamá. No obstante, había nacido con el don de la clariaudiencia, pero me negaba a despertar dicho don. De manera que mi vida siempre ha estado rodeada de sucesos fuera de lo común. Pese a ello, yo era escéptico a los muertos y la vida después de la muerte. Me empapaba de hechos científicos que refutaran las experiencias de supuestos médiums y, como no, mis propias experiencias, hasta que un día empecé a creer gracias a un suceso extraordinario.

Tenía dieciocho años. Dos semanas después de la muerte de Eliza, fui al cumpleaños de un amigo, quien tiene una hermana clarividente. Apenas llegué a la celebración, Marcos, mi amigo, me presentó a su familia pero no a su hermana. «Ella está durmiendo. Si quieres hablar con ella, será mañana», aclaró Marcos. «No te preocupes, solo quería conocer a tu hermana». La hermana de Marcos no salió de su habitación en toda la noche. Al día siguiente, dado que nos quedamos a dormir en casa de Marcos, amanecimos con el desayuno en la mesa. La hermana de Marcos seguía sin aparecer. «Está muy cansada, viene de la capital», explicó Marcos en la mesa, ya que quería que conociéramos a su hermana. Fui el último en terminar de comer. Los muchachos se reunieron en el garaje para despedirse de Marcos. Cuando me iba a reunir con ellos, me llamó la atención una chica delgada, cabello recogido, pijama de lunares y pantuflas desgastadas. Apoyaba la cabeza en la mano como si estuviera cansada de esperar a alguien y ese alguien, sin saberlo, era yo.

—¿Eres amigo de Marcos? —dijo en voz alta y detuve el paso como si fuera atrapado infraganti.

Fruncí el entrecejo y conecté con su mirada. La pregunta era tonta, porque los invitados eran amigos, sin excepción, del anfitrión. Estaba parado en la sala, donde habían dos sofás y un estante con objetos de santería que me provocaban migraña al acercarme. La sala era sencilla, parecía que la familia no tenía dinero suficiente para amueblarla o decorarla.

—Debes ser la hermana de Marcos —dije y esbocé una sonrisa de cortesía—. Un placer.

Ella asintió, sus ojos transmitían paz.

—Siéntate, Marcos puede esperar.

Me senté en el otro sofá, cara a cara con la supuesta clarividente. En primer lugar, me sorprendió su trato, la mayoría suelen ser charlatanes y presumir de sus episodios psicóticos; en segundo lugar, su mirada me serenaba. Quizás Marcos le habló sobre mi difunta madre y ella, con escasa actuación, mostraba sentir lástima por mí. El cuchicheo de los muchachos llegaba hasta nosotros.

—Tienes una señora en tu espalda.

Alcé una ceja y expulsé una risa seca.

—Cualquiera lo dice —aseguré—. ¿Qué más me dirás? Ya me han dicho sobre las luces que porto y las aparentes alas.

Entrecerró los ojos, incómoda.

—¿Sabes por qué te llamas Arcángel?

Era una respuesta sencilla, adopté una expresión arrogante.

—Me llamo Arcángel porque mi madre era católica…

—Te llamas así porque naciste muerto y tu madre ofreció la mitad de su alma para salvarte —interrumpió y me asusté.

Enderecé la espalda y apreté la mandíbula. ¿Cómo sabía algo tan personal? Las voces de mi infancia resonaron en mis oídos. Mi piel sintió el cálido viento del puerto. De nuevo, sumergido en la nostalgia, viajé a la casa vacacional de mamá. Por aquel entonces, era un niño de ocho años. Estaba acostado en su pecho y ella mecía la hamaca. El murmullo del mar relajaba las pulsaciones de ambos, y el leve siseo de las palmeras en movimiento inducía un intenso sopor. «¿Por qué me llamo Arcángel? Es un nombre poco común, mamá», preguntó mi versión infantil. «Eres un milagro. Nadie quería decirme nada, pero yo lo sabía, tú eres un milagro», respondió Eliza. Mi tía Sofía, borracha en una fiesta de quince años, reveló que yo había nacido muerto y, en efecto, era un milagro que resucitara. Sin embargo, discrepaba en el ofrecimiento del alma. ¿Cómo demonios hizo eso?

—Mientes —murmuré, nervioso.

Aterricé con dificultad en la realidad de la sala, donde la clarividente revelaba mis secretos.

—Eliza es el nombre de tu madre, pero Marcos no sabe que ella era pianista y adoraba el violín. —Callado, con el sello del luto en el corazón, ahogué un grito—. ¿Qué ocurre? ¿La extrañas? No deberías, ella te acompañará toda la vida.

Chisté, desvié la mirada. Mamá era católica, no una hechicera. ¿Y eso realmente existía? ¿Cómo revives a una persona con un fragmento de tu alma? No tenía ni pies ni cabeza, pero dejando a un lado las preguntas, la hermana de Marcos tenía razón y no se equivocaba. Comencé a dudar sobre mi escepticismo.

—Basta, no creo en esas cosas —aseveré con los ojos aguados.

Sus manos, su calor, su voz, su presencia… Dos semanas de su partida y aguantaba quebrarme. En su funeral no derramé ni una lágrima porque ella odiaba verme llorar, pero por dentro había un caos, un cataclismo emocional que destruía mi estabilidad mental. «¿Me acompañará toda la vida? Pero si después de la muerte no hay nada, no existe tal fantasía. Al morir, te desintegras con la tierra y eres parte de ella. Extraño a mi madre porque nada la traerá de vuelta. Por tanto, sí debo extrañarla y no negar su muerte con una espuria realidad en el que su alma prevalece intacta, ¡cómo si esas cosas pasarán!», pensé en ese instante, pero la hermana de Marcos dio su última estocada:

—Ella cantaba para ti cuando soñabas con demonios…

No pude más, su lengua filosa atravesó la concha de un hombre vapuleado por la vida.

—¡Cállate! —grité y rompí a llorar.

«Si caigo en coma, mátame», dijo mamá. El hedor a hospital impregnó la sala, pero yo era el único que podía olerlo. Eliza estaba en una camilla. Días antes de ser internada en la UCI, me había dicho que ejecutara la eutanasia en caso de caer en coma. El cáncer desarrollado en el cerebro había acabado con sus funciones nerviosas y dependía de las máquinas para vivir. Siguiendo su anhelo, y con falso corazón frío, firmé su muerte con el médico. Frente a mí, una noche de marzo, mamá dio su último respiro.

—Mi trabajo está hecho. —Se levantó del sofá y se acercó a mí, apoyó la mano en mi hombro—. Lo siento mucho, pero debía hacerlo por ella. Tu madre necesitaba comunicarse contigo y lo hizo a través de mí.

Al despertar la clariaudiencia, pude aprender a comunicarme con ella y a escucharla. Comprendí el mensaje: «No deberías, ella te acompañará toda la vida». Las personas que amamos son ángeles en la tierra. Aún después de la muerte, nos protegen.

Sacudí la cabeza para despejar las escenas del pasado, necesitaba concentración para cortar las verduras. Mientras preparaba los ingredientes del almuerzo, escuchaba las noticias del mediodía. Pensé en Alejandra, ella no tenía que cocinar, yo servía su comida y se la llevaba a la cama. Los sentimientos afloraron en forma de gota. Corté de un tajo el puerro y dejé el cuchillo clavado en la tabla de madera. Giré hacia el jarrón, las flores estaban muriendo. Respiré hondo. En la madrugada debía conversar con Alejandra sobre la pesadilla y desahogar mi inquietud. La preocupación no me permitía estar tranquilo.

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