Capítulo Tres

NARRA AMAYA

—Llámame Marcelo muñeca. Por hoy me puedes llamar  Marcelo. Para  finales de este mes, solo te permitiré llamarme  Dom. Tu Dueño.

Hago una mueca de fastidio, tomo mi tarjeta bancaria que me ofrece la bartender, después de haber cobrado  la cuenta de mi consumo y el de Alexandra.

—No me gusta que esperen por mi Don Dom, ¿Para qué esperar a finales de mes?. Me da realmente lo mismo llamarte hoy mismo Marcelo, Señor Di Alberti, Dom, que Mickey Mouse— el valor que reuní para decir esta frase se esfumó cuando mire la expresión de sus ojos. ¡Dios!

No era la expresión de un ego ofendido. Había ofendido el ego de cientos de hombres en los últimos años. No por gusto Alexandra me había advertido hasta el tedio que cualquier día amanecería con la boca llena de hormigas debido a mi comportamiento.

Pero la expresión en el rostro de Di Alberti me produjo un miedo distinto. Un miedo desconocido.

Hice un intento de sonrisa falsa  y salí de allí con prisa. No me volteé pero pude escuchar su última frase.

—La notte non è finita. Non dire ancora addio, bambola mia. ( La noche no se acaba. Aún no dire adiós, muñeca)

Salí del bar Infierno con la sensación de haber conocido al mismísimo Diablo, un diablo con un acento italiano que te hacia desear escuchar sus palabras sucias mientras te penetraba.

Nunca había follado en otro idioma, la experiencia con este hombre creo que valía la pena. Con razón el bar se llamaba así, en el había un dios negro que pondría a prueba mi capacidad de resistirme a otro pecado.

Era el lugar perfecto para un hombre como él. Infierno era famoso por las cosas que ocurrían en su tercer piso. No me gusta experimentar, por eso nunca he subido a la tercera planta  de este bar.

Además de que con los pelagatos que me he ido a la cama después de visitar este lugar, o no han tenido el dinero suficiente para subir allí, o teniendo el dinero no han tenido las intensiones otros de subir al  famoso “ Cielo del Diablo . Cosa que agradezco. Soy fácil, lo admito, es muy sencillo llevarme a la cama con la dosis justa de lascivia. Pero no soy pervertida. Disfruto al sexo normal, el común. Creo que me daría un poco de pavor enredarme con alguien que posea algún raro fetiche sexual.

Estuve más de diez minutos en el parqueo sin poder moverme de allí . Un auto había obstruido la salida de mi coche, y el conductor borracho de dicho vehículo se tomó su tiempo en enderezar el coche y ponerlo en marcha.

Una vez que pude alejarme de allí me sentí más tranquila. Aún podía sentir a ese Demonio respirando sobre mi cuello, pero lo había dejado atrás. Ahora era solo cuestión de olvidarse del tal Marcelo Don Dom. Mi nuevo plan de vida  para el último año universitario era absolutamente Perfecto . Cero Bar, cero fiestas y cero escándalos. Si no había bares, pues tampoco habría dueños de bar tumba bragas.

Esta noche quedó demostrado que la justicia divina, el karma, y el equilibrio celestial ; o como quiera que se llamen si existen.

Causa y efecto según las leyes de la  filosofía, Acción-Reacción según Newton y su tercera ley. Pero en idioma de Amaya sería .... compórtate como  una m*****a puta durante cuatro largos años de carrera  Universitaria y recoge que te traten como tal. No esperes que te traten como una Virgen, o como alguien recatada y decente, porque les será imposible.

Esto de esta noche con el tal señor Di Alberti  fue la gota que derramó el vaso. Ser Tratada como bailarina de Pole Dance, de hecho , como algo más... y sobre todo ser tratada así  por un completo desconocido,  me llevo a comprender que así era como me veían todos.

Las noches de borracheras y sexo desenfrenado estaban  pasando la factura. Si dicha  factura para colmo llegaba a las manos de mi padre, pues se me iba a acabar del todo la vida universitaria.

Elimine  el camino a casa en menos de veinte minutos, y me detuve distraída frente a mi edificio. Saque mis cosas del auto y salí cediéndole la llave al valet de turno para que se ocupara de mi coche.

No era tan tarde, a penas la 1:00am . Creo que era la vez que más temprano había llegado a casa después de una salida de rumba.  También era la única vez que había llegado totalmente sobria y sola.

—Ora se possiamo concludere la serata, bambola mia ( ahora si podemos terminar la noche)— me congele al escuchar esa voz a mi espalda, esa que a penas había comenzado a conocer.

«¿Pero qué demonios hace este hombre aquí?»

No me explico cómo pudo llegar antes que yo. Entonces recuerdo al conductor borracho obstruyéndome el camino a la salida del bar. Pero nada de eso explica cómo consiguió la dirección.

Me volteé furiosa, y le lancé una mirada cargada de odio.

—Si por un segundo pensó que esta treta me haría sentir halagada, debo decirle que se equivoco. No me gusta que me acosen— él estaba apoyado contra una de las columnas de la entrada del edificio observándome con una rosa que parecía ser negra en las manos. Alargó la flor y caminó con paso seguro en mi dirección. En  ese momento deseé enrredarle mis brazos a su cuello y arrastrarlo a mi cama, tuve que recurrir a mi fuerza de voluntad para contrarrestar mis bajos instinto.

—Al menos dame crédito por la rosa — alegó divertido — fue difícil de conseguir.

—Entonces, ¿Por que no logró creerle? No creo que haya algo que sea difícil para usted. Tiene cara de siempre salirse con la suya.

—Tiene razón . Porque aunque no me conozcas, debes saber que siempre obtengo lo que quiero. Es mi mayor cualidad.

—Pensaba  que era lo sexy... esa me parece su mayor cualidad— después de decir esta tontería me arrepentí. Él estalló en una sonora carcajada, y en ese momento amé el sonido de su risa. ¿Podía un hombre exudar tanta fuerza y peligro y a la vez derretirme con una sencilla sonrisa? Si al parecer eso le quedaba realmente sencillo al señor Marcelo Di Alberti. 

—!Caíste muñeca!... Lo sexy solo es la carnada y, tu mi querida bambola, ya caíste en mis redes.

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