5. Guardia

Esta noche he decidido bajar la guardia, llamarlo había sido mi último recurso y había acudido a mi rescate asi que la desconfianza era innecesaria.

Asentí con rapidez, recordé que no podía aparecerme en casa después de haber dicho que saldría con Ian y menos con estas pintas.

Además si no puedo irme a casa poca opción había más.

Había hoteles, por supuesto, pero no tengo dinero en efectivo y sabía cómo quedaría: una mujer registrándose sola después de haber entrado con un hombre en medio de la madrugada.

Miro al señor Remington, Damián, con su elegante traje y su llamativo perfil, sus ojos gatunos observan la escena en silencio como si estuviera planeando algo maquiavelico. Él, igual de atractivo que siempre, en cualquier instante, mientras yo, sucia, pobre, miserable y con el corazón encogido.

Me muerdo el labio mientras me subo a su coche, ni siquiera me fijo en que modelo es, él arranca sin reparos mientras yo me coloco el cinturón.

—¿No estás casado?

Él suelta una risita.

—Sí, ya te lo dije. Pero eso no me impide follarte—suelta.

Mis ojos se salen de órbita ni siquiera soy capaz de responder.

Como siempre volvía con sus bromas de mal gusto.

—Me encanta el vestido que llevas puesto, es perfecto para ti—añade mirandome de reojo, coloca su mano encima de mi muslo.

Por primera vez desde que la había rescatado, Damián volvía a ser el pervertido de siempre, la calidez irradiaba de sus ojos oscuros ahora no era protectiva, más bien era lascivia pura y dura, tan caracteristica de él.

No respondo.

Tan solo observo su mano tocar mi piel.

Se siente bien.

Se siente perversamente bien.

No puedo evitar recordar la escena del ascensor, la de Ian y esta.

No se siente igual, ni siquiera la mitad de bien.

Finalmente llegamos frente a un edificio.

Salgo del coche una vez él aparca como alma lleva el diablo.

Él vuelve a reír mientras me indica con su mano la dirección que debo tomar.

Para mi sorpresa en el edificio solo hay dos casas.

Mis ojos se salen de órbita cuando leo “Bienvenida a su casa, señorita Walsh”…

—¿Qué significa esto?—pregunto.

—Es tu casa.

Frunzo el ceño entrando de todas maneras.

Su apartamento es mucho más elegante que el mío. Decorada en blanco y negro con elegantes suelos de mármol, la casa de Damián era hermosa pero no ostentosa.

—¿Quieres un café?—pregunta finalmente.

—Sí—asiento.

—Toma asiento—suelta señalando el sofá.

—Gracias.

Finalmente llega con dos tazas de café.

—Gracias—soy yo la que habla finalmente.

Dejo finalmente caer mi cuerpo encima del sofá de cuero negro, cierro los ojos y echo la espalda hacia atrás.

—De nada—suelta él dando un trago al suyo sentandose en el sofá de enfrente.

Abro los ojos cuando me siento observada y tomo la taza con desesperación, eso me ayudaría a recuperar el control sobre la situación.

Para mi sorpresa la bebida estaba jodidamente caliente.

—¿Señorita Walsh?— pregunta Damián mientras yo frenéticamente comienzo a abanicar mi boca. Poco después saco la lengua de una manera muy poco femenina, con los ojos llorosos.

Corro por el pasillo como una desquiciada luego me maldigo y maldigo la noche una y otra vez.

Si fuera un jefe normal ya me habría despedido pero si algo ha quedado claro es que normal y Damián Remington son palabras que no pueden ir de la mano.

Finalmente él me sigue, aquí estaba de nuevo, sin la chaqueta del traje, las mangas de la camisa arremangadas para revelar unos antebrazos fuertes, sosteniendo su taza ajeno a mi drama.

—Bebe esto, está más frío—ordenó finalmente brindandome un vaso de agua.

Nuestros dedos se rozaron en ese mismo instante.

Entonces fue que maldije una vez más a las estrellas de la suerte, las del cielo, las luces de la ciudad y el champán que había bebido antes, cuyos efectos habían desaparecido por completo…A todo.

Finalmente trago el agua fría, jamás he llegado a sentir tanta gratitud por beber agua.

Entonces sin más una risa traicionera, de esas que sueltas cuando ya no puedes más sale de mi boca, me empiezo a reír a carcajada limpia frente a mi desconcertado rico y guapo jefe, casado con una víbora.

Ligeramente desconcertado, Damián también se echa a reír, y la conmoción de eso hizo que yo volviera a estallar.

¿Cómo hemos llegado aquí? Riendo con el hombre, un pervertido que no ha dudado en insunarse, casado con una mujer sin corazón que no tuvo miramiento alguno para escucharla, al que le organiza los pagos, los horarios y las entrevistas, en su elegante apartamento cuyo nombre estaba escrito en la puerta, todo eso después de que él la sacó de la cárcel. Nunca hubiera imaginado que era capaz de tanto,

—¿Puedo ofrecerte algo más?— ahora su rostro estaba serio de nuevo.

Estabamos muy cerca, su pierna en esos pantalones casi tocando la mía con la media rasgada.

—¡Estoy sucia!— consigo gritar y Damián dio un salto.

—Quiero decir—me rasco la garganta—¿Puedo darme una ducha por favor?

Bien podría terminar la noche tan inesperadamente como la comencé.

Su rostro se suavizó. —Por supuesto, señorita Walsh.

—¿Addie?—el mote sale de mis labios sin siquiera pensar.

Él me devuelve la sonrisa—Por supuesto, Addie. Es en la planta de arriba.

(***)

Elegante pero no ostentoso, esa era la firma de Damián al parecer. El baño era digno a lo que había visto. Completamente blanco le daba un aire extra de limpieza.

Observo boquiabierta la bañera…

Esta bañera que tengo en frente es uno de esos sueños que tienes cuando te crias en una casa con cinco niños más y el tiempo en el baño es una aventura digna del Discovery Chanel.

No dudo en desnudarme, no fue muy dificil mis medias ya estaban desgarradas y mi vestido echo trizas.

Finalmente me meto sin preambulos.

Es lo suficientemente profunda como para sumergirme hasta los hombros, el agua caliente y relajante rompe con mi estres, la porcelana suave contra mis partes sensibles alivia mi dolor- Podría vivir y morir en esta bañera y ser una mujer feliz.

—Ohhhhh—gimo aliviada en voz alta mientras me hundo, con la ropa esparcida por el suelo de mármol. Mi voz resonó en las paredes y me tapo inmediatamente la boca con la mano húmeda. No me había dado cuenta de lo fuerte que era mi éxtasis ni mucho menos del eco que había en esa habitación.

Mejor vigilar eso: Damián seguía siendo mi jefe, después de todo. Con lo pervertido que era podría tomarlo como una bienvenida.

Afortunadamente, dado que mi cabello es corto, no tuve que mojarlo. Apoye un pie, pintado con un esmalte rojo chillón que me había pedido prestado a Violet en el borde de la bañera. Debajo del agua, mis dedos vagaron…

Las palabras de la mujer de Damián asaltan el silencio que se forma, de nuevo mis sentimientos están a flor de piel. Me siento confundida.

Nunca me he callado cuando golpean mis sentimientos y ella lo había hecho, me había dejado en el suelo, había roto mi autoestima, la había puesto en duda y eso es imperdonable.

No pude resistirme y solté un chillido harta de todo. Eran demasiadas cosas con las que lidiar. Ian, el ultimatum, la carcel, Damián, su mujer… Todo es tan complicado.

La puerta se abrió de golpe y Damián asomó la cabeza, tapándose los ojos con una mano. Vaya con el pervertido, al menos tenía cortesía.

—¿Está bien? Siento haber entrado—suelta con la mano todavía sobre los ojos.

—Puedes mirar, ya sabes, cosas de ser un metro cincuenta y poco—suelto, asegurándome de estar lo suficientemente sumergida.

—¿Estás segura?

—Estoy segura.

Nunca he estado más segura, grandullón.

Con cautela, Damián se quitó la mano de la cara e inmediatamente mira hacia otro lado, murmurando.

—He pensado en tu propuesta.

—¿Ah sí?—pregunta él confundido.

—Sí—sonrío—Quiero ser tu p**a.

Se aclaró la garganta.

—Esto está muy mal, señorita Walsh, creo que no va contigo este mundillo.

Mis ojos se salen de órbita.

Tantos comentarios, miraditas y toqueteos para que ahora me dijera que no.

Esto era increíble.

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