Capítulo 3. Maldad

Rodrigó se paseó de un lado a otro, tenía que conseguir una manera de hacer que su hermana desistiera de tener al hijo de Guillermo, eso solo complicaba su vida, había hecho mucho para tener acceso a la fortuna y aunque su hermana era la dueña de todo, no sería difícil doblegarla a su voluntad. Había cometido asesinato y no dudaría en volver a cometerlo nuevamente con tal de salirse con la suya.

—Calma Rodrigo, ya pensarás en algo ahora por favor ven a la cama, me estas mareando caminando de un lado a otro —habló Lucrecia.

—¡No puedo calmarme Lucrecia! He luchado mucho por todo esto que tenemos, soportó varios años ser únicamente un oficinista a disposición de Guillermo y cuando por fin puedo tener acceso a toda la fortuna, Grecia sale con que está esperando un hijo del muy maldito —gruñó sentándose a los pies de la cama.

—Hay muchas otras maneras de adueñarte de la fortuna de Grecia, puedes hacer…

—Cállate, las paredes pueden tener oídos y aunque mi padre está de acuerdo con todo lo que he hecho hasta ahora, no olvidemos que Grecia aún es importante para nuestros planes, es joven, bella —susurró como si alguien pudiera escucharlos.

—Entonces ven a la cama y deja de pensar por esta noche, mañana a la luz de un nuevo día podrás encontrar una solución a todos tus problemas —dijo la mujer recibiéndolo entre sus brazos.

A la mañana siguiente Grecia salió de casa a tempranas horas, tenía una cita con su mejor amiga. Camila la esperaba para tomar el desayuno y más tarde debía asistir a su cita con su ginecóloga para saber cómo iba desarrollándose su bebé. Condujo hasta la hacienda Limonares quedaba a una hora de la ciudad de Retalhuleu y a media hora del puerto de Champerico.

Estacionó y bajó del auto para ser recibida por un cálido abrazó de Camila.

—Lo siento mucho Grecia, lamento todo lo que has tenido que pasar durante estos últimos días, me abstuve de hacer acto de presencia porque tú me lo has pedido, aunque no entiendo la razón —dijo con amabilidad la joven.

—Es complicado Camila, no quiero que mi hermano sepa de nuestra amistad, sobre todo porque te conocía gracias a Guillermo —explicó caminando hacia el jardín donde tomarían el desayuno.

—Aún me es difícil creer que Guillermo ya no está con nosotros, él fue como un hermano para mí y no asistir a su entierro me devasto.

—Lo sé y tendrás que perdonarme, pero créeme que es mejor para todos los que conocieron a Guillermo mantenerse alejados —dijo sin pensarlo, provocando dudas en Camila.

—¿Qué quieres decir? —preguntó

—Mi hermano no es un hombre bueno Camila, y tengo mucho miedo de que sea capaz de hacerme daño ahora que… estoy embarazada —dijo tan bajo que Camila casi no alcanzó a escuchar.

—¿Embarazada?

—Sí, tengo apenas diez semanas, quiero alejarme de casa, pero no tengo una excusa para hacerlo —dijo con lágrimas en los ojos.

—Vete al extranjero, si tu hermano es como dices, no le molestará que le dejes al frente de todo, aprovecha y rompe con esas cadenas que te atan a tu familia —le aconsejó Camila al verla en aquel estado de angustia.

Grecia no respondió, pero aquellas palabras fueron adquiriendo forma en su cabeza. Esa podría ser la única forma de proteger a su hijo, pero también sería entregarle la fortuna de Guillermo a su hermano.

Luego de una larga conversación y de un desayuno delicioso Grecia se despidió de Camila, para volver a la ciudad. Encendió su móvil solo hasta que llegó a la clínica y rápidamente los mensajes de su hermano cayeron por montones y notificaciones de llamadas perdidas, pero no devolvió la llamada ni un solo mensaje.

Entró a consulta cuando una enfermera le indicó su turno. Estaba nerviosa porque esta sería la primera vez que vería a su bebé a través de una pantalla.

—Señora Mendoza, bienvenida —saludó la doctora con amabilidad.

—Buenos días, doctora Gutiérrez —respondió con la misma cortesía.

La doctora le hizo las preguntas de rutina y una vez que llenó el informe médico para abrir su caso.

—Le recomiendo que realicemos un examen de laboratorio para tener seguridad sobre el embarazo, muchas veces las pruebas de farmacia pueden dar un falso positivo o un falso negativo. También podemos saltarnos ese paso y tratar de ver al bebé por medio de una ecografía —explicó la doctora.

Grecia no tenía duda acerca de su embarazo, tenía retraso en su periodo que siempre había sido muy puntual y también estaban los ligeros cambios que su cuerpo estaba sufriendo, pero comprendía el punto de la doctora.

—No tengo ninguna duda de mi embarazo doctora Gutiérrez, así que, si tengo que elegir, quiero realizarme la ecografía —sería lo más rápido, porque estaba segura que su hermano empezaría a rastrear su ubicación en cuestión de minutos.

—Bien, entonces pase a la camilla —le indicó la doctora y Grecia no perdió tiempo, subió a la camilla, contuvo el aliento cuando sintió el gel frío sobre su vientre, y seguidamente la doctora paseaba el transductor sobre el vientre a un plano de Grecia.

—¡Tenemos un pequeño intruso! —exclamó con alegría mientras la imagen aparecía en la pantalla. Grecia no era capaz de distinguir una mancha oscura, pero la doctora le explicó:

—A las diez semanas todos los órganos vitales del bebé se han formado y han comenzado a funcionar juntos y también se da la separación de sus dedos tanto en los pies como en las manos —continúo la doctora explicando.

El corazón de Grecia se hinchó de felicidad al ver que ahí estaba la prueba de su amor y aun sin Guillermo, ella intentaría ser feliz al lado de su hijo.

Dos horas después volvía a su casa, había pasado a comer algo una modesta cafetería, para no reunirse con su hermano a la hora del almuerzo, le extrañó que después de encender el móvil no recibiera ninguna llamada o mensaje; subió las escaleras para encontrarse con el rostro enojado de su hermano.

—¿A dónde demonios te has metido? —preguntó sin apartarse del caminó de Grecia.

—He salido a tomar aire Rodrigo, no tengo que pedirte permiso, te recuerdo que soy la dueña de esta casa por lo cual no puedes pedirme explicaciones —respondió sin alterarse debía cuidar a su pequeño y hacer corajes no era una opción.

 —¡Soy tu hermano mayor! —dijo apretándole el brazo con fuerza hasta arrancar un ligero gemido de dolor de los labios de Grecia.

—¡Suéltame! ¡No tienes por qué ser tan rudo y cruel! —le pidió, pero los ojos de Rodrigo brillaron con una maldad que Grecia no se esperó y mucho menos pudo adivinar sus intenciones hasta que fue muy tarde.

Rodrigo no la saltó, Rodrigo la empujó deliberadamente por las escaleras…

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