05

—Aquí, por favor —dice una chica de cabellera rubia a unas cuántas mesas de mí, mientras alza su mano en mi dirección.

Forzando mi mejor sonrisa me dirijo hacia ella.

Definitivamente esto es peor que el que te paguen una miserable paga por ser inexperto en un trabajo.

—¿Lista para ordenar? —pregunto de forma cortés.

—Aún no, solo quisiera un vaso de agua mientras espero.

Asiento y me encamino hacia la caja con pasos cortos por los lastimados que se

encuentran mis pies. Este trabajo de camarera y los tacones no van de la mano,

nunca, jamás. Lo tuve que aprender por las malas y justamente hoy, en conjunto

con el hecho de que no todo puede hablarse ni siquiera cuando pienses que es

algo insignificante que no te afectará en lo absoluto.

Ese tienes experiencia y no abusaran de ti dicho por María fue debido a una anécdota que le conté hace mucho tiempo; una yo de dieciséis años ayudando a su madre en un pequeño emprendimiento de comida que teníamos. Esa era mi experiencia nata.

—Patrick, un vaso de agua —pido y el chico pelinegro me da una mirada rápida para ágilmente servir el vaso de agua, mientras tanto trato de acomodar lo mejor posible mis pies en mis calzados para que el dolor no sea tan intenso.

Mis ojos se fijan en el vaso de agua puesto delante y dando un suspiro cansado, me

dispongo a estirar mi mano en busca de una de las pequeñas bandejas, que se

encuentra apilada con muchas otras a mi lado.

—Podrías servir el vaso de agua tú misma. Tendré que cobrar también tu sueldo, me haces hacer todo tu trabajo —se queja, pero en realidad sé que solo lo dice en broma.

Le doy una mirada divertida para tiempo después mostrando desinterés fingido,

con mi vaso en la bandeja, empiezo a moverme en la dirección indicada.

—Aquí está su vaso de agua —comunico—. Cuando desee ordenar me hace saber.

—Sí, muchas gracias.

Asiento con la cabeza y me alejo.

Al llegar al mostrador observó a mis alrededores para de esta forma cerciorarme de que todo esté en orden y que no haya nadie sin atender.

—Tranquila, solo está esa pareja y sus hijos y aquella rubia que parece que la dejarán

plantada.

Mi mano se eleva y cae duramente en el hombro de Patrick. Este suelta un quejido y me regala una mirada dura.

—No seas malo —reproché.

—No soy malo, solo digo lo que veo.

Suspiro y observo de forma sutil como la chica trata de ocultar su inquietud, mirando el celular como si no pasará nada pero echando una ojeada a la entrada cada vez con mayor regularidad. Cubriendo mi rostro asqueada de la situación, me propongo a dar la vuelta con la intención de dirigirme al baño. No queriendo darle la razón a Patrick, aun sabiendo que realmente la tiene.

—¿A dónde vas? —inquiere cuando se percata de mi intención.

—Al baño.

—¿Acaso escaparas para no darme la razón?

Patrick toma mi mano y vuelve a situarme a su lado, inclina su rostro hacia mí y me

susurra:

—Dime, ¿crees que él venga?

Una mirada moribunda decora mi cara, pero este no logra verla ya que tiene un cero

por ciento de talento para disimular y como era previsto, se encuentra mirando

a la chica con visibles ojos curiosos.

—No sabes si es un él —señalo y aclaro mi garganta para llamar su atención, lo que

no consigo y me obligo a hablar—, y deja de mirarla tanto, de lo contrario se

dará cuenta de que estamos hablando de ella y nos ocasionarás problemas.

—Puedo defenderme.

Hago ese gesto de blancura con los ojos, que sale natural al verme irritada.

El cuerpo de Patrick se irguió a la defensiva y su mentón se elevó como gallo de

pelea.

—No te hablo de pelear, estúpido.

Mi semblante, que se había tornado serio cambio a uno amable con una sonrisa más

gigante que el sueldo que me pagan, en el tiempo en que las diminutas campanas

de la entrada sonaron indicándonos la llegada de un cliente.

Un muchacho joven de cabellera entre rubia y marrón pasa frente a nosotros y se

hace camino hacia la chica. Su cuerpo nos dio la espalda en el momento en que

se sentó despreocupadamente en el asiento delante de la joven, que tenía más de

media hora esperando y una opresión dolorosa revoloteo en mi pecho.

—Descarado, los hombres son tan descarados —murmuré entre dientes.

—Por favor, Neferet.

—¿Qué? —contesto en una entonación brusca.

—No nos pongas a todos en ese renglón. Mírame a mí, soy un hombre a toda regla. Un poco chismoso, pero decente, pese a todo.

Niego con la cabeza y guío mis ojos hacia la pareja que parece sumergida en una

conversación profundamente incómoda.

—Ella debería dejarlo, claramente para él, ella no es una prioridad. Mira cuánto

tiempo se tardó en venir —aseveré.

—Debería —aprueba Patrick echando un suspiro—, pero no somos nadie para decir eso, no sabemos que pasa entre ambos y que los llevó a esa situación. Tal vez a él se le hizo tarde.

—Yo ya lo hubiera hecho...

—Y no lo dudo, cariño —dice y mi mirada se posa en él—. Con ese carácter te creo

capaz de eso y mucho más. Pareces más el hombre aquí que yo.

No digo nada. Ni siquiera lo hago ante su comentario totalmente fuera de lugar.

Solo puedo volver mi vista nuevamente a la pareja, que trata de discutir sin llamar mucho la atención o al menos él trata de hacerlo porque por lo que puedo ver, la chica se está alterando de más.

Me siento tan mal por ella, o quizás por mí misma.

—Si no van a ordenar nada, es mejor decirles que se vayan a otro lugar a armar

escándalo.

Enuncia Patrick, mientras mira la escena y se cruza de brazos.

Realmente las cosas se están tornando serias. No lo digo yo, lo dice la circunstancia y la voz que se eleva y llama la atención de la familia que come tranquilamente y

por supuesto, la de nosotros.

—Ella pidió un vaso de agua.

—No es suficiente —recalca para luego dar un paso en sentido de la joven pareja y

mis ojos se abren alarmados.

Empiezo a caminar apresuradamente detrás de un determinado Patrick, mientras ruego al cielo que no pase a mayores como lo prevengo en mi mente.

—Disculpen.

La voz de mi compañero sale imponente y yo retrocedo un paso. Sé lo advertí, cada

uno que luché en su propia guerra.

—Si no van a ordenar nada, les pido que se retiren.

—P-perdona, ordenaremos. Lo haremos —la chica balbucea y rápidamente toma entre sus manos

el menú, que hace mucho tiempo le coloqué en la mesa y hasta ahora se ha dignado a ver.—Santiago, ahí está el menú —dice al chico frente a ella cuando se da cuenta, que este no ha hecho ni el mínimo intento de mirar el folleto en su mesa.

El tal Santiago le da una mirada rencorosa, que es bien recibida para luego posar su vista en nosotros.

—No quiero nada de este lugar —pronuncia con asco e indignación.

Patrick hace un gesto de asombro, al contrario de mí. Me quedó quieta observándolo con todo la seriedad y tranquilidad que puedo poseer en este instante.

—Entonces, me es grato decirle que es bienvenido a partir —indicó y prosigo a regalarle una de mis mejores sonrisas cínica, falsa.

El chico me da una mirada dura antes de que con brusquedad se levantará y pasará

por mi lado rumbo a la entrada.

—¡Santiago! —la muchacha grita y sin tiempo que perder recoge sus cosas y va detrás de él.

Aturdida doy un paso hacia atrás cuando los dos se pierden al cruzar las grandes puertas de cristal.

—Pensé que viniste detrás de mí para contenerme, no para ayudarme a echarlos.

Mis ojos se posan en Patrick desorbitada.

—También creí lo mismo. Tocará darle una explicación al jefe cuando vea las grabaciones.

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