Capítulo 4

El dolor es menos fuerte. Puedo sentir el sabor y olor de la sangre. Con esfuerzo me pongo de pie y camino lentamente al baño tropezando con la pared un par de veces.

Al llegar me  miro al espejo encontrándome con una Vanessa destrozada. Tengo el labio reventado, un morete está apareciendo. Instantáneamente miro en mi reflejo a mi abuela golpeada por mi padre, cuantas veces tuve que curarle las heridas y ella a mí. Éramos presas de ese hombre. Lo soy desde que nací.

Lavo mi rostro y busco en el botiquín de primeros auxilios algo con que cerrar la herida. Mi abdomen duele demasiado, cada vez que respiro recuerdo el par de golpes que me ha dado y todo por dinero, por su vicio.

Arrastro mis pies hasta la cama, alcanzo a mirar el reloj que indican las 4:30 am, me recuesto con cuidado y rompo a llorar.

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La alarma me despierta, giro mi cuerpo para apagarla cuando un fuerte dolor me hice gritar, son mis costillas. Tardo unos minutos para darme la vuelta y ponerle fin a esta incomodidad.

Cuando al fin logro sentarme en la orilla de la cama trato de repasar las actividades del día de hoy y recuerdo que es día de visitar el hospital. Soy voluntaria en hospital de niños con cáncer, me encanta poder ayudarlos y compartir ese tiempo con ellos, me reconforta el corazón poder hacerles compañía, hablar y contar historias, leerles o pintar… es una actividad que hago por mi, por relajarme por tomar un tiempo para compartir, mi abuela adoraba que hiciera esa labor. El estar de pie y a punto de tomar una ducha no me representaba problemas si tengo que ir a verlos.

Poco a poco me desvisto para meterme a la ducha, pero antes miro mi cuerpo en el espejo, un moretón enorme abarca mi vientre, m****a, tal vez tenga que acudir a un médico o… no, sería una locura y pediría declaraciones, prefiero evitar cualquier cosa que le haga molestar a mi padre. Las lágrimas brotan sin querer. es la imagen la que me tortura y recuerda lo estúpida que soy por permitir esto.

EL tomar una ducha representó un retro para mí, y tardo más tiempo de lo normal vistiéndome, pero al fin estoy lista. Trato de maquillar lo más que puedo el golpe en el rostro, pero es inútil, así que me resigno y voy directo al armario en busca del dinero. Este era el escondite de mi abuela y lo conservo…

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Después de media hora en el metro llego al hospital. Mis pasos son más lentos y pesados de lo normal y al cruzar el umbral de la puerta Ramona me recibe, es la enfermera con la que más convivo, una mujer muy amable de unos 50 años, cabello largo y canoso, un cutis perfecto y de gran corazón.

—Vanessa hol...— no puede ocultar su cara de horror al ver el golpe

—No digas nada por favor— digo con esfuerzo y sin quitarme los lentes de sol

—Yo... ¿Qué te paso?— me mira preocupada

—Tuve un accidente en la cafetería, un estante —frunce el ceño, no quiero darle más tiempo para que lo dude así que sigo caminando—. Vuelvo en un momento, iré a vestirme.

Al pasar por los pasillos noto mucho movimiento en el lugar. Gente yendo y viniendo por todos lados, espero que no haya ocurrido nada malo. Me adentro a la sala donde nos colocamos la filipina y hago un esfuerzo más para cambiarme. El dolor me mata y los medicamentos que he tomado aun no hace ningún efecto, pero finalmente lo hago.

Salgo del espacio y me entregan la lista de los pendientes que hay por hacer cuando me encuentro de nuevo con Ramona.

—Ya llegaron los futbolistas que habían firmado hace un mes —frunzo el ceño sin saber a qué se refiere—. Por los que los niños votaron.

—Claro, ¿necesitas que te ayude en eso? — asiente y pide que vaya a recibirlos. Claro con mi gran aspecto del día de hoy.

Llego a la puerta del frente con gran esfuerzo, solo espero poder disimular el dolor frente a los niños. La puerta se abre interrumpiéndome los pensamientos y un señor canoso de unos 60 años me saluda amablemente.

—Buenos días señorita— lo recuerdo ahora, es el Director técnico del equipo de Madrid.

—¿Qué tal, buenos días?, pase por aquí, bienvenidos— cuando miro hacia atrás me doy cuenta que vienen alrededor de 20 personas más, termino por sostener la puerta y ver como uno a uno van adentrándose hasta que me encuentro con el monumento masculino más perfecto, ¿cómo olvidar esos preciosos ojos café verdosos?, las piernas se me quedan estáticas.

Sus ojos están bien abiertos, desvío la mirada a un lado y me encuentro con el hombre de voz ronca… otra vez.  Este tiene el ceño fruncido, muerdo mi labio debido al nerviosismo y al sentir la punzada de dolor recuerdo mi aspecto… por Dios ¿cómo pude olvidarlo?, trato de ocultar el desastre alzando la mano pero es imposible.

—A... Acompáñenme por aquí por favor— digo aclarando mi voz. No puedo mirar atrás, tengo demasiada vergüenza.

—Tomen asiento, los niños se están preparando— digo abriendo la puerta del recibidor para salir del lugar casi de inmediato. Siento esas dos miradas clavadas en mi espalda aún. Tomo aire tratando de tranquilizarme, la situación se puso demasiado tensa, no quiero volver ahí.

—Vane, ¿ya están en el recibidor?— me interrumpe Ramona, asiento—. Ve a ayudar con los niños yo me encargo

Respiro aliviada y corro del lugar haciendo que el dolor sea más intenso y mi rostro lo refleje. Al llegar a la sala los niños me reciben con gritos.

—¡Vane, ha llegado Vane!— gritan sin parar

—¡Sí! —me siento muy querida en este lugar, es por eso que me encanta venir aquí.

—Niños, tenemos una sorpresa para ustedes, necesito que tomen asiento— pronto se llena la sala, ayudamos a transportar los tanques de oxigeno y acomodar las sillas de ruedas. La puerta se abre y entra Orestes, el doctor de cabecera en este hospital.

Es un hombre de unos 28 años, muy atractivo, de piel blanca y cabello castaño claro. Todas las jóvenes enfermeras mueren por él, yo lo miro como un gran amigo, pues ayudó mucho a mi abuela en sus últimos momentos.

—Hola bonita— me vuelvo hacia él y su cara reflejo todo el terror—. ¿Qué te pas..?

Coloca su mano en mi rostro y yo niego rápidamente

—Tuve un accidente con un estante en el trabajo, nada grave— sonrío y tomo su mano

—Vanessa esto es un golpe muy fuerte— la puerta suena de nuevo, es Ramona

—Orestes, ¿ya puedo pasarlos? —agradezco la interrupción y me libero de su caricia.

—Sí, que pasen ya— se sitúa enseguida de mí, pues es el mejor sitio para poder mirar los hermosos rostros de esos niños. Cuando los futbolistas comienzan a llegar gritos inundan el salón. No puedo evitar sonreír y Orestes comparte esa felicidad.

—Míralos, lucen tan felices— digo gustosa, pero siento una mirada fija en mí, es  del hombre del auto negro. Trato de ocultarme detrás de Orestes para evitar cualquier contacto pero después viene la del famoso futbolista, mejor conocido como el idiota borracho. Me aparto de Orestes y voy directo al lugar donde se encuentran el resto de las enfermeras.

—Oh él es tan guapo— repiten una y otra vez, yo me limito a sonreír.

El evento se trata de una pequeña ceremonia llena de palabras de aliento y firma de autógrafos. Dura bastante tiempo así que ya cansada de la incómoda posición me pongo de pie con esfuerzo ahogando el grito de dolor para ir tomar un poco de agua, tengo que cruzar todo el salón pero poco a poco llego hasta el depósito y estoy empinando el vaso de plástico y al bajarlo me encuentro con dos intensos ojos café verdosos.

—Eres tú— mi mirada está pérdida en él, abro mi boca pero ninguna palabra sale.

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