Capítulo 1

Madelaine

Observo a mi madre en su cama. Descansa luego de una agotadora sesión de quimioterapia. Su piel está demacrada, pálida, tan transparente que casi puedo ver sus venas. Siento que la estoy perdiendo, que cada día que pasa está más cerca de la muerte. El cáncer la está consumiendo poco a poco, absorbe cada resquicio de su vida, destruye su belleza. 

Ya no recuerdo por cuenta propia como era su rostro antes de esto. Tengo que recurrir a fotografías para revivir la imagen en mi memoria. Cómo justo ahora, veo en mi teléfono su piel ligeramente bronceada, sus ojos color avellana vivaces y su pelo marrón brillante, ese que hoy en día ya no existe. 

Un nudo se forma en mi garganta y una lágrima escapa de mi ojo derecho. Mi madre me está dejando y no quiero que eso suceda. Es lo único que tengo, ella y… miro a Noah. Mi hermano. Es tan pequeño e inocente, no puede perder a su madre tan pronto. Ha pasado tanto en su corta vida, el último año ha estado durmiendo en un incómodo sillón de hospital y conviviendo con desconocidos. No es justo para él, solo tiene cuatro años. Y no hay padre, pues ambos fuimos concebidos por inseminación artificial. 

Sé lo que piensas, Madelaine. La voz de mamá, débil y cansada, llama mi atención. Ella me contempla, con rostro tranquilo y somnolientoDeja de hacerlo. Estaré bien, la medicina me sostendrá. 

¿Pero por cuánto tiempo, mami? Noah y yo te necesitamos por muchos años se me quiebra la voz y tomo su mano huesuda. Sus dedos largos aprietan los míos—. En nuestras graduaciones, nuestras bodas, necesitamos que consientas a nuestros hijos los ojos se me llenan de lágrimas y ella sonríe apenas.

Estaré en cada momento, lo prometo, mi amor. 

Asiento apretando los labios. Sé que no es cierto, tiene Leucemia, tarde o temprano se irá. La medicina moderna solo nos puede regalar un par de años, no una vida entera. Meses si tomamos en cuenta que su último trasplante de células madres no está surgiendo efecto. 

Recuerdo el momento en que encontraron ese veneno en su cuerpo. Ella era una mujer sana, feliz y alegre. Todo estaba perfectamente bien y de la nada, todo se vino abajo. 

Flashback 

Era mi graduación, pronto iría a la universidad y le daría un orgullo más a mi madre. Ella había dado todo por nosotros y algún día yo daría todo por ella. Quería que me viera crecer y convertirme en una gran enfermera. Ella y Noah, eran mi regalo más grande. 

Éramos felices. Una familia de tres de un barrio de clase media alta de Londres. Nada podía ir mal.

Íbamos en el auto hacia la ceremonia, cuando lo noté en su muñeca. Otro moretón había aparecido en su cuerpo. Extendí mi mano y acaricié la mancha rojiza y violácea. Ella suspiró.

Este es nuevo, mami le dije y asintió—. Es raro. Deberías ir al hospital. 

Lo haré. No debe ser nada grave. 

Torcí los labios. Esperaba que no, pero la había estado observando hacía semanas. Se cansaba mucho, se quejaba de dolores musculares y tenía fiebre algunas noches. No era doctora, pero sabía que eso podía ser malo. 

Lo que no tenía idea en ese momento, es cuanto lo era.

Todo iba bien, era el día perfecto. Estaba en el escenario esperando ser llamada para recibir mi diploma, cuando la vi. Tenía a un Noah de un año en sus hombros y estaba sangrando por la nariz. De repente se desvaneció. Grité de horror y me olvidé de todo, corrí hacia mamá y tomé su cuerpo inconsciente en mis brazos, estaba ardiendo por la fiebre. 

Lo único que impedía que me desmayara junto con ella, era el llanto de mi hermano, constante, fuerte. Tan asustado como yo. 

La ambulancia llegó rápido, no me permitieron subir con ella, tuve que ir al hospital con los padres de mi mejor amiga, quienes a su vez eran los amigos de mi madre. Para cuando llegamos ya la habían ingresado y nadie tenía información para dar, más que estaban atendiéndola. 

Pasaron dos largas horas donde le bajaron la fiebre y detuvieron el sangrado, también le habían hecho una prueba de hemoglobina. Cuando por fin estuve con ella, no la solté. Sabía que algo andaba mal y me aterraba no tenerla cerca. 

Todo estará bien decía mientras me acariciaba el pelo

¿Me lo prometes?

Claro que sí, mi amor.

Una hora más tarde llegó el doctor con los resultados, también con otro médico. Ambos estudiaron los moretones de mi madre, sus ojos y su garganta. Yo miraba la revisión expectante y me comía las uñas. Era estresante, sentía el dolor de cabeza punzando mi frente. 

Señora Lawrence, ¿quiere que hablemos en privado? Dijo el médico que antes no había visto y me miró.

Mamá suspiró y negó con la cabeza.

Es mi hija, tenga lo que tenga, ella se enterará tarde o temprano. Dígame, doctor, ¿qué tengo?

Mi cuerpo comenzó a temblar involuntariamente, sentía las pausas de los doctores como una eternidad. Estaba a punto de desmayarme.

Sus moretones creí que eran por abuso, pero me dijo que no tiene pareja. Por la fiebre y el sangrado nasal, le indiqué un examen de sangre habló el médico de emergencias—. Los resultados de estos los he comentado con el doctor Mayer, es oncólogo. 

Me tensé de pies a cabeza al mencionar esa última palabra. Sabía lo que era, yo quería estudiar para ser enfermera. Conocía el término y lo que conllevaba aquello. Comencé a llorar sin darme cuenta, adelantándome a los hechos. Pero no había esperanza, si un oncólogo estaba ahí, las noticias eran malas. 

Él tomó las palabras:

Señora Lawrence, he revisado sus estudios detenidamente y por lo que veo tiene niveles anormales de glóbulos rojos y blancos, lo que puede indicar un caso de leucemia.

Gemí. ¿Leucemia? Sentí la oscuridad cubrirme, el dolor dominarme. Mi madre tenía cáncer, la persona que más amaba y la única familia que tenía estaba muriendo. Ella me miró con pena y negué con la cabeza, no quería creerlo. 

¿Y qué lo confirmaría? Preguntó serena. ¿Por qué estaba tan relajada? ¡Tenía cáncer!

Un análisis de médula ósea. Te someteremos a un procedimiento para extraer una muestra de médula ósea del hueso de la cadera. La muestra se enviaría a un laboratorio para que investiguen la presencia de células cancerosas. De confirmarlo, entonces determinaremos qué tratamiento necesita y qué tipo de leucemia padece. 

No pude seguir allí, no pude continuar escuchando como hablaban de la salud de mi madre de forma tan casual. Salí corriendo del hospital, lo más lejos que pude y grité, grité con tanta fuerza que sentí mi garganta lastimarse. 

Fin del flashback 

Desde ese momento nuestras vidas cambiaron. El hospital se volvió nuestro hogar y los efectos secundarios de la quimioterapia nuestro día a día. Hace tres años que estamos luchando con la leucemia, teniendo recuperaciones parciales y luego recaídas duras. Pero mamá se mantiene con vida, aunque no sabemos por cuánto. 

Noah solo conoce esto, no recuerda a mamá como yo y daría mi vida entera porque la viera sana. Haría lo que fuera por eliminar el cáncer de su sistema. 

Mamá aprieta mi mano llamando mi atención. 

Es hora de que vuelvan a casa. 

No quiero dejarte sola. 

Tienes que cuidar de Noah, solo te tiene a ti por ahora niego con la cabeza. Es nuestra pelea diaria, tener que volver a casa. 

Soy más feliz cuando no está en el hospital, pero ha recaído, debe estar aquí mientras se vuelve a recuperar. Es doloroso tener que abandonarla, no puedo dormir pensando cosas malas, no puedo comer, ni pensar. Prefiero tenerla a la vista.

Hazle caso a tu madre, Madelaine levanto la mirada hacia el doctor Mayer. Él se ha vuelto parte de nuestro círculo, es un buen hombre y ama a mi madre, aunque lo niegue rotundamente. 

Aarón me quejo y siento otro apretón de mamá—. Está bien. Pero me llaman ante cualquier situación miro con severidad a Mayer y él asiente

Sabes que lo haré. 

Asiento y me levanto de la silla. Sin ganas de irme recojo mis cosas y luego voy por Noah. Lo tomo en brazos y se despierta de su siesta. Sus enormes ojos azules me miran con somnolencia y me brindan sosiego. 

Vamos a casa, peque susurro—. Despídete de mami le digo y él sonríe, provocando lágrimas en mi madre. Siempre llora cuando lo ve, teme perderse su crecimiento.

Adiós, mami se despide con su manita y mamá ríe.

Adiós, mi amor. Pórtate bien y cuida de Elle.

Sí, mami. 

Él se remueve en mis brazos para que lo baje, cuando lo hago corre hasta nuestra madre y se trepa en su camilla para besar su mejilla. Es una imagen dolorosa, por lo que aparto la mirada.

Es hora, Noah. Mañana volveremos.

Mi hermano vuelve ante mi orden y se agarra a mi mano. Salimos de allí para volver a casa. No queda muy lejos del hospital por lo que regresamos a pie. 

Al llegar a nuestra calle, miro la estructura que forma nuestro hogar. Una casa para una familia de clase acomodada, mi madre la heredó de sus padres, así como el negocio familiar. Un pequeño restaurante que lo gestiona el mejor amigo de mamá y que debido a su enfermedad está pasando por su peor momento. 

La casa no está mejor. Se nota abandonada, vacía y silenciosa. Como un cementerio. 

Afianzo el paso al interior, mientras más rápido lo hagamos, más pronto llega el amanecer y podemos volver con mamá. Dejo nuestras cosas en el piso al lado de la puerta, tengo que preparar nuevas bolsas para mañana. Así como almuerzo para Noah. Es sábado y eso significa que todo el día estaremos en el hospital sin interrupciones por horario de visitas. 

Si bien mi madre tiene habitación privada y contamos con la ayuda de Aaron, no somos inmunes a las reglas del centro médico. 

Elle, tengo hambre me dice Noah y sonrío.

Ve a lavarte las manos, te haré un sándwich. 

No quiero más sándwiches, Elle hace un puchero y suspiro.

¿Qué quieres entonces?

Macarrones con queso. 

Bien. Ahora ve. 

Acaricio mis sienes, no tengo ánimos para cocinar. Pero, ¿cómo podría negarle algo a mi hermano? Vive una vida que ningún niño debería llevar. No tiene amigos, no va al jardín, no juega en el parque. Soy la peor persona por dejarlo criarse en un lugar tan deprimente. Pero tampoco puedo abandonar a mi madre.

¿Cuándo volverá mami a casa? Su pequeña voz me distrae de mis pensamientos.

Pronto, peque. 

Ya no sé qué más responder a sus preguntas, ya no sé qué hacer. Me estoy deteriorando junto con mi madre y no puedo permitirlo. Noah me necesita, no puede perderme a mí también. 

Me vuelvo hacia él y le sonrío, una silenciosa promesa de que todo estará bien. Le doy su cena, lo baño y le pongo su pijama. Es nuestra rutina de las noches. Luego lo acuesto en mi habitación, conmigo. 

Desde la primera noche solos sin mamá, hemos dormido juntos. Nunca nos separamos, me duermo aferrada a él, intentando palpar algo real y constante en mi vida. Noah es mi ancla, sin él a lo mejor ya me hubiera dejado vencer. 

Pero cada noche, mientras abrazo su pequeño cuerpo, me recuerdo a mí misma que tengo que cuidarlo, criarlo y dar mi vida por la suya, mientras mamá no pueda hacerlo. 

Te amo, Elle dice y se me escapan las lágrimas, como siempre.

Yo también te amo, peque. 

Beso su frente y me calmo escuchando su respiración pausada.

Sé que saldremos de esta, no puede empeorar. Ya hemos sufrido bastante. Venceremos la enfermedad de mamá y volveremos a tener una vida normal. 

O al menos eso espero. 

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