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En un atardecer y estando en la sala, Amanda, visiblemente molesta, decidió encarar a su esposo:

—¡No puedo soportarlo más Javier! Esta situación no la aguanto. Tenemos que hablar. ¡Tenemos que darle una salida a esto!

—¿Y cuál es tu problema? —dijo Javier, alzando la voz—. ¡Desde que estás conmigo no te falta nada!

—No se trata de eso. Ya no eres el mismo, has cambiado —sollozó.

—Siempre he sido así mujer, que tú hasta ahora no te hayas enterado no es mi problema. —Se volteó, dándole la espalda a Amanda, abrió la puerta y de un golpe, la cerró. Se había ido de nuevo.

Allí estaba Amanda, en esa inmensa casa de grandes jardines y frías ventanas, pero con una elegancia enigmática y lúgubre en sintonía con su estado de ánimo. Sola de nuevo, sin saber qué hacer, ni a donde ir, no quería involucrar a su familia en esto. ¿Qué podría decirles a sus padres? ¿Qué no funcionó? ¿Fue su culpa? y ¿su padre? ¿Cómo lo tomaría? Si su esposo Javier era su socio.

II

En el sitio del suceso, donde se encontraba el cuerpo de Amanda, los técnicos forenses comienzan a realizar la ocupación de la escena, tomado muestras y recabando pistas. Afuera, los amigos, vecinos y familiares estaban consternados. Allí estaba Javier. Se veía pálido, asustado, inquieto, tratando de entender lo que había sucedido, y no es para menos, de no corroborarse la hipótesis del suicidio, él pasaría a ser un sospechoso.

El detective Ramos se acercó a los técnicos forenses, caminando como si el piso fuera de cristal, y le dijo a uno de ellos:

—¿Han encontrado alguna pista?

—Hasta ahora lo que podemos visualizar, es que la víctima lleva un poco más de cuatro horas muerta —respondió el técnico forense—. También hay rastros de sangre en la sala.

—¿Han corroborado lo del arma?

—Sí, efectivamente la herida fue provocada presumiblemente con un revólver calibre 38.

—¿Presumiblemente?  

—Sí. Todavía no hemos ubicado el arma. Nuestros técnicos están buscando en cada rincón de la casa y sus alrededores.

—Muy bien —convino el detective Ramos—. Busquen huellas, rastros de cabellos, de pólvora, de todo lo que consigan y ¡no se olviden de la integridad de las muestras!

Una vez dicho esto, fue directamente a donde se encontraba Javier, el esposo de Amanda.

—Señor González, cuanto lo siento, pero requiero de su colaboración para entender lo que aquí sucedió.

Javier, con voz temblorosa le contestó:

—Muy bien, colaboraré pero todo en presencia de mi abogado —dijo tajantemente.

—Está en todo el derecho en hacerlo. Necesito que se dirija a la estación de investigación policial para conversar.

—Muy bien, pero antes déjeme ponerme en contacto con mi abogado.

Mientas tanto, el asistente de Ramos, el detective Leo Castro, hombre con poca experiencia en el área, de baja estatura, trigueño, con una ya pronunciada calvicie y de pasados los treinta años; se movía entre familiares, testigos y demás curiosos, recabando información adicional que lo llevara a alguna pista.

En un rincón de aquel atribulado escenario, estaba Darío, hermano menor de Javier, quien había llamado a la policía. Este se encontraba sin palabras, prácticamente en estado de shock. Más tarde también sería llamado como testigo.

Darío poseía una gran inteligencia, más intelecto que físico. Era alto como su hermano, pero con chispa y un dinamismo que lo hacía ser más atractivo cuando conversaba. Todavía joven con 26 años, era dueño de una empresa turística y siempre andaba en constantes viajes. Él, a diferencia de su hermano, sentía poco entusiasmo por las fiestas y el libertinaje. Se relacionaba muy bien con los demás. Su esposa Jennifer lo idolatraba. Él era para ella lo mejor que le había pasado en la vida, aunque en ocasiones se la pasaba ausente.

Una vez levantado el cadáver y recolectadas las pruebas, los investigadores se marcharon. Comenzaba el trayecto para conocer los motivos de aquel crimen. ¿Suicidio? ¿Robo? ¿Homicidio? Ya las investigaciones se encargarían de esclarecer lo que allí sucedió…

Al otro día de haber sucedido aquel lamentable suceso, Javier se presentó con su abogado en la estación de investigación policial. Llego allí manejando su propio vehículo, siempre acostumbraba hacerlo, no le gustaba tener chofer, lo hacía sentirse fuera de control. Se adentró hasta donde están las oficinas y se puso a la orden de inmediato.

—Buenos días, detective Ramos —dijo Javier con voz moderada—. Le presento a mi abogado, el doctor José Hernández.

—¡Mucho gusto abogado! —saludó el detective, mirándolo a los ojos y con un apretón de manos—. ¡Adelante, pasen a mi oficina por favor! —Todos se acomodaron en sus respectivos asientos.

El detective Ramos los trató con amabilidad. Deseaba tenerlos confiados con la guardia baja. No deseaba una confrontación prematura, para de esa manera, sacarle alguna pista o en el mejor de los casos, alguna confesión.

Alzando la taza de café en señal de ofrecimiento, el detective les preguntó:

 —¿Desean café?

—No, gracias —alcanzó a decir Javier.

—No, muchas gracias —respondió el abogado.

Como para seguir rompiendo el hielo, el detective intentó entablar una conversación trivial con sus interlocutores. 

—Mi amigo, el también detective Leo hace un café delicioso, por cierto, allí viene.

El detective Leo Castro, quien funge como ayudante y asistente de Ramos, entró a la oficina presuroso.

—¡Buenos días, señores!

Ambos, Javier y el abogado, pronunciaron un buenos días casi al mismo tiempo.

—¡Señores! —intervino Ramos, inclinándose sobre el escritorio—. Los he citado aquí para que tengan la amabilidad de responder a una serie de preguntas que nos servirán para adelantar las investigaciones.

El abogado se adelantó a decir:

—Mi representado se pone a la orden para esclarecer este suceso.

—¡Bien! Dijo Ramos.

—Podría decirme, ¿donde estuvo el día que asesinaron a su esposa?

El abogado miró a Javier y asintió con la cabeza en un ademan como de “anda, puedes decirlo”. Javier en un gesto inconsciente, pero defensivo, cruzó sus brazos a la altura del pecho y contestó:

—¡Estuve todo el día en mi oficina señor!

—¿Tiene como probarlo? —inquirió Ramos.

—Por su puesto. Pueden comprobarlo con los que estuvieron conmigo en la oficina, las secretarias y los demás ejecutivos.

—¿Tenía usted algún problema con su esposa?

­Javier hizo una breve pausa. Se frotó el ojo derecho y como si ya sabía que le harían esa pregunta, respondió:

—Lo que toda pareja normal tiene cuando viven bajo el mismo techo y comparten la misma cama. Hay encuentros y desencuentros, pero nunca llegué a ponerle una mano encima.

—No dije eso.   

—Bueno, solo lo digo para aclarar malas interpretaciones.

En este caso, el abogado intervino:

—Mi cliente trata de aclarar posibles afirmaciones que se están haciendo por allí. Siempre en este tipo de casos, existen personas intrigantes que ruedan falsas interpretaciones sobre un hecho como este.

—Puedo hacer una pregunta —interrumpió Javier, levantando el dedo índice como lo haría chiquillo.­

—He escuchado que una de las hipótesis sea el suicidio, ¿es posible?

—No descartamos ninguna hipótesis, las investigaciones se encargarán de aclarar ciertas dudas. ¿Cree que su esposa pudo haber atentado contra su propia vida?

—No lo sé, solo pregunto. Yo también deseo saber qué le sucedió a mi esposa.

—Quiero hacer énfasis en su relación con su esposa —insistió el detective Ramos—. ¿Ella estuvo al tanto de su trabajo? Es decir, ¿hablaban de su trabajo sobre la inmobiliaria de su padre?

Javier, extrañado con la pregunta, le responde, titubeando:

—Umm no lo sé. Conversábamos lo normal, ¿por qué lo pregunta?

—¿Lo normal? Su suegro es el dueño de la inmobiliaria más importante del país. Usted desde hace poco tiempo está asociado con él, por lo que he podido investigar. ¿Nunca conversaban de su situación patrimonial?

El abogado inquieto, intervino:

—Mi cliente no está obligado a declarar cosas que le son íntimas.

—No lo creo, doctor —dijo el detective, reclinándose en la silla—. Es un secreto a voces, que incluso su matrimonio fue consensuado.

Javier intervino, impulsivo como siempre, y alzando la voz dijo:

—Mi situación patrimonial nada tiene que ver con mi relación sentimental. ¡Son dos cosas totalmente distintas!

—¡Muy bien! ¡Muy bien! Cálmese, recuerde que mi trabajo es hacerle preguntas. Se la haré de otro modo. —Se quitó los anteojos y señalándolo con ellos, le preguntó­—: ¿Su esposa llegó a tener alguna participación en el negocio inmobiliario?

—No, su oficio era la de artista, se dedicaba a la pintura.

El detective Ramos intentó buscar una posible relación entre la víctima, Javier y la empresa, posiblemente podría haber algo truculento e insospechado, sobre todo cuando se trata de un matrimonio arreglado por razones económicas.

Leo, el asistente de Ramos, quien se encontraba hasta ahora observando, después de tomar un sorbo de su café humeante, inquirió—: ¿Sabía algo acerca del entorno artístico de su esposa? ¿Algún conocido? ¿Negocios que realizaba ella con sus obras?

—Sí, llegué a conocer a una que otra de sus amigas, pero nuestros oficios eran tan distintos que a veces no concordamos. Eso es todo lo que puedo decir.

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