Capítulo 3

Lo primero que hice fue asegurarme de que estaba solo. Ya sabía que sus compañeros no podían estar muy lejos, pero necesitaba algo de tiempo, lo mínimo para conseguir matar al que tenía delante. No estaba seguro de si tenían alguna forma de comunicarse a distancia, por lo que debía ser rápido.

El plan era sencillo; yo saldría de mi escondite, y utilizando el factor sorpresa, me abalanzaría sobre él, rápida y letalmente. Entonces le clavaría el puñal profundo, en el corazón o en el cráneo, eso daba igual, pero debía asegurarme de que fuese en un punto vital, me había dicho mamá, porque no son tan frágiles como nosotros, y si no es probable que se volviese a levantar.

Lo que ocurriese después de eso, ya no sería asunto mío.

Podría reunirme con mis padres, si es que de verdad había una vida más allá de la muerte, y aunque fuese una mentira, les diría que había hecho todo lo posible. Al menos podría mirarles a los ojos y decir que traté de vengar sus muertes, cosa que esperaba hacer, aunque solo fuese en parte.

Un repentino movimiento en mi campo de visión me trajo de vuelta al presente, y a través de la espesa cortina de agua, vi como el Oscuro se ponía de nuevo en marcha, acercándose cuidadosamente hacia nosotros. La espesa cortina de agua debía hacer difícil para él captar por completo nuestro rastro, pero estaba claro que sospechaba algo. Tenía que actuar ya. Ni siquiera me lo pensé antes de tomar impulso y dar el salto.

La parte en la que me encontraba no era profunda, el agua apenas me llagaba a los hombros estando de pie, así que me aseguré de que todo mi cuerpo se zambullese horizontalmente, con cuidado de no pegarme demasiado al fondo para no lastimarme la cabeza. Aun así, no calculé del todo bien y me raspé la barbilla y parte de los antebrazos. Concentrado como estaba en mi tarea, apenas me di cuenta.

Tenía el puñal firmemente agarrado en mi mano derecha y la vista clavada en la silueta del Oscuro, claramente visible gracias a la luz de la luna, que se alzaba justo por encima de su cabeza, haciéndolo todo más fácil. Porque a pesar de todo, a pesar de que había tenido que correr por mi vida hacía tan solo unos momentos antes, a pesar de que había visto la forma en la que habían dejado a los cuerpos sin vida de mis padres, y a pesar de que había sentido el miedo y la tristeza tan profundos en mi ser que no pensé que fuese a ser capaz de volver a sentir nada más, aquello era fácil.

Lo había hecho miles de veces; encontrar una presa, estudiarla en la distancia, establecer un plan de ataque, y cuando veía una oportunidad, abalanzarme sobre ella. Puede que aquella criatura no fuese exactamente igual a mis anteriores capturas, pero en esencia no había cambiado nada.

Ahora, yo era el cazador, y contaba con las ventajas que eso implicaba.

El Oscuro se giró rápidamente, alertado por el ruido de mi cuerpo zambulléndose en el agua, pero la corriente me permitió desplazarme más rápido. Por si fuera poco, él no estaba preparado para un ataque, sino que esperaba toparse con un chico asustado, tratando de huir desesperadamente. Por eso miró hacia el sitio en el que me había sumergido, al pie de la cascada, y rastreó confuso toda la zona, ignorando el hecho de que yo ya había buceado hasta quedar a su lado. Antes de que pudiese moverse, entender qué estaba pasando, surgí del agua, agarrando su pie con la mano izquierda, y con la derecha usé el puñal para rajar su piel en una zona que sabía que le haría perder el equilibrio.

Ya había despellejado animales antes, pero la sensación de tajar la piel humana, o al menos algo que se le asemejaba, fue sencillamente escalofriante, haciendo que se me revolviese el estómago y aumentasen mis náuseas. No obstantes, ni siquiera eso me frenó.

Cayó al suelo con un alarido de dolor, y sin permitirme perder ni un segundo, utilicé la propia pierna del Oscuro como soporte para salir del agua y colocarme sobre él, preparado para asestarle el golpe definitivo.

Sin embargo, él también reaccionó rápidamente. Ignoró el daño que le había infringido, y utilizando su garra derecha intentó darme un tajo en toda la cara.

Me eché hacia atrás, más por una cuestión de reflejos que porque realmente me lo esperase, pero aun así no pude esquivar el golpe por completo y sus garras consiguieron rozarme la mejilla izquierda. Me abrió una herida que en seguida comenzó a gotear, y lo que es peor, logró desestabilizarme. El Oscuro aprovechó la oportunidad para mover rápidamente su brazo izquierdo, que hasta entonces había permanecido inerte sobre la hierba, y clavó sus garras de nuevo en mi piel, solo que esta vez en mi costado, con una brutalidad que me dejó sin aire durante unos segundos y me empujó hacia atrás, cayendo de nuevo en la fría agua del río.

Desorientado, intenté desesperadamente tragar una bocanada de aire, consiguiendo únicamente que el agua entrase a mis pulmones. La superficie estaba cerca, lo sentía, pero mi sangre tiñó el agua rápidamente, haciendo que lo único que pudiese ver fuera rojo. La corriente golpeaba sin piedad contra mí, tratando de arrastrarme. Conseguí agarrarme de un saliente bajo el agua, y pese a patalear hacia el exterior con todas mis fuerzas, el dolor en mi abdomen era tan insoportable que me dificultaba el movimiento.

Así que ahí me quedé, tan cerca de la superficie que si extendía mi mano casi podía sacarla, pero demasiado débil como para lograrlo realmente. Consciente de que no tardaría mucho en ahogarme, con el amargo sabor de la derrota ardiendo tan intensamente en mi boca como mis pulmones ante la falta de oxígeno, incapaz de hacer nada para evitarlo.

Dicen que es en esos instantes, en el momento en que la vida de uno está a punto de terminar, cuando mejor se recuerda todo. En esos segundos, justo antes de que todo acabe, empiezas a ver tanto los buenos momentos como los malos, desde tu primer recuerdo hasta el último, como una especie de homenaje a tu propia vida. Pero no es eso lo que a mí me pasó.

Yo en cambio, vi el rostro de Katherine.

Un segundo, todo era oscuridad y frustración y, al otro, ahí estaba ella, la vez en la que intenté escalar el viejo roble cayéndome a mitad de camino y consiguiendo romperme un brazo, sus ojos grises, rebosantes de preocupación mientras observaba cómo me retorcía en el suelo. Aunque no lo había dicho entonces, supe que estaba pensando algo como “te lo dije, idiota”. La vez que intentó cocinar mi comida favorita por mi cumpleaños y que tuve que comer aunque fuese lo más horrible que jamás había probado, porque si no corría el riesgo de que me tirase por el pozo junto a su casa, pero también porque era Katherine y lo había hecho para mí. La vez en la que uno de los chicos del pueblo intentó levantar su vestido; yo le di tal paliza que no pudo levantarse de la cama en días. En aquella ocasión me había dicho que podía defenderse sola, pero había un destello de satisfacción en sus ojos que no pasó desapercibido para mí, y que me hizo sonreír como un bobalicón durante toda la semana.

Y la vi, segundos antes de empezar aquella misión suicida, sus ojos grises enturbiados por el miedo, algo muy atípico en ella. Pensé en lo que sería de ella si el Oscuro miraba tras la cascada, o lo que haría si más Oscuros acudían al lugar. Estaba sola, asustada, lo tenía difícil para llegar a casa de sus padres. E incluso si llegaba, ¿entonces qué? ¿Estarían bien sus padres? ¿Habría más Oscuros por la zona?

No podía dejarla sola.

«Justo ahora que he comprendido que es muy pronto para rendirme, que aún tengo motivos por los que seguir peleando. Esto no puede ser verdad» pensé amargamente, mientras mi visión comenzaba a oscurecerse y mis fuerzas flaqueaban.

Entonces, una mano se introdujo en el agua, agarrándome bruscamente del cuello y sacándome a la superficie. Tosí fuertemente, en un intento de mi cuerpo por expulsar al menos parte del agua que había tragado, y llenando mis pulmones nuevamente de aire. Resoplé mientras le miraba directo a los ojos, tan oscuros y fríos que parecían carentes de vida, demasiado cansado como para tenerle miedo.

Suponía que si me había sacado del río era porque quería darme el golpe de gracia con sus propias manos, en vez de simplemente dejar que me ahogase. Sin embargo, lo único que hizo fue devolverme la mirada, sin aflojar su agarre en mi cuello, y como si la tuviese a mi lado, escuché la voz de mi madre diciendo: «Y juro por Azriel que deseé haberme encontrado muerta, pues sabía que sería mejor que soportar las torturas a las que nos someterían».

Un escalofrío me recorrió el cuerpo al darme cuenta de que aquello no terminaría tan fácil para mí, y como si lo hubiese sentido, el Oscuro frente a mí me devolvió una terrorífica sonrisa. Sabía, por las historias de mi madre, que los Oscuros no siempre mataban. A veces, en ocasiones excepcionales, le perdonaban la vida a algunas de sus víctimas, pero esto, al contrario de lo que pudiese parecer, no se debía a un ataque de piedad. Cuando “perdonaban” a alguien lo secuestraban, se lo llevaban con ellos y les hacían cosas por las que cualquiera habría preferido la muerte.

Descubrí, mientras la desesperación se extendía por mi cuerpo, que yo sería una de esas personas. Pese a que ni siquiera podía apoyarse en su pierna izquierda debido a la herida que le había abierto y que probablemente jamás sanaría del todo, había ganado, me había sometido a su voluntad, y yo no podía hacer nada para cambiar la situación.

O al menos eso creía.

Katherine había salido de su escondite en algún momento de la pelea y había gateado sigilosamente hacia nosotros. La vi posicionarse a la espalda del Oscuro con una gruesa rama en su mano. Me dedicó una mirada cargada de dolor, y entendí qué estaba a punto de hacer. Grité, tratando de detenerla e intenté retorcerme para soltarme del agarre del Oscuro.

Fue inútil.

Katherine se agachó, y con fuerza, clavó la rama en la herida que yo había abierto antes en su pie. El Oscuro rugió de dolor, pero ahí no acabó la cosa; Katherine removió la rama, hurgando en la herida y haciendo que el Oscuro pareciese a punto de perder la cabeza. Sentí cómo su agarre se aflojaba en mi cuello, y a la par que él caía de rodillas sobre el suelo, yo caí de nuevo al agua.

Lo último que recuerdo de ese día fue la mirada encolerizada del Oscuro, y la poderosa corriente, que me arrastró cada vez más y más lejos de Katherine.

* * *

—¿Crees que está muerto? —escuché decir a alguien. Tenía una voz ronca y áspera, y no articulaba del todo bien, como si su lengua estuviese dormida—. No parece muy vivo, desde luego.

La cabeza me daba vueltas mientras hacía un esfuerzo de mil demonios por abrir los ojos. Sentí un traqueteo extraño y los relinchos de unos caballos; el sol pegaba tan fuerte que parecía como si todo mi cuerpo estuviese a punto de arder. Una parte de mí gritaba que me pusiese en pie y saliese corriendo de allí, temiendo que tal vez me hubiesen encontrado los Oscuros, pero la pronunciación de quién diablos me había recogido, pese a ser algo extraña, era sin duda humana.

—Ya te he dicho que respiraba cuando lo encontré en la orilla del río, y lo seguirá haciendo por mucho tiempo si Azriel quiere. Le he sanado lo mejor que he podido, y además de que la herida no es demasiado profunda, no le ha dado en ninguna zona vital. Ha tenido mucha suerte. Pero en cuanto a ti —dijo una voz femenina con un tono que dejaba muy claro su enfado—, sigue bebiendo agua y rezando para que se te pase la borrachera rápido. Si nos encontramos con alguno de ellos antes de llegar a la ciudad vamos a tener que pelear, y estoy segura de que no tendremos tanta suerte como este muchacho.

—Relájate, Dana. Es imposible que hayan atravesado la muralla. Los del puesto de control de la puerta sur deben estar bromeando, seguro que se pasaron con el aguardiente otra vez —rio el tipo que arrastraba las palabras.

—¿¡Y entonces cómo explicas las heridas de este chico!? —gritó Dana—. Tú también viste la bengala roja y ya sabes lo que eso significa, Garret. Tenemos que evacuar a la gente de la zona por orden de edad y llevarlos a la ciudad antes de que sea demasiado tarde. Debemos prepararnos para luchar, es nuestro deber como miembros de La Guardia Interior.

Lenta y forzosamente, conseguí entornar los ojos. Estaba tendido en la parte trasera de un carro, con uno de mis brazos colgando por el borde de este. Una niña de unos siete años, sentada frente a mí, clavó en mí su mirada cargada de miedo. En seguida apartó la mirada. Me incorporé como pude, ignorando el dolor lo mejor que me fue posible, y examiné el lugar y a las personas que había a mi alrededor. Eran todos niños, apretujados en el poco espacio del que disponíamos, y todos compartían la misma expresión aterrada.

En la parte delantera, llevando las riendas de los caballos, había una mujer bastante joven, con el pelo largo y oscuro recogido en una trenza. Aquello me recordó a Katherine, a lo que había pasado antes de desmayarme, y el dolor en mi abdomen se trasladó también a mi pecho.

Vestía el uniforme de La Guardia Interior, al igual que el hombre junto a ella, y aunque a este no pude verle la cara, las canas en su cabello castaño me hicieron saber que debía ser considerablemente mayor que su compañera.

—Entonces, ¿es cierto? —preguntó una chica cuya cara estaba cubierta de pecas. Parecía tener unos quince años, siendo con ello una de las mayores del grupo, quitando a ambos soldados, y era la única que no parecía sumamente horrorizada—. ¿Los Oscuros han conseguido entrar en nuestra capital?

—¿Ves lo que pasa por decir esas tonterías? Solo conseguirás asustar a los niños —gruñó el que debía de ser Garret, girándose hacia Dana. Tenía las mejillas encendidas, sin duda a causa del alcohol, y se tambaleó de tal forma que por un momento pensé que se caería del carro—. No tenéis nada de qué preocuparos. —Continuó volviéndose hacia nosotros—. Los Oscuros jamás han logrado atravesar las murallas, y os aseguro que jamás lo conseguirán. Lo más probable es que disparasen la bengala por accidente, o que en realidad se trate de… ¡Osos! Eso es, seguro que se encontraron con unos osos y entraron en pánico. La cuestión es que estamos a salvo, no hay nada que temer.

Sonrió mostrando todos sus dientes en un intento por tranquilizarnos, mientras los extremos de su bigote se curvaban hacia arriba, dándole el aspecto de un bufón. Pareció que sus palabras surtieron efecto, y los niños del carromato suspiraron aliviados, creyendo realmente que aquel borracho tenía la más mínima idea de lo que hablaba.

Sentí como las mejillas se me encendían, furioso ante la necedad de aquella gente; las ganas por levantarme y arrancarle el bigote de la cara a aquel descerebrado aumentaron peligrosamente. Miré a todos a mi alrededor con un odio que no sabía que podía llegar a experimentar. Una parte de mí me dijo que solo eran niños, la mayoría menores que yo, y que si no hubiese visto con mis propios ojos lo que había visto tampoco habría creído que algo así pudiese pasar. Pero había otra parte, una que parecía tomar el control por momentos, que sentía la necesidad de aplastar sus esperanzas, de hacer que experimentasen aunque solo fuese una mínima parte del dolor que sentía yo.

—No son osos —susurré, notando la garganta reseca. Clavé la vista en mis manos, incapaz de observar por más tiempo a aquella gente.

—¡Vaya! ¡Por fin despiertas! Parece que después de todo no estabas tan muerto, ¿eh? —bromeó Garret al darse cuenta de que era yo quien había hablado—. Dime, ¿qué murmuras, pequeño?

—¡He dicho que no son osos, viejo borracho! —rugí, consiguiendo que todos me mirasen atónitos—. Son Oscuros, y no son para nada como esa versión suavizada que os hayan contado. Son mil veces peor de lo que jamás hayáis imaginado, han conseguido entrar, y vienen a por nosotros.

El silencio reinó rápidamente en el grupo, siendo interrumpido únicamente por las pisadas de los caballos y los sollozos de la chica frente a mí, a quien había conseguido asustar verdaderamente.

De repente me di cuenta del aspecto que debía tener, con la camisa hecha jirones y empapada de sangre, además del corte en mi cara, que en algún momento mientras gritaba había comenzado a sangrar. Seguramente parecía un loco, hablando de esa forma sobre los Oscuros a unos cuantos niños indefensos. Aun así, no podía ni quería tragarme mis palabras; aunque no lo había explicado de la mejor forma posible, no había dicho ninguna mentira. Era algo que todos debían escuchar.

Avergonzado, bajé la mirada, incapaz de ver por más tiempo cómo los hombros de la niña se sacudían con cada sollozo. Luché entre mi impulso de consolarla y la cólera, que me corroía como un veneno.

—¿Estás seguro? —cuestionó Dana, rompiendo el silencio. Seguía con la vista clavada en el frente, pendiente de guiar a los caballos, y cualquiera habría pensado que ni siquiera se estaba enterando de la conversación. Pero había tensión en sus hombros, y aferraba las riendas con una fuerza que antes no había empleado—. ¿Estás completamente seguro de que son ellos?

—Si —asentí más calmado. Podía sentir las miradas de Garret y los niños, aún en silencio absoluto—. Fue uno de ellos quien me hizo esto. —Admití señalando la garra grabada en mi mejilla, y levantando mi maltrecha camisa para mostrar las vendas que envolvían mi torso.

«Y quienes mataron a mis padres» pensé, sin conseguir que las palabras saliesen de mi boca. Noté una punzada de angustia en mi estómago, clavándose aún más profunda.

—¿Sabes cuántos son? —volvió a preguntar Dana, con una urgencia y autoridad en su voz que me hicieron responder de inmediato.

—Solo vi cuatro —No sé si fue por las heridas que aportaban credibilidad a mi historia, o si fue por la expresión de mi rostro, demasiado perturbada para un niño de trece años, pero el caso es que todos parecieron creerme, y se abstuvieron de hacer más preguntas—. Aunque si ellos han conseguido entrar…

—¿Quién dice que no lo hayan hecho muchos más?  —me interrumpió Dana—. Pues entonces debemos darnos prisa. —Declaró espoleando a los caballos—. Tenemos que llegar a Luarte antes de que nos alcancen.

—¡Espera! —exclamé con desesperación—. ¡Detén a los caballos!

—¿Cómo? —se giró Garret, a la par que Dana a su lado tiraba de las riendas. Frenó bruscamente, haciendo que todos nos balanceásemos y que yo por poco me cayese—. ¿Se puede saber qué te pasa? Si lo que dices es cierto debemos darnos prisa, ¿no?

—Tienes razón —afirmé mientras me bajaba de la carreta—. Pero yo no voy con vosotros.

Con los pies de nuevo sobre la tierra, miré hacia el camino que habíamos dejado atrás, tratando de calcular qué tan lejos me encontraba de casa. Me llevé una mano hacia mi costado, notando la molestia que me producía la herida, pero sorprendido de que hubiese sido cerrada apropiadamente con puntos.

Dana debía tener bastantes conocimientos de medicina, aunque eso no explicaba cómo el Oscuro que me había atacado había fallado de esa forma. En su momento me había parecido una herida mortal, pero estaba claro que apenas si había hundido sus garras en mi carne, y teniendo en cuenta lo fácil que lo había tenido para matarme, solo podía significar que no lo había intentado verdaderamente. Yo tenía razón, no quería matarnos, sino capturarnos. Y eso me daba una oportunidad, la oportunidad de encontrar a Katherine aún con vida.

—¿Qué es eso de que no vienes con nosotros? ¿Te has vuelto loco? Puede que hayas salido con vida de un enfrentamiento contra uno, pero está claro que con esas heridas no vas a poder hacer frente a ningún otro —aseguró Dana a mi espalda.

Giré ligeramente la cabeza para enfrentarla. Estaba de pie sobre el asiento del carromato, mirándome como si fuese una pequeña hormiga, y si no fuese porque había visto directo a los ojos de un Oscuro y había vivido para contarlo, probablemente habría bajado la cabeza, intimidado. Desde luego los niños que allí había evitaron cruzar miradas con ella, y hasta Garret pareció temblar ligeramente en su asiento. Había un fuego en ella que no me desagradó por completo. Si hasta el momento había pensado que La Guardia Interior solo eran un puñado de inútiles borrachos, como bien había demostrado su compañero, en cierta forma ella me hizo replantearme que después de todo tal vez sí que había algunos que merecían la pena.

Aunque para ser sinceros, incluso si hubiese más gente como ella, La Guardia Interior seguía dejando mucho que desear. Se encargan de la protección y la vigilancia en el interior de las murallas. Se localizan en las puertas, en diversos puestos de control repartidos por diferentes puntos, y en las sedes de todas las capitales.

Pero seamos sinceros, desde la creación de las murallas, los Oscuros jamás habían conseguido atravesarlas, y la Guardia Interior nunca había luchado realmente contra ellos. Se dedicaban a lidiar con alguna pelea interna, algún robo, incluso puede que algún que otro asesinato, pero no eran soldados. No como el Ejército Imperial, al menos. Habían dedicado el último milenio a hinchar sus barrigas y pasárselo bien con la paga más que generosa de la que disponían, por lo que no estaban preparados para un ataque, mucho menos para uno de aquel calibre.

Sin embargo, al mirar a los niños del carro, deseé que así fuese. Deseé haber menospreciado a la Guardia Interior, que tuviesen mucho más para ofrecer de lo que yo les había otorgado. Por el bien de aquellos niños, y por el de todo Luarte.

Claro que hasta el entrenamiento que yo había recibido por parte de mi madre había sido mucho más intenso que el de cualquiera de ellos, por lo que no pude evitar sentir una punzada de remordimiento al saber que iba a dejarlos a su suerte. Pero lo primero era lo primero, y para mí, mi mayor prioridad era Katherine. Ni siquiera sabía si sería demasiado tarde, pero debía intentarlo, fuera cual fuese el resultado.

—No tengo intención ninguna de luchar contra ellos —aclaré con el propósito de tranquilizarla—. Conozco estos bosques como la palma de mi mano, sé moverme por ellos sin que me detecten. —Dana no pareció conforme con mi respuesta, y abrió la boca dispuesta a contraatacar, pero antes de que pudiese decir nada, me adelanté a ella—. Hay alguien que me necesita, al igual que estos niños os necesitan a vosotros. Seguid directos hacia Luarte y no os paréis. De verdad espero que lleguéis a tiempo, que allí esté todo bien.

Acto seguido, di media vuelta, y siguiendo el rastro que las ruedas habían dejado en el suelo, me dispuse a desandar el recorrido que habíamos hecho, con la esperanza de que así me toparía con el río en el que a punto había estado de ahogarme. Después de eso solo tendría que virar hacia el este, y una vez de vuelta en mi terrero, sería fácil encontrar el camino hacia el hogar de Katherine, llegar hasta sus padres. Ellos sabrían qué hacer, debían saberlo.

—Espera, chico —gruñó Garret. Me giré hacia él con el ceño fruncido, solo para ver cómo se acercaba a mí con paso decidido.

—¿Qué quieres? —refunfuñé de brazos cruzados, dedicándole una mirada cargada de desprecio.

—Esto es tuyo, ¿no? Creo que lo necesitarás —dijo mientras se arrodillaba frente a mí y me tendía un objeto.

—¡Mi puñal! —exclamé sorprendido, sin haber sido consciente hasta entonces de que lo había perdido.

—Lo llevabas atado a la muñeca cuando Dana te encontró. Es una buena arma —sonrió de lado, observando complacido mi alegría al volver a tener el objeto entre mis manos—. ¿Te la dio tu padre?

Como si me hubiesen dado un puñetazo en toda la cara, me lo quedé mirando, desubicado. Sentí cómo la boca se me secaba y las lágrimas amenazaban con caer en cualquier momento. Rápidamente agaché la cabeza, en un intento de esconder el sufrimiento que reflejaba mi rostro.

Él debió intuir el porqué de mi reacción, porque colocó sus manos sobre mis hombros, haciendo que lo volviese a mirar confuso. Me examinó en silencio, con una expresión de verdadera comprensión, que de alguna forma relajó el nudo en mi estómago.

—El mundo puede ser un lugar horrible, pero no dejes nunca que eso te desanime —dijo, manteniendo su agarre en mis hombros, con sus ojos brillando intensamente. El rojo de sus mejillas había desaparecido, y aunque aún podía oler algo de alcohol en su aliento, no parecía tan borracho como había creído tan solo unos segundos antes—. Nos cargaremos a esos cabrones, así que ve y encuentra a quien sea que debas encontrar, y después venid a Luarte. Cuando todo esto pase, nos encontraremos allí y te invitaré a unos buenos tragos.

Sin esperar una respuesta por mi parte, se puso en pie y se dirigió de nuevo al carro, junto a Dana y los niños, que nos habían observado todo el tiempo. Me quedé allí parado, viendo cómo el carro se ponía de nuevo en movimiento y poco a poco se perdía en el horizonte. A pesar del horrible mostacho y su evidente tendencia a la bebida, después de todo no era un mal hombre, y sin poder evitarlo me encontré conmovido por sus palabras.

Pero, aunque me hubiese encantado que su visión se volviese realidad y que algún día pudiese encontrarme con todos ellos una vez más, sabía, en lo más profundo de mi ser, que jamás los volvería a ver.

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Es una parte oscura de la historia, la Gran Guerra. Las muertes, el hambre, pero sobre todo la división que existía entre los propios prymrianos. Era algo atroz, la forma en la que se asesinaba sin importar si se trataba de vecinos, amigos, hermanos…, solo por el hecho de pensar diferente. Era una lucha por la libertad, se dijo, una lucha por la verdad, se aseguró, pero al final resultó ser una lucha por orgullo. ¿Las hay de alguna otra clase? Ya poco queda de esa etapa, el fuego se lo comió todo; era la única forma de ponerle fin a algo que parecía no tenerlo.

Pero ni siquiera el fuego puede borrarlo todo.

Las cenizas de los muertos, la enfermedad, la desesperación y el odio tiñeron la parte sur de Prymrai, lo que hoy conocemos como Las Tierras Oscuras. A día de hoy, sigue siendo un lugar hostil, fúnebre, una tierra maldita en la que no crece nada. Y de esa misma tierra, pienso yo, surgieron los Oscuros. De los cadáveres esparcidos por el campo de batalla, entumecidos por la cruel muerte. Con la ceniza y el polvo se tintaron de un grisáceo pálido, un color desconsolado, podrido. Los ojos de los muertos, que tanto horror habían visto, se tornaron negros, incapaces de ver nada más que oscuridad. Y el odio, el inmenso y detestable odio, caló profundo en sus corazones.

Se podría afirmar así que los Oscuros son una extensión de nosotros mismos, una de lo peor de nosotros.

Malai Chanthara, Oscuros y humanos, dos caras de una misma moneda

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