05

𝟸𝟸 𝚍𝚎 𝚘𝚌𝚝𝚞𝚋𝚛𝚎 𝚍𝚎 𝟷𝟿𝟼𝟽

𝙲𝚑𝚊𝚛𝚒𝚜

"No quiere más la sílaba tardía, lo que trae y retrae el arrecife de mis recuerdos, la irritada espuma, no quiere más sino escribir tu nombre. Y aunque lo calle mi sombrío amor más tarde lo dirá la primavera".

—Pablo Neruda. Soneto XCVIII.

¡Déjame ir! ¡Suéltame! ¡No me toques!

Me levanté de un salto, con el cuerpo desnudo bañado en sudor. Recordando poco a poco los fragmentos de esa terrible pesadilla que tuve que vivir en ese abismo, mirando a cada extremo y verificando que ninguno es mejor que el otro.

«Todo comienza y termina con las personas deseando el poder y sin él, prefieren morir antes de vivir en otra realidad». No olvido sus palabras. Las escucho mientras dormía y al despertar, atormentándome, sé que aún sigue ahí sin estarlo, en mi memoria y en la de muchos otros a pesar de morir. Sigue torturándome como si le debiera algo que no pude pagarle mientras vivió.

Hasta he llegado a pensar que realmente no es mi esposo quien las provoca, como lo he asegurado en las terapias. Sino la presencia de ella, vagando en mi mente, como un fantasma cubierto de remordimientos. Alethia, ¿ya habrá despertado? ¿Evan está a su lado como me lo prometió? ¿Acaso sufre las mismas pesadillas?

Pero, más importante, ¿por qué los veo a ambos todas las noches?, como si fuera la responsable de su estado. Mi esposo muerto y mi hija en coma, ¿fue mi culpa?

Abrí un poco la gruesa cortina, tapando mis pechos con la sabana adherida a mi piel y comprobé que ya había amanecido.

Dejé de darle vueltas a la noria de mi locura para vestirme y abandonar la habitación rumbo al jardín. Siempre me sirve aclarar mi mente con el aire fresco que envuelve a la mansión en la mañana, tan clara como apacible a través de la ventana.

Es un monótono ritual después del incidente. En las pocas ocasiones que me doy el lujo de relajarme disfruto del cultivo de rosas para no sentirme holgazana. Pero, como era de esperarse debido a mi descuido, no faltó mucho para que las flores se marchitaran porque no consiento que nadie más las cuide por mí. Por eso, el único consuelo que me quedó fue la escritura ligera. Apunto distintos poemas que guardo en un cajón de mi dormitorio, junto con todo lo que le perteneció a Damian y a mí en un pasado que ahora parece distante y melancólico. Un ayer que me permite rememorar que una vez estuve realmente viva.

Saludé a una de las mucamas con un gesto de cabeza cuando me la topé en el camino. Por su parte, ella me observó, conmovida. Se compadecía de mi rostro acabado por el cansancio físico y mi alma destrozada por el tiempo, en contraste a ella, que era joven y llena de sueños. Como me gustaría arrancarle esa expresión de su rostro flaco.

No comprendía que este sería el final de una mujer como yo. Después de años de forjar una fachada de una persona lo suficientemente fuerte para criar a tres hijos sin limitaciones económicas ni de estatus, verme desmoronándome también me inquieta a veces. Sin embargo, no me queda más que los recuerdos de mi hija, las dudas sobre la salvación y otros romanticismos como la resurrección.

"Acostada sobre el arrullo

de una voz joven y vibrante.

Llamando a la nada,

creyendo en todo.

Salvándose a sí misma

y destruyéndose en el proceso.

Saboreando en sus labios el dolor de perder,

y recordando una realidad que no pudo devolver..."

—Mamá.

Levanté la cabeza, aturdida.

Mis ojos aún estaban muy agotados como para evocar correctamente su rostro, pero ese cabello y la forma borrosa de su cara... Se parecían tanto a ella que hacía que mi amor se desbordara con fuerza. Alethia, ¿lo oyes? ¿Escuchas a mi corazón queriendo saltar de mi pecho?

Parpadeé varias veces para terminar comprobando que mi cabeza había jugado conmigo. Cómo me gustaría seguir viviendo esa mentira junto a mi hija.

Mi percepción del espacio y el tiempo a veces son trastornadas e imprecisas. Eso me lo advirtieron antes, y ahora comprendía lo que la superstición no me dejó ver, porque recordé que Alethia se había graduado hace seis años y desde entonces se dejó crecer el flequillo.

Entonces vi a Daphne frente a mí, radiante. Con sus ojos castaños fijados en los míos y su uniforme de la escuela tan pulcro como su cabello. Su pelo es tan corto que solo roza sus hombros y los mechones de mi niña le llega al busto, pero su parecido con su hermana nunca me deja de asombrar.

—Veo que tuviste otra pesadilla esta noche —Daphne se sentó cerca, en el pasto, conservando su distancia. Cuando lanzó su maleta a unos metros de distancia noté que es la que usa cuando va a practicar arquería así que, ¿estamos a miércoles o jueves? No, viernes, tal vez. Ella suspiró—. A estas alturas, no sabes si es mejor estar lucida, o no estarlo.

De repente, unas imágenes de drogas y alcohol se me pasaron por la cabeza.

—¿A qué te refieres?

Alzó sus manos, en signo de ser inocente.

—¡Tranquila!, solo quiero decir que no se sabe si es mejor estar dormida o despierta —aclaró, tomando una pequeña rama de las que rodeaban las suelas de sus zapatos de chal y dibujó formas en la tierra. Quise reprenderla porque tendría que cambiarse el uniforme, pero me reprimí—. Yo creo que preferimos creer que esto es un sueño, antes de volverlo nuestra realidad.

«... Antes de vivir en otra realidad», recordé.

La miré, mientras doblaba el papel con prisa y, por un segundo, pude verlo. Allá, escondido, en sus ojos, su mirada cálida pero engañosa tras esos labios divinos, como si hubieran sido dibujados con el mismísimo pincel de Dios. ¿Cuánto dolor habrán provocado esos preciosos dientes?, ¿por qué sentía remordimiento cuando la veía?

Ella tomó mi mano con fuerza, como si quisiera arrastrarme de nuevo a la realidad, a su lado. Y yo, ingratamente, no podía evitar comparar su mano con los dedos esqueléticos que tenía Alethia cuando la vi por última vez.

—Madre, me preocupas. Me informaron que has comido poco estos días.

—Lo sé, cariño.

Tal vez por la vanidad fue que escondí mi rostro y miré a otro lado.

—Recuerda que mi hermano sigue en el hospital. Él se encarga de avisarnos si algo sucede.

Su tono era tan dulce y grato que parecía que temiera que yo, con un suspiro, podría volar.

—Eso también lo sé.

Agarré su mano con la poca fuerza que me restaba.

Me dolía haber dejado el hospital, al menos allá no tenía tiempo para dormir y padecer estas terribles pesadillas. Además, podía tocarla y arreglarle el cabello cuando llegaran las enfermeras y los doctores. Para que la vieran tan hermosa como yo la recuerdo.

—Entonces, ¿por qué sigues así incluso después del salir del hospital?

No quise responderle.

Miré al cielo, recordando cómo se sentía verlo con otros ojos. Unos más puros, más cautos y seguros, no con la misma capa de tristeza que hoy los nublan. Luego observé a mi ropa, tan apresurada por ponérmela que no me había fijado que estaba al revés y, por último, mis manos, demacradas por el paso del tiempo, arrugada entre la piel seca. Y de nuevo, evoqué los dedos de Alethia y todos los cables que se desprendían de ella.

Entonces comprendí que una parte de mí, no, todo mi ser aún estaba en esa fría habitación del hospital. Sentada, al lado de su cama, desabrigándola en las tardes calurosas. Por eso, aquí hablando con Daphne, solo estaba mi cuerpo que respondía mecánicamente.

—Es que acaso, ¿tú no te sientes de la misma forma?

Le siguió una calma que me dio tiempo para culparme por lo ausente que estaba. Daphne entrecerró sus ojos. Parecía a punto de llorar, pero su expresión la escondía parcialmente su flequillo. Soltó mi mano para levantarse con cuidado del pasto, arregló su falda y, recogiendo su maleta de forma descuidada, me dio la espalda.

—Por supuesto que sí. Es mi hermana después de todo. Pero, para ti, nada de lo que hago es suficiente —hizo una reverencia—... Si me disculpas.

Ahora mi cuerpo no respondía.

La miré de nuevo y la forma en que se alejaba. Con su espalda recta y sus piernas largas y frágiles, como si el viento la arrastrara. Luego observé el suelo. Noté que había olvidado una pequeña libreta y la llamé. Pero el sonido rebotó entre la puerta cerrándose y sus pasos dentro de la casa.

La recogí, limpiando el resto de tierra que tenía y encontré a su lado el pequeño dibujo que había grabado en la tierra. Simple: con dos ojos alargados y una sonrisa que se extendía a la mitad de su rostro.

Su partida me dejaba una sensación tan melancólica que me desorientó. De todos modos, aunque su personalidad se parecía a la mía, mi dulce Daphne siempre fue más sensible que yo. Lloraba durante horas enteras cuando apenas era un bebe cuando Alethia y Evan tenían que ir a clases. A su padre le molestaba su llanto desgarrador.

Las mucamas bromeaban con que iba a inundar la casa con sus lágrimas, pero nunca sucedió. En cuanto ellos llegaban a la casa, Daphne volvía a brillar y se carcajeaba, como nunca lo hacía conmigo. Ella, por supuesto, no lo recuerda y no la he visto llorar desde entonces. Mi hija no es capaz de mostrarse vulnerable frente a mí cuando yo debería de estar ahí para secar sus lágrimas, y en cambio estoy aquí en mi jardín muerto, lleno de incertidumbres. Generándoles más preocupaciones de las que deberían tener a su edad.

Me sentía sola, como en mis pesadillas. Prometí, muchas veces, evitar que Daphne tuviera la misma formación de sus hermanos ya que solo los aleja de mí. Pero la vi tan fuerte, tan responsable e independiente que pensé que ya no me necesitaba, y repetí el mismo error, con cada uno de ellos.

—Como me gustaría que estuvieras aquí...

Con un suspiro bastó para imaginarme lo que se sentía tenerlo cerca. Su compañía es tan dulce que incluso, después de la muerte de mi esposo, no podía dejar de pensar en él.

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