04

𝟸𝟷 𝚍𝚎 𝚘𝚌𝚝𝚞𝚋𝚛𝚎 𝚍𝚎 𝟷𝟿𝟼𝟽

𝙰𝚗𝚜𝚎𝚕

(𝙿𝚛𝚎𝚜𝚎𝚗𝚝𝚎)

Apenas alcancé el umbral de la puerta cuando un zumbido chillón me puso los pelos de punta.

—¡No está respirando! —Un hombre vociferó. Llamando la atención de la enfermera que caminaba afuera— ¡Traedme eso!

Con prisa, la mujer entró súbitamente en la habitación golpeando mi hombro para conducir una caja extraña llena de cables al lado del hombre con bata. No fui capaz de ver lo siguiente luego de que la puerta se cerró en mi cara.

Qué alivio que pude volver a agarrar equilibrio en poco tiempo. Aunque ni una disculpa recibí.

Los segundos siguientes se convirtieron en interminables minutos hasta que el tiempo se confundía en años desde que Alethia había sufrido una falla respiratoria. Retorcía el lapicero entre mis dedos tratando de escurrir entre mi mente. Todo se podía resumir a este momento y yo no tenía otra distracción para matar el tiempo más que sumar al azar los números de las placas de las habitaciones contiguas.

Eso sí, a pesar de que llegaron algunas ideas de la forma perversa y fría de su comportamiento, eran cuestionadas solo por recordar su rostro. Tan débil y pálido bajo a la luz: como la cáscara de un huevo.

A pesar de todo, continuo con mis dudas sobre lo que ella cree o creía correcto. Más, después de mi corto contacto con ese hombre, Abel, unas horas antes.

¡Impresiona cuánta pena produce!, imaginar la cantidad de personas logró engañar solo con su carita angelical... Me repugna. En especial, siendo parte de esa familia llena de megalómanos.

No tenía nada en contra de ellos antes, aunque ahora es comprensible mi desconfianza.

Pero, a pesar de todo, mi deber es mantenerme imparcial y no dejarme llevar por mis emociones, como antes. Pues aquí necesito permanecer atento al momento en que ella despierte y escuchar lo primero que tenga por decir, lo que podría ser cualquier cosa: como un lamento, una risa o una confesión. Una cuestión tan impredecible como su vida entera, la que ahora pende de un hilo.

Entonces, la perilla comenzó a estremecerse y detrás de la puerta salió un doctor de aspecto confiable, seguido de la enfermera casi pegada a su espalda, que se dirigió a mí con una apenada y torpe reverencia. Ambos se confundieron entre todo el personal, después.

Su silencio no me dice nada, pero tampoco escucho a nadie llorar. Si alguien murió, esa es la única reacción lógica, ¿no?

Hasta que salió el chico de la habitación con cara de alivio, no pude asegurar nada.

—Detective.

Me saludó, como rutina.

—Evander.

Sabía que alguien estuvo cerca de ella durante todo el proceso. Pero me divertía adivinar quién había sido el suertudo que le tocó vivirlo.

Sin embargo, eso no disminuyó la inquietud de que fue, precisamente, él.

Aclaré mi garganta mientras maldecida a todos los dioses que se me ocurrieron. Odio verlo a los ojos, me cuesta y me atormenta el dolor el cuello después. Por otra parte, el muchacho que debía medir más de un metro con ochenta centímetros, parece tenso. Quiere una explicación.

—Vieron a tu hermana abriendo los ojos esta mañana y vine lo más rápido posible —le aclaré, y aproveché para mirar a la habitación—. Espero que no sea una molestia que me quede aquí un rato. Al menos hasta que Alethia vuelva a despertar, se encuentre lúcida y pueda darme una declaración sólida sobre lo que sucedió el doce de octubre.

Él soltó una risa amarga, como si no lo pudiera creer y se cruzó de brazos, enderezándose, exponiendo la gran diferencia de estatura, girando la mitad de su cuerpo para revisar la cama como si temiera que ella volviera a sufrir otro ataque en cualquier minuto.

¿Su plan es intimidarme?

Parecía estresado, más de lo que estaba hace dos días: los hombros tiesos, su flequillo rubio que llevaba tiempo sin cortar, bolsas debajo de sus ojos, labios pálidos, con la clásica camisa blanca de botones arrugada y un lado más alto que el otro. Pero, a pesar de eso, se esforzó por verse amenazante en señal de desconfianza. Admirable, casi para aplaudir.

—Vino justo después de que el otro chico muriera. Curioso, ¿no?

Cuando lo dijo, no me miró, sino que se apoyó sobre el marco de la puerta. Insensible. Sin embargo, pude notar que tenía demasiadas cosas en la cabeza como para concentrarse en lo que escupe su boca.

Se pasó una mano por la frente suspirando, como si le doliera.

—Mire, detective. Sé que piensa aprovecharse del estado de Alethia cuando despierte porque todo va a ser confuso para ella. Pero probablemente ni siquiera recuerde algo. Es una posibilidad que propuso el doctor —volteó a mirarme para darle peso a sus palabras—. Incluso, tendremos que explicarle algo que podría provocarle un estado de shock.

Por respeto a lo que acabó de suceder, (y porque yo también estuve envuelto en la misma situación hace unos años) fue que le permití terminar de hablar antes de cuestionarlo.

—Así que fuiste a ver al chico que estuvo con ella en el accidente... De nuevo.

Eso bastó para que las mejillas de Evander se encendieran y la barrera que nos separaba se hundiera unos cuantos centímetros. Suficiente, para transportarnos a un pasado que no era tan distante.

«... Habitación 102. Lo seguía repasando en mi mente.

No es ni un número impar ni un numero primo. Es un numero compuesto, que si lo sumas da tres. 102. Ni 101 ni 103.

Evander caminaba a mi lado. Daba pasos cortos y lentos, como si temiera tropezar. Noté que estaba inquieto.

Luego de que me retiré esa misma tarde él se acercó preguntándome, en un susurro, si iba a ver al joven que iba con ellos en el auto, y yo no pude negarme. En ese momento no me preocupó entender porqué sabía que planeaba visitar la habitación de él. Me dejé llevar por ver como se desenvolverán las cosas y aquí estamos.

Supuse que ningún doctor le permitió verlo por su cuenta al no ser un familiar ni tener permisos, como yo. Y la curiosidad lo comía por dentro.

O al menos,

eso quería aparentar.

—Ahí está.

El enfermero señaló cuando llegamos.

Se veía como un cuarto común de hospital, con flores (algunas marchitas y otras frescas), globos parcialmente desinflados flotando en el techo para desear pronta recuperación y un ventanal donde entraba toda la luz del sol al alcanzar el ocaso.

Lo compartía con otros dos pacientes y sus respectivas familias. Todos, separados por una delgada cortina larga y azul. Claro que no fue difícil encontrar el único hombre aislado en la habitación. Yo tuve el impulso de entrar, pero entonces el enfermero puso su mano en mi pecho, a modo de barrera, y me obligó a retroceder.

—Estamos haciendo todo lo que está a nuestro alcance, se lo aseguro. Pero en este caso no les puedo permitir que pasen a través de aquí. Lo lamento.

Solo podía ver sus pies, escondidos en esa sabana que se veía tan delgada. ¿Acaso tiene frio? Todos los días ¿De verdad hacen todo lo que pueden? No, si lo estuvieran haciendo, él ya estaría despierto.

Contra todo pronóstico, Evander fue el primero en hablar.

—Por favor, manténganlo vivo —murmuró—. No se preocupen por el dinero, nosotros cubriremos todo. Tan solo... Sálvenlo.

Tanto el enfermero como yo nos quedamos observándolo por un instante. Ahora, cada uno, con una diferente perspectiva de ese joven rubio y arrogante en comparación a cuando entramos.

Sus ojos estaban apagados cuando antes se encontraban audaces, y el ceño de su rostro demostraba lo ensimismado que estaba en su cabeza. Parecía genuinamente afligido, como si pensara en Alethia cuando sus ojos encuentran al muchacho. Como si de verdad sintiera ese dolor que dibuja su cara.

¿Qué hace un niño bonito, hijo de mamá, envuelto en esto?

—Por supuesto, señor. Nosotros lo intentaremos.

El enfermero nos enseñó la salida con amabilidad.

Lo imaginé estremeciéndose por el frío y la soledad, una y otra vez y eso, al parecer, nos rompió el corazón a los dos».

Bueno, supongo que una reacción tan humana e ingenua si se puede esperar de un chico como Evander, a diferencia de su hermana, Daphne, que actúa con como si todo esto fuera un chiste que armaron para fastidiarle la semana.

Él, por otro lado, parece demasiado asustado como para funcionar con malicia. Es un cachorro abandonado en plena calle de una capital.

Por obvias razones, no quise volver a tocar el tema anterior. Mucho menos la parte donde su hermana estuvo a punto de morir. Debo ganarme su confianza.

—Supongo que estabas con Alethia en la mañana —él asintió— ¿Le avisaste a tu madre que ella despertó unos segundos?

Evander formó un recorrido por su nuca. Repitiendo ese gesto de abajo hacia arriba, un par de veces. Cerrando los ojos como si estuviera lo suficientemente cansado para quedarse dormido ahí, parado frente a mí.

—No lo recuerdo bien. Digamos que ya lo hice.

Suspiré.

—¿Qué dijo tu madre? ¿Va a venir?

Bajo la máscara de su mudez, observó la ventana de la habitación donde el sol se encontraba casi en la misma posición que en la tarde de ese día cuando iluminaba, también, la habitación de él.

—La mente de mi madre está agotada, necesita tiempo para recuperarse. Además, fue mi hermana quien me contestó la llamada —aclaró—. Los dos acordamos que no le contaríamos nada de esto a mamá mientras ella se encuentre así —hizo una pausa por unos minutos. Abriendo sus ojos y agravando su ceño—... Espere. ¿Cómo supo que mi hermana había despertado?

Demoró bastante en preguntar.

—El hospital me informó —contesté, con seriedad. A decir verdad, más de lo que me hubiera gustado y enseguida me incomodó el silencio que se formó entre nosotros. Inevitable. Así como el impulso de seguir interrogándolo—... De verdad, ¿no le parece sospechoso?

Él arrugó su nariz, clavando las uñas en la piel de sus brazos, como si en el interior de su mente dudara de ella y le molestara hacerlo.

¿Acaso hiere tu orgullo sospechar de ella después de estar a punto de ver su muerte?

—Usted y yo sabemos que en el auto había tres personas. Una era su hermana, otra era su padrastro y la última, un miserable muchacho que murió, sin identidad —enumeré—. Pero ahora hay cosas más importantes por aclarar, como el mismo hecho que solo Alethia sobreviviera. ¿Eso no lo hace dudar? ¿Ni siquiera un momento...? No piensa, en todo el día, ¿qué esconde su hermana?

—Ninguna de esas muertes fueron su responsabilidad. Ella no estaba tras el volante —defendió. Sin atreverse a mirarme a los ojos—Ni siquiera es su culpa que siga viva...

—Son los doctores quienes la mantienen viva —le interrumpí, dándole la razón—. Los mismos médicos que no le dieron la atención que merecía el muchacho. Por eso murió. ¿Lo sabía? Lo atendieron con apenas esfuerzo y no dispusieron de todo lo que estaba a su alcance, solo hicieron lo que les convenía hacer, y usted, más que nadie, se siente culpable por eso. ¿Por qué?

Otro silencio. Parecía que nos habíamos trasladado a un lugar lóbrego donde solo había espacio para una sola persona y él, ya se estaba derrumbando. ¿Por qué lo sabía? La reacción de su cuerpo es suficiente para deducirlo. Se estremece, como un papel en una ventisca.

—Es imposible que sea un asesinato, fue un terrible accidente camino al hospital. No trate de darle más vueltas al asunto.

Bingo.

Callé lo que tenía por decir. Tal vez en respeto o por mera burla, mientras sonreía cabizbajo.

Probablemente, si es cierto lo que su madre decía y me aprovecho de las personas en un estado tan delicado. Pero, ¿qué más me ha enseñado el tiempo, para conseguir lo que quiero, aparte de eso?

—Así que usted sabía que el auto pensaba dirigirse a un hospital —repasé—... ¿Por qué no me lo había dicho antes?

Este es mi trabajo de todos modos. En especial, si voy tras la pista de un culpable que piensa que toda su artimaña sigue siendo un secreto.

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