IV

La pantalla al frente de mí parpadea. Sé que alguien se refugia tras la puerta, pero no quiere dar la cara. Vuelvo a oprimir el pequeño botón para llamar la atención del inquilino, el monitor se enciende del todo y muestra el rostro de un niño pequeño.

Suspiro con una sonrisa. Es habitual que en estos apartamentos se encierren, quizá por el temor a las pandillas, entre otros obstáculos. Por ende, hay monitores colgados en las puertas, que parecen ser los recibidores, los que son el timbre, pues tienen una cámara que prevé si es alguien malo o no tras la madera sucia. También, nunca te abrirán la puerta, por algo utilizan dicho sistema.

—Soy de PC[1]. Necesito hacerle algunas preguntas.

—Mi madre no está en casa —resopla. Sus ojos dicen todo lo contrario.

—¿Cuántos años tienes, pequeño? —Esta pregunta tal vez sirva para entrar en confianza.

—Ocho, pero pronto tendré nueve.

Me toco la barbilla. —No deberías vivir en un lugar como este —suelto sin pensar. Me muerdo la lengua, el niño ahora desconfía más—; sé que su madre sí se encuentra en casa…

—Está con su chulo, y no quiere distracciones…

¿Chulo? Joder, ¿un niño tan pequeño cómo va a saber eso? Me acerco un poco más a la pantalla, intentando ver más allá de su delgado rostro.

—Está bien. —Alzo las cejas, pues alguien acaba de moverse tras él. Es mejor dejarlo en paz—. Muchas gracias por su amabilidad. Hasta luego.

No me responde. El monitor deja de iluminar, alguien apagó la conexión. Mejor me alejo, o sino el niño pagará por mis consecuencias. Además, no puedo irrumpir en el apartamento sin una orden.

Ya van quince habitáculos que he revisado. Diez de ellos en donde obtuve respuestas, con palabras amargadas y sin saber exactamente qué responder, y cinco en donde los inquilinos no estaban o tal vez me ignoraban.

Retrocedo rumbo al pasillo tres, en donde las habitaciones se numeran del veinte al treinta. Colt y yo decidimos entrar primero a este edificio, lleno de mini casas; digamos que es un hotel que no pasa la primera estrella. Tacho en mi libreta los pisos que he visitado para no volverlo a hacer. Será una jornada muy larga, a lo seguro vamos a amanecer interrogando. En las noches hay más actividad que en el día… son nocturnos.

Inspecciono la residencia 23, no hay pantalla y la puerta está semiabierta. Inclino el rostro en busca de algún indicio sospechoso, sin embargo, no hay nada. Me adentro en la habitación soltando un bufido… Colt se me ha adelantado.

—¿Qué has encontrado?

Su mirada vuela a la mía. Sigue tocando el suelo mientras está de rodillas.

—El propietario al parecer se fue y de manera accidental dejó su hogar abierto.

Me acerco para observar mejor lo que hace. La alfombra está manchada, pero no de sangre, puede que sea aceite por el fuerte olor que desprende. Se endereza con un suspiro.

—¿Cuántos has interrogado?

—Diez —replico—, los otros cinco no estaban. Y ¿tú?

—Veinte, todos fueron amables… aunque, parecían asustados. —Sus ojos brillan cuando la bombilla en lo alto de su cabeza se tambalea.

—¿En qué sección estuviste?

Él me agarra del brazo para sacarme de la estancia. Bloquea la puerta sin mirarme.

—Pasillo cinco. Allá las aves tienen sus nidos. Puedo decirte que es el lugar más sucio de aquí.

Frunzo las esquinas de mis ojos. Algo anda mal.

—Entonces, ¿qué haces aquí? Se supone que deberías estar allá…

—Vine a buscarte.

Me muerdo el interior del labio, con las cejas casi juntas. No cuela.

—¿Cómo sabías que yo me encuentro aquí?

Su mirada relampaguea y sin querer, estoy agarrando una cuchilla sin que se dé cuenta. Este comportamiento por parte de él lo ha tenido desde que salimos de la oficina. Ha estado ensimismado, callado y pensativo… y eso me ha puesto con las luces rojas, en total alarma.

—Recuerda que tenemos GPS. Con tan solo revisar mi brazalete podré saber tu ubicación. Recuerda que instalaron aquello por si había algún peligro.

Me desinflo. Tiene la razón.

Despejo mi mente, avergonzada por el cómo actué.

—Perdona. He estado quisquillosa últimamente.

—No te preocupes. —Algo en la profundidad de luceros me mantiene aún nerviosa. ¿Qué me estará ocultando?

—En fin —musito—, seguiré interrogando. Nos vemos en el punto de encuentro.

Me giro sin querer estar más a su lado. Mis vellos empiezan a poner como estaban antes, algo anda mal, y mi organismo lo sabe más que bien.

❂❂❂

—Soy de PC. Necesito hacerle unas cuantas preguntas —contesto, con la monotonía grabada en mis sesos.

El monitor pita junto al candado siendo quitado. Aunque es una señora de edad, tiene más cojones que el pre-adulto que me encontré hace unos minutos.

—Buenas madrugadas, muchacha… —Me agarra de la mano sin yo habérsela dado. Desprende mucha confianza—. Adelante, siéntase como en su casa, ¿desea algo de tomar? —Niego con la cabeza, tanta confianza no es buena, es peligrosa.

—Señora, ¿ha visto o presenciado algo extraño últimamente?

—Todos los días, querida. Es normal aquí.

Se sienta como si nada en su silla mecedora. Yo prefiero seguir en pie, con el ojo puesto en todo el lugar… por si las moscas.

—Pero, he visto mucho a un hombre con gabardina casi todas las noches.

—¿Gabardina?, ¿de color negro?

—Sí, siempre pasa por aquí a eso de las dos.

Vuelvo a arrugar las cejas. La policía a esa hora no se encuentra tan activa, entonces el individuo puede ser, sin duda alguna, el sabueso, porque conoce el horario que manejamos y a qué hora poder hacer sus delitos.

—¿Sabe usted si sale de algún apartamento…?

Asiente con su cabeza, estirando sus arrugados labios. Me encontré con una cotilla que me servirá demasiado.

—Del 53, lo he visto a través de la mirilla salir de él.

Es el apartamento de la esquina, cruzando el pasillo. La señora tiene muy buenos ojos.

—¿Ha visto algo más… sospechoso?

—Pues la forma en como oculta su rostro, si fuese un inquilino “normal” no sería necesario que oculte su cara como un delincuente.

—Sí, usted tiene la razón. —Me apoyo en la pared—. ¿Lo ha visto teniendo nexos con algún vecino?

—Claro que sí, con la jovencita del apartamento 68.

Anoto mentalmente las nomenclaturas.

—¿Los ha visto hacer algo extraño? —Me va a dar un patatús de tanto repetir “visto”, pero la situación lo requiere.

—Muchas veces.

Aprieto los dientes, sus respuestas tan cortas no me sirven del todo. Me quito el guante y a la señora se le iluminan los ojos como faros.

Alzo una ceja. —¿Me permite…?

—¡Adelante! Quiero saber cómo se siente que se metan en tu mente.  —Parece una pequeña, y aquello me contagia su nostalgia.

Me acerco sin titubear. Poso la mano en su mejilla fría mientras cierro los ojos al igual que ella. Y ya está, me encuentro cayendo en un abismo.

❂❂❂

Caigo rodando en césped amarillo. El cielo es rojo con violeta, demostrando que la mente de la vieja señora aún es la de un niño. Me levanto tambaleante, es un bonito prado el que me rodea; las flores desprenden hologramas mostrando sus memorias, es… agradable.

Exploro entre el montón de girasoles algo bueno, hasta que lo encuentro. Observo la pantalla por unos segundos antes de sumergir mi mano en ella. Entro en la memoria, más bien en los ojos de la mujer. El pasillo está desolado, pero una presencia fuerte lo invade.

De repente aparece él, con la cabeza gacha y con una jovencita con los cabellos de todos los colores posibles, que lo sigue sonriente, abrochando su camisa. Tuvieron una buena sesión de sexo con algo más. Ella dice algo, haciendo que el sabueso se detenga, para luego agarrarla del cuello, alzándola con un gruñido.

Aprieto los dientes por no poder escuchar nada. Algo, quizá una mínima palabra lo hizo enfurecer, pero ¿por qué? Jadeo cuando la suelta, ella se vuelve sumisa y sigue su espalda. Giran en el otro pasillo, perdiéndose del todo. Con una maldición salgo de esa memoria y me traslado a las rosas.

Me extraño al ver una creciendo, ¡bingo! Es una memoria reciente. Sonrío al entrar en ella, pero resbalo cuando lo hago, impidiendo que entre del todo. Miro el cielo que se nubla, algo está sucediendo fuera de su mente.

—Mierda, no…

Empiezo a buscar mi fuerza de voluntad. Estoy que me quedo atrapada en esta mente, grito cuando el mundo se tambalea. Empiezo a respirar agitada, buscando alguna forma de salir. Me pellizco los brazos para hacer reaccionar el sistema nervioso de mi cuerpo, enviando choques a mi cerebro que hará lo posible para que vuelva en sí. Me golpeo la cara con el puño, el dolor empiezo a sentirlo. Estoy despertando.

Despego los parpados con un gemido y siento mis ropas mojadas. Estoy en el suelo, con una alfombra que antes era beige que ahora es vinotinto. La vieja mujer está inclinada a mi lado, jadeando por aire. La han herido mientras me encontraba enterrada en su cabeza. Me levanto como un resorte para auxiliarla, sin importar que el hedor a hierro impregne mi nariz.

Le han disparado en un pulmón, pero ¿por qué no me atacaron a mí?

—Tranquila, llamaré a una ambulancia… no se agite, cálmese, por favor.

Se ahoga con su sangre. Le chillo a los sanadores por medio de mi brazalete, les pido a gritos que vengan hasta que me comunican que ya vienen para acá cuando les doy las coordenadas exactas.

Le golpeo el pómulo para que sus ojos conecten con los míos.

—¿Quién lo hizo?, ¿alcanzó a ver algo?

—Una silueta —gimotea—, alta y oscura —tartamudea, perdiendo sus fuerzas con rapidez.

—Vamos, mantén tus ojos en mí… no los cierres —ordeno con los labios trémulos. No perderé otra vida entre mis brazos, me niego a hacerlo.

Rujo perdiendo los estribos. La zarandeo para que no se duerma.

—Cuando era pequeña, mi hermano y yo siempre nos escabullíamos de la escuela, porque nos aburría —argumento en un hilo de voz, atrayendo su cansada mirada. La puedo mantener despierta contándole un pedacito de mi niñez, mientras le hago presión a la herida—, una vez nos fuimos al parque de diversiones, pues mi hermanito había reunido suficiente dinero para montarnos en los carritos chocones. A pesar de que nos ganamos un fuerte regaño, eso no quito nuestra felicidad…

—Yo tengo nietos —interrumpe en un jadeo. Aprieto la mandíbula, ahuyentando las ganas de soltar lágrimas. No soy inmune ante una persona que está perdiendo su vida—, y una vez me hicieron algo similar. Casi me da un infarto —ríe, con ese líquido salado deslizándose hasta sus sienes.

Oigo las alarmas de la nave de los sanadores. La cargo con las piernas sin cesar de temblar, no es pesada, es demasiado liviana.

—Dime más, vamos, debes de estar despierta mientras te llevo —la animo.

Los vecinos empiezan a asomarse, oliendo el chisme, mientras cruzo el pasillo rumbo a las escaleras.

—Mis hijos son muy dedicados a su trabajo…

La oigo, no despego la oreja de sus anécdotas. Un ayudante se me acerca y deposito a la mujer en sus brazos; ella no despega sus ojos de mí.

—Me llamo María, como la virgen —carcajea. Sonrío, dándole más ánimos para que siga despierta, más viva que un colibrí.

❂❂❂

—Gracias por su eficaz atención —digo a la mujer que chuza el pálido brazo de María, para poder ponerle la intravenosa.

La han controlado; a la sanadora no le importó trasladar parte del dolor que sufría la anciana a su cuerpo, solo quiso verla mejor sin importar que estaba atentando contra su propia vida. A esto se le llama tener tetas de acero y muy buena valentía.

—Menos mal mi unidad estaba cerca, agente. —Me otorga una mueca tranquilizadora—. Nunca había visto a una detective preocuparse por una persona que no fuera ella misma.

—Quiero reducir las muertes que han pasado por mi alrededor —murmuro.

—Es entendible, agente.

—De nuevo, muchas gracias. Me quedaría, pero tengo trabajo qué hacer… encontrar al culpable de esto. —Me bajo de la nave de un salto—. Por favor, cuídela, y manténgame informada.

❂❂❂

[1]Policía civil.

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