V

Catalina.

Aparco la merú unas cuadras antes del callejón. Tengo los pelos de punta porque realmente no sé a qué me estoy enfrentando. No tengo armas, ni manera de pedir refuerzos, solo somos las pacas de dólares que traigo en el bolsillo y yo.

Júpiter me colocó una cámara que diseñó con forma de lente de contacto, que le permitirá ver lo mismo que yo. Tengo un GPS escondido en el nacimiento del cabello y ya, los dos aparaticos no son muy útiles que digamos.

Apago el motor, me guardo las llaves en el bolsillo del pantalón de lana y comienzo a caminar, recordándome mantener la mente abierta porque no sé con qué cosas podría encontrarme.

El aire es fresco, apenas son las siete de la noche, pero las calles están solitarias. Las luces naranjas de los faroles son la poca iluminación con que cuenta la calle.

El cielo azul marino está repleto solo de nubes, es una de esas noches donde no hay estrellas y la luna se oculta entre las masas visibles suspendidas en la atmósfera.

Camino hasta el contenedor que me indicó Natasha y me quedo de pié frente a él unos segundos antes de hacer las señas que Júpiter me indicó.

Hago acopio de mi valentía para no rectroceder cuando el contáiner se hace a un lado, mostrándome unas escaleras de cerámica blanca.

Las bajo con seguridad, cualquier paso en falso podría costarme la vida. Giro la perilla de una puerta de madera blanca y entro a un pequeño espacio con un estante a la izquierda y otro a la derecha. El de la derecha contiene cestas de plástico, de esas que dan en los hospitales. Y el de la derecha tiene cosas desechables, de esas que se necesitan para entrar a un quifófano.

Bienvenida al internado de cuidado femenino— habla una voz femenina por unos parlantes, parecida a la de una operadora—. Por favor, despojarse de toda prenda y colocarse vata, gorro, guantes, cubrebocas y zapatillas desechables — indica—. Por último, aplicarse gel antibacterial y oprimir el botón rojo que se sitúa a un lado de las puertas de metal.

Sigo las indicaciones y en menos de tres minutos ya estoy como lo demanda la voz de los parlantes. Aprieto el botón y las puertas de metal se hacen a un lado, mostrándome un largo pasillo color celeste. Al final, hay una mujer de unos cincuenta años esperándome, camino hasta ella. Tiene pantalones capri solor salmón, tacones de plataforma beige y camisa de botones de manga larga color beige también.

—California Bundó— me saluda con la mano estirada.

—Catalina Fermín— se la estrecho.

Me señala la puerta con una de sus manos y paso delante de ella, hay otro pasillo con ventanas grandes como las de las salas donde van las incubadoras. Del otro lado hay otra mujer jóven repartiendo agua y una pastilla a una fila de niñas con vatas blancas que no pasan de once años.

Algunas son morenas, otras blancas, de cabello corto, rubio, pelirrojas, asiáticas, inglesas, latinas...

—Diazepam, Vitamina E y morfína en cápsulas— me dice la mujer que se parece a la tipa de Maze Runer—. Mejor conocida como DEMV.

Su voz se vuelve nula para mis oídos, ya que mi atención se centra en el poco de féminas. Hay aproximadamente treinta niñas.

Mi subconsciente me grita que me concentre y regreso mi atención a la mujer que está a mi lado.

—Las toman antes de dormir, todas las noches sin falta— agradezco que no haya dejado de hablar— ¿Qué puede hacer el ICF por ti?

Habla con tranquilidad, tanta que me asusta, actúa como si fuera lo más normal del mundo tener a chamacas presas toda su vida. Prácticamente las crían como cerdos para San Martín.

—Vengo por un rostro nuevo.

—Eso es obvio linda— cruza las manos delante de su torso—. Me refiero a qué características buscas.

—La interpol me anda pisando los talones y solo me interesa huír. Pero me gusta parecer inocente, me vendría bien lucir como una chiquilla de nueve años más o menos— le digo.

—¿Puedo preguntar?— inquiere, refieriendose a lo primero que dije.

—Oh, claro— sonrío como si me alegrara ver como drogan a las morritas—. Trabajo para Natasha Videla, pero hice un paso en falso al cerrar un negocio con la mafia irlandesa y casi me atrapan junto a ellos.

Le meto una psicosis porque a la mafia irlandesa la capturaron hace ocho semanas. Puedo dar a otros clanes mi infornación personal y la de Natasha, ya que todos la conocen por ser una narcotraficante. Solo sabemos de su doble vida los de la DHV, ni siquiera su madre y hermana tienen idea.

—¿Las niñas no pueden vernos?— me entra la curiosidad, parecen tener un chip de solo tragar la pastilla, beber agua e irse una por una a quién chingados sabrá donde.

Sacude la cabeza.

—Es una cámara Gesell— aclara—, ni siquiera pueden oírnos.

—Ah.

Comienza a caminar lo que queda del pasillo y bajamos unas escaleras que conducen a otro pasillo con varias puertas. Abre la segunda a la izquierda y enciende la luz, hay niñas durmiendo.

—Me gusta esta— señalo a una al azar.

—Martina— asiente—. Tócala si quieres, aunque la matemos no sentiría nada por los efectos del DEMV, y las otras no podrían escucharla de todas formas.

Paso saliva, no sé por qué me aterra tanto si trabajar con Natasha es como cinco veces más espeluznante que esto.

California me lleva a su oficina donde le transfiero la mitad de la suma. La cual es mucho dinero ¡No chingues! creo que con lo que vale un cambio de rostro podría acabar con la hambruna mundial, y eso que es solo la mitad.

—Trabajas para Natasha, es de suponerse que tienes buenos ingresos.

—Sí, sobre eso...— me rasco la nuca— Me preguntaba si no estaban carentes de personal, este internado es algo súper secreto y dudo que puedan encontrarme si trababo aquí— me victimizo.

—Hoy la encargada de los mandados no vino— dice—, es raro porque Dalila nunca falta. Pero si no viene más o renuncia, el trabajo es tuyo.

Le dejo mi número de teléfono y me mentalizo de que pronto recibiré una llamada suya. Natasha no mató a Dalila, pero la dañó psicológicamente, lo suficiente como para que se suicidara esta mañana.

No ha llegado a oídos del ICF porque no hay manera de que alguien se los haga saber.

Desecho el material quirúrjico en un cesto, vuelvo a colocarme la ropa con que vine y subo las escaleras haciéndole las mismas señas a la cámara para que me deje salir.

Reviso mi celular, son las once y trece de la noche, creí que duraría más. Camino las cuadras más abajo, me subo a la camioneta y conduzco a la mansión bajo el sonido de los grillos y la penumbra.

Al llegar, me quito la cámara del ojo y el GPS del cabello. Me doy una ducha con agua caliente en el baño principal y salgo envuelta en un albornoz, de camino a mi habitación me encuentro a Natasha sentada tipo indio sobre su cama, palmea un lado junto a ella para que me siente.

Está concentrada en un mapa con alfileres e hilo rojo.

—Aquí estuvo Federico hoy— me dice, señalando un punto específico.

—Las Bahamas— digo y asiente.

—Se mueve muy rápido, parece que mañana estará aquí— señala un alfiler rojo. Reconozco el sitio, es Oregon.

—Eso nos sirve de mucho— alzo una ceja.

—Sí y no— contesta mordiendo el metal de un lápiz—. En realidad buscamos a Anthoaneth, no a su marido. Esto solo nos retrasa.

—Cambiando de tema— aprieto los labios. No me gusta admitirlo porque no subestimo a las personas, pero Julieta tiende a ser una inútil muchas veces—. Sí logré entrar al ICF.

—Júpiter sigue despierto, ve a rendirle pleitesía a él.

—Pero la jefa eres tú— contesto con el entrecejo fruncido por la confusión.

—Y quien secunda es él— responde tranquila—. Cuando yo ande ocupada y no me vea capaz de cumplir con los labores de patrona, el siguiente al mando es Júpiter.

Asiento y salgo de la habitación, voy a la mía colocándome un pijama y salgo directo para la sala de interrogatorios.

Lo encuentro trapeando el piso con los cascos puestos en los oídos, los que se quita cuando me ve parada en el umbral. Nos sentamos frente a frente yo, con los dedos entrelazados sobre la mesa, y él con las palmas de las manos juntas bajo el mentón.

Solo tengo que contarle lo que hablé con California, ya que la cámara que traía como lente de contacto le permitió ver todo.

—La cantidad que pagué es solo la mitad de la suma.

—¿Exactamente como tienen a las niñas?— me pregunta.

—No me contó mucho sobre eso, solo llegué a oír que les dan una pastilla antes de dormir, contienen Morfína, Vitamina E...— hago un silencio repentino, no recuerdo bien los demás componentes— Vitamina E...

—¿Y Diazepam?— indaga con un tono serio.

—Sí, esa— trueno los dedos.

—¿Estás segura?— frunce el ceño y asiento— ¿Es DEMV?— pregunta.

—No mames, que sí— contesto—. ¿Qué tan peligrosa es la dosis como para que te pongas así?

Se restriega el rostro con frustración.

—No es por la droga— asegura—, es a lo que conlleva comenzar a atacar, a Natasha no le gustará esto— se frota la sien.

—¿Que pedo?— alzo una ceja— actúas como si no hubiesemos trabajado con drogas antes.

Le da un puñetazo a la mesa antes de levantarse.

—Quizás no lo sabes, pero nos hemos metido a la boca del lobo y solo tenemos dos opciones— suspira pesadamente—... Le desgarramos las entrañas, o dejamos que nos coma vivos a todos.

Me deja con una gran incógnita en el cerebro cuando sale de la habitación.

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