4.

4. Una enfermedad mortal.

Rodeé la casa y entré en mi habitación por el árbol que había frente a mi ventana, justo cómo solía hacer cuando era adolescente.

Mi padre estaba allí, haciendo hueco en mi armario, para que se quedasen las visitas en aquella parte de la casa, y casi se muere del susto cuando me vio aparecer en la habitación.

  • ¿por qué no usas la puerta como todo el mundo? – pregunto al borde del infarto, haciéndome sonreír, para luego sentir su abrazo. – Me alegro de que hayas vuelto, tu madre y tu hermana estarán encantadas de ver que has vuelto – afirmó, con su ingenuidad muy presente.

¿Cómo iban a estar mi madre y mi hermana felices de mi regreso?

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Cuando bajé al salón, donde mi hermana, mi madre y Tyler tomaban un té mientras hablaban de los preparativos, todos se pusieron en pie, mirándome con perplejidad, incapaces de encontrarme allí.

  • Enhorabuena por la boda – dije hacia mi hermana, haciendo que esta me sonriese, sabiendo a ciencia cierta que para nada me alegraba por ello. Y así era. Ella había jodido mi relación con mi hermano, y me había alejado de él adrede. Nunca podría perdonarla, aunque en aquel momento debiera fingir por el bien de mi familia – Tyler – saludé, para luego bajar la mirada, me dolía terriblemente verle allí, frente a mí, sabiendo que iba a casarse con mi hermana, después de todas las promesas que me hizo antaño.

Pero no podía quejarme de nada, yo siempre supe, desde el principio que él no sería para mí. Mi carácter no me permitía abrirme con nadie más que no fuese mi padre y mi hermano, y Tyler no fue una excepción.

Siempre tuve celos de mi hermana, desde que era pequeña, y cuando esta me confesó que estaba enamorada de Tyler intenté tenerlo antes que ella, eso era cierto, pero eso no quiere decir que no hubiese querido a Tyler, por supuesto que le quería, aunque no de la misma forma en la que él lo hacía, para mí, él siempre fue un buen amigo.

Creí que el ambiente que estábamos respirando nos mataría a todos, pero entonces apareció mi padre, caminando por el pasillo, junto a Caleb. Pero lucía diferente, más arreglado y me atrevería a decir que “guapo”, pues tenía la barba más recortada y aseada.

  • Caleb ya está aquí – aseguró a los presentes, haciendo que yo me preguntase que era lo que me había perdido – este año la feria del maíz dará mucho que hablar – aseguraba orgulloso - ¿quién podría resistirse a semejante premio? – bromeó.

  • Sólo me encargaré de invitar a cenar a la mujer que gane el premio – aseguraba él, quitándole importancia.

  • ¿vas a invitarme a cenar? – bromeé, haciendo que todos mirasen hacia mí. Yo era la que solía ganar aquel premio cuando aún vivía allí. Era buena recogiendo maíz.

  • ¿no crees que habrás perdido algo de práctica, Sarah? – preguntó mi madre, intentando hacerme enfadar.

  • Soy bastante persistente en lo que me propongo, madre – aseguré, divertida, encontrando su mirada con la mía, dejándome algo sorprendida, por lo incómoda que me encontraba. Pero él la quitó rápida, observando a mi padre.

Sonreí, calmada, o más bien intentándolo, tragando saliva. Intentando recordar lo mucho que odiaba a aquel tipo, intentando alejar aquella agradable sensación de mi vientre.

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Preparaba mi cama, junto a mi padre, bromeando sobre el concurso, que se celebraría, aún con los preparativos de la boda en proceso.

  • Caleb lleva años ayudándome con el concurso – aseguró mi padre, dejándome algo sorprendida con ello – creo que lo hace para salir de su casa en esa época.

  • ¿tiene problemas con sus padres? – pregunté, despreocupada, sin poder demasiado empeño en tapar aquella curiosidad, de la que ni siquiera me había dado cuenta.

  • Es difícil para él después de lo que le pasó a Sally… - comenzó, haciéndome levantar la cabeza de la cama, de pronto, recordando a su bonita hermana Sally, de cabellos rizados, mucho menor que él - … Se marchó por estas fechas, dos años después de que lo hiciese Aaron – mi corazón se detuvo, y la pena invadió mi cuerpo, provocando que mis lágrimas irrumpiesen por mi rostro, al acordarme de mi hermano mayor – Sarah – me llamó, al percatarse de lo que había conseguido – oh, nena, lo siento tanto, había olvidado que no estuviste aquí cuando el cáncer se llevó a tu hermano.

  • ¿podemos cambiar de tema? – pregunté, mientras me limpiaba las lágrimas, intentando volver a la normalidad.

Comprendía perfectamente por lo que Caleb estaba pasando, entendía perfectamente que quisiese marcharse de su casa, estar lejos cuando el aniversario de la muerte de su hermana se acercaba. Yo me sentía justo igual.

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