Capítulo 2

Leonardo llevó a su amigo, Lorenzo, directo a la habitación de huéspedes. En el camino le dio un resumen de lo sucedido. Si su amigo se sorprendió de que había llevado a una completa extraña a su casa, no lo mostró. Ni siquiera le preguntó el por qué no la había llevado a un hospital.

Ambos entraron a la habitación y Lorenzo colocó sus cosas a los pies de la cama antes de comenzar a evaluarla. Pero cuando estaba por comenzar lo miró y alzó una ceja interrogante.

—¿Piensas quedarte así? Deberías cambiarte si no quieres terminar enfermo.

Leonardo lo miró extrañado, a un principio sin saber a qué se refería. Luego se miró de pies a cabeza y cayó en cuenta de que aún estaba con el torso desnudo y el pantalón húmedo. Había estado más pendiente en ayudar a la mujer que, por segunda vez en lo que iba de la noche, se había olvidado del estado en que estaba.

—Volveré en un segundo —dijo antes de ir a su habitación a cambiarse.

Se acercó al armario y cogió una polera y un pantalón de franela. Se cambió en cuestión segundos. Se aseguró de haberse vestido adecuadamente antes de volver a la habitación de invitados.

Lorenzo aún estaba revisando a la muchacha cuando regresó. Esperó que el terminara lo que estaba haciendo antes de hablar.

—¿Cómo está ella? —preguntó con la mirada fija en la muchacha. Vio que un poco de color había regresado a su rostro. Eso debía significar un buen signo.

—Sus funciones vitales están estables. Pero está deshidratada, necesita beber líquidos tibios y comer algo. Si pasó demasiado tiempo bajo la lluvia, puede que haga fiebre durante el transcurso de la noche o de la madrugada, en tal caso le darás la pastilla que te voy a dejar. Debes vigilarla por lo menos hasta que amanezca. —Su amigo no se molestó en ocultar su diversión ante lo que dijo al final.

Las cosas para Leonardo solo parecían estarse poniendo más y más “interesantes”. La idea de llevar a la mujer a un hospital sonaba ahora como una buena opción, pero ya era tarde. Solo le quedaba vigilarla hasta que recuperara la conciencia.

—Está bien —aceptó reticente—. ¿Alguna otra cosa más?

—No por el momento. Las siguientes medidas dependerán de cómo evolucione, volveré mañana a medio día para evaluarla.

Asintió, no es como si habría tenido otra opción.

Lorenzo guardó todas sus cosas y le entregó las pastillas que había mencionado antes.  Lo acompañó hasta la puerta y allí se despidieron.

Cuando cerró la puerta se quedó parado viendo a la nada, después se dio la vuelta y caminó hacia la cocina. Agarró la tetera, cogió agua en ella y la puso a hervir en la estufa. Mientras el agua calentaba, apoyó las manos en la encimera, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

Seguía sin poder creer que había llevado a una mujer a su departamento. Ese era su lugar sagrado. Incluso cuando se involucraba con alguna mujer, prefería llevarlas a un hotel o ir a sus casas. Ahora tenía una mujer, con la que no tenía nada, durmiendo bajo su techo.

El pitido de la tetera lo sacó de sus pensamientos. Apagó la estufa y se preparó una taza de café cargado. Lo iba a necesitar para sobrevivir a la noche.

Bebió el contenido de la taza de un solo trago y luego vació el resto del contenido de la tetera en un termo. En una jarra cogió agua fría. Luego colocó ambos recipientes en una bandeja junto a un vaso. Con la bandeja regresó a la habitación de invitados y la acomodó sobre el buró. Se acercó a la mujer y con la palma le tocó la frente. Se alivió al ver que ella no tenía fiebre, pero tampoco fue alentador que ella no se moviera ni un poco ante su contacto. Su respiración pausada era el único indicio de que seguía con vida.

Sirvió un poco de agua fría en un vaso y la mezclo con la caliente. La dejó encima del mueble antes de sacudir a la muchacha con suavidad y esperó que ella al menos abriera los ojos. Tenía que beber un poco de agua, su amigo había recalcado la importancia de eso. 

La muchacha soltó algunos sonidos ininteligibles, pero permaneció con los ojos cerrados. Colocó una mano debajo de su cabeza y con la otra mano la volvió a sacudir. Cuando la muchacha volvió a decir algunas cosas le colocó el vaso en los labios.

—Bebe —ordenó esperando que le hiciera caso. 

La frágil muchacha hizo lo que le pidió, aunque más pareció que lo hacía por instinto de supervivencia. Cuando probó el primer sorbo, ella empezó a comenzar a beber con más avidez.

>>Más lento. —Ella no hizo caso así que procuró no inclinar demasiado el vaso para que ella no se atorara.

Ella vació el contenido del vaso en apenas unos segundos. Sirvió un poco más; pero cuando se lo ofreció, ella no reaccionó. Leonardo se rindió la tercera vez que intentó despertarla sin ninguna respuesta a cambio.

Acomodó el vaso en su lugar y prendió la lámpara sobre el buró. Luego caminó hasta llegar al interruptor de la luz principal y lo apagó. La luz de la lámpara daba la suficiente iluminación para poder mantenerla vigilada.

Miró a la mujer desde su posición para asegurarse de que estaba bien y fue a su oficina a buscar su laptop para trabajar. Ya que no iba a dormir esa noche, al menos podría aprovechar para avanzar algunos proyectos.

Con todo lo necesario regresó a la habitación y se acomodó en el sofá. Abrió su máquina y comenzó a trabajar, le costó un poco de esfuerzo hacerlo debido la tenue luz, pero no fue nada que no pudiera tolerar.

Por un par de horas incluso se olvidó de la circunstancia en la que estaba y se dejó absorber por el trabajo.

—No —dijo la muchacha de repente y de inmediato Leonardo levantó la cabeza creyendo que ella estaba despierta.

Desde su posición no estaba seguro de si la mujer había recuperado la consciencia, así que colocó su laptop a un lado y se acercó para comprobarlo.

Al verla de cerca, notó que ella seguía igual de inconsciente que antes. Lo que llamó su atención fue el sudor que bañaba su frente. La tocó en la frente y sintió su piel ardiendo, era probablemente eso lo que le estaba causando delirios. Ella aun decia algunas cosas, pero no se entendían.

Caminó apresurado hasta la calefacción y disminuyó la intensidad. Luego regresó con la muchacha y se sentó a su lado en la cama. Se inclinó hacia el buró y le sirvió un poco de agua. En una mano sacó una de las pastillas que le había dejado Lorenzo lo diluyó en el agua porque no se le ocurrió otra idea. Se aseguró de siempre mantener la cabeza de la mujer un poco elevada para no evitar problemas. Le tomó tres intentos lograr que ella bebiera todo el agua.

Después de dejar el vaso en su lugar, caminó al baño y humedeció una toalla para colocarla sobre la frente de la mujer y así ayudarla a que su fiebre bajara.

Durante la siguiente hora estuvo yendo y viniendo; cada vez que la toalla se calentaba la retiraba y la mojaba nuevamente. No paró hasta que por fin la fiebre remitió.

Esperó por unos minutos, sentado a su lado comprobando que la fiebre se había ido y no regresaría.

Cuando regresó al sofá lo menos que quería era trabajar. Estaba demasiado cansado y no le quedaba fuerzas. Se acomodó lo mejor que pudo y cerró los ojos para descansarlos un poco. 

Despertó por un insistente sonido, le tomó unos segundos entender que se trataba de su celular. Estiró la mano, sin abrir los ojos, y dio con él.

—¿Hola? —contestó. Su mente aún se encontraba nublada por el sueño.  

—¿Dónde estás? —preguntó Valentino al otro lado del teléfono.

—En mi departamento —respondió como si nada.

Abrió los ojos de repente y comenzó a orientarse. Recordó los hechos de la noche anterior y dirigió su vista a la cama, dónde todavía descansaba su inquilina. Sus esperanzas de que se hubiera tratado de un sueño, se esfumaron.

Miró el reloj en su muñeca y se dio cuenta de que era las ocho de la mañana. Nunca se había quedado dormido hasta esas horas.

—¡Maldición! Lo siento, me quedé dormido —se explicó.

—¿Todo está bien? —preguntó su gemelo.

—Sí, es solo que anoche me quedé hasta tarde. —No le explicó a su hermano el motivo de su desvelo—. No estoy seguro de que pueda ir al trabajo el día de hoy.

Hubo un silencio del otro lado de la línea antes de que Valentino hablara.

—¿Qué está pasando? Tú nunca te tomas un día libre.

—No…

—Antes de que digas que no es nada. Sabes que sé perfectamente cuando mientes.

—Te lo explicaré luego —dijo porque sabía que de lo contrario su hermano insistiría hasta el cansancio.

—Está bien —aceptó él antes de despedirse.

Su mirada se mantuvo en la mujer unos metros más allá. Ella aun dormía con tranquilidad, para nada enterada de que estaba poniendo su mundo de cabeza.

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