Capítulo 5

-De acuerdo, y ahora tomemos el té -cuando salieron de la granja, en el todoterreno llevaban ya dos cajas de huevos frescos. La señora Miller había sido muy considerada en poner una a cada uno. Micah parecía haber causado una buena impresión en la mujer, lo mismo que en Ruth. No había duda de que era un buen médico-. Debí haberme dado cuenta de la depresión -dijo ella algo avergonzada-. Fuiste muy inteligente al darte cuenta de que no quería decírmelo a mí. 

Micah se encogió de hombros. 

-Lo habrías advertido enseguida -dijo él. Ruth guardó silencio aunque apreció la forma en que quiso justificar su torpeza con George. 

-¿Seguimos escuchando a Beethoven? -preguntó ella. 

Apenas hablaron en el camino de vuelta, pero el silencio que reinó entre los dos no fue incómodo. Ruth se sintió feliz al escuchar la música y durante aquellos minutos no quiso hablar ni pensar en nada; tan sólo dejar que el tiempo fluyera. 

Pronto, llegaron a la consulta. Cuando bajó del coche, Micah se volvió a ella. 

-Sé que ha sido una salida de trabajo, pero me lo he pasado muy bien. 

Ella se sintió estúpidamente confundida.

-Yo también -dijo. 

Curiosamente aquella tarde no hubo mucho trabajo en la consulta y Ruth llegó pronto a su casa. No había vuelto a ver a Micah, pues había estado muy ocupado ayudando a Harry. 

Antes de traspasar el umbral de su puerta, un vecino se dirigió a ella. 

-Nuestro Albert nos ha dicho que te vio en un coche, Ruth.

Ruth se dio medio vuelta dispuesta a dar todo tipo de explicaciones. 

-Tenemos un nuevo médico en la consulta y le he llevado a dar una vuelta -explicó y se metio en su casa para evitar la conversación.  

Su casa estaba en Whiston, un pueblo pequeño a unos seis kilómetros de Bannick. La había comprado con Matt pensando en vivir en ellas unos cuantos años para después comprar algo más grande. Después de su muerte, decidió quedarse; habían sido felices en aquel lugar y no deseaba desprenderse de aquellos recuerdos. 

Colocó el correo sobre el aparador para leerlo más tarde y miró la foto de Matt que tenía colocada en una esquina. Después del accidente, había colocado la fotografía en aquel lugar para reconfortarse y hacerse la ilusión de que, de alguna forma, Matt seguía con ella. Sin embargo, ya no la miraba tanto como antes; sabía que el dolor debía pasar. 

Tomó la foto entre sus manos y pensó en las palabras que el propio Matt le diría para animarla: <<La vida continúa, así que vívela>>. Suspiró. Siempre querría a Matt, pero... Sus pensamientos volaron hacia el comentario de Micah sobre ausencia de familia y se preguntó si habría ocurrido alguna tragedia. 

Quizás tuvieron algo en común. Algún tendría la suficiente confianza con él como para preguntarle, pero, por el momento, era demasiado pronto. Como era temprano y su cabeza bullía con peligrosas reflexiones, decidió hacer un poco de ejercicio. Dejó el mensaje en su contestador y subió las escaleras para cambiarse de ropa. 

Hacía dos años que no había recorrido el Ferris Ring, pero al verlo con Micah le había apetecido volver. Era un paseo perfecto para una tarde tranquila. Tan sólo tardaría veinticinco minutos en coche hasta el aparcamiento que había en la base del monte. 

Cuando llegó, contempló los cuatro caminos que llevaban a cada uno de los picos y echó a andar por uno de ellos. Llevaba ya más de media hora caminando, cuando se dio cuenta de que no estaba sola. En la distancia pudo dintinguir una figuirilla que venía hacia ella. Durante unos segundos, se sintió molesta; era imposible estar solo incluso en el campo. 

Siguió caminando y se concentró en la belleza del canto de los pájaros y del cambio paulatino del paisaje. El camino era ondulante,de tal forma que unas veces divisaba la figura y otras no. Pasaron otros veinticinco minutos antes de que empezara a sospechar sobre la identidad de aquel otro pasante. Cinco minutos después, sus sospechas se corroboraron; Micah North caminaba hacia ella. 

La firme certeza de que se trataba de él trajo a su corazón infinidad de sentimientos dispares. En primer lugar, enfado, pues había decidido darse aquella caminata para olvidar a Micah. Sin embargo, pronto pasó el enfado, pues no era culpa de Micah el que hubieran coincidido en aquel lugar. 

Al ver que Micah la saludaba extendiendo el brazo en lo alto, ella hizo lo mismo. Con reticencia tuvo que aceptar una segunda emoción; en el fondo, estaba deseando verlo. Por fin, ambos se encontraron. 

-Ruth, qué agradable sorpresa -dijo él-. Si hubiera sabido que ibas a venir, podríamos haber hecho el viaje juntos. 

-Ha sido una decisión de último hora -explicó ella-. Sentí que necesitaba caminar. 

-Es un paseo estupendo, así que te agradezco el que me lo indicaras. 

-A mí también me gusta -dijo ella. 

Era la primera vez que lo veía sin chaqueta ni corbata. Llevaba unos pantalones azul marino y un anorak rojo. Todo lo que llevaba parecía recién comprado, muy al contrario que su propia ropa, que daba la sensación de haber sido usada muchas veces. Ruth vio la marca del aronak y confirmó su idea de que a Micah le gustaba comprar la ropa de firma. 

-¿Puedo dar media vuelta y caminar contigo o prefieres estar sola? -preguntó él-. Por favor, no dudes en ser sincera; yo también prefiero estar solo muchas veces. 

-Me encantaría ir contigo -dijo ella con absoluta sinceridad-, pero soy yo la que daré la vuelta. Ya he hecho este camino muchas veces. 

-Muy bien, si es lo que prefieres -Ruth se sintió complacida al ver que Micah aceptaba su propuesta y caminaron hacia la base. Ella actuó como guía y le fue señalando los caminos que debía hacer en otra ocasión. La mayor parte del tiempo caminaron en silencio y, cuando intercambiaron alguna palabra, no fue para iniciar una conversación médica o personal, sino más bien casual y ligera. Cuando llegaron al coche, era ya casi de noche y Micah señaló el lugar en el que había dejado su vehículo, a casi un kilómetro de donde lo tenía Ruth-. ¿Vives cerca de aquí? -preguntó él. 

-Vivo en Whiston, a unos doce kilómetros -dijo ella, pensando a la vez en cómo despedirse de él, y como se le ocurrió que quizás Micah la invitara a un café en un pub cercano, decidió excusarse de antemano-. Estoy bastante cansada, así que creo que me voy para casa. He pasado dos semanas agotadoras y tengo ganas de descansar.  

-Bien; entonces, buenas noches. Me ha encantado dar este paseo contigo -señaló él, con la mano sobre el brazo de Ruth. 

Después cruzó la carretera y Ruth se quedó mirándolo; como siempre había sido precavida en un primer encuentro, pero por primera vez estaba arrepentida. 

-Martin está en casa -dijo Mary a Ruth al día siguiente-. Llamó diciendo que él también ha pillado la gripe y que te hicieras cargo de un tercio de sus pacientes. 

-Pues lo que faltaba -dijo Ruth-. De acuerdo, Mary, si hay alguien en la sala de espera, hazle pasar, por favor. 

Después de aquello, comenzó la agitada mañana. Perdió la cuenta delas veces en las que explicó que la gripe estaba causado por un virus, no por un germen, que no había curación instantánea y que el único tratamiento era la aspirina, guardar cama y beber mucho líquido, siempre y cuando no fuera alcohol. 

Hubo un par de casos más graves y supo que los pr´pximos días iban a ser desquiciantes. Cuando finalmente tuvo unos minutos libres para tomar una taza de café junto a los demás, llegó tarde. 

-Esta es un de esas mañanas horribles -señaló dejándose caer en la silla-. ¿Cómo está Martin, Harry? 

-Pues mal -dijo Harry-. Tendré que ir a verlo esta tarde de camino a casa -Micah se acercó a ellos. 

-Necesitas una taza de café -dijo-; el médico te dice que lo tomes con mucho azúcar esta vez. 

-Muy bien -dijo ella y alcanzó la taza que Micah le tendió. 

Sus dedos se rozaron y Ruth se estremeció. Ya no era el Micah de la noche anterior, sino un colega más. 

-He estado haciendo unas cuantas llamadas -dijo Harry-, y parece que estamos en pleno ataque de gripe. Parece que no es un brote serio, pero durará unos tres o cuatros días. Vamos a tener trabajo estos días y seguramente nos llamarán por la noche -explicó y se volvió hacia Micah-. Espero que no tengas organizada una vida social muy intensa para esta semana -sañaló. 

-No y además, no me importaría hacerme cargo de la asistencia nocturna de Martin -dijo Micah. 

-Muchas gracias, pero podemos respartirnos sus urgencias -replicó Harry. 

-Pero es que necesito practicar -insistió Micah-. De verdad, Harry, lo prefiero... 

-Bueno, quizás alguna noche... -cedió Harry al fin. 

-Entonces está decidido. 

-Supongo que Martin se incorporará en tres días -dijo Ruth. 

-Espero que tengas razón -dijo Harry-. Bueno, y ahora algo más agradable. Dentro de un par de semanas, es el baile de Lord Dallan y nos han reservado tres entradas dobles. ¿Podemos ir a la fiesta? Yo... 

Alguien llamó a la puerta y el resto contrariado de Mary apareció en el umbral. 

-Doctor Harry, hay un representante que dice que le prometio cinco minutos. 

-Efectivamente, Mary. Perdoname, serán cinco minutos -señaló Harry, quien se bebió el café de un trago y salió. 

-¿El baile de Lord Dallan? -preguntó Micah extrañado. 

Durante unos segundos, Ruth se escondió tras su taza de café. Se sentía extraña pues ni ella misma era capaz de discernir lo que deseaba. 

-Es el evento social del año -explicó-.Por aquí las entradas para el baile se cotizan como el oro. Lord Dallan abre su casa para un baile benéfico y todo lo que se recauda va al hospital de Kilham. Lord Dallan está siempre muy ocupado en Londre haciendo dinero como para asistir. 

Ambos guardaron silencio unos instantes y Micah fue el primero en romperlo. 

-Harry y Martin llevarán a sus esposas. Tú eres el tercer miembro de la consulta; así que la tercera entrada es para ti -Ruth sacudió la cabeza vigorosamente. 

-Yo ya he ido otras veces y no tengo especial interés en ir. 

-¿No quieres ir con nadie? -preguntó él con elegancia. 

-No, ve tú. Seguro encontrarás a alguien. 

-Puedo encontrar a alguien en Londres -dijo él y Ruth sintió una puñalada-. Sin embargo -continuó él-, me encantarí ser tu acompañante. 

Ruth trató de disimular el placer que le causó el ofrecimiento y la respuesta acudió a sus labios con rapidez. 

-Me encantaría. 

Harry se alegró de la decisión y dijo que reservaría una mesa para seis inmediatamente. 

-Nosotros iremos sólo al baile -explicó Harry-. Martin y yo tenemos compromisos familiares, así que no iremos a la cena. 

-¿Pero es que hay cena? -preguntó Micah. 

-Claro; ofrecen un banquete en el salón de la mansión. 

-Yo quisiera asitir a la cena también -dijo Micah con firmeza-. ¿Y tú, Ruth? -ella vaciló. 

-Pues...

-Nunca he cenado en un salón de banquete -dijo él. 

-Pobrecito -bromeó ella-. Está bien, Cenicienta irá al baila y al banquete. 

-Pormeto sacarle brillo a los botones de mi chaqueta. 

Después, los tres charlaron de temas profesionales y Harry se disculpó mientras Ruth y Micah se terminaban el café. 

-¿Sabes que te considerarán mi acompañante al cenar y bailar conmigo? Aquí en Bannick la gente cree que eso ya compromete a dos personas. 

-Déjales que piensen lo que quieran. Puede que al final estén en lo cierto. -Ruth se quedó sin saber qué decir. 

Durante aquella semana apenas se vieron. Sólo coincidieron unos minutos tomando un café rápido o en los pasillos de la consulta. Martin regresó al trabajo pasados tres días, pero no estaba repuesto del todo y Micah tuvo que hacerse cargos de sus urgencias nocturas. Sin embargo, las cosas fueron volviendo a su curso y ritmo de trabajo se redujo. 

-El sol está brillando -dijo Micah a Ruth cierto día a la hora de comer-. No tengo llamadas que hacer así que si vas a salir al campo, me gustaría llevarte. 

-Muy bien -dijo ella con timidez-; podré oír tus cintas. 

-Pues vamos. 

Después de media hora de trayecto, llegaron a una granja que se encontraba en un solitario valle y Ruth entró en la casona para hablar con Millie Carson, la esposa del granjero, una mujer aquejada prematuramente de artritis. Sabía que poco podía hacer por ella, a excepción de recetarle pastillas, pero una visita amistosa y un examen rápido demostraba a Millie que todavía se preocupaban por ella. 

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