El zatara

ESCENA IV

EL ZATARA

Me acostumbré a vivir en aquel tiempo, fortaleciendo vínculos con Saabu y la pequeña Mia. Junto a ellos aprendí a reconocer aquel estado primario de las cosas. Una mañana estábamos trabajando en la construcción de una balsa, sirviéndonos de un enorme tronco que habíamos hallado

en una caminata buscando alimento. Nos valíamos única mente de piedras con filo para tallar aquella madera tan

 

robusta. Algunas técnicas que usaba Saabu para elaborar la balsa, así como la habilidad que tenía Mia para aprender de nosotros, me sorprendió mucho. Les había prometido enseñarles a navegar cuando todo esté listo, y así poder atrapar algunos peces que abundaban en ríos lejanos, ya que teníamos algunas redes que días atrás habíamos tejido con lianas y fibras vegetales.

–Podremos conocer miles de lugares nuevos: bosques, montañas y llanuras de diferentes tipos. Daremos a conocer

nuevas especies a la aldea explorando el mundo con esta balsita. Y si tenemos suerte, llegaremos a la selva blanca –Saabu

estaba emocionado ya que era la primera vez que navegaría a lugares distantes.

–Será muy emocionante, sólo tendremos que llevar

muchas pieles, porque la selva blanca como tú la llamas, son capas inmensas de hielo y nieve.

Todo es muy frío ahí –le dije.

–¡Por favor, yo también quiero ir! –exclamó la pequeña.

–Claro que irás con nosotros Mia, solo tenemos que tener mucho cuidado.

Tenía una noción aproximada gracias a las coordenadas previas que aparecieron en el panel de control de mi nave. No era segura la distancia que me separaba de los polos del planeta; sin embargo, tenía en claro que esos lugares a los que Saabu llamaba “Selva Blanca” poseían temperaturas muy bajas, por lo que eran muy peligrosos y mucho más en

 

esos tiempos donde había que competir con las fieras por cualquier presa.

–¡Listo, la balsa quedó perfecta! –di un pequeño grito de emoción.

–Nos quedó muy bella –dijo Saabu, quien se expresaba con mayor claridad al pasar de los días.

–Hay que ponerle un lindo nombre –exclamó la peque- ña, quien era la más entusiasmada.

–Que les parece Zatara, que significa “madera que flota” –les dije. “El Conde de Montecristo” era una de mis películas

favoritas. Recordé que después de verla cada tarde, mi hija

me pedía que le regalase un barco con el que pudiera nave gar en cualquier océano, y que aquella embarcación la llamemos “Zatara”. Yo estaba seguro de que cada sueño que

ella tuviera siempre se realizaría, porque ella al elegir un nombre era muy atinada.

–Me parece un buen nombre –afirmó el joven.

–¡Me encanta! –replicó la niña.

Llegada la tarde, metimos la embarcación al agua mientras reíamos con una singular paz, ya que estábamos por vivir algo único. Pasamos los primeros oleajes con la calma suficiente para llegar río adentro, y nos impulsamos sentándonos

con las piernas abiertas entre las maderas. Comenzamos a navegar por primera vez junto con el sol radiante que nos

presentaba un río amigable, y pese a tener algunas dificulta des iniciales en una hora ya estábamos en pleno dominio de

Zatara, agradeciendo todo el tiempo que el viento esté a nuestro favor. Los tres nos manteníamos serenos y en silencio,

escuchando el breve agitar del agua mientras avanzábamos.

 

Al pasar los días se nos hizo fácil navegar siguiendo el caudal del río. La pesca era abundante y no pasó mucho para que ambos aprendieran a nadar. Eran tiempos de calma y nos divertíamos con naturalidad; sin embargo,

sentí que era momento de proponerles una aventura diferente.

–Ya hemos navegado y conocido muchos lugares y especies. Tenemos suficientes pieles para el frío. Pienso que es hora de explorar la gran selva blanca, tal como ustedes la llaman.

–Tengo muchas ansias de conocer aquel lugar. ¿Qué animales nuevos encontraremos?, si dices que el lugar es muy frío, las bestias deben tener buen pelaje –comentó Saabu.

–Claro que sí, ya las verás con tus propios ojos.

Sabía que correríamos ciertos peligros, pero no tenía mucho que perder. Recordé que ese lugar podría estar muy cerca de los polos de la tierra. El tiempo en el que me encontraba me daba a entender que la formación de los continentes estaba en pleno proceso. De ser así, los polos habrían cambiado de ubicación y nos encontraríamos en un lugar distinto al que yo conocía; las coordenadas que leí en la nave cuando llegué ya no eran útiles.

Esa misma tarde decidimos continuar, desconociendo

a dónde nos dirigíamos exactamente, sólo con la certeza de que nos esperaría un clima hostil y distintas adversidades.

 

–Zatara es muy fuerte y nos lleva a lugares nuevos –decía entusiasmada la pequeña, con una gran sonrisa en su

rostro.

–Así es Mia, pero recuerda que debemos tener mucho cuidado, ese lugar no es como el que conocemos.

Mis advertencias fueron muy suaves para no asustar a la

niña, pero mientras navegábamos los días se hicieron largos por el temor que afloraba en nuestros corazones.

Saabu contaba mitos propios de su aldea, que hablaban sobre aquel lugar tan misterioso.

El sol salía y dibujaba en el cielo ráfagas de color rojo,

en un cielo que brindaba una paz azulada que nos envolvía. Al cuarto día apareció frente a nosotros un inmenso islote, que pretendía ser el protagonista del hermoso paisaje de verano. Todos sentimos que, al traspasar aquel islote, la temperatura comenzó a descender. Navegamos así durante varios días, hasta que finalmente la gran Selva Blanca nos

dio la bienvenida con una espectacular aureola de luz multicolor.

–¡Miren!, hemos llegado. Realmente hace frío como decías, ¿verdad? –dijo Saabu muy emocionado.

–Debemos permanecer juntos y muy abrigados desde este momento –les advertí.

Antes de aparecer cualquier peligro, la hipotermia

podía presentarse como nuestro primer enemigo permanente en el viaje. Cuando la temperatura desciende demasiado, la sangre comienza a congelarse; las pieles nos fueron                          muy útiles en este punto. Resueltos estos problemas, la

naturaleza brindaba un ritmo silencioso a nuestro caminar.

 

La incursión duró semanas enteras. En las que observamos muchas cosas nuevas y tuvimos más de un peligro,

incluidas las tormentas de nieve y los animales salvajes que

nos acechaban, esperando el mínimo error para poder atacarnos y convertirnos en su alimento. Pasamos por inundaciones, desorientándonos a menudo a causa del cielo constantemente nublado y otras adversidades que a cualquier

navegante experimentado le aterraría.

Después de todos estos sucesos, pudimos llegar al

lugar deseado; un terreno frío y lleno de misterios. Tal vez podría compararse con el infierno, reemplazando en su

interior al fuego vivo con capas de hielo. Nuestro sentimiento de aventura era muy fuerte, por lo que remamos

con más fuerza y nos internamos aún más en aquella selva blanca.

Al desembarcar, estábamos en una playa muy pequeña,

llena de pedazos de hielo y algunos afluentes de agua cristalina. Todo pasaba por algún motivo muy veloz pese a la

calma muerta del lugar. Debido a las estrellas, las montañas de nieve se iluminaron y supimos que debíamos ir por el camino que se dibujaba frente a nosotros, ya que algo muy preciado aguardaba ahí. El suelo era muy inestable, lo que indicaba que ninguna especie habitaba aquella zona.

–En este lugar no encontraremos fieras que podamos cazar. Debemos ir hacia tierra firme –señaló el muchacho.

–Tienes razón. El Zatara no puede navegar en aguas

congeladas. Tendremos que esperar a que amanezca completamente para poder cruzar a pie.

 

Sin dudarlo ambos estuvimos de acuerdo y esperamos

unas horas más para partir muy temprano. Nos aseguramos

con algunas pieles para abrigarnos y unas cuantas provisiones dentro de la balsa y, llegada la mañana del día siguiente, caminamos muchos kilómetros bajo la nieve, pudiendo llegar a tierra firme por el atardecer.

–Busquemos algún refugio antes que nos dé la noche.

–¿Por qué no vamos hacia aquella cueva?, se ve bien resguardada.

–Vamos, rápido, tengo mucho frío y hambre –dijo la pequeña muy exhausta.

–Asegurémonos que no haya ninguna fiera hambrienta esperándonos ahí dentro.

Entramos muy cautelosamente y nos aliviamos con el vacío de la cueva. El lugar era nuestro mejor recurso para

refugiarnos del frío tan infernal. Ya en su interior, buscamos dos maderos secos y los frotamos uno contra el otro

hasta que finalmente encendimos el fuego deseado, formando una hoguera con ramas y hojas secas. Nos sentimos

muy cómodos con aquella fogata, ya que recordamos las

noches que pasábamos en la aldea. El ambiente era propicio para narrarles una de mis historias llamada:

Una nueva especie

Esto ocurrió en Asturias, uno de los más bellos pueblos españoles gracias a sus paisajes y la tranquilidad que se respira en él. En aquel entonces vivía un hombrecito llamado Fortunato. Su nombre era la antítesis de su vida, ya que constantemente vivía experiencias muy penosas, llegando a pensar que la suerte no existía para personas como

 

él. Su mala fortuna comenzó mucho antes de su nacimiento, ya que su madre era una hermosa joven que gozaba de una salud impecable, pero enfermó durante su embarazo. Lo curioso era que aquella enfermedad solo la padecían los lobos.

Tiempo después, llegó el día del alumbramiento; apenas el niño dio el primer llanto, la madre falleció sin explicación alguna. Por su

lado, el padre, quien era granjero, lo bautizó como Fortunato, esperando que su nombre traiga consigo mucha dicha y abundancia para él y

su familia. Sin embargo, esta fue la cruz con la que tuvo que cargar durante toda su vida.

Su infancia transcurrió llena de extraños sucesos. Algunas veces

los animales de la granja le temían sin explicación alguna; las gallinas dejaban de poner huevos y cacareaban desesperadamente, los perros

aullaban toda la noche con inmensa tristeza y hasta los roedores abandonaban sus guaridas cuando él caminaba cerca.

Llegada la madurez se enamoró de una hermosa joven, la cual

aceptó casarse con él. Fue entonces cuando la mala suerte de Fortunato parecía haber terminado. Tenían todo planificado, desde la boda hasta la casa donde vivirían. Había pensado en el nombre de sus próximos

hijos y también el de la mascota. Sin embargo, el mismo día del matrimonio, la joven sufrió un desmayo, cayendo en un coma inexplicable.

Los médicos dijeron que era la misma enfermedad que su madre había

padecido, aquella que sólo sufren los lobos. Fortunato lloró inconsolablemente durante muchas semanas y cada noche se sentaba al pie de la

cama donde su amada descansaba. Tras varios meses desahogándose, tomó la decisión de marcharse y no regresar hasta encontrar respuestas de su destino, y el porqué de su desdicha.

 

Caminó durante largo tiempo introduciéndose en un enorme

bosque junto a la quebrada. Fue una noche en la que se hallaba caminando por los valles oscuros, cuando tropezó con un lobo viejo que se

encontraba solitario. Sabía que los animales le temían, por lo que no

hizo el menor esfuerzo en huir. Fortunato escuchó una voz que provenía extrañamente del animal, quien habló y le dijo:

–No tema muchacho, sólo quiero conversar con alguien. Fortunato se sorprendió al darse cuenta que podía entender lo que el lobo decía.

–Amigo lobo, me alegro de haberte encontrado. Tal vez eres tú a

quien busco. Mi madre falleció por una enfermedad que sólo le da a los de tu especie.

El lobo escuchaba atentamente todo lo que el pobre hombrecito le

narraba; le contó lo ocurrido a su novia, a su madre y todo lo desdicha da que fue su vida. El animal lo miró fijamente después de escucharlo

por largo rato y le dijo:

–Amigo mío, yo sufro de la misma enfermedad ya que mi madre

la contrajo de los humanos. A mí también me pasan desgracias como las tuyas, por eso ahora estoy hablando como un humano.

Ambos charlaron durante un largo rato sobre sus desventuras y

los parecidos que eran. Al amanecer decidieron buscar juntos al que los había creado de esa forma.

–Buscaremos al dios creador –dijo el lobo.

–Estoy de acuerdo, busquémoslo –afirmó Fortunato.

Su expedición por las montañas y bosques se prolongó durante meses, y finalmente después de un año, dos meses, una semana, tres

 

días y cinco horas y media, llegaron a las puertas del dios creador, donde Fortunato tomó la palabra:

–Dios creador, nos has dado vidas cambiadas, ¿por qué lo has hecho? Dinos que debemos hacer.

Él respondió diciendo: “Primero deben saber que no fue un error, los estaba esperando. Todo lo ocurrido debía suceder así para que vengan a mí. ¡Y miren, aquí están! Ahora tómense el uno al otro y cierren los ojos.”

El hombrecito cogió la pata del lobo y ambos cerraron los ojos. Una luz muy fuerte los envolvió; estaban atrapados dentro de una burbuja de color amarillo, la cual desapareció minutos después sin dejar rastro.

Inexplicablemente, Fortunato apareció en un valle cercano a su casa. Se sentía muy saludable, relajado, pero con apenas algunos trapos que cubrían sus partes más nobles. Alzó la mirada y notó que

la brisa aliviaba su mente, dándole una vitalidad nunca antes experimentada. Al rato trató de ubicar a su amigo lobo sin lograr verlo por

ningún lado. Decidió sumergirse en el lago para refrescarse y luego ir en busca de su amada, a quien encontró radiante y llena de vida como

siempre quiso imaginársela.

Todo parecía tener un perfecto equilibrio, pese a no saber dónde estaba el lobo.

Un tiempo después, fue olvidando los recuerdos anteriores a esta existencia, disfrutando de la plenitud que siempre se le había negado.

El matrimonio frustrado por fin pudo darse, logrando vivir largos

años de alegre unión; era como despertar de una larga pesadilla ya que

 

todo se había iluminado para él, hasta una noche en que algo extraño sucedió.

Mientras descansaba junto a su esposa en su alcoba, un ruido

extraño parecía decirle algo. Notó que ella se encontraba profunda mente dormida y se acercó cautelosamente a la ventana para saber de

dónde provenía el sonido. Para su sorpresa, en el reflejo del vidrio vio a su amigo el lobo, quien con mucha delicadeza le dijo:

–Es mi turno, déjame un momento.

Por un instante, Fortunato levantó la mirada hacia el cielo, que dando hipnotizado por el brillo de la luna llena. Había algo en su

interior expandiéndose y, horrorizado, quiso gritar sin poder emitir sonido alguno. Perdió la conciencia por unos minutos, y al recobrarla, ya convertido en lobo, brincó rápidamente por la ventana y se echó a

correr por los campos de manera enloquecida como si fuera nuevamente un cachorro, reencontrándose con su manada y viviendo como había soñado. Al amanecer, convertido nuevamente en hombre, regresó a su

casa sin ningún recuerdo de lo sucedido, echándose a dormir plácida mente al lado de su esposa. Esto sucedía todas las noches de luna llena,

completando así la obra del dios creador: “Ambos seres, unificados en un mismo espíritu licántropo, pudieron conocer la felicidad en la tierra, la cual les correspondía a cada parte en un momento determinado.”

La pequeña y Saabu quedaron muy a gusto con la historia. Momentos después, todos quedamos sumergidos en un profundo sueño gracias a la luz de la fogata, las pieles que

nos abrigaban y el solemne silencio de aquella cueva. Al día siguiente, la voz de la niña se fundía con el cantar de las aves:

–¡Despierten, el sol ya salió y hay un lindo paisaje!

 

–Sí, tal vez hoy pueda cazar algo –agregó Saabu.

–Bueno amigos, hoy iniciaremos la expedición que

tanto hemos esperado, ¡pero no sin antes desayunar unas sabrosas carnes asadas al fuego!

Sobre la piedra, colocamos algunos trozos de carne que guardábamos entre las pieles.

Después de comer, la gran selva blanca nos recibió de la manera más grandiosa: un gran tigre blanco cruzó frente a nosotros, dejándonos impresionados por su belleza y tamaño.

–¡Miren a esa fiera! Es hermosa –exclamó Saabu.

–¡Sí!, es realmente muy linda y muy grande –dijo Mia.

–Saabu, te advierto que no podemos cazar a aquel tigre.

Recuerda que su carne no es muy buena para comer y aun que la piel es linda ya tenemos suficientes en la aldea –agregué con severidad.

–Tiene razón señor Burton, pero debemos ser precavidos, aquel animal nos podría atacar si así lo quisiera.

–No te preocupes, no lo hará. Si nos ataca encontraríamos la forma de defendernos, pero por ahora debemos

dejarlo con vida.

–De acuerdo –sonrió.

Dejamos al tigre en paz, y continuamos nuestro camino. Durante los días, pudimos apreciar distintas especies

que nunca habíamos visto. Pese a tener conocimiento de casi todas las especies documentadas en mi tiempo, no

pude clasificar algunas de las tan variadas formas de vida que ahí se mostraban. Nuestra fascinación fue tan grande

 

que sin percatarnos estuvimos alejándonos varios kilómetros de la cueva.

–Tengo mucho frío, ya se va a hacer de noche y aún no tenemos un refugio –exclamó la pequeña.

–Busquemos un nuevo refugio de inmediato, el frío es más fuerte durante la noche. Saabu, ayúdame a encontrar algún lugar que nos pueda servir para pasar esta noche.

Con cierta preocupación buscamos entre la nieve

durante algunas horas, pero para nuestra mala suerte una tormenta nos hizo imposible divisar algún lugar o meseta en la que pudiéramos descansar.

–Me estoy congelando, ya no puedo caminar… –las pequeñas manos de Mia tenían una tonalidad morada.

–¡Resiste Mia! Muchacho, hagamos fuego para subirle la temperatura, esta niña está al borde de la hipotermia.

Mi preocupación aumentaba ya que conocía las condiciones en las que estábamos, y la desesperación podría ser

mortal si no la controlábamos.

–Es inútil. Los maderos están húmedos por la nieve

–Saabu me miró desconsolado.

La niña estaba a punto de quedar inconsciente entre la nieve que nos cubría incesantemente.

–¡Tenemos que hacer algo, Mia está muriendo! –gritó Saabu.

–Hay que abrigarla con las pieles que tenemos puestas y juntar nuestros cuerpos para darle calor. Hay que rogar

para que resista y que al amanecer el sol la ayude a recuperarse.

 

Fue una larga noche, llena de preocupación y angustia

ya que no pudimos esconder el miedo que ambos sentíamos. Quizá fue el momento más oscuro y lleno de terror que vivimos durante todo el viaje, esperando que al día

siguiente, junto con la primera luz del sol, la niña reaccionara. Pero no fue así.

–¡Despierta!, por favor. ¡Despierta! –gritaba Saabu desesperado.

No se movía. Su cuerpo frío nos hacía creer lo peor. Le tomamos el pulso. Mia ya no respiraba.

–Por favor, señor Burton. Haga algo, por favor. ¡Mia

está muerta! –gritó Saabu, cayendo de rodillas al lado del cuerpo inmóvil. En ese instante, su llanto me hizo sentir una culpa muy profunda por incentivar esta aventura.

No podía dejarla morir de esa manera, así que le di boca nadas de aire, en un intento ya desesperado de traerla de

nuevo a la vida.

–¡Mia, por favor, reacciona!

–Por favor, tú puedes, Mia, ¡vamos! –exclamaba Saabu. Mi desesperación me cegaba, por lo que comencé a golpear su pecho con mi puño cerrado y a soplar con más fuerza para llegar a sus pequeños pulmones.

–Es inútil, se ha ido –dije resignado, sin poder contener el llanto, desplomándome a los pies de la niña.

Ya resignados a su muerte, las lágrimas parecían purificar el hielo en el que nos encontrábamos recostados. De

pronto, alguien tosió levemente; ¡era la niña, que parecía

moverse poco a poco! Los golpes en el pecho y la respiración boca a boca que le había proporcionado la ayudaron a

 

sobrevivir.

–¡Mia! –me levanté de inmediato y comencé a frotarla para regularizar su temperatura.

Por su lado, Saabu comenzó a frotar algunos maderos

secos sobrantes usando toda su fuerza, ya que el frío recrudecía y todo intento por volverla a la vida sería inútil. Todos necesitábamos el fuego reparador de la fogata, incluyéndome.

–Lo siento señor Burton, los maderos siguen demasiado húmedos y no puedo hacer fuego.

–¡Si no logramos conseguir aquel fuego la niña morirá y no podremos salvarla, inténtalo otra vez!

Milagrosamente pude notar que el sol iluminaba nuestras espaldas. Caminé hacia la parte de la nieve más limpia y

cogí un poco de ella, y la moldeé con mis manos para darle una apariencia de cristal.

–¿Qué es eso? –preguntó intrigado Saabu.

–Es un lente convergente que nos dará una imagen aumentada de los objetos, colocándolos entre él y su foco.

–¿Y, para qué sirve?

–Si funciona como espero, podría ser lo único que haga que Mia se recupere.

Cogí la lupa hecha con el hielo y la puse en dirección al ardiente sol que aparecía en el horizonte. Un rayo comenzó a cobrar más fuerza, mientras Saabu miraba con asombro como las hojas secas se calentaban y desprendían humo.

–¡Lo está logrando! ¡Ya tenemos fuego!

Seguía muy emocionado por lo que veía. Nunca antes

lo había notado tan feliz por simplemente obtener fuego.

 

Estábamos muy agradecidos al sol por brindarnos

aquella fogata que paulatinamente comenzó a calentar a la pequeña, regresando la vitalidad a su cuerpecito.

–¿Mia, puedes hablarme? –le pregunté ya más calma do.

–Mia, dinos algo –dijo Saabu, quien seguía conmovido. La niña abrió los ojos muy despacio, tomó aire y dijo:

–¡Estaban aquí! Soñé que me encontraba en un gran

túnel donde había mucha luz. Un señor muy bueno quería que vaya con él, pero le dije que prefería quedarme. No

podía verlos, pero los escuchaba llamándome. Finalmente, el señor me preguntó si quería quedarme con ustedes y le dije que sí.

–Nos alivia tenerte de regreso Mia, creíamos que no regresarías a nosotros.

–Así es Mia, estábamos desesperados y creíamos real mente que nos dejarías. Mañana, cuando te hayas recupera do, buscaremos el Zatara y retornaremos a la aldea. Esta

selva blanca es muy riesgosa para continuar.

Después de algunas horas, la pequeña estaba totalmente sana y lista para emprender el viaje; nos alegramos de que

sea una niña tan fuerte. Al amanecer partimos hacia la orilla

para recuperar el Zatara. El camino fue difícil y nos perdimos muchas veces, teniendo que luchar contra tormentas

de nieve y animales salvajes.

Casi al llegar al lugar donde se encontraba la balsa, sentimos un feroz rugido.

–¡Señor Miller! Deme su lanza, el enorme tigre blanco nos sigue.

De inmediato protegí a la niña, y le di el arma a Saabu.

 

El tigre nos seguía sigilosamente desde la montaña donde Mia cayó enferma. La fiera tenía los ojos muy abiertos y la lengua seca, signo de que estaba muy hambrienta.

–Tranquilo señor Burton, le atravesaré el corazón con mi lanza.

Saabu cogió la filuda arma y se acercó a quince metros del animal. Ya en la mira lanzó a matar al corazón del tigre, pero este dio un giro con astucia para esquivar el tiro y siguió corriendo hacia él, quien ahora estaba desarmado y en peligro. Sorprendido por la inteligencia del animal, el

muchacho miraba a ambos lados sin ver una salida. Ya sin recursos, se colocó en posición de ataque con mucha valen tía esperando al animal furioso.

Su abdomen estaba rígido, los brazos tensos y las piernas ligeramente flexionadas. Tenía la mirada fija en su oponente, y parecía como si su mente hubiera anulado toda

distracción exterior para enfocarse en la pelea. El enorme tigre hizo su primer movimiento para devorarlo, siendo suficiente dos saltos para hallarse junto a él.

Marcaban las 6 de la tarde aproximadamente. El sol brillaba con tenue calidez, dándole al horizonte un aspecto infinito. La ventisca removía la nieve, la cual se mezclaba con la respiración agitada del animal. Su voracidad se

expresaba en cada paso que daba, con cautela se lanzó hacia

su presa. En segundos tomé la lanza, y casi sin medir la distancia hice un tiro de manera impulsiva; un chorro de sangre corrió entre las piedras. Afortunadamente, pude atravesar al tigre justo en el corazón. No podía explicar cómo

había logrado tal proeza.

–Que buen tiro, me has salvado de una terrible muerte.

 

A dos metros de ser atacado por la bestia, Saabu me agradeció por la maniobra. La serenidad con la que me hablaba, denotaba poca preocupación. Como si su vida nunca hubiese estado en peligro.

–La verdad es que si me hubieras pedido que acertara a

un blanco a menos de dos metros de distancia, probable mente hubiera fallado. Es una suerte haberlo logrado.

–Es cierto, fue un milagro que le dieras de tan lejos.

–Mi sentido de urgencia agudizó mi puntería y precisión. No podía dejarte morir así.

–Quizá seas un cazador por naturaleza. Sea o no esto cierto, agradezco a ese salvaje dentro de ti que hizo que pudiera conservar mi vida.

–Creo entonces que estamos a mano, ¿no es así? –le dije

amablemente mientras la pequeña contemplaba al hermoso animal. Ella sugirió buscar rápidamente al Zatara, ya que

estaba oscureciendo y la nieve se tornaba cada vez más amenazante.

–Es mejor buscar un refugio seguro por esta noche.

Recuerden que el Zatara está anclado en una playa congela da, por lo que debemos orientarnos con la salida del sol. Así

encontrarlo será mucho más fácil –les expliqué.

Aquella tarde nos encargamos de extraer la hermosa

piel al tigre blanco, para luego caminar en búsqueda de un

refugio. Al acercarse la noche, nuevamente la baja tempera tura y los vientos que recorrían toda la superficie se presentaban ante nosotros.

–Cómo no lo pensé antes, debemos construir un iglú.

–¿Y… qué es un iglú? –me preguntó Saabu.

 

–Es una vivienda para invernar, tiene forma de semiesfera y está hecha con bloques de hielo.

Él realmente no me entendía, pero confiaba en que lo haría a medida que avanzáramos con la construcción.

Llegada la medianoche, el iglú estaba listo. Nos refugiamos dentro de él, usando muchas pieles para abrigarnos;

sabíamos que el fuego derretiría los bloques de hielo por lo que tuvimos que deshacernos de todos los maderos que habíamos recolectado previamente. Fue una madrugada

muy dura y fría, pero no tuvimos ningún otro inconveniente.

Un día nuevo nos sorprendió en la llanura. Muy temprano nos levantamos y seguimos con el plan, caminando

por largo tiempo debido a que nos habíamos desviado mucho por la tormenta de nieve que nos confundía y nos hacía perder la visibilidad. Estábamos muy exhaustos ya que recorrimos muchos kilómetros sin detenernos, y casi al ponerse el sol llegamos al Zatara.

–Esa es la playa congelada, allí debe estar anclado el Zatara –dijo la pequeña llena de alegría.

–Llegué a pensar que nunca lo encontraríamos –exclamó Saabu aliviado.

–Esta caminata ha durado desde el alba hasta el atardecer. Merecemos un descanso, además muero de hambre

–les dije sonriendo.

Nos quedamos apreciando la hermosa puesta del sol

que nos despedía de aquel mundo. Ese mismo día, comenzamos a navegar rumbo a la aldea.

–Creo que es hora de una de sus historias, ¿verdad

señor Burton? –dijo la niña sonriendo, por lo que sólo pude decir…

 

–Muy bien, a esta historia la llamaré Benedicto Bendón, la historia de un vendedor

En aquel tiempo, Benedicto vivía en un lugar muy parecido al que acabamos de conocer: con mucho frío, nieve y algunos animales salvajes que andaban libres por las montañas.

Él era un hombre de aproximadamente cincuenta años de edad. Alegre y con buen sentido del humor, se dedicaba a fabricar y vender juguetes para niños. En un principio, todo era muy lindo y ordenado en su vida, pero la felicidad no duró por mucho tiempo. Estaba felizmente casado con Dolores, con la cual tenía dos hijos: Fenicio y Justino.

Ambos eran de mal corazón, no obedecían a sus padres y apenas se les presentaba la ocasión hacían todo lo indebido que se les ocurriera. Sin embargo, cuando alguien los veía, aparentaban ser obedientes y muy buenos hijos.

Sus padres estaban orgullosos, hasta que un funesto día Fenicio,

el mayor de los hermanos, decidió convencer al más pequeño de incendiar los juguetes originarios que su padre construyó con tanto empeño,

y que había entregado a sus hijos como un legado, un tesoro a guardar para siempre. Ambos estuvieron de acuerdo en que sería muy divertido destruirlos, así que tomaron todos los juguetes que les habían regalado y colocaron gran cantidad de hojas secas alrededor para prenderles fuego.

Ese día, rompiendo la costumbre, su padre llegó temprano del trabajo. Al llegar, Benedicto se topó con una desagradable sorpresa:

sus hijos reían y echaban al fuego aquellos juguetes que él había hecho con tanto amor.

 

Su dolor fue tan intenso que su corazón dio un fuerte salto en su pecho, golpeándolo fuertemente, su respiración se agitó. Hizo grandes esfuerzos para controlar la ira, dándole un aspecto oscuro a su rostro. Les gritó muy fuerte, diciendo:

–¿Qué están haciendo? Esos juguetes los hicimos su madre y yo

con mucho cariño para ustedes, y si no los quieren hubiera encontrado otros niños que sí los hubieran apreciado.

Después de estas palabras, Benedicto los castigó severamente, dejándolos sin ningún tipo de diversión a su alcance. El sentimiento de

venganza apareció en Fenicio y Justino debido a la reprimenda. Decidieron esa misma noche escabullirse hacia el taller de su padre, juntar

cera de abejas y un poco de hojas secas con el fin de incendiarlo.

El cumpleaños de Benedicto se acercaba, por lo que Dolores había colocado un candado en la puerta del taller para que nadie entrase, y así poder preparar al día siguiente una linda sorpresa para su esposo, sin saber que sus hijos minutos antes habían ingresado para cometer

sus fechorías. Ninguno de los niños se percató que estaban encerrados. Segundos después, un fuego espantoso comenzó a destruir todo el taller por dentro. Cuando quisieron escapar notaron que no podían salir y

sus gritos de terror fueron escuchados por la madre, que estaba regresando a su casa; trató de salvarlos y abriendo el candado ingresó al

taller para sacar a sus hijos; ya era demasiado tarde, los tres murieron.

–No es posible, ¿por qué?

Profundamente dolido, el corazón de Benedicto se oscureció total mente, llenándose de rencor y alimentando su sed de venganza contra lo

que sea que se le presente. Estaba totalmente fuera de sí, lo que causó

 

que en muy poco tiempo se transformara en un ser terrible y despiadado. Comenzó a odiar a los niños, a robar y asesinar animales. Prendía

fuego a los juguetes más valiosos que encontraba en las casas cada noche. Se convirtió en el terror de todos en el pueblo.

Sus ojos se tornaron rojos, sus uñas largas y verdosas. Se limó los

dientes para darle un aspecto filudo y amenazante. Sus cabellos crecidos y blancos se agitaban con la luz de la luna, mientras se alimentaba

de animales salvajes y dormía en las montañas. Hay quienes rumoreaban que aquel hombre tenía un pacto con el mismo demonio, logrando

así vida eterna.

La vida en las montañas lo había convertido en un animal con la fuerza de cincuenta hombres comunes, la agresividad de veinte leonas

hambrientas y el olfato de diecinueve de los mejores sabuesos. Su velocidad se había incrementado, igualándose a la de catorce gacelas. Final mente la astucia humana con la que aún contaba, perfeccionaba todas

estas nuevas habilidades que habían mutado en él. Benedicto Bendón dejó de ser el buen hombre de familia para convertirse en el abominable hombre de las nieves, que todos los domingos por la madrugada bajaba al pueblo para robar juguetes y quemar los, haciendo llorar a los niños y causando pánico entre los adultos, ya que era un ser muy agresivo y con mucha fuerza.

Las personas trataron de matarlo con balas, con fuego e incluso con balas de plata, pero nada funcionaba. La gente tuvo que abandonar la aldea cercana ya que aquel ser era invulnerable. Algunos creen que sigue vagando por los bosques de nieve buscando a quien aterrorizar

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