Capítulo 1|Mi vida

LILLIE

Siempre había sido muy puntual, estaba acostumbrada a llegar temprano a clases y salir a la hora exacta. También planifiqué mi vida. Trataba de mantener el control de todo mi entorno y no me gustaba la improvisación. Sin embargo, a punto de cumplir 20 años y cursando la Facultad de Medicina en dos años me hice un poco más responsable y exigente en mi tiempo. Siempre lo fui, pero ahora lo era más.

Cada noche llegaba con tiempo a mi trabajo, ya que nunca me gustaba andar a las prisas y que me presionaran con el plazo. Por eso a donde fuera llegaba antes.

Mi vida era común. Todos los días acudía a la universidad y en las noches cinco veces a la semana trabajaba en un club. Llevaba ya un año en ese lugar. Cuando entré allí, fui una mesera, pero mi jefa y el público al verme bailar en el escenario aclamaron mi presencia todos las noches. La verdad era que ya tenía experiencia en el baile. Había practicado ballet desde pequeña, pero cuando mi madre recayó en su enfermedad tuve que dejarlo, pues el dinero ya no alcanzaba y ella dejó de trabajar. Mi hermana mayor se convirtió en el sustento del hogar y yo no podía darme esos lujos. Fue entonces cuando decidí buscar un empleo. Mi verdadera pasión no era estar detrás de los libros, sino la danza, pero sabía que ese mundo no me garantizaba un futuro estable.

Mi familia sabía que trabajaba en un club nocturno, pero solo mi hermana Alexa estaba al tanto de mi nuevo ascenso como bailarina exclusiva. Desde que mi jefa, Julie, me ofreció el trabajo, no me dejó ir, ya que era su joya más preciada, lo que siempre me decía.

El club no era un prostíbulo ni nada que se le pareciera, sino un lugar donde iban hombres poderosos y millonarios, de esos tipos que les gustaba la elegancia, pero también la lujuria. Las chicas que trabajábamos en ese lugar solo ofrecíamos un baile y compañía si lo pedía el cliente. El servicio que se les brindaba no incluía tener relaciones sexuales con ellos. No éramos prostitutas. Algunas de ellas sí lo hacían, ya fuera por necesidad o porque les gustaba hacerlo, pero el club no se metía en eso. Los servicios que ellas ofrecían eran por fuera. Eran reglas del lugar. Julie siempre decía que ella no prostituía a sus chicas. Por eso acepté bailar, ya que nadie iba a obligarme a hacer algo que no quisiera.

Mi madre se decepcionaría de mí si se enteraba a lo que me dedicaba por las noches. Ella sabía de mi trabajo en el club. No le mentí, solo le oculté que me ofrecieron otro puesto en ese lugar, y así seguiría, ya que no quería que se enterara de todo. Ella puso toda su esperanza y confianza en mí. Asimismo, esperaba el día en que me graduara de la universidad de Medicina y llegara a ser una gran médica.

Mi sueño desde niña fue ser una bailarina profesional de ballet, pero con el tiempo y las circunstancias me vi en la necesidad de elegir otra profesión. Eso no significaba que no me gustara lo que estudiaba, sino que yo antes tenía un mayor sueño antes de elegir Medicina. Al crecer, mis intereses y pensamientos cambiaron. Por eso decidí buscar un empleo con mejor paga. La Facultad de Medicina era muy costosa. Además, también tenía la obligación de ayudar a Alexa. No podía dejarle toda la carga a ella.

Mi hermana había sufrido mucho. En su adolescencia se enamoró de un tipo sin ningún futuro, ya que era un delincuente, pero ella estaba tan cegada de amor que no miraba sus defectos, hasta que la dejó embarazada de mi sobrina Sandy. Él a lo último desapareció de su vida. Nunca más se volvió a saber de él. Ella no quería aceptar su partida y se deprimió por un largo tiempo. Mi madre y yo siempre estuvimos ahí para ella hasta que se volvió a levantar. Hoy en día seguía lamentándose por haberlo conocido, no por haber tenido a mi sobrinita, sino por lo perdida que llegó a estar después de que la dejó.

No entendía eso del amor. Nunca había estado enamorada y no creía llegar a estarlo. Con solo ver a mi hermana era suficiente para no querer saber del amor, aunque no podía decir lo mismo de mi madre. Ella tuvo un matrimonio muy feliz y duradero, bueno, hasta donde pudo durar, ya que nuestro padre murió de un infarto, cuando apenas mi hermana tenía siete años y yo estaba en el vientre de mamá. Eso me contó ella. No creía poder llegar a ser tan fuerte como ellas lo supieran ser para superar algo así.

Cuando llegué a la cocina para desayunar antes de irme a la universidad, mi madre servía la comida en los platos. Desde que dejó de trabajar se ofreció a ayudarnos en el hogar. Los papeles se habían cambiado. 

Desde que le detectaron el cáncer en su seno fue algo devastador tanto para ella como para nosotras. Llegué al punto de negarme que eso le sucediera a mi fuerte madre. Fue la situación más complicada que viví en toda mi vida. Afrontar la enfermedad de mi madre fue uno de los procesos más difíciles de sobrellevar. La amaba mucho. Había una relación muy cercana a ella, ya que siempre fue una buena madre. Tenía temor de perderla.

—Buenos días —saludé con una sonrisa.

—Buenos días, mi niña. —Esforzó una sonrisa.

Estuvo hospitalizada durante tres meses seguidos, sufrió recaídas duras y fuertes tratamientos que tuvo que pasar para tratar de seguir con vida. Se había deteriorado a causa de eso y se veía más cansada y muy delgada, ya no era la misma mujer de hacía dos años. Su brillo y su hermosa sonrisa se apagaron. 

—Mamá, te he dicho que no es necesario que nos prepares el desayuno —la regañé—. ¿Cómo te sientes el día de hoy?

—Y yo te he dicho que mientras esté en esta casa de inútil les ayudaré en lo que pueda. Como aún puedo cocinar, lo seguiré haciendo —me regresó el regaño.

«Esta señora nunca entenderá».

Mi tormenta Sandy llegó corriendo. Así le decía de cariño a mi pequeña sobrina. Mi hermana venía detrás de ella.

—¡Buen día, abu! —Corrió y abrazó las piernas de mi madre—. ¡Buenos días, tití! —Llegó a mí lado y se aventó a mis brazos.

La cargué y la senté en mis piernas.

Abu y tití era como nos llamaba desde bebé, y así se quedaron esos apodos. Era una tormenta, pero también era pura ternura. La amaba.

—Buen día, pequeña tormenta. —Le di un beso en la cabeza.

Ella sonrío.

Era casi igual a mi hermana; tenía una melena castaña oscura, al igual que nuestra madre. Yo, en cambio, tenía el cabello claro, casi rubio, y ondulado. El color de mis ojos también era distinto al de ellas. Eran verde esmeralda. Ellas tenían el mismo tono de ojos, piel clara y estatura media. Yo era un poco más alta. Siempre le pregunté por qué era muy distinta a ellas y me contestaba que lo heredé por parte de la familia de nuestro padre. Lo más raro era que no había ninguna foto de él para recordarlo. Mi madre decía que era porque a él nunca le gustaron. Asimismo, siempre me pregunté por qué los rasgo de Alexa eran muy distintos a los míos. 

Mi hermana se acercó a mi madre y le pidió que se sentara, pues ya llevaba un rato de pie, y eso hacía que se agotara más rápido. Alex era muy responsable. A sus 26 años trabajaba doble turno en la cafetería que estaba cerca de mi universidad y también ayudaba a mi madre con las tareas de la casa cuando estaba aquí. Yo también cooperaba, pero estaba más tiempo en la facultad y en el club que en mi casa. El tiempo no me alcanzaba, pero cuando me tocaba descansar me dedicaba a ayudarlas. Alexa tuvo que dejar la Facultad de Derecho con tan solo un año para terminar su carrera por falta de dinero. Fue cuando nos enteramos de que mi madre estaba enferma. Ella decidió trabajar. Se dio cuenta de que no alcanzaba para sus estudios y se vio en la necesidad de dejarlos, aparte tenía los gastos de Sandy.

Terminé de desayunar y me despedí de mi madre. Le hice saber que cualquier cosa que sucediera, si se sentía mal, me llamara lo más rápido posible. Antes de salir siempre le dejaba dicho que me avisara cualquier cosa. Ya debía tenerla harta, pero tenía que recordárselo.

Le di un beso y salí junto a mi hermana y mi sobrina. Ella tomaba el mismo autobús que yo, ya que teníamos el mismo recorrido. Su trabajo estaba a una calle de la facultad. Antes de llegar a la cafetería se bajó para dejar a mi sobrina en su escuela. Bajé con ella para no dejar que caminara sola, pues de allí se iba caminando. Cuando dejamos a Sandy en la puerta de la escuela, nos encaminamos a nuestro destino.

—Veo que mamá no está bien —le confesé preocupada a Alex.

—Sabes bien que los tratamientos la agotan.

—Lo sé, pero veo en sus ojos que algo no va bien. Me refiero a algo fuera de lo normal. —Hice un gesto.

Cruzamos las calles. Eran pocas para llegar. Nos tomaba cinco u ocho minutos. Lo bueno era que siempre íbamos con tiempo de sobra. Ella entraba a las 8:00 a. m. y yo a las 8:30 a. m.

Llegamos con quince minutos de sobra a la cafetería.

—Solo está agotada —aseguró.

La acompañé adentro porque aún no terminábamos nuestra conversación.

—¿Tú crees?

—Sí, y no te preocupes, es normal. —Dejó su abrigo en su casillero, tomó su mandil y se ató el cabello. Ya estaba vestida con el uniforme de la cafetería.

—Eso espero. —Suspiré.

—Ya ve a clases, que se te hará tarde —me apuró al ver la hora en su reloj de mano.

—Ya voy. Solo quería saber más de mamá, como casi no estoy todo el día… —gruñí molesta—. Además, siempre llego temprano.

—Si sigues como perico charlando, dudo que esta vez llegues temprano.

Le saqué la lengua y le di un abrazo de despedida. Salí de la cafetería y me encaminé a la facultad. Esperaba que el día se fuera rápido para así llegar temprano a casa y darle algo de mi tiempo a mamá.

Hoy tenía un examen muy importante a mitad de clases. La ventaja que tenía de los lunes y martes era que descansaba por las noches, ya que no iba al club. Aproveché esos días para estudiar hasta tarde y ayudar en el hogar. Esperaba poder pasar el examen y salir con un buen promedio.

El horario de clases pasó, así que fui a almorzar algo ligero y rápido. Después tendría la clase donde me pondrían el examen que esperaba.

Cuando llegué, vi un brazo meneándose. Eran mis compañeros de clase. No los frecuentaba mucho, así que no éramos muy cercanos. Como eran jóvenes de dinero, estaban acostumbrados a otro mundo muy diferente al mío. Caminé hacia la mesa donde se encontraban sentados. Eran muy buenos chicos, pero siempre hablaban de fiestas, coches, mansiones con albercas y cosas así. Por eso siempre estaba fuera de su plática. Ellos me habían invitado a esos lugares, pero no tenía tiempo para divertirme y mucho menos para gastar en cosas que no eran necesarias.

Me senté al lado de las chicas, Ashely, Vanessa y Dafne. Ellas eran alegres y fiesteras. A pesar de su buen estatus, nunca me habían tratado mal o despreciado por ser de bajos recursos. Sabían que no tenía dinero como ellas y que estudiaba aquí por una media beca que obtuve por mis calificaciones. Los chicos eran muy lindos también y más amables que las chicas. Nathan y Jonathan eran hermanos y primos de Ashely. Por ella los conocí. Eran muy bromistas y alegres, sin preocupación alguna. Eran rubios, al igual que su prima, solo que ellos se veían más castaños. Eran atractivos y casi iguales, hasta parecían gemelos, pero no lo eran.

Ashely era rubia, bajita y delgada. Al principio creí que iba a ser una chica presumida por ser popular. Pensé que sería ese tipo de chicas que, porque era muy bonita y tenía el mundo a sus pies, pensaban que podían hacer menos a alguien pobre. Ella era todo menos eso. Nunca llegó al punto de humillar a nadie. Después seguía Vanessa, una chica muy extrovertida y sexi. Le encantaban los chicos y las fiestas. Era alta, morena, con unos ojos oscuros grandes y un cuerpo de infarto. Se notaba que ella hacía mucho ejercicio y cuidaba lo que comía. Por último estaba Dafne, que era castaña. Sí era algo presumida, pero era del tipo de chica indefensa. Era guapa y con un cuerpo de modelo. Luego estaba yo, que no temía a engordar y que comía de todo. Desde que dejé el ballet me daba esos lujos. Aun así, no engordaba gracias a mi metabolismo. Mi cuerpo no tenía mucho que envidiarle a otras. No era por nada, pero tenía muy buenos atributos. Por mi cuerpo en la danza fracasé, ya que la maestra me traía a puras dietas. Mis anchas caderas y piernas no bajaban como ella quería. En ese tiempo fue una tortura para mí, pero también fue un sacrificio que valía la pena mientras duró, ya que en ese periodo el baile era mi sueño.

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