CAPÍTULO IV

Fira se detuvo en el centro de la habitación e hizo un barrido general tomando notas mentales. Mantenía a raya cualquier emoción que pudiese interferir con su habilidad profesional. Esperaba que en cualquier momento el Comandante Ksongan los citara a su oficina en los pisos superiores de la base para pedir un informe y era imperativo, vital, que ella no dejara traslucir cuánto le afectaba ese crimen.

Las consignas sobre la pureza de sangre resonaban en el fondo de su cabeza, “abominaciones”, “monstruos”, “engendros”, palabras que venían acompañadas de cruentas imágenes. Recuerdos amargos goteaban bilis en su estómago y le causaban nauseas. En aquel entonces su familia hizo lo necesario para que ella no fuera arrastrada al desastre civil que se generó, fue prácticamente secuestrada de Shesh y la enclaustraron en Ajat con la finalidad de que su vida no corriera peligro, a pesar que en ese momento y de acuerdo a los registros familiares, Fira no solo era mestiza, sino que era una vampira convertida; por lo tanto, no era blanco principal de los extremistas humanos que pregonaban la necesidad de desligarse de los vampiros. Sin embargo, sí era posible que los extremistas vampiros desearan enviar algún mensaje a las familias arcanas que cuidaban a sus descendientes mestizos, porque tanto para humanos como para vampiros, los mestizos eran un error.

Incluso si estos eran convertidos en vampiros.

Trescientos setenta y siete años habían pasado desde la primera masacre. El incendio en un dormitorio universitario donde solo se alojaban mestizos. Cuatrocientos veintiún años cuando comenzaron los crímenes de odio. Doscientos veintisiete años, después de la firma del cese a la Purga y la derogación de las leyes en contra de las parejas mestizas. Doscientos veintisiete años después de casi doscientos años de violencia y masacres.

Pero esa noche se sentía como si el tiempo no hubiese pasado.

Seguían existiendo crímenes contra mestizos, casi en la misma tasa que de humanos; aunque los asesinatos de vampiros sucedían, la propia Cámara de Lores se encargaba de distribuir la justicia adecuada a individuos que, se rumoraba, tenían un promedio de vida superior a los cinco mil años.

Era difícil no sentir que el tiempo no había pasado, un desagradable déjà vu le sobrevino.

Ella en medio de los escombros ennegrecidos donde perduraba el olor a carne chamuscada y madera quemada.

Sacudió la cabeza para regresar al presente, no iba a permitir que sus prejuicios nublaran su raciocinio, no iba a ser esa clase de persona que se dejaba arrastrar por emocionalidades inútiles y no iba a conjeturar nada en absoluto.

Se desvió hasta la cama más alejada a su izquierda y se inclinó sobre ella. Su vista aguda le permitió registrar al detalle el tejido mugriento, todavía quedaban vestigios del olor metálico de la sangre que manaba de las manchas marrones de la sábana. Se acuclilló para examinar las cadenas que se ocultaban debajo del armazón de la cama, las argollas se veían sucias y algo oxidadas; no se había quitado los guantes desde que abriera la puerta, así que tomó con confianza la cadena y jaló con fuerza. Estaba sujeta firmemente al suelo y no cedió ni un poco.

―Yo soy una mestiza con un sistema celular balanceado ―le dijo a su compañero―. En teoría soy más vampiro que humana, pero no poseo todas las características de uno.

―¿Qué quieres decir con eso? ―preguntó él.

―Quiero decir que yo me puedo equiparar a un vampiro puro en cuanto a fuerza y resistencia física, esa fue la razón por la que me aceptaron en La Fuerza ―le contestó.

―Y yo que pensé que te habían aceptado por tu arrolladora personalidad ―bufó el hombre.

―No pude despegar esta cadena del piso ―lo ignoró―. Un mestizo con la mitad de fuerza que yo, no hubiese podido escapar, quien quiera que haya hecho esto, se aseguró de que no tuviesen oportunidad. Es posible que ni siquiera el vampiro más fuerte haya podido escapar de estas cadenas. La pregunta es ¿quién tiene los recursos para conseguir este tipo de cosas?

Fira se levantó y se alejó sin soltar la cadena. No alcanzó a llegar a la cama en la esquina contraria.

―No solo evitaron que pudieran escapar ―acotó Aston, mirándola ceñudo―. Se aseguraron de limitar la movilidad incluso dentro del recinto.

Ella asintió en silencio.

―Las cámaras de los escáneres registraron el lugar milimétricamente antes de que nadie entrara ―comentó él―, pero por lo que oí de los patólogos forenses, el instrumental que encontraron en la mesa central, es quirúrgico.

―Estoy tratando de dilucidar qué hicieron aquí. Porque a excepción de la mujer que abrieron en canal, no había signos evidentes de tortura, más allá de mantenerlo secuestrados y en estas condiciones deplorables.

―¿Alguna clase de experimentación? ―conjeturó Aston.

―No tiene sentido, todos los experimentos que se pueden realizar con mestizos están regulados por el Parlamento ―le dijo, mientras se alejaba al otro extremo de la habitación y examinaba otra cama―. Inclusive está la “Ley de Servicio Social”, los mestizos deben cumplir una cantidad de años de servicio prestándose para estudios médicos… ―Se enderezó y lo miró con el ceño fruncido―. No se me ocurre ni una sola razón médica o científica para que le hagan esto a un mestizo, menos a cuatro.

―Sí, es extraño ―murmuró él girando sobre sí mismo, abarcando con su vista todo el lugar―. Secuestrar una pareja, puedo entenderlo, secuestrar cuatro mujeres puedo entenderlo, cuatro hombres también, pero no entiendo por qué mantener dos parejas así.

―Es lo mismo que me estoy preguntando.

El equipo de trabajo regresó, cinco agentes del área forense entraron a la escena y recogieron cada instrumento, muestra, elemento y sustancia que encontraron en el lugar. Uno de ellos les hizo una serie de preguntas de confirmación de los datos previamente recabados: hora de descubrimiento, si el sistema de circulación de aire había sido automático o no, procedimientos estándares de reconocimiento de la escena y todos los detalles tediosos que debían cubrirse antes y durante el proceso de examinación in situ. Fira ayudó a desmontar cada juego de cadenas alrededor de las camas, mientras Aston supervisaba el desmontaje de las mismas y el embolsamiento de cada manta encontrada.

Una hora después, todo el recinto quedó recogido. Ellos dos fueron los últimos en irse, Fira volvía a examinar el lugar con concentración extrema, una vez que pareció satisfecha tecleó un par de comandos en su reloj para verificar que los robots de iluminación pasaban a modo vigilancia, de esa manera, no dejaban a ningún agente activo en la escena y podrían controlar remotamente el lugar.

Aston esperaba en el umbral, observando a su compañera con curiosidad. Debería sentirse cansado, la culminación positiva de su misión de esa noche debió ser el cierre adecuado para una semana de trabajo intenso, no recordaba la última vez que había dormido más de seis horas seguidas; pero en realidad, se sentía capaz de correr una maratón, seguida de una rutina de ejercicio intenso en el gimnasio. Comenzaba a impacientarse, ella parecía poco dispuesta a marcharse, como si esperara que la solución a ese crimen surgiera espontáneamente en el aire.

Fira soltó un suspiro cansado que le dio curiosidad.

―¿En qué piensas? ―le preguntó.

―Nada ―dijo―. Solo me preguntaba cómo fue que un trabajo encubierto de narcóticos, terminó en secuestro y homicidio.

Aston asintió en silencio.

―Yo también me pregunto lo mismo.

Dos pitidos sonaron de forma simultánea, ambos levantaron la mano y revisaron la notificación que había llegado a sus relojes. Sia les anunciaba que el Comandante Ksongan los estaba esperando para un reporte oficial.

Capítulos gratis disponibles en la App >

Capítulos relacionados

Último capítulo