Capítulo 5

Alex

—Necesito una cita para el sábado —anuncié al sentarme al lado de Brady.

Él se echó a reír justo en mi cara.

—Hablo en serio, imbécil. Necesito a una chica para este fin de semana, la llevaré a la fiesta de Max.

—Ahora sí que estás alucinando. No entrarías a esa casa ni disfrazado.

—Entraré. Kim se hará cargo de eso.

—Sabes que el sujeto te odia, ¿cierto? ¿Ella lo sabe? —Me miró con los ojos muy abiertos. La preocupación brillaba en ellos.

—Sí, lo sabe, pero quiere que esté ahí y eso haré. Tengo un plan. —Le di una mordida a mi sándwich, dejando a Brady con la duda. No le diría nada más. No era su asunto.

—¿Plan?

—Un plan —repetí.

—¿Piensas decírmelo?

—No.

—Y si te consigo una cita, ¿me dirías?

—No lo haré. Esto es un asunto clasificado. Y gracias por la oferta, pero puedo encontrar una cita por mi cuenta —presumí.

Era la segunda vez que decía con plena certeza que podía con ello, pero no era cierto. No sabía qué hacer o decir para conseguir una cita. Por eso nunca había hecho ningún un movimiento hacia Kim. Mi cobardía era más grande que mi inteligencia. Y no me compararían con Einstein, pero mi coeficiente intelectual era bastante elevado.

—Siiii, clarooo. Como has tenido tantas citas en tu vida… —Se mofó.

Me conocía. No podía jugar esa carta con él como hice con Kim.

—Llegó la hora de comenzar. ¿No crees?

—Así se habla, amigo. Es momento de olvidar a Kim piernas largas y mirar alrededor. —Mostró su entusiasmo con una sonrisa mordaz.

—No vuelvas a decirle así o tendré que dañar mis nudillos con tu cara —gruñí.

Su sonrisa se borró. Sabía que no mentía.

—¡Lo sabía! —gritó Cassie desde la mesa que compartía con Kim y el resto de los “populares” de la escuela, ganándose la atención de todos los estudiantes. Aunque yo no la miraba a ella, sino a Kim, quien se veía un poco sonrojada. Y aunque nos separaban al menos seis metros, noté que estaba incómoda con lo que fuese que estuviera pasando allá.

Comencé a levantarme para llegar a ella, pero Brady me empujó de vuelta al asiento. En ese momento, en verdad quería golpearlo, pero después agradecí que me hubiera detenido. Los chicos de esa mesa eran muy rudos y, ante cualquiera de sus insultos, Kim me defendería y eso la metería en problemas, empeorando la situación.

—Sigue en lo tuyo, Alex. Busca a una chica bonita e invítala a la fiesta. No será muy difícil, hay muchas que pagarían por ir a la casa de Max. Solo elije y dispara.

—Cierto. Encárgate de mi bandeja, tengo una misión. —Dejé a Brady atrás y caminé hacia la salida, pasando por un lado de Kim. Me hubiera detenido a preguntarle si estaba bien, pero Cassie le hacía compañía. No me diría la verdad con ella cerca.

***

Nuestra última clase era la de salud. Kim estaba delante de mí, jugueteando con un mechón cobrizo de su cabello, envolviéndolo y desenvolviéndolo una y otra, y otra vez. Quería sostener su dedo y susurrarle al oído que estaba ahí para ella, pero no podía. La señorita Robinson mantenía sus ojos en mí y hablar en clases estaba prohibido.

Me sentía inútil.

Odiaba ver a Kim nerviosa y estaba luchando fuerte por no hacer algo en contra de las reglas.

—Elijan una pareja para la práctica de hoy —pidió la señorita Robinson. Kim siempre era mi elección, no tenía ni que pensarlo, pero esa tarde no podía ser ella. Tenía que encontrar a una chica para el sábado y no lo haría si me juntaba con mi mejor amiga.

—¿Estás disponible? —Le pregunté a la chica de cabello oscuro y grandes ojos celestes sentada a mi lado, Maya Vincent. Había hablado algunas veces con ella por cosas de la escuela y siempre había sido muy agradable conmigo. No era el tipo de chicas que era perseguida por su exuberante apariencia, pero no dejaba de ser bonita y había una enorme posibilidad de que dijera que sí, de invitarla a la fiesta.

—Sí, claro —respondió con una sonrisa tímida.

La cabeza de Kim se giró bruscamente hacia a un lado cuando escuchó la respuesta de Maya. Mi corazón entró en pánico. ¿Estaba enojada conmigo por elegir a Maya como pareja? Pero toda duda se disipó cuando me sonrió y me guiñó un ojo, apoyándome.

Al terminar la clase, había conseguido lo que pensaba me iba a tomar varios días, o tal vez semanas, una cita. No supe ni cómo, pero lo hice. Conseguí una cita con Maya. El tema surgió en mis labios de forma casual y terminé haciéndole la pregunta sin estar siquiera nervioso o ansioso. ¿En verdad era bueno en eso de seducir? o ¿el problema era que el Alex tonto solo salía a flote con Kim?

—Tengo una cita —dije orgulloso. Cuando mencioné en la mañana, con seguridad, que podría hacerlo, ni yo mismo me lo creí, pero lo había hecho. No quedé como un tonto delante de Kim.

—Sí. Eso escuché —contestó con desánimo. Entonces recordé lo que pasó en el cafetín y quise golpearme la cabeza. ¿Cómo lo había olvidado?

—¿Estás bien? —pregunté preocupado.

—Sí, bien. Solo un poco cansada. El colchón de Tom es bastante viejo. —No me vio. Me extrañó que no lo hiciera. Kim era una persona de contacto visual y no de evadir miradas. A menos que estuviera mintiendo. Y si lo estaba haciendo, necesitaba saber por qué.

¿Qué había pasado entre Cassie y ella en esa mesa que no quería decirme?

Lo que fuese, no me lo diría en ese momento, así que lo ignoré.

—Debiste despertarme.

—Me dio pena. Parecía que tú y mis peluches de Kitty se estaban entendiendo muy bien —bromeó entre risas.

Escuchar ese sonido proveniente de su boca se sentía justo en mi corazón. Lo aceleraba como un desquiciado.

—¡Oh, sí! Les haré falta esta noche.

Cuando nos despedimos en la escalera, Kim me regaló una sonrisa que me hizo trizas. Solo ella podía desatar un caos en mi interior que involucraba corazón, estómago, pulmones y piernas. Me desbarataba entero. Pero me había vuelto experto en el arte de ocultar mis emociones y ella nunca lo notaba.  

***

Para la noche del sábado, estaba tan nervioso que ni toda la práctica del mundo haría nada por mí. Kim se daría cuenta y quedaría como un cobarde delante de ella.

No, eso no pasaría. Tenía que demostrar que ya no era un chico inseguro y asustadizo. Ya no más.

«¿Estás lista?». Le escribí a Kim por mensaje.

«Cinco minutos y bajo», respondió enseguida.

Salí de mi habitación y caminé hasta la sala. Papá estaba sentado en el sofá reclinable viendo un partido de la NBA. Me senté muchas veces a su lado para mostrar un poco de interés por los deportes, pero siempre me quedaba dormido a mitad de un partido. Eso no era lo mío y él lo entendía.

—No alcohol. No sexo en el asiento trasero. No llevar a chicos borrachos que puedan vomitar mis asientos —advirtió al entregarme las llaves de su auto.

—Anotado.

—¡Y llega aquí antes de las doce! —gritó mamá desde la cocina.

Me reí. Sabía que intentaban comportarse como los padres promedio con todas esas reglas y advertencias, cuando la verdad era que estaban realmente emocionados por mí. Siempre insistían para que fuera a fiestas como esas, pero yo prefería quedarme en mi habitación jugando en la consola o creando programas en mi computadora.

—¿Cómo me veo? —preguntó Kim cuando abrí la puerta. Dio un giro sobre sus tacones, haciendo volar la falda de su vestido amarillo. Lo vi en cámara lenta, como si los segundos se transformaran en minutos.

—Hermosa —respondí con sinceridad. Me había dejado absorto, siempre lo hacía, pero esa noche… ¡Mierda! Era toda sensualidad y perfección. El vestido no tenía tirantes, dejando la piel de sus hombros desnuda. Sus pechos lucían llenos y pesados, sobresaliendo en el escote. La tela se ceñía a su torso hasta su cintura y caía libre hasta el dobladillo de su falda, que llegaba justo a la mitad de sus muslos, destacando sus largas y estilizadas piernas.

¿Qué sería de mi vida a partir de entonces? ¿Cómo evitaba saltar hacia ella y besarla hasta que nos faltara el aire?

—Gracias. Ya quiero que Max me vea —dijo con un sonrisa inquieta.

Bien, así lo evitaba. Recordando que ella se vestía de esa forma para alguien que no era yo.

Cuando llegamos a casa de Maya, le pedí a Kim que se pasara al asiento trasero. Se vería mal que mi cita se sentara atrás y que mi amiga viajara conmigo al frente. Su ceño se frunció con disgusto, cosa que no entendí. ¿No había insistido con que llevara a alguien a la fiesta? Bueno, eso estaba haciendo.

Me bajé del auto y caminé por el sendero de piedra que conducía al pórtico de la casa de Maya. Toqué la puerta con los nudillos y esperé. No estaba nervioso, solo un poco inquieto, pero no por ella sino por la chica enojada que dejé en mi auto.

—Hola —saludó con una sonrisa.

—Hola. ¿Estás lista? —pregunté lo obvio. Estaba vestida, peinada y maquillada. Usaba una falda blanca, una blusa verde manga larga y zapatillas bajas.

¿Debía decirle algo? ¿Halagar su ropa o su aspecto? No sabía. Era mi primera cita y no tenía idea alguna.

—Sí. Solo iré por mi abrigo.

—Bien. —Maya entró a su casa y, pocos minutos después, regresó con un abrigo cubriéndola.

¡Qué estúpido fui! Lo había dejado dentro para que la viera sin él y no dije nada. Pero ya era tarde, ese barco había zarpado y no estaría bien que mencionara nada ahora.

—Me gusta tu jersey —dijo mientras caminábamos a mi auto.

¿Ves? Así se hace, Alex, se burló mi voz interior.

—Umm… fue un regalo de mi abuela —contesté sin pensar. ¿Qué m****a, Alex? Tenías que decirle algo de su atuendo—. Es un lindo abrigo el que llevas —intenté.

—Gracias. Es nuevo.

No dije nada más. Mi cabeza estaba en blanco y hablar solo por hacerlo me metería en problemas.

Abrí la puerta del auto para Maya, esperé que entrara y luego la cerré. Troté alrededor del auto y ocupé mi asiento. Para entonces, Kim y Maya estaban hablando de sus atuendos y de los precios de ofertas del centro comercial. Respiré aliviado. Pensaba que Kim tendría una mala actitud con ella, pero no fue así.

Más tarde, estacioné el auto detrás de una fila de vehículos frente a la casa de Max. Me bajé y lo rodeé por detrás para abrirles la puerta a las chicas, pero Kim se adelantó y me regaló un espectáculo de piernas digno de una reverencia. Tuvo que haberlas aceitado o alguna cosa porque se veían tan sensuales y brillantes que invitaban a ser tocadas.

—Alex —dijo Kim como un llamado de atención. Me había quedado congelado en la calle sin ser capaz de ejecutar alguna acción distinta a mirarla a ella. Salí de mi lapsus mental y caminé hacia la puerta de Maya. Ella me sonrió. Tenía una linda sonrisa y llamativos ojos celestes que la hacían destacar.

Mi pecho se infló. Había encontrado a una buena chica de la que podía alardear.

—Gracias —pronunció con simpatía, manteniendo la misma sonrisa y emoción en sus ojos claros.

—Es lo menos que una chica hermosa merece. —Ese era yo, sonando seductor. Y por la creciente sonrisa de mi cita, estaba funcionando.

—Vamos, no quiero perderme la diversión —comentó Kim detrás de nosotros.

Algo en mi interior se sacudió. Había hecho toda esa cosa de conquistador con Kim detrás de mí. ¡La había olvidado por esos segundos!

¿Eso qué significaba? ¿Estaba realmente dejándola atrás?

¿Cómo podía? Yo amaba a esa chica. Soñaba con ella cada noche y hasta la imaginaba teniendo a mis bebés.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Maya, deslizando su mano por el costado de mi brazo.

Miré hacia ella y asentí.

—Entremos entonces. —Los dedos delgados de Maya se unieron a los míos, sorprendiéndome. No esperaba que la dulce y tímida chica que, con nerviosismo, aceptó una cita conmigo, tomara mi mano. Bien, eso hacía las cosas mil veces más fáciles para mí. Yo era del tipo analítico, pensaba mucho antes de actuar, y necesitaba a alguien osada como Maya para no arruinar la noche.

Con mi mano adherida a la suya, caminamos hacia la entrada.

Kim apresuró el paso y nos dejó atrás. ¿Estaba enojada o solo muy ansiosa por llegar a los brazos de Max?

¡Mierda! Tenía que concentrarme en Maya y dejar de pensar en mi sensual vecina.

A los pocos segundos, Max abrió la puerta. Música electrónica sonaba desde algún punto de la enorme casa. Voces, risas y gritos dispersos se mezclaban con la melodía. Sin duda, ahí se estaba celebrando una fiesta. Los padres de Max tenían bastante dinero. No sabía mucho a qué se dedicaban; pero lo que fuese, los mantenía viajando la mayoría del tiempo, lo que dejaba su casa sola y a disposición de su único hijo. ¿Sabían de la fiesta? No estaba seguro, pero probablemente lo hacían. Sus fiestas siempre estaban en boca de todos y no pasaría desapercibida para los vecinos.

Los enormes brazos del mastodonte se adhirieron a la pequeña cintura de Kim al tiempo que su boca impactaba los perfectos y suaves labios de la chica de mis sueños. Fue duro estar ahí siendo testigo de lo mucho que esos dos conocían sus cavidades bucales y de cuánto lo estaban disfrutando.

Mis pulsaciones se dispararon, provocando que mi cuerpo se estremeciera.

Maya le ejerció presión a mi mano y susurró suavemente en mi oído—: Tranquilo, Alex.

¡Ella lo sabía! Fui tan estúpido como para que mi cita descubriera que estaba enamorado como un loco de Kimberly Wallace.

¿Se lo diría a alguien? ¿Mi amistad con Kim estaría en peligro a partir de ahora?

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