Capítulo 2

Kim

Salí con mi novio al cine la noche del domingo. Max era el mariscal de campo del equipo de fútbol de la escuela, tenía hermosos ojos celestes, cabello cenizo y un cuerpo musculoso y atlético. Todas en la escuela babeaban por él, pero era mío. Veríamos alguna película de terror o cualquiera disponible en la cartelera. Al final, no importaba. Siempre terminábamos besándonos, olvidando por completo lo que estaba pasando en la pantalla. Y no me quejaba, me gustaba que me besara, contaba con Alex para ir al cine y ver realmente las películas. Pero Max no solo quería besarme esa noche, tenía otros planes; trató de tocarme en mi lugar más íntimo. Mi corazón se aceleró con fuerza. Estaba aterrada. Sabía lo que la mayoría de los chicos de su edad hacían con sus novias, lo que esperaba que yo hiciera, pero no estaba lista. Cuando sus dedos alcanzaron la mitad de mis muslos, le dije que parase. Él se detuvo y se reclinó contra el asiento, disgustado, y no me habló más durante el resto de la película. Cuando llegamos a mi edificio, solo dijo: «Nos vemos mañana en la escuela», en un tono mecánico y frío. No hubo beso de despedida ni su cariñoso “te quiero, bebé” Solo se fue.

Entré a mi habitación, me cambié mi vestido por unos pantalones de chándal y una camiseta de manga larga de Hello Kitty, metí mis pies en unas pantuflas felpudas rosadas y salí por la ventana para entrar por la de Alex.

—Llegas temprano —dijo, sin apartar la mirada de la pantalla ni sus dedos de los controles de su Xbox mientras jugaba Battlefield 2[1].

Su habitación siempre estaba ordenada y pulcra, a diferencia de la mía que era un completo desastre. En la de Alex, no había ropa en el suelo o ninguna otra cosa que no perteneciera ahí. Mantenía su cama hecha y sus libros organizados. Tenía una estantería llena de ellos, clasificados por color y en orden alfabético. Su escritorio solo tenía lo necesario: la pantalla de su computadora, el teclado, el mouse, un tarro con lapiceros y un portaretrato con tres espacios. En una fotografía, salía Alex con su familia; en otra, él cuando ganó el primer lugar en la feria de ciencias, hacía dos años; y la tercera, una de nosotros dos. Esa la tomé en la azotea del edificio al inicio de ese año. Vestíamos abrigos de invierno, porque había mucho frío; él una roja y yo una amarilla. Recuerdo que bromeé diciendo que parecíamos dos M&M´s[2]. Alex sonrió. Me gustaba que lo hiciera. Su sonrisa era destellante e inspiradora. Era el momento ideal para tomar una fotografía. No fue fácil, sostener una Polaroid invertida para intentar capturarnos juntos me llevó al menos diez intentos. Al final, nos quedamos con esa, donde se veía más de la mitad de su rostro y el mío completo. Alex dijo que era perfecta.

Me senté a su lado, en un puff verde, y solté un largo suspiro.

El juego se detuvo.

Sus ojos encontraron los míos y se llenaron de preocupación. Sabía que Max no era la persona favorita de Alex, odiaba que no pudieran llevarse bien, y tal vez contarle lo que sucedió empeoraría su aversión hacia mi novio, pero necesitaba hablarlo con alguien y confiaba en Alex más que en nadie. Él había sido mi mejor amigo desde que llegué a la ciudad desde Alabama, cuando tenía ocho años, y era el único que entendía mis locuras sin juzgarme. Tenía a Cassie, era una buena chica, pero no era Alex Donovan y lo necesitaba a él.  

Alex esperó. No me presionaba como lo hacían mis tíos. Me daba mi espacio y se lo agradecía profundamente.

—Max quiso llegar a tercera base esta noche. Lo detuve —admití, luego de varios minutos de silencio.

La mirada de Alex se amplió y, por un momento, pensé que iba a gritar. No lo hizo. Se quedó muy quieto, aguardando por el resto, porque sabía que no era todo. Nadie me conocía como él. A veces, me entendía mejor que yo misma. Sé que es una locura, pero así me sentía.

—No me habló más hasta que llegamos aquí. Entiendo que deba estar enojado, pero yo…

—¿Lo entiendes? —Me interrumpió, su tono era de enojo.

Fruncí el ceño y negué con la cabeza.

—Lo siento, Kimberly. Es solo que…

—¿Kimberly? No Kitty. No Kim. ¿Kimberly? ¿Es en serio? —Me levanté del puff y me dirigí hacia la ventana. Él solo me llamaba así cuando estaba enojado conmigo. ¿Qué le hice?

—Mierda, Kim. No te vayas, por favor —pidió detrás de mí.

Respiré hondo, exhalé y di la vuelta para enfrentarlo. Su mirada era de pánico y culpabilidad. No quería que se sintiera así.

—No estoy disgustado contigo, lo sabes. Es con él. Max no tenía derecho a enojarse porque no quisiste hacerlo. Es tu cuerpo, Kim. Nadie debe tocarte si no quieres.

—No es que no quiera. Solo que… me asusté. No sé qué es lo que se hace. He escuchado cosas, he leído algunos libros de esos con escenas explícitas y he buscado en G****e lo que se supone que pasa, pero no sé realmente cómo es, lo que se siente o lo que debería sentir. —Fui honesta. Con Alex podía serlo—. ¿Tú… has hecho algo así con alguna… umm… ya sabes? —pregunté, dando un paso al frente.

Él dio dos atrás, nervioso. ¿Qué le pasaba?

—¿Alex?

—¡Eh…! No creo que debamos estar hablando de esto, Kim —respondió serio. Estaba actuando de manera extraña. Siempre había podido hablar con él de cualquier cosa. ¿Qué había cambiado?

—¡Oh! ¿No me digas que tú no…? ¿Has besado a alguien siquiera, Donny? —Mi tono fue burlón. No intentaba que sonara así, pero no podía creerlo. Él no era el más sexy o atlético de la escuela, pero tenía un lindo cabello castaño oscuro, cejas pobladas, una nariz perfilada, ojos pardos y una linda sonrisa que podría conquistar a cualquier chica. Además, era divertido, cortés y muy inteligente. Tenía que haber una chica interesada en él, o una que le gustara lo suficiente como para querer intentar besarla. Si era así, no sabía. Nosotros éramos muy sinceros el uno con el otro, pero imaginaba que Alex tenía algunos secretos guardados, como yo. Nadie abre su alma a nadie por completo, por mucho que confíe en esa persona. Hay cosas que simplemente no se cuentan.

—Claro que he besado chicas, Kim —contestó un poco irritado.

—¿Ahí abajo? —pregunté con la ceja enarcada.

—¿Te intentó besar ahí? —inquirió con los ojos muy abiertos.

¡Oh! Eso sonó mal. No estoy hablando de Max en este momento.

—¡No! Solo quería tocarme. ¿La gente hace eso en el cine? ¡Oh, Dios! No podré sentarme de nuevo en esas butacas. —Comencé a divagar. Hablé de ETS[3], de gel antibacterial, de toallas húmedas para limpiar los pasamanos y de llevar una chaqueta adicional para cubrir el asiento.

—¡Kim, para! —gritó.

Cerré la boca de golpe y lo miré sorprendida. Nunca me había gritado.

—Alex… —murmuré. Mis ojos picaban, estaba a punto de llorar. Él sabía lo mucho que odiaba que alguien me gritara. Papá lo hacía todo el tiempo. Era lo que más recordaba de él, sus ensordecedores alaridos.

—¡Oh no, Kim! No lo tomes así. Solo intentaba que te detuvieras antes de que alguien pudiera escuchar lo que decías. —Su disculpa era sincera. Lo veía en sus ojos.

—Creo que debería irme —musité cabizbaja. No tenía sentido seguir ahí. Él no lo entendía. La única persona que pensé que lo haría, no podía ayudarme.

—Espera. No te vayas. —Me detuvo, sosteniendo mi muñeca. Sabía que lamentaba haberme gritado, y no podía ignorarlo. Él había estado para mí más de lo que cualquier persona estuvo alguna vez y merecía todas las oportunidades que me pidiera.

Esperé cerca de la ventana mientras Alex buscaba algo dentro del cajón de su buró. Al poco tiempo, puso un iPod nano[4] en mis manos y un par de audífonos en mis oídos. Él sostenía un iPod más moderno, se puso los audífonos y me pidió que presionara play a la cuenta de tres. Lo hice. La voz de Stevie Wonder, cantando I Just Called To Say I Love You, vibró en mis oídos. Alex comenzó a bailar al ritmo de la música… o al menos lo estaba intentando.

Me reí. Era lo más gracioso que había visto en mi vida. No sabía lo que hacía, no tenía idea.

Alex me hizo una seña para que lo imitase. Lo hice. Bailé alrededor de él, dando vueltas en su habitación con movimientos torpes y mecanizados para que no se sintiera tan avergonzado por el poco ritmo que poseía. De todas formas, no se trataba de una canción precisamente bailable, pero eso era lo de menos. La letra era hermosa.

Solo llamé para decirte que te amo

Solo llamé para decir lo mucho que importas

Solo llamé para decirte que te amo

Y lo digo desde el fondo de mi corazón[5].

Él sabía que la música soul estaba en mi corazón. Mi madre tenía un tocadiscos y pasaba horas escuchando a los grandes intérpretes de ese estilo. A veces, cantaba mientras cocinaba o limpiaba. Tenía una voz hermosa. Lástima que no heredé ese talento de ella. Mi voz cantando suena espantosa. Provocaría terribles pesadillas.  

—Gracias por eso, Donny —dije con una sonrisa cuando la canción terminó.

—Fue mi forma de decir lo siento.

—Lo sé. Me iré ahora. Nos vemos mañana en la entrada… y no olvides mi café —advertí cuando estaba fuera de la habitación.

—Nunca, Kitty —respondió con un guiño.

***

Mi martes no pintaba nada bien. Tenía que enfrentarme a Max y no sabía cuál sería su actitud. Él no era un mal chico. A veces era un poco temperamental, pero la mayoría del tiempo era dulce conmigo. No delante de los demás, siempre se comportaba un poco distante cuando había personas alrededor, pero cuando estaba a solas conmigo me decía cosas muy bonitas. La primera vez que me dijo te amo, estábamos en el Crown Center, cerca de la fuente de agua. Sacó una pulsera plateada de su bolsillo, la puso en mi muñeca y dijo que ese sería el símbolo de nuestro amor. «Te amo, bebé», pronunció con dulzura. No esperaba que me dijera la palabra con “A” a solo unas semanas de iniciar nuestra relación, y mucho menos que me diera un regalo. Le dije que yo también lo amaba, aunque no fuera cierto. No quería decepcionarlo y sabía que era cuestión de tiempo para que me sintiera de esa forma.

—Estás muy callada, Kim. ¿Sigues disgustada conmigo?

—No, estamos bien. Es solo que… No importa. —Sacudí la cabeza.

—Puedes decírmelo. Te prometo que no haré nada estúpido esta vez. Seré el mismo Alex de siempre.

—No quiero que me deje —susurré un poco avergonzada. Sabía que Alex pensaría que era una tonta, pero quería a Max. Él lo entendería si quisiera a alguien de la forma que yo lo hacía.

—Sería un idiota si te dejara por eso —renegó con disgusto.

—¿Debería hacer algo para evitarlo? —musité.

—¿A qué llamas algo? ¿Te refieres a disculparte por tener miedo? ¿O a hacer lo que él quiera para que no esté enojado? —De nuevo, estaba actuando como un Alex distinto. Sus palabras eran como un juicio y no me estaban ayudando.

—Olvídalo, lo solucionaré por mi cuenta. —Corrí hacia la entrada de la escuela, dejándolo atrás.

Mi nombre se disparó en su boca con un grito angustiado, pero lo ignoré. No quería seguir hablando con él en ese momento.

Las dos primeras horas de clase las pasé dibujando círculos y figuritas en mi cuaderno. No solo había discutido con Max, también con Alex, y lo único que quería era irme a casa, tirarme sobre mi cama y dormir.

—Kim —susurró la voz de Alex, que se había hecho más grave con los años. Cuando lo conocí, hacía más de nueve años, su tono era dulce e infantil. Él estaba sentado detrás de mí en la clase de español y lo había ignorado por completo desde que entramos al aula—. Lo siento. No quiero que estés enojada conmigo.

—Yo tampoco —respondí en el mismo tono.

—Salgamos hoy.

—Donovan. ¿Hay algo que quieras compartir con la clase? —preguntó la señorita Washington.

—No, lo siento —dijo a modo de disculpa.

Ella asintió y continuó dando la clase, por suerte. Hubiera odiado que Alex terminara en detención por algo tan tonto como hablarme.

Cuando la clase terminó, salí antes que todos y me perdí entre la multitud de alumnos que también abandonaban las aulas. No supe por qué estaba huyendo, pero lo hacía.

—Kim, bebé. ¿A dónde vas? —preguntó Max, sujetándome por la muñeca. No vi de dónde salió. Estaba tan apurada por escapar de Alex que no noté a mi novio.

—Umm… Iba a… Por Cassie. ¿La has visto? —Mentí.

—No, pero aquí estoy yo —expuso en tono seductor, acariciando mi rostro con sus dedos—. ¿Podemos hablar?

—Sí, claro. —Max entrelazó sus dedos con los míos y me llevó hasta los pasillos que conducían a los vestidores. Una vez ahí, me besó, acorralándome entre su fornido cuerpo y la pared. Me puse de puntitas y cepillé su cabello corto con mis dedos mientras correspondía a su ansioso beso.

—Lo siento, bebé. Di vueltas en mi cama toda la noche pensando en ti y en lo idiota que fui. ¿Me perdonas? —Me miró a través de sus risadas pestañas con ojos tristes y arrepentidos.

Asentí, incapaz de pronunciar palabra. Su intenso arrebato me dejó sin aliento.

—Te amo mucho, Kim. ¿Sabes eso?

—Lo sé, Max. Y no quise rechazarte. Es solo que…

—No, lo entiendo. Iremos despacio, bebé.

—Gracias, Max. Te quiero —Lo abracé emocionada. Él no era un idiota, como dijo Alex. Me quería y lo acaba de demostrar.

Me despedí de mi novio en el pasillo y corrí a mi siguiente clase. Tenía solo un par de minutos para llegar y no quería una amonestación si me retrasaba. Al entrar al salón, la mirada triste que vi en los ojos de Alex provocó un dolor crudo en mi pecho. Fui injusta con él al huir de esa forma y ahora era mi turno de decir lo siento.

[1] Es un videojuego de la desarrolladora Digital Illusions de la saga Battlefield en la cual los jugadores luchan en un moderno campo de batalla usando sistemas de armas modernos.

[2] Son pequeños pedazos de chocolate con leche, revestidos de azúcar, producidos por Mars Incorporated

[3] Enfermedades de trasmisión sexual

[4] Reproductor de sonido de gama media.

[5] Fragmento de I Just Called To Say I Love You

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