6

Tess estaba sorprendida. Miró la pequeña caja de madera en sus manos tratando de encontrarle un sentido a lo que había dicho este hombre. Era un amigo de Georgina, la madre de Heather, y ahora recordaba que siempre que hablaba con él, era extraño, y molesto, y… Sí, era un mujeriego, recordó, y se había atrevido a besarle la mejilla.

Se limpió el beso sintiéndose irritada, y lo vio caminar hacia los autos que estaban aparcados frente al parque. Miró de nuevo la caja musical y le dio vuelta a la manivela, dos, tres veces.

Y la música empezó a sonar.

È triste il mio cuor senza di te

Che sei lontana e più non pensi a me

Dimmi perché.

Una serie de imágenes empezaron a sucederse en su cabeza, imágenes como de una película vista en su niñez, sólo que no era una película, era su vida.

El enorme piano Yamaha en la lujosa sala de una mansión de ricos. El niño de cabellos negros y ojos azules que lo tocaba, su sonrisa… El significado de la canción, Chopin, Adam… el mejor amigo que tuvo en toda su vida…

—Adam —dijo de pronto, con el corazón bombeando acelerado, los ojos inmediatamente humedecidos, las palmas de sus manos sudorosas—. ¡Adam! —gritó, y corrió tras él.

Adam estaba al interior de su auto, al otro lado de la calle, y cuando vio que ella lo llamaba, sonrió. Abrió la puerta para ir a su encuentro, y entonces un auto se estrelló contra el suyo.

Fue de repente. El auto perdió los frenos, patinó, y la defensa trasera se incrustó en su puerta; ésta se hundió, las bolsas de aire se dispararon, pero él terminó atrapado entre la puerta, el volante y el asiento, y con su cuello en un ángulo imposible.

—¡ADAM! —gritó Tess con toda su garganta, y corrió a él. Llegó al auto, pero no podía verlo a través del cristal roto, y dio la vuelta para abrir la otra puerta, y entonces alguien le impidió tocarlo. Empezó a patalear para liberarse del que la sujetaba, y cuando al fin lo logró, se metió en el auto y tomó la mano de Adam. Adam Ellington, el chico que le había dado su primer beso y había prometido no olvidarla jamás, estaba allí, con sus ojos cerrados, con sangre sobre su camisa blanca, con el cuello roto.

—No me dejes —le pidió—. No tú. Por favor. Tú no me dejes—. Él no abrió sus ojos, ni movió sus dedos para devolverle el apretón—. Adam, te lo ruego, por favor, vuelve a mí. Te lo ruego, por Dios, Adam…

La gente empezó a aglomerarse, espantados por lo súbito del accidente. Aunque había algunos locales comerciales alrededor, aquella no era una calle transitada como para que un accidente de este tamaño sucediera. ¡No estaban en una autopista!

Los paramédicos llegaron, de inmediato con sus guantes de látex puestos. Movieron al fin a Tess y la alejaron para poder examinar a Adam.

Ella lloraba. ¿Cómo pudo esto haber pasado? ¡Acababan de reencontrarse!

Y antes de que el paramédico se lo dijera, ella ya lo sabía. Adam se había ido.

Ah, el corazón le dolía, ¡ardía! ¿Era su culpa? Si tan sólo ella lo hubiese reconocido cuando le habló allí en el parque… Si tan sólo…

Oh, Dios mío. Él había estado intentando hablar con ella desde hacía semanas… ¡meses!

Anoche habían salido, y él había querido decirle algo, y ella lo había arruinado todo acusándolo de mujeriego, de tener segundas y terceras intenciones. ¿Qué le había pasado?

Vio cómo se llevaron su cuerpo, y no pudo evitar llorar, llorar por él, llorar porque lo había perdido otra vez.

—Dios, era tan joven —dijo alguien, lamentándose, y Tess sólo miraba al frente, con los ojos secos. Ahora los tenía secos. No había parado de llorar en todos estos días. Cuando en la iglesia hablaron cosas tan bonitas de él, cuando lo dejaron en tierra junto a sus padres no había parado de llorar, pero ahora parecía indiferente a todo, sentada en un mueble de la sala de aquella casa en la que había vivido de niña, que ahora parecía tan fría y muerta.

Tess estaba impactada, todavía no se lo podía creer. Era tan irreal, como un mal sueño.

—Señorita Tess —saludó alguien, y ella al fin levantó la mirada.

—¡Greg! —exclamó. Ahora que había recordado a Adam, recordaba todo lo demás. Gregory había sido el mayordomo de esta casa, y había cuidado a Adam desde que naciera, y desde que su madre muriera, había sido lo único constante en su vida.

Sin poderlo evitar, se acercó a él y lo abrazó, y otra vez volvió el caudal de lágrimas. Gregory miró en derredor. No era usual que una joven abrazara a alguien del servicio, y seguro que ya estaban murmurando, así que, con delicadeza, la tomó por el brazo y la alejó hacia la cocina.

—He visto que no ha comido nada, y debe…

—No tengo hambre.

—Pero debe…

—Nada pasa por mi garganta —insistió ella—. No, puedo… el nudo no me deja, Greg. Oh, Greg… ¿Por qué la vida es tan injusta? Era demasiado joven, tenía… tantas cosas que decirle… —Gregory bajó la cabeza asintiendo, al parecer, sin nada qué decir a eso.

—¿Conocías a mi hijo? —preguntó una mujer entrando también a la cocina, y Tess se giró a mirarla. Era una rubia muy guapa de ojos gris pálido. Vestía de negro, y sus ojos tenían la marca de las lágrimas. No podía ser la madre de Adam, ella había muerto mucho antes de que él y ella se conocieran. La mujer sonrió al comprender la confusión de Tess—. Yo no lo di a luz, sólo fui la segunda esposa de su padre, pero creo que soy lo más cercano que él tuvo a una madre.

—Felicity Hightower —dijo Tess de repente, y la mujer la miró elevando sus cejas—. La conozco… yo… Soy la nieta de Ellen Abbot… Usted contrató a mi abuela para que trabajáramos en su casa… Pero luego se divorció del señor Aaron, y… —Felicity pareció confundida un momento, pero su mirada se fue iluminando al reconocerla.

—Claro que las recuerdo… Oh, eres Tess… Dios, qué alegría verte —Felicity la abrazó como si fuera una vieja amiga, lo que sorprendió un poco a Tess. Sabía que estas grandes señoras nunca se mostraban tan cariñosas con sus empleados—. ¿Sabes lo mucho que te buscó Adam?

—¿A mí?

—No tienes idea de lo que ese pobre pasó cuando… se enteró de que tú y tu abuela se habían ido. ¿A dónde se fueron? ¿Dónde estuviste todo este tiempo? —Tess parpadeó varias veces mirando al suelo. De verdad, ¿qué había sucedido?

Un año después de que Adam se fuera, su abuela había renunciado al trabajo con los Ellington, y juntas se habían ido a Los Ángeles. Por más que le rogó que no se fueran, Ellen estaba decidida, y dado que tenía la patria potestad sobre ella, y ella aún era menor de edad, había tenido que obedecer y seguirla. Se habían enojado mucho, pero la abuela sólo decía que ahora estarían mejor. En Los Ángeles, la anciana encontró trabajo en un hotel, y ella siguió estudiando, aspirando entrar a una universidad para no quedarse atrás, para estar a la altura de Adam, y lo había conseguido, pero luego… olvidó completamente a Adam. ¿Por qué?

Ellen falleció y ella se quedó sola, deprimida, y apareció August, y quedó embarazada…

De repente toda su vida estaba pasando ante sus ojos, como si hubiese olvidado todo esto, como si no fuera su vida, sino la de alguien más, y su corazón empezó a latir con fuerza, porque ahora se estaba dando cuenta de que si había perdido a Adam había sido su culpa. En su cerebro siempre estuvo la información de dónde estaba él, dónde encontrarlo, pero a partir de un punto, todo acerca de él pareció desaparecer.

—¿Me buscó? —preguntó, aunque la respuesta era obvia.

—Muchas veces —contestó Felicity— y durante mucho tiempo—. Se miraron la una a la otra en una muda comunicación, y Gregory puso en sus manos una taza de té humeante. Tess bajó la mirada hacia la taza y trató de respirar hondo, o volvería a llorar descontroladamente.

—La muerte no es justa —dijo al fin, sintiendo que le faltaba el aire—. Adam no debió morir. No era su momento, es injusto. Injusto.

—Al contrario, Tess —dijo Felicity con delicadeza—, es lo más justo que tenemos en la vida; nos llega a todos por igual.

—Pero Adam… Él no… No era su hora.

—¿Qué sabemos? ¿Tenemos manera de saber cuándo será nuestra hora?

—No, pero…

—Sólo nos queda estar listos.

—Pues yo no estaba lista —lloró Tess de nuevo—. Para nada—. Felicity respiró profundo y tomó la mano libre de Tess.

—Te entiendo.

—Ni siquiera puede… decirle… tantas cosas. Teníamos… tanto que hablar—. Felicity asintió sin decir nada—. Me perdí su vida —lloró Tess. Durante todos estos años… no supe de él…

—Entonces —dijo Felicity llevándola hacia la mesa de la amplia y luminosa cocina—, ven, te contaré todo lo que quieras saber acerca de Adam—. Tess la miró a los ojos un poco sorprendida por ese ofrecimiento—. Todo lo que él te hubiera contado, y todo lo que puedo decirte yo.

—¿De verdad? —Felicity asintió con una sonrisa triste.

—¿Por dónde empiezo?

—Supe que él… se casó… y se divorció—. Felicity contestó con un asentimiento.

—Se divorció tan sólo un año después; Christen, aquí entre nos, fue una perra.

—Ella…

—Cometió adulterio… —contestó Felicity—. Adam no la odió, a pesar de eso. Por el contrario, casi la justificó. Me dijo que en cuanto volvieron de la luna de miel, ella se empeñó en quedar embarazada, y cuando pasados los meses eso no sucedía, fue a los médicos. Éstos no hallaron nada malo en ella, así que arrastró a Adam a hacerse los exámenes… y resultó que Adam… era estéril.

—¿Qué? —Felicity asintió.

—Los médicos no dieron con la causa… él simplemente… jamás iba a ser padre —Tess cerró sus ojos, y Felicity siguió hablando, diciendo algo acerca de que Christen pudo haber hecho las cosas de un modo diferente, sin tener que humillar públicamente a Adam, pero ella ya no fue capaz de pensar en nada más.

Recordó a Adam con Nicolle en sus brazos, la manera como la acostó en su cuna, la delicadeza con que la había arrullado.

Las manos le temblaron, completamente empapada en sudor, y sintió que ya no podía más, así que se puso en pie y caminó al jardín dejando a Felicity prácticamente hablando sola. Se iba a ahogar, no le entraba el aire. Miró las plantas, sus flores, la luz del sol sobre ellas, pero todo eso lastimó su vista… Sin embargo, siguió mirando alrededor, como si buscara algo, o a alguien.

—Devuélvemelo —pidió, no supo a quién, y con los puños y los dientes apretados, reclamó: —No sé quién te dio permiso de borrarlo de mi memoria, de borrarlo de mi vida… Ahora te lo exijo: devuélvemelo.

—¿Tess? —la llamó alguien, pero Tess no atendió.

—Que me lo devuelvas…

¿A quién? Preguntó. ¿A August? O, ¿a Adam?

Fue demasiado para Tess, y sin poder respirar, sin fuerza en sus miembros, cayó al suelo.

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