Capítulo 4. Dudas

Molly

     Martes.

     Por la mañana.

     Suspiro.

     He salido del Starbucks con mi café y el de Sebastian. Repaso una y otra vez lo que le diré, qué su hermano ha intentado besarme a la fuerza y que yo me he defendido. Sebastian sabe que sería así, él me conoce.

     Llegando del trabajo había hablado con mi madre de la lectura del testamento, ella insistió en no aceptar, pensando que el nieto mayor me haría la vida un infierno. Le comenté lo que el abogado y Sebastian dijo, pude explicarle por un momento lo que significaba, ella gritó y gritó acerca de haberme metido en un saco de once varas.

     No me ha hablado esta mañana, gruñía algo entre dientes. Sé qué no lo aprueba y no lo hará, estaba decidida a anular el procedimiento, me quedaría con lo que tengo, así me ahorraré problemas con el nieto.

     Suelto un suspiro.

     Ese hombre no me va a intimidar, lo bueno que ya se regresó a Inglaterra anoche.

     Bueno, como le he explicado a mi madre acerca de su odio hacia a mí. Henry cree que he sido amante de abuelo, recuerdo otros gritos por toda la casa, pero como le expliqué, “Qué la gente crea lo que sea, si hiciera caso, no viviría mi vida” Y es exacto lo que haré, que Henry piense lo que se le pegue la gana desde Inglaterra.

     Solo tendré comunicación con él por teléfono, eso me alivia a montones.

     Si le molesta tanto el dinero, tendrá dos trabajos: Quitarse lo molesto o seguir molesto.

     Molly, Molly.

     Me estaciono en el cuadro asignado para mí, bajo y hago malabares para no tirar el café. Camino hacia el elevador, pensando en cómo le diré a Sebastian para no tocar ningún centavo en llegado caso de que me diga que ya es tarde.

     Mientras subo al elevador, me miró en el espejo de la pared, me acomodo mi cabello, mis lentes de pasta negra y mi vestido de dos piezas en color negro. Suelto otro suspiro. Casi no había dormido por lo ocurrido.

     Las puertas del elevador se abren en presidencia y cuando estoy a punto de avanzar, veo a Sebastian caminar hacia la oficina que era de su abuelo, le sigo para entregarle su café, dejo mi bolsa en mi escritorio, y llego a la puerta de presidencia, toco la puerta y escucho cuando dice que entre.

     —Buenos días, Sebastian. —Digo entrando con los cafés, —He traído…—me detengo. Sebastian está sentado en la silla que usualmente uso frente al escritorio, pero eso no es mi sorpresa, la sorpresa es ver a Henry de pie del otro lado de escritorio con ambas manos dentro de su pantalón de vestir, está vestido en un traje impecable, se me corta el aire al ver que me sonríe. Se me corta, pero de incomodidad.

¡Mierda, m****a, m****a! —Buenos días, señor…

     —Buenos días, Molly. Henry nos dio la sorpresa de que se quedará temporalmente en presidencia, ¿Lo felicitamos? —podía detectar el sarcasmo en el tono de Sebastian, pero con su sonrisa de oreja a oreja, deduje que estaban discutiendo antes de entrar yo.

     —Señorita Marshall. ¿Es mi café? —pregunta Henry en un tono sarcástico. Levanto la mirada hacia él y pongo una sonrisa fingida, de esas que conoce Sebastian.

     —No, lo siento. Es mío, de haber sabido que se quedaría, lo hubiese comprado. —le entrego a Sebastian su café. — ¿Necesitan algo más? —digo en un tono amable, pero realmente me estoy conteniendo.

     —Un café, creo que hay un Starbucks a cinco cuadras de aquí…—Sebastian se levanta y mira a Henry. — ¿Qué? Si te ha traído café yo también quiero.

     —Sí, señor. —respondo, Sebastian se gira hacia a mí.

     —Espera, yo te acompaño. —Sebastian se gira a Henry. —En lo que llegamos, atienda las llamadas. —y le guiña un ojo.

     Salimos de la oficina, dejo mi café y miro a Sebastian quién se pasa la mano por su cabello.

     — ¿Estás bien? —pregunto, luego él me mira.

     —Henry se ha quedado temporalmente, después de que se vaya, yo asumiré el cargo, solo aguantemos un poco…—dice este último con un guiño. —Deja, yo iré por el café, es nuevo y no sé si sepa cómo contestar llamadas… —suelta una pequeña risa y yo niego divertida.

     Reviso la agenda, hay pocos pendientes hoy, solo necesitaré responder las cartas de condolencias de varias empresas, creo que eso me mantendrá ocupada varias horas…

     Son demasiadas.

     Como veinte minutos después, Sebastian ha dejado el café a su hermano y me informa que estará encerrado en su oficina trabajando los pendientes.

     Llega la hora de la comida, pienso en dejar para más tarde lo que no urge.

     Mientras escribo a toda prisa en mi teclado, me detengo unos segundos al escuchar tacones golpeando el mármol, es evidente y suenan furiosos, entonces aparece la rubia del cementerio, la prometida de Henry. Largas piernas, delgada, cintura pequeña…labios hinchados —supongo que abusa del colágeno— y sus dientes perfectos brillan con la luz del lugar, mucha perfección. Inconscientemente mi mano se acomoda el cabello rubio que se ha salido de mi moño, trago saliva. Bajo la mirada a mi ropa, no iba tan mal, era un uniforme que había puesto del sr. Henry para no acabarnos nuestra ropa.

     Pongo una gran sonrisa y ella mira para todos lados: ignorándome.

     —Buenas tardes, señorita. ¿Puedo ayudarle en algo? —ella tiene que bajar su mirada hacia a mí, que sigo sentada en mi silla con los dedos sobre el teclado.

     —Busco a mi prometido Henry, me dijo que subiera a presidencia más no sé cuál es la oficina…—mira hacia presidencia luego hacia la oficina de Sebastian. —…correcta.

     —Es por esta puerta, permita anunciarla…—Agarro el teléfono para llamar a Henry, pero cuando levanto la mirada ella ha desaparecido, la puerta se escucha cerrarse. —Pase…—digo sarcástica.

     Sigo escribiendo, llegan correos con otros temas que se tiene que tratar, así como de proveedores y una que otra del personal preguntando quien será el presidente y piden cita para hablar de asuntos importantes. Suelto un suspiro, he leído el texto de mi madre, recordándome hablar con el abogado y anular mi firma, así como todo lo que el sr. Henry ha dejado para mí.

     La puerta se escucha abrirse y la voz de la rubia llamándome.

     — ¡Hey! Te hablo empleada. —escucho como me truena los dedos, me giro hacia ella —como la niña del exorcista— y espero a que diga algo. —Ordena comida para mi prometido y para mí. —La miro sorprendida. ¿Dónde han quedado la humildad y los modales?

     —Hay maneras de pedir las cosas, Alexandra. —miro hacia Sebastian que cierra la puerta detrás de él y se acerca sin dejar la mirada de la rubia. La rubia abre sus ojos un poco más luego arquea la ceja en mi dirección.

     —Lo he pedido con educación, ¿Verdad? —me pregunta, pero no me deja contestar ya que luego mira hacia Sebastian. —No alcanzaste a escuchar, Sebas.

     —Sebastian, por favor. —le corrige a la rubia. —No he escuchado más que tu déspota forma de tronar los dedos en el aire y no he escuchado un “Por favor” y el “Gracias.” —la rubia enrojece, no sé si es de ira o vergüenza.

     No le queda de otra que sonreír a fuerza en mi dirección, va a decir algo, pero es interrumpida.

     — ¿Qué pasa aquí? —Henry termina de abrir toda la puerta y queda detrás de la rubia, mirándonos por arriba de su cabeza.

     Sebastian se acercó a mi escritorio y se cruza de brazos.

     —Estoy pidiendo a la chica que si puede…—comienza a explicar la rubia.

     —Estoy viendo como lo estás pidiendo, Alexandra, por favor…—Henry arruga su entrecejo.

     —No te metas, Sebastian.

     —Claro que me voy a meter, el hecho que se queden una temporada, no quiere decir que van a perder los modales, así como si quieres café dile a tu prometida que te lo compre o madruga y llega tú mismo a un Starbucks, y si quieren comida, hay un teléfono dentro de presidencia para que puedan marcar al restaurante que se les apetezcan a ambos, pero venir a tronar los dedos y faltar al respeto, no lo voy a permitir. —me cargo de sorpresa al escuchar a Sebastian enfurecido, pero con porte tranquilo.

     — ¿Tronar los dedos? —pregunta Henry mirando a su prometida, ésta se pone nerviosa.

     —No me escuchaba y tuve que…—Sebastian la interrumpe.

     —Estaba saliendo de mi oficina y me detuve al escucharla… sin modales.

     — ¡Sebastian ya déjalo! ¿Qué vas a hacer un circo de esto? —exclama furiosa la rubia.

     —Pidamos algo a mi chófer. —dijo Henry tirando del brazo de la rubia al interior de la oficina de presidencia, Sebastian sigue quieto en el mismo lugar.

     Cierran la puerta y me vuelvo casi con mi mano a mi pecho, sintiendo como late a toda prisa.

     Levanto mis lentes que se han deslizado por el puente de mi nariz.

     —Gracias, creo que habrá problemas…—murmuro.

     —No me importa, estoy jodido de esa mujer. —levanto mis cejas al escucharlo.

     —Tengo que confesar que te has lucido poniendo a su lugar a la mujer, pero tu hermano se ha puesto furioso. —sigo mirando a Sebastian que mira la puerta de presidencia.

     Suelta un suspiro de irritación y niega.

     —Me da rabia ese tipo de persona que trata a otras según la sociedad y el círculo de amistades, o influencias.

     —Yo estaba a punto de decirle algo, pero has llegado, obvio que no me iba a poner a contestarle, pero hay modales.

     — ¿Ya comiste? Muero de hambre. —murmura en voz baja hacia a mí.

     — ¿Quieres que te ordene algo? —Sebastian niega.

     — ¿Qué tal si vamos por unas hamburguesas esas que se les escurre la grasa? —niego con una sonrisa, una vez al mes Sebastian tiene una de esas en su menú.

     —Vamos. Deja recojo y apago mi computadora. —Sebastian y yo comíamos de vez en cuando o lo hacíamos con su abuelo, a veces comíamos en presidencia los tres. La nostalgia regresa y me hace mirar hacia presidencia.

     —Yo también lo extraño—confiesa Sebastian la pillarme mirando, me levanto, alcanzo mi bolsa.

     —Me imagino. —suelto un leve suspiro. —Vamos, tengo una hora y media de comida.

     —Vale.

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