Capitulo II

La mañana se presenta demasiado tranquila en las oficinas de “El Informante”, el periódico en el que trabajo a tiempo completo.

Mientras devoro mi barrita de cereal me dedico a buscar más información sobre Evangelina Durán. A medida que las noticias van creciendo, las mariposas en mi estómago se agigantan. Mi sexto sentido me dice que hay una buena historia allí.

<<La joven, oriunda de Charjál, Chaco, llevaba más de cuatro meses desaparecida. La última vez que fue vista, iba de camino a la escuela de estilistas a la que asistía y a la que nunca llegó. Su madre, Elvira Durán, encabeza la marcha de pedido de justicia.>>

Apunto algunos datos en mi anotador y sigo con la búsqueda de información. Pero soy interrumpida por el fuerte perfume masculino que rodea mi cubículo. Por el rabillo del ojo distingo la mano que apoya un vaso descartable de café sobre mi escritorio.

—¿Qué es esto? —pregunto con el entrecejo fruncido.

—Una ofrenda de paz. —anuncia Voldemort con cara de víctima.

—Me parece más una suerte de soborno. Puedes llevártelo, gracias.

—Vamos Val, no puedes seguir enojada. La primera plana es para la noticia más impactante de la jornada. Lo sabes. —aclara con tono conciliador y la sangre me hierbe en las venas.

—O para la mentira más cómoda que encuentres. Por favor… ¿por quién me tomas? Si no te importa, debo volver a trabajar.

—Merezco un poco de respeto Valeria, sigo siendo tu jefe por si lo olvidaste. —su comentario sale con más veneno del que pretende, lo sé. Lo conozco bien.

—El respecto se gana Diego, no es algo que simplemente obtienes como cortesía.

—Necesito que vayas a cubrir esta noticia cuanto antes. —ordena entre dientes mientras me entrega un papel con los datos relevantes.

Es experto en cambiar de tema. Tomo el papel que ofrece sin siquiera mirarlo y comienzo a ojearlo. Es la noticia que vi ayer en casa. “la niña del río”.

—Lo vi en el noticiero, claro, iré de inmediato. —aviso comenzando a recoger mis pertenencias del cubículo.

—No olvides los recibos de gastos. Y Val, ten cuidado. —se despide.

Cuando me da la espalda lo observo marcharse, a veces soy demasiado dura con él, pero no puedo evitarlo, me hizo mucho daño, no consigo separar una cosa de otra. Pero lo que más me duele, es que haya cedido su integridad por un cero más en el número de lectores, y descubrir que el hombre que conocí en la universidad, aquel que me enamoró, ha desaparecido.

Me toma unos veinte minutos llegar a mi casa, sin perder mucho tiempo, me dirijo a mi habitación. Recojo un bolso, un par de mudas de ropa, mi neceser con los artículos de higiene y un pequeño estuche de maquillaje. Me cambio de ropa, jeans, una simple remera, un sweater de hilo fino, mi chaqueta de cuero y unas deportivas.

Con el bolso armado voy de camino a la salida, rebusco en la heladera por una manzana y una botella de agua. Dejo una pequeña nota en la puerta de la nevera, sostenida por un imán, avisando a Lou que me ausentaré unos días por trabajo. Lo último que agrego es mi ordenador. Con mi bolso de mano al hombro y el otro en la mano emprendo mi camino al pequeño poblado donde aún espera el cuerpo frío de la niña del río.

El tanque está lleno, la ventanilla abierta y el sol me sigue. Recorro los 270km que me separan de mi destino, mientras mis pensamientos se diluyen acompañada de la música de Luis Alberto Spinnetta. De vez en vez, unas imágenes intrusas de los cuerpos flotando en la vera del Paraná, me vuelven a la dura realidad. No es un viaje de placer, aunque disfrute enormemente del paseo en carretera.

Lo que me lleva al inhóspito pueblito, es el asesinato de una niña. Una vida desperdiciada, un futuro detenido en el tiempo. Y una familia, que estará destrozada de dolor. Este último pensamiento me eriza la piel apretando un poco más el nudo que se ha formado en mi estómago.

Luego de la parada obligatoria en el local de comida rápida por una buena y grasosa dosis de carbohidratos, sigo sin detenerme hasta encontrar el cartel que anuncia que acabo de llegar a mi locación.

<<Bienvenidos a Rincón Alto>>

No me toma mucho hallarme en el centro mismo del pueblo, estos olvidados lugares rurales no suelen medir más de unos cuantos 4km a la redonda. Todo el mundo se conoce y por regla general, son extremadamente tranquilos.

Estaciono el auto en la plaza principal y me bajo para dar una mirada alrededor. Justo en frente, hay un pequeño centro de atención primaria y detrás de mí, lo que parece ser una suerte de almacén/bar. Ahí me dirijo en busca de alguien que pueda ayudarme.

Un perro flaco y viejo mueve con pereza su cola, dándome la bienvenida. Saludo al animal seguido del ruido que produce la puerta al abrirse que llama la atención del dueño y la clienta con quien charla.

—Buenos días, ¿podría indicarme si hay algún lugar cerca donde pueda hospedarme unos días? —pregunto con una sonrisa.

—Buen día, viene de la capital ¿no? —pregunta el hombre mayor, sin cabello y panzón.

—De Buenos Aires, sí.

—¿Policía? —ahora es la mujer de baja estatura y ojos bien abiertos.

—No, mi nombre es Valeria Muñiz, periodista. —aclaro ofreciendo mi mano a uno y otro.

—Lo que nos faltaba, otro buitre carroñero. —se queja la mujer.

—Le aseguro que mi intención no es molestar a nadie señora, solo hago mi trabajo, que es informar lo que sucede en todas partes del país.

—Sí, sí. Me imagino querida.

—Bajando por la calle principal, verá un viejo cartel que dice “El Cóndor”. Quizás aún consiga una cama. —avisa de poca gana el propietario.

—Gracias. Que tengan buen día.

Me despido he intento adivinar cuál es la calle principal a la que se refiere el hombre, pongo el auto en marcha y elijo una de las tres calles que nacen rededor de la plazoleta. Luego de unas vueltas, me encuentro con el cartel que me mencionó.

El viaje no ha durado más de tres horas, pero ya estoy cansada y necesito una ducha caliente para relajarme. Me bajo del auto emprendiendo el camino hasta la vieja casona que se alza orgullosa frente a mí. Cuando la puerta se abre, alcanzo a divisar un pequeño recibidor con muebles tan viejos, como el papel floreado que decora las paredes.

—Buenos tardes. —saludo en voz alta, para llamar la atención de alguien, pero me encuentro sola a la espera.

—Hola, seguro la señora Dora, estará en la cocina, enseguida le aviso que la buscan. —anuncia un joven muy sonriente antes de perderse tras una pared.

—Bienvenida querida ¿en qué puedo ayudarte? —dice con voz dulce la señora Dora, estimo, mientras seca sus manos sobre el delantal que lleva puesto alrededor de su cintura.

—Quisiera una habitación, si es posible.

—Me queda una pequeña, apenas una cama individual, lo siento cariño, estamos llenos.

—Eso será suficiente, solo estaré unos días. —advierto mientras rebusco por mi billetera.

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