Desconfianza

Desperté algo desconcertada, no tenía la menor idea de donde me encontraba, pero noté a través del gran ventanal que era de noche. Miré a mi alrededor tratando de entender dónde estaba. Era una habitación preciosa, las paredes están pintadas de un color durazno pulcro, el piso completamente cubierto de parqué oscuro. La cama era muy amplia y extremada y cautelosamente dispuesta, sábanas blancas con ribetes en gris hacían juego con el esponjoso edredón también en gris, al pie de cama una manta en durazno. Una alfombra negra encuadraba la cama y sus dos mesas auxiliares pequeñas, que sólo cargaban unas lámparas con pie de madera oscuro y pantalla metálica, un reloj despertador y un cenicero en la otra. Un sofá a uno de sus costados, en frente una cómoda haciendo juego con un televisor de plasma y detrás de ellos un hermoso ventanal con cortinas blancas. Al otro costado una cajonera con un bello joyero de madera oscuro. Luego la puerta y al lado un armario. Algunos cuadros y fotografías. Me levanté con cautela, aún seguía algo mareada. Me puse las botas y me encaminé hacia el pasillo, a un costado se abría una puerta a una habitación de invitados muy sobria en colores blanco y huevo. Del otro lado un baño precioso, me metí de inmediato, necesitaba lavar mi rostro. Lavabos dobles en blanco perlado, al lado una bañera rectangular, del otro lado una ducha y el inodoro. Cuando salí seguí mi camino, una oficina se encontraba a un costado al lado del baño. Muy masculina, con un escritorio en forma de L en madera oscura que recubría dos de las tres paredes disponibles, una notebook y artículos de oficina, libros, carpetas, y algunas fotografías. Un sillón de cuero negro. Sobre la pared libre se encontraban muchos títulos y cuadros de honor, una pequeña mesa redonda con una botella de Jack Daniels, una copa y un libro “El arte de la Guerra” junto a dos pequeñas sillas, al llegar al final se abría a una sala enorme, la luminosidad del lugar me impactó. Ventanales muy amplios daban una vista privilegiada de Manhattan. No había cortinas, serían un estorbo a la vista. Entre dos ventanas un televisor de plasma enorme colgaba de la pared. En una esquina un enorme sillón de tres piezas gris claro con cientos de almohadones en distintos tonos de gris y negro una mesa baja tipo puf haciendo juego con una bandeja encima y algunos objetos decorativos. Bajo el televisor un sofá de un módulo y frente al sofá grande dos módulos más en el mismo tono, lámparas de pie y una alfombra blanca de pelo largo. Sobre el lado derecho una mesa cuadrada y cuatro sillas enmarcadas por una lámpara de techo china en rojo. La pared de enfrente una hermosa estantería de madera oscura, repleta de libros, adornos, fotos y ventanas a cada lado. Una isla dividía la zona de cocina con sus tres banquetas de madera con tapizado blanco con rayas grises. La isla en madera oscura de doble tamaño con la bacha en medio y en la pared completamente cubierta por la alacena y las encimeras haciendo juego, con su cocina, heladera y electrodomésticos en acero. Apartamento de soltero, claramente Dorian tenía un gusto excelente, la casa era preciosa. Él caminaba por el lugar distraído mientras hablaba por teléfono. Tuve que apoyarme en la isla, el mareo me tenía mal.

 —¿Te encuentras mejor, pequeña? —preguntó Dorian mientras me sujetaba por la cintura y me sentaba en una banqueta.

 —Mareada, bastante. ¿Qué pasó?

 —Te dormiste por completo en el auto, no sabía que hacer así que te traje a casa.

 —Dormí mucho.

 —Bastante. Hablé con Luke, dijo que es normal que estés algo adormecida, que los calmantes son fuertes, no debes trabajar hasta que él vuelva a verte.

 —No puedo hacer eso Dorian, perderé mi trabajo.

 —No, no lo harás, yo me ocuparé.

 —No puedo hacerlo.

 —Te lastimaste trabajando, créeme pequeña, el dueño sabrá que lo mejor que puede hacer es tratarte bien.

 —Mañana hablaré con Peter, quizás pueda encargarme de la caja.

 —No tienes nada de qué preocuparte Samantha.

 —Debo irme, ¡Santo cielo! Mi madre…

 —Vamos, te llevaré.

 —No es necesario, tomaré un taxi.

 —Ni lo pienses, y menos en este estado. Vamos —me entregó mis cosas y subimos al auto.

El viaje fue un infierno, me sentía fatal y el movimiento del auto no mejoraba nada. Apenas estacionó vi el auto de Jason.

 —Aquí está bien Dorian. Muchas gracias por todo, no sé cómo agradecerte.

 —No tienes que hacerlo Sam, me siento bastante responsable de lo que te ocurrió —amagó a acompañarme fuera del auto, pero lo detuve.

 —Por favor, Jason está aquí, y no quisiera que te vea y se confunda —se quedó en silencio unos segundos.

 —De acuerdo, pero dame tu número de teléfono quisiera comprobar cómo te encuentras mañana.

 —Bien —tomé su móvil y guardé mi número, le di un beso en la mejilla y me bajé.

Estaba a punto de entrar al edificio cuando me llamó, me di la vuelta y cargaba mi estuche.

 —Gracias. Que despistada —me disculpé.

 —Tranquila pequeña.

 —¡Sami! ¿Dónde diablos te metiste? —gritó Jason mientras salía del edificio.

 —Jason, estoy bien, no te preocupes.

 —¿Qué no me preocupe Samantha? Llevo horas intentando localizarte. Llamé a July y me dijo que tuviste un accidente y fuiste al hospital bien temprano en la mañana. ¡Mira la hora qué es! ¿Y apareces con un tipo?

 —Déjame que te explique.

 —No quiero escucharte. ¡Eres una maldita zorra! —gritaba mientras me sujetaba con fuerza del brazo. Dorian en un sólo movimiento se interpuso entre nosotros, me corrió a un costado y se puso cara a cara con Jason.

 —¡No se te ocurra ponerle una sola mano encima o te juro que te las verás conmigo, niño! —interrumpió en un tono de voz alto y amenazador mi ángel.

 —¿Y tú quién diablos crees que eres? —contestó en el mismo tono alto Jason

 —Créeme niño, no quieres conocerme. Como te atrevas a volver a hablarle así te mataré.

 —Vete al diablo imbécil, es mi novia, no tienes por qué meterte —Jason se abrió paso de vuelta a mí y volvió a tomarme del brazo, del tirón trastabillé y caí en la acera, pero antes de tocar el piso con mi cuerpo, Dorian me agarró en el aire y volvió a ponerme a resguardo detrás suyo.

 —¿Estás bien? —preguntó enfurecido, sus ojos parecían de un rojo sangre.

 —Sí Dorian, por favor, vete. —le rogué en vano. Giró y se encaró con Jason. Mi novio reaccionó como sabía, con violencia, intentó darle un puñetazo a Dorian, quien hábilmente lo esquivó y se lo devolvió. Jason no tuvo la misma suerte, cayó de espaldas contra el piso. Corrí hasta él, su nariz chorreaba sangre espesa y él se tomaba el rostro mientras insultaba a medio mundo.

 —¿Te encuentras bien Jason? —pregunté angustiada, se había pasado, lo sabía, aun así, odiaba la violencia.

 —Aléjate de mí Samantha.

 —Vete Dorian, por favor, hablaremos luego, te lo suplico —rogué una vez más.

 —No me fio de él, no quiero dejarte sola —respondió, seguía tan enojado como antes.

 —Por favor. Te prometo que estaré bien, ve.

 —Llámame si me necesitas.

 —Lo prometo. Gracias por todo —intenté ayudar a Jason a ponerse de pie, pero bruscamente apartó mi mano sana.

 —No me toques. ¿Cómo pudiste engañarme?

 —No te engañé Jason, hay una explicación sencilla. Pero tú no quieres escuchar.

 —Mentiras, puras mentiras. No eres más que una zorra. Me largo de aquí, no quiero volver a verte —dijo mientras se ponía de pie.

 —Jason por favor, regresa, hablemos.

 —Vete al diablo zorra —se montó al auto y salió a toda marcha.

Me quedé parada en la acera viéndolo partir. ¿Cómo podía tratarme así? Jamás le di un sólo motivo para desconfiar de mí. Sí, había cenado con Dorian, pero nada más. Eso no tenía nada de malo. No tenía ningún derecho a tratarme de ese modo. Recogí mis cosas del suelo y subí a la casa. Mi hermana estaba dando vueltas por la cocina inquieta.

 —¿Eres tú Sami? —preguntó desesperada.

 —Sí Elle —corrió al oír mi voz y me abrazó con fuerza.

 —Estaba tan preocupada ¿Te encuentras bien? ¿Dónde has estado?

 —Es una larga historia.

 —Siéntate, te prepararé algo de comer y me cuentas —me senté y la puse al corriente, no se lo podía creer, se acordó de todos los parientes de Jason, para ser una mujer tenía boca de marinero. Cené macarrones con queso recalentados, ninguna de las dos éramos buenas cocineras, y cuando mamá no se encontraba bien, siempre recurríamos a la comida congelada. Me cambié y me metí a la cama, estaba agotada, me dormí inmediatamente.

Capítulos gratis disponibles en la App >

Capítulos relacionados

Último capítulo